FUNDACIÓN

ANDREU NIN


El significado y alcance de las jornadas de mayo frente a la contrarrevolución

                                                Andreu Nin                                                   


Manifiesto suscrito por el Comité Central del POUM inmediatamente después de las “jornadas de mayo” de 1937. El redactor del texto fue Andreu Nin.


Los trágicos acontecimientos que se han desarrollado en Barcelona en los primeros días de mayo, no pueden explicarse, como se ha pretendido, por una simple explosión de insensatez o un acto de locura colectiva. Acontecimientos de tal envergadura, que han lanzado a la lucha a masas considerables, bañado en
sangre las calles de la capital catalana y costado la vida a centenares de hombres no se producen porque sí, sino que obedecen a causas poderosas y profundas.

Quédese para los pequeño burgueses sentimentales el "lamentar" lo ocurrido, sin pararse a examinar las causas determinantes de los hechos; quédese para los contrarrevolucionarios, exclusivamente interesados en ahogar la revolución, el condenar el movimiento. El deber de los verdaderos revolucionarios consiste en
analizar las causas que han producido los acontecimientos y sacar de los mismos las enseñanzas necesarias.

La insurrección militar fascista


La insurrección fascista del 19 de julio no fue un simple acto de rebelión de unos militares " traidores ", sino la culminación, en forma aguda y violenta, de la lucha entablada en España entre la revolución y la contrarrevolución. El triunfo del bloque obrero-republicano en las elecciones del 16 de febrero y la consiguiente formación de un gobierno de izquierdas reavivó las ilusiones democráticas, seriamente quebrantadas, de las masas, pero esas ilusiones brillaron con resplandor fugaz. La clase trabajadora pudo darse cuenta muy pronto de que, a pesar de su derrota en las urnas, la reacción no desarmaba, sino que, al contrario, se preparaba con redoblado ardor para lanzarse a la calle con el propósito de cortar el avance de la revolución proletaria e instituir un régimen dictatorial. La insurrección de julio, producida después de cinco meses de una nueva experiencia gubernamental que demostraba la impotencia absoluta de la izquierda pequeño-burguesa para acabar con el peligro fascista y resolver en sentido progresivo los problemas políticos planteados en el país, confirmó plenamente el punto de vista reiteradamente expuesto por el POUM: que la nueva experiencia de izquierdas fracasaría, que la lucha no estaba planteada entre la democracia y el fascismo, sino entre el fascismo y el socialismo, que esta lucha sería armada y no podría resolverse favorablemente para los trabajadores y contra el fascismo más que con la victoria de la revolución proletaria y la consiguiente toma del poder por la clase obrera, la cual resolvería los problemas de la revolución democrático burguesa y emprendería simultáneamente el camino de la transformación socialista de la sociedad.

La guerra y la revolución


Gracias al magnífico heroísmo de la clase obrera, inquebrantablemente resuelta a luchar hasta la muerte para impedir la victoria del fascismo, la insurrección militar fue aplastada, el 19 de julio en Barcelona, Madrid y Valencia. y gracias a ese heroísmo prodigado después en los campos de batalla por los millares de
trabajadores que, desde el primer momento se enrolaron, llenos de entusiasmo, en las milicias, Franco no pudo obtener la victoria militar que consideraba próxima y segura y que, después de diez meses de guerra civil, aparece cada vez menos probable.

Pero al mismo tiempo que se aplastaba la insurrección fascista en las ciudades más importantes y se emprendía la lucha militar en los frentes, los obreros creaban comités revolucionarios y se incautaban de las fábricas, los campesinos tomaban posesión de las tierras, se incendiaban conventos e iglesias- focos de reacción fascista-, en una palabra, se iniciaba la revolución, y los antiguos órganos del poder burgués quedaban convertidos en fantasmas. Guerra y revolución aparecían, pues, inseparables desde el primer momento. Vencida la insurrección, los trabajadores emprendían la obra revolucionaria, cuyas conquistas defendían, y siguen defendiendo, en las trincheras. Pretender, como lo pretenden el llamado Partido Comunista Español y el PSUC, en Cataluña, que los obreros que combaten en el frente lo hagan por la república democrática, es traicionar al proletariado, preparar el terreno para un nuevo y victorioso ataque de la reacción fascista.

Y que nadie se deje impresionar por el argumento de que la lucha por la revolución socialista en la retaguardia favorece los planes del enemigo en el frente. Al contrario, sólo una política revolucionaria audaz, inequívocamente socialista, en la retaguardia, es capaz de dar a los combatientes el valor y la fuerza moral que les hará invencibles y de organizar la economía y las industrias de guerra con la eficiencia necesaria para obtener una rápida
y aplastante victoria militar.

Los avances de la contrarrevolución


Sin embargo, especulando con las 'dificultades de la guerra, la burguesía republicana, utilizando como instrumento a los partidos reformistas -el Partido Comunista oficial y el PSUC en este caso- se esfuerza, mediante una labor tenaz y sistemática, en ahogar la revolución proletaria: cercenando progresivamente
las conquistas de la clase trabajadora, persiguiendo a sus organizaciones y periódicos con el fin de restaurar el mecanismo del Estado burgués y consolidar la dominación capitalista.

Las manifestaciones más importantes del plan contrarrevolucionario han sido: la eliminación del POUM del gobierno de la Generalidad, el desarme, hasta ahora parcial, de la clase trabajadora, la persecución del órgano de la CNT en Madrid, la suspensión de La Batalla, la incautación de la imprenta del Combatiente Rojo y de la emisora de nuestro partido en la capital de la República, la detención del Comité regional de la CNT en Vizcaya, la suspensión de Nosotros, en Valencia, el encarcelamiento de Maroto, el bravo militante anarquista, en Almería, los decretos de Orden público y la supresión de los Tribunales populares en Cataluña, la ofensiva contra las banderas revolucionarias, con el fin de sustituirlas por la bandera "nacional", la tentativa de reconstitución del antiguo ejército burgués por la creación de un Ejército popular de autómatas, sin espíritu revolucionario, al servicio de la democracia burguesa, la institución de la censura política, la ofensiva contra las Patrullas de control, etc. Paralelamente con la redacción de este plan contrarrevolucionario, se ha llevado a efecto una campaña sistemática de difamación y de descrédito contra la CNT y contra el POUM, denunciando a los afiliados, que, con mayores sacrificios y heroísmo han contribuido a la guerra contra el fascismo, como agentes de Hitler y Mussolini, apelando á todos los medios, confesables e inconfesables, para establecer el monopolio de un partido originariamente comunista y revolucionario, pero entregado hoy en cuerpo y alma a la burguesía, tramando maniobras y campañas contra los Comités, saboteando la colectivización de la economía, suprimiendo el control de la distribución y del mercado para favorecer a especuladores y agiotistas, organizando ostentosas y provocativas manifestaciones contrarrevolucionarias, y creando, finalmente, entre la fuerza pública un estado de espíritu hostil, completamente injustificado, hacia las organizaciones obreras revolucionarias.

La provocación


Todos estos hechos iban determinando un justificadísimo estado de inquietud entre la clase trabajadora, que veía, alarmada, cómo se le iban arrebatando sus conquistas mientras la contrarrevolución ganaba cada día nuevas posiciones. Por otra parte, el reformismo -agente directo de la contrarrevolución- alentado por sus progresos, se volvía cada vez más insolente y acentuaba su política de provocación. En la semana que precedió a los trágicos acontecimientos, los obreros revolucionarios vivían en un estado de nerviosismo que alcanzó su máxima tensión con motivo del intento de ocupación de Figueras por los carabineros, de los sucesos de Puigcerdá y del entierro del militante de la UGT Roldán Cortada, víctima de un atentado que no vacilamos en condenar enérgicamente, y que fue pretexto para organizar una manifestación netamente contrarrevolucionaria.

En estas circunstancias, el 3 de mayo por la tarde, la fuerza pública, por indicación de A. Aiguadé, consejero de Seguridad interior y representante de Esquerra Republicana en el gobierno de la Generalidad, y bajo la dirección personal e inmediata del comisario general del Orden público, Rodríguez Salas, miembro del PSUC, intentó ocupar el edifico de la Telefónica, controlada por la Organización obrera. La contrarrevolución considera maduras las condiciones para intentar un ataque a una de las posiciones conquistadas en julio por el proletariado. No se trata todavía de un ataque decisivo y global, sino de un tanteo. Pero se equivoca profundamente en sus cálculos. Los obreros de la Telefónica responden enérgicamente al atentado de que son objeto, y se produce una colisión violenta. Intervienen rápidamente el gobierno y los comités de los organizaciones sindicales, los cuales hacen pública una nota, que se caracteriza por su vaguedad, en la cual se da a entender que el conflicto está en vías de solución.

Pero los trabajadores, irritados, no se dan por satisfechos. Comprenden que no se trata de un hecho aislado, que se hallan en peligro todas sus conquistas, y, espontáneamente, toman las armas, rodean la Telefónica, levantan barricadas en toda la ciudad y se entabla una lucha sangrienta, sin precedentes, por su violencia y magnitud, en la historia de nuestro movimiento revolucionario, como consecuencia de la cual resultan centenares de muertos y heridos.

La vigorosa reacción del proletariado barcelonés ha sido presentada por los elementos reformistas como el resultado de una provocación fascista, alentada por nuestro partido. Maestros en la calumnia y la difamación, pretenden esquivar la tremenda responsabilidad que les incumbe por la sangre vertida, haciéndola recaer sobre los revolucionarios.

Porque las jornadas de mayo han sido el resultado directo e inmediato de una monstruosa provocación del PSUC, el se ha servido, para realizar sus designios, de ese Noske de estofa, traidor al proletariado revolucionario, que nombre de Rodríguez Salas. En estas circunstancias, presentar los acontecimientos de mayo como una "lucha fratricida", como una pugna violenta entre "las dos centrales sindicales", es falsear deliberadamente los hechos, pues, todo el mundo sabe perfectamente que la lucha se desarrolló entre los obreros revolucionarios, entre los cuales los había de la UGT, y una parte de la fuerza pública. El problema que se dirimía en las calles no era un simple pleito de rivalidad sindical, sino un problema mucho más profundo. Y los obreros que se lanzaron a la calle con las armas en la mano representaban los intereses del proletariado en este momento histórico.

La actitud del POUM


Reiteradamente, nuestro partido, durante estos últimos tiempos, había insistido en la necesidad de plantear en el terreno político los problemas surgidos en el transcurso de la guerra y de la revolución. Habíamos incluso afirmado que la clase obrera podía tomar el poder sin necesidad de recurrir a la insurrección armada: bastaba que pusiera en juego su enorme influencia para que la relación de fuerzas se decidiera en su favor y se llegara a la formación de un gobierno obrero y campesino, sin violencias de ningún género. No plantear el problema en estos términos, en el terreno puramente político, significaba una explosión violenta, en un plazo más o menos próximo, de la irritación acumulada de la clase obrera, y, como consecuencia, un movimiento espontáneo, caótico y sin perspectivas inmediatas. Nuestros vaticinios se han cumplido. La actitud provocativa de la contrarrevolución determinó el estallido. Pero ya los obreros en la calle, el partido tenía que adoptar una actitud. ¿Cuál? ¿Inhibirse del movimiento, condenarlo o solidarizarse con él? Nuestra opción no era difícil. Ni la primera, ni la seguida actitud cuadraban con nuestra cualidad de partido obrero y revolucionaria y, sin vacilar un momento, optamos por la tercera: prestar nuestra solidaridad activa al movimiento, aun sabiendo de antemano que no podía triunfar.

Si el desencadenarlo hubiera dependido de nosotros, no habríamos dado la orden de la insurrección. El momento no era propicio para una acción decisiva. Pero los obreros revolucionarios, justamente indignados por la provocación de que habían sido víctimas, se habían lanzado al combate y nosotros no podíamos abandonarlos. Obrar de otro modo habría constituido una imperdonable traición.

Nos dictaba este deber no sólo nuestra condición de partido revolucionario, moralmente obligado a ponerse al lado de los trabajadores cuando, acertada o equivocadamente, se lanzan ardorosamente al combate para defender sus conquistas, sino la necesidad de contribuir con nuestro esfuerzo a canalizar un movimiento que, por su carácter espontáneo, tenía mucho de caótico, evitando que se transformara en un putsch infecundo, cuyo desenlace fuera una derrota sangrienta del proletariado.

La lucha armada se desarrolló en tal forma, fueron tales el ímpetu de los obreros revolucionarios y la importancia de las posiciones estratégicas alcanzadas, que se hubiera podido conquistar el poder. Pero nuestro partido, fuerza minoritaria en el movimiento obrero, no podía tomar sobre sí la responsabilidad de lanzar esta consigna, con tanto mayor motivo cuanto que la actitud de los dirigentes de la CNT y de la FAI, que desde las emisoras barcelonesas invitaban de un modo apremiante a los obreros a abandonar la lucha, creaban la confusión y el desconcierto entre los combatientes. En estas circunstancias, invitar a los trabajadores a tomar el poder era lanzarlos fatalmente a un putsch que hubiera sido de consecuencias fatales para el proletariado.

Había que dar consignas limitadas al movimiento. Así lo hizo nuestro partido, reclamando la destitución de Rodríguez Salas y Aiguadé, autores directos de la provocación, la anulación de los decretos reaccionarios de Orden público y la creación de Comités de defensa de la revolución. Y cuando tomó cuerpo en nuestro ánimo el convencimiento de que la continuación del movimiento había de conducir fatalmente al fracaso, no por falta de valor combativo en los trabajadores, que habían realizado verdaderos prodigios de heroísmo, sino por la desorientación determinada por la actitud de los comités responsables de las organizaciones sindicales revolucionarias, consideramos que los intereses del proletariado exigían que se pusiera término a la lucha. Pero para ello, juzgábamos indispensable el cumplimiento de dos condiciones a nuestro entender indispensables: la retirada de la fuerza pública y el mantenimiento de las armas en poder de los trabajadores. La permanencia de la fuerza pública en la calle podía ser interpretada como un derrota de la clase obrera, cuando ésta, en realidad, efectuaba una retirada estratégica. Además, constituía una provocación susceptible de promover nuevos y violentos choques. El desarme significaba privar al proletariado de la garantía más segura de sus conquistas y de la posibilidad de hacer frente a cualquier tentativa contrarrevolucionaria o a un golpe de mano fascista. Poniendo estas consignas por delante, el día 8 por la mañana aconsejamos a los obreros que abandonaran la lucha y se reintegraran al trabajo.

Y tenemos el orgullo de proclamar que la actitud de nuestro partido, cuyo prestigio había aumentado considerablemente entre los trabajadores revolucionarios, contribuyó eficazmente a poner término a la sangrienta lucha que se desarrollaba en las calles de Barcelona y a evitar que el movimiento obrero se viera aplastado por una represión feroz.

Por esta rápida exposición del origen, desarrollo y desenlace de las jornadas de mayo, el lector honrado se convencerá fácilmente de quiénes han sido los verdaderos causantes de la tragedia, de que nuestro partido -blanco hoy de las iras de los contrarrevolucionarios de toda laya- no ha desempeñado el papel de provocador -como lo proclaman a voz en grito los que no persiguen otro fin que defender los intereses de la burguesía y ahogar la revolución gloriosamente iniciada el 19 de julio- sino que ha cumplido estrictamente con el deber que le imponía su fidelidad inquebrantable a la causa del proletariado.

Las lecciones de las jornadas de mayo


De las sangrientas jornadas de mayo, llamadas a tener una enorme trascendencia en el desarrollo ulterior de la revolución española, la clase trabajadora debe sacar las lecciones necesarias, si no quiere que su generoso sacrificio resulte estéril.

Primera lección. Toda la profusa propaganda realizada durante meses por la pequeña burguesía y el reformismo a favor de la unidad antifascista, no perseguía otro objeto que especular con el sentimiento de unidad de las masas obreras y su odio al fascismo para estrangular la revolución y restablecer el mecanismo estatal burgués.

Segunda lección. La campaña realizada con las consignas: "primero ganar la guerra, después hacer la revolución", "todo por y para la guerra ", encubría el propósito real de ahogar la revolución, premisas indispensables para tener las manos libres y negociar una paz "blanca ". La supresión progresiva de las conquistas revolucionarias, la amenaza de una intervención extranjera, que estuvo a punto de convertirse en realidad con la llegada de buques de guerra extranjeros al puerto de Barcelona, los rumores, cada vez más insistentes, acerca de un posible "abrazo de Vergara", coincidente con la provocación del 3
de mayo, constituyen una prueba manifiesta de ello.

Tercera lección. No hay más que una salida progresiva, para el proletariado y la victoria militar, de la situación presente: la conquista del poder. Durante las jornadas de mayo lo tuvo al alcance de la mano. Si no lo tomó fue, fundamentalmente, porque sus organizaciones tradicionales, inspiradas por la doctrina anarquista, no se planteaban el problema y porque nuestro partido, que no ha cesado de plantearlo durante todo el curso de la revolución, es una organización minoritaria y joven, sin fuerza suficiente todavía para tomar sobre sí la responsabilidad de orientar la lucha en este sentido. Preparar las condiciones necesarias para arrebatar el poder político a la burguesía, constituye la misión inmediata y fundamental del proletariado. Para ello
se precisa: constituir el "Frente Obrero Revolucionario", es decir, agrupar, con el fin de coordinar su acción, a las organizaciones obreras que estén dispuestas a oponer un dique a los avances de la contrarrevolución burguesa e impulsar la revolución proletaria hacia adelante. Una de las formas concretas de este Frente Obrero Revolucionario pueden ser los COMITÉS DE DEFENSA DE LA REVOLUCIÓN, que deben constituirse inmediatamente en todos los lugares de trabajo, en todas las barriadas, en todas las localidades y que deben coordinar su acción por medio de un COMITÉ CENTRAL DE DEFENSA que exprese la voluntad de todos los comités.

Cuarta lección. La victoria de la clase obrera es imposible sin una dirección responsable, que sepa 10 que quiere y adónde va y coordine la lucha. EL FRENTE OBRERO REVOLUCIONARIO puede ser la base de esta dirección indispensable.

Quinta lección. La conducta del Partido Comunista de España, y de su filial el PSUC, en Cataluña, durante las jornadas de mayo, ha venido a demostrar que dichos partidos no representan una simple tendencia reformista del movimiento obrero, sino que constituyen la vanguardia y el instrumento de la contrarrevolución burguesa. Por este motivo, si bien es indispensable el frente único con dichos partidos, así como con las organizaciones pequeño burguesas, para la lucha militar contra el fascismo, debe descartarse toda posibilidad de acción común en el terreno político. Los representantes del proletariado revolucionario y de los verdugos de la clase obrera no pueden sentarse a una misma mesa. Por esto al Frente Popular Antifascista, sinónimo de colaboración de clases y de política contrarrevolucionaria, hay que oponer el FRENTE OBRERO REVOLUCIONARIO. ¡POR LA DEFENSA DE LA REVOLUCIÓN! ¡POR EL GOBIERNO OBRERO y CAMPESINO!

La lucha entablada en España entre la revolución y la contrarrevolución va a entrar en una nueva fase. y en esta nueva fase, el proletariado, aleccionado por la experiencia de estos meses de combate y, sobre todo, por las magníficas jornadas de mayo, debe encaminar todos sus esfuerzos en el sentido de acentuar
su independencia de clase, defender las conquistas de la revolución y prepararse para la conquista del poder, premisa indispensable para instituir un régimen socialista, el único capaz de regenerar la economía del país y establecer un orden. Y que no se diga que la revolución nos hará perder la guerra, a cuya
solución victoriosa hemos de consagrar las máximas energías. Hay motivos más que fundados para suponer que las potencias "democráticas" intrigan activamente para imponer un armisticio que los trabajadores españoles rechazan con indignación. Y como el mayor obstáculo que se opone a esos turbios designios es la existencia de las organizaciones revolucionarias, existe el plan de eliminarlas, sea como sea, de la vida pública.

Pero la clase obrera no se dejará engañar, sino que, con el mismo impulso heroico con que venció al fascismo en Madrid, Valencia y Barcelona el 19 de julio y vierte generosamente su sangre en los campos de batalla, defenderá las conquistas obtenidas y tomará el poder, persuadido de que sólo la revolución
proletaria triunfante puede llevar la guerra hasta sus últimas consecuencias: el aplastamiento del fascismo y la instauración del Socialismo.

¡VIVA LOS COMITÉS DE DEFENSA DE LA REVOLUCIÓN! ¡VIVA EL GOBIERNO OBRERO y CAMPESINO!

Barcelona, 12 de mayo de 1937. El Comité Central del POUM



Edición digital de la Fundación Andreu Nin, agosto 2002

 
   
 
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