III Conferencia de la Oposición Comunista Española
Comunismo, n.° 11. Abril
1932, p. 39-44.
1. En el tiempo transcurrido desde la última conferencia de la Oposición
Comunista de España se han desarrollado de tal forma los problemas
que plantea la revolución española que la realidad histórica
obliga, en buena lógica, a hacer algunas rectificaciones, si no de
fondo en algunos, como en el problema de las nacionalidades, por lo menos
de forma y de táctica. En el proyecto de tesis sobre la cuestión
de las nacionalidades, aprobado por unanimidad en la conferencia de junio
de 1931, se estudian los problemas nacionales que tiene planteados España
de una manera uniforme y sin establecer diferencias entre ellos. La experiencia
nos ha demostrado que los comunistas no podemos afrontarlos todos con el mismo
criterio. Hay que hacer distinciones y distinciones tan sustanciales que
nos llevan a conclusiones totalmente opuestas. Cada uno de los casos tiene
tan distinta génesis y tan distinto desarrollo y fundamento que equipararlos
sería un error en el cual, como comunistas, no podemos de ningún
modo caer.
2. La emancipación nacional es una de las reivindicaciones de la
democracia, y por esto el proletariado no puede desentenderse de ella. La
emancipación nacional, como las demás conquistas de la democracia,
no puede ser alcanzada más que por la acción de las grandes
masas populares dirigidas e impulsadas por el proletariado. España
es, en la Europa occidental, el país económicamente más
atrasado, y en ella conviven las más opuestas economías. Ésta
es la causa de que en el transcurso de siglos no haya podido asimilar, ni
económica ni culturalmente, los distintos pueblos que en su origen
la formaron al constituirse como una sola unidad política. Mientras
una parte del estado, la menos extensa, se veía impulsada por el camino
del progreso capitalista, otra parte, la más importante y, por desgracia,
la que tenía el predominio político, permanecía en un
estado agrario semifeudal, ligado fuertemente a la existencia de la monarquía
y de la Iglesia. Este desequilibrio tenía que producir forzosamente
una lucha entre la parte más avanzada y la más atrasada, en
la que a la vez coinciden, y no por casualidad, puesto que históricamente
existen razones para que sea así, la existencia de pueblos de lengua
e idiosincrasia distinta dentro de la unidad política española.
Sin embargo, los dos resurgimientos nacionales de España no tienen
ni las mismas características ni el mismo significado. Es eminentemente
democrático y progresivo uno, el catalán; el otro, el vasco,
es, por el contrario, eminentemente regresivo.
3. Cataluña, en el conjunto del estado español, representa
la parte más avanzada y progresiva. La burguesía catalana, a
la pérdida de las últimas colonias de América, reconociendo
el valor impulsivo del resurgimiento catalán y tomándolo de
manos de poetas y soñadores, hizo de él un arma para amenazar
y sacar ventajas para si a la monarquía, que tenía su principal
asiento en el atraso en que vivía y vive la mayor parte del estado,
parte de él sumido aún en un semifeudalismo que impide todo
progreso democrático. El capitalismo catalán, debido sin duda
a lo poco sólidos que son los cimientos de una industria que no tiene
raíces naturales en el país, sino más bien nacida de
una voluntad tenaz y de la necesidad imperiosa de no perecer como pueblo,
por mediación de su partido representativo (la Lliga), olvidó
pronto su misión de democratizar el estado, y a cambio de concesiones
que le permitieran subsistir y progresar mediocremente como clase, dispuesta
a no perder su influencia en la dirección del estado, relegó
las aspiraciones nacionales de Cataluña a segundo término Esta
posición de la gran burguesía catalana contribuyó a desplazar
el movimiento nacional hacia la izquierda, dando la hegemonía a la
pequeña burguesía, que lo radicalizó y le dio un contenido
revolucionario.
4. Esta etapa del movimiento nacional catalán desempeña un
gran papel en el movimiento revolucionario español, e incluso sus jefes,
Maciá especialmente, llegan a ilusionar no sólo a las masas
de Cataluña, sino a buena parte de las masas revolucionarias pequeñoburguesas
y proletarias del resto de España. En este sentido, las masas de la
CNT, mientras sus dirigentes amenazaban con oponerse hasta con las armas
en la mano al movimiento separatista catalán, comprendían su
papel mucho mejor que sus jefes, aunque lo comprendían de una manera
inconsciente y poniendo en ello ilusiones que habían de ver defraudadas.
Era evidente el impulso que daba a la revolución española el
movimiento nacional catalán, radicalizado por la pequeña burguesía
dirigida por Macia, el cual, como había sido predicho por los comunistas,
había de traicionar sus propios ideales entregándose sin condiciones
al gobierno central, continuador en este aspecto, como en tantos otros, de
la labor de la caída monarquía.
5. Hoy con república, como ayer con monarquía, el problema
nacional catalán significa un impulso hacia adelante en la revolución
democrática. Aún hoy, después de la caída de la
monarquía, el resurgimiento nacional de Cataluña representa
la lucha de la parte más avanzada de España contra la más
atrasada; significa la lucha de la democracia contra la parte feudal del estado.
Los comunistas tenemos el deber de defender incondicionalmente el derecho
de Cataluña incluso a su independencia; pero al mismo tiempo debemos
denunciar a las masas el papel de traición que los dirigentes de la
pequeña burguesía juegan en esta lucha por la independencia
nacional de Cataluña. En la actualidad, la traición que han
llevado a cabo Maciá y sus partidarios es indudable, y ha sido denunciada
por algunos de los mismos que ayer le seguían. Pero a Maciá,
en su mismo papel, han de sustituirle otros que fueron sus partidarios y que
todavía están más próximos a la clase obrera y
no del todo faltos de prestigio entre las masas proletarias y las masas más
proletarizadas de la pequeña burguesía de la ciudad y del campo.
Esto representa un verdadero peligro para la revolución.
6. No puede tampoco la Oposición seguir a los dirigentes del BOC
en su inconsciente política nacionalista que tantos elementos de la
pequeña burguesía les atrae, y los cuales ven en el BOC no
el partido de clase, el partido comunista, sino el partido catalán,
que ”va más lejos en su separatismo”. Esta política debe ser
implacablemente condenada por la Izquierda Comunista, pues podría
hacer creer a parte del proletariado que su emancipación depende sólo
de la emancipación nacional de Cataluya, y esto no es cierto. Esto
lo saben muy bien los jefes del BOC, que en aras a la popularidad abandonan
la ruta del comunismo. La emancipación del proletariado catalán
no depende de la emancipación de Cataluña, sino todo lo contrario;
la emancipación de Cataluña, como la de todos los pueblos,
depende de la emancipación del proletariado, que al hacer su revolución
e instaurar su dictadura resuelve este aspecto de la revolución democrática,
como resuelve todos los demás que de ningún modo puede resolver
la democracia burguesa. Decir lo contrario a los obreros de Cataluña,
igual que a los de los demás países no emancipados, supone
engañar a sabiendas a los obreros y traicionar la causa del proletariado.
7. En resumen, hay que reconocer que el problema catalán es una realidad
y tiene sus razones económicas que le dan un carácter progresivo
y revolucionario. La Oposición Comunista de Izquierda debe aprovechar
y aun impulsar este movimiento en lo que sí tenga de revolucionario,
no olvidando en ningún caso evidenciar ante el proletariado el carácter
democrático del problema de las nacionalidades, y que nunca la libertad
de los obreros depende de la libertad de los pueblos como tales, sino todo
al contrario, que sólo el proletariado con su triunfo puede dar realmente
a los pueblos esta libertad que les niega la democracia burguesa.
8. ¿Puede acaso un comunista situarse del mismo modo ante el problema
vasco que ante el catalán? Puede decirse rotundamente que no. Todo
lo que tiene de revolucionario y progresivo el movimiento catalán tiene
de reaccionario y atrasado el movimiento vasco. Los comunistas, ante el significado
tan distinto de estos dos problemas, no podemos pronunciarnos del mismo modo
ante uno y ante el otro. El problema catalán debemos admitirlo como
un factor revolucionario y hasta en cierto modo debemos impulsarlo; pero
ante el hecho nacional vasco hemos de adoptar una actitud totalmente opuesta.
9. Si bien en principio es verdad que los comunistas hemos de defender el
reconocimiento del derecho de las nacionalidades a disponer de sus propios
destinos, ante un movimiento nacional como el vasco, que representa todo lo
que de atrasado y retrógrado existe en España y se convierte
en el baluarte de la reacción, los comunistas, en defensa de la revolución,
no sólo no debemos cruzarnos de brazos por un respeto mal entendido
a los principios, sino que en nombre de nuestros principios de emancipación
del proletariado debemos oponernos por todos nuestros medios a este movimiento.
En Cataluña, el movimiento nacional tiene su base en los centros industriales,
en la parte más avanzada de la población. En el país
vasco es precisamente en los centros industriales donde no se siente el problema
de la liberación nacional. Donde éste tiene más enemigos
es entre las masas obreras, las que le oponen una feroz resistencia. Su cuna
y su fuerza está entre la clase campesina, dirigida por la Iglesia,
y en cierto modo ayudados por la gran burguesía, que ve en el nacionalismo
vasco la posibilidad de constituir sindicatos obreros nacionalistas frente
a las organizaciones de clase, para así luchar mejor contra las aspiraciones
del proletariado. Ya en las luchas del siglo pasado entre la monarquía
absoluta y la monarquía constitucional, el particularismo vasco puso
todas sus fuerzas al servicio del absolutismo, y hoy, a la caída de
la monarquía, el nacionalismo se ha aliado sin tapujos con la reacción
al servicio del régimen caído. El movimiento nacional catalán
impulsa la revolución democrática. El movimiento nacional vasco
frena y pone obstáculos a esta misma revolución. Los comunistas
debemos luchar con todas nuestras fuerzas contra este nacionalismo, baluarte
de la reacción más exacerbada.
10. La tan conocida frase de Lenin: ”El reconocimiento del divorcio no excluye
la agitación contra el divorcio”, y mucho menos implica que haya que
hacer propaganda a favor del divorcio, señala a los comunistas la actitud
que deben adoptar ante otros problemas nacionales ficticios que algunos elementos,
en especial los jefes del BOC, pretenden crear en España. El movimiento
nacional de Galicia, de Andalucía y, según puede colegirse
de sus propagandas, el problema de Aragón, de Murcia, etc., etc.,
tantos problemas nacionales como en regiones está dividido el estado
español, tengan o no verdadero carácter nacional, una base
económica y cultural propia, han nacido de un afán de izquierdismo
pequeñoburgués. El problema nacional gallego no es tal problema
ni existe tal movimiento nacional en Galicia; Galicia, ni por su cultura
particular, que no la tiene, por lo menos con fuerza para diferenciarse del
resto de España; ni por su desarrollo económico, plantea ningún
problema nacional; Galicia no tiene grandes núcleos industriales que
representen un peso específico real en el estado. Galicia no ve coartado
su progreso por el atraso del resto de España, porque en realidad,
económicamente, se halla en el mismo estado de atraso del resto del
país. En todo caso, si Portugal hubiera sido un estado económicamente
fuerte y avanzado, en Galicia, por su lengua y por su tradición, hubiera
planteado un problema de irredentismo. Pero los comunistas no podemos especular
sobre cosas que no existen, ni tampoco, en caso de que esto último
fuera cierto, en vísperas de una posible revolución proletaria,
íbamos a pretender seccionar parte del estado teatro de la posible
revolución, para integrarlo en un estado en el cual la burguesía
fuera más fuerte.
11. Lo mismo, o más todavía, podemos decir del llamado problema
andaluz. Si el problema gallego pudiera tener alguna razón de ser en
la mente romántica de literatos pequeñoburgueses, el problema
andaluz no puede tener ni esta ínfima base romántica de una
lengua que muere. Andalucía, ni por razones étnicas, ni por
razones económicas ni culturales, ni siquiera por razones de puro romanticismo,
tiene planteado ningún problema nacional. El problema andaluz no puede
tener su origen más que en la mente desbocada de un literato que viva
fuera del tiempo y del espacio. Todo lo más, este falso problema nacional
andaluz podría convertirse un día en el baluarte del agrarismo
feudal imperante en la región. En cuanto a los demás problemas
podemos decir lo mismo. Ni Aragón, ni Murcia, ni ninguna otra región
tienen planteados problemas de emancipación regional. Acaso en Valencia
y Mallorca, por su cultura, por su lengua y por su origen, podría
producirse un día un movimiento, pero de integración a Cataluña.
De todos modos, no vamos a ser precisamente los comunistas los que creemos
un movimiento de emancipación nacional, cuando la fuerza de la realidad
y las exigencias económicas no lo han producido.
12. No deberíamos en esta tesis sobre las nacionalidades introducir
el caso de Marruecos; pero la forma en que el Partido Comunista de España,
y especialmente el BOC lo han equiparado a los problemas nacionales de la
península, obliga a ello. En el proyecto de tesis del BOC, hablando
de los movimientos nacionales de España, se dice: ”y sobre todo el
de Marruecos”. Esto no es cierto. El de Marruecos no es un problema nacional,
porque en Marruecos no existe una nación, porque en Marruecos no sólo
no se ha desarrollado el capitalismo que es el exponente más característico
de la nacionalidad, sino que ni siquiera puede casi decirse que viva en un
régimen feudal, sino más bien de clan o de tribu. En donde no
existe la nación no puede haber de ningún modo un movimiento
nacional.
13. En Marruecos no hay una nacionalidad, porque el estado colonizador no
ha sabido crear en él la unidad económica que despertara esta
comunidad de intereses, que clase por clase produce la existencia de una nacionalidad.
España no ha sabido crear en Marruecos una industria, no ha sabido
introducir en él los progresos del capitalismo, ni siquiera ha sabido
hacer progresar el estado rudimentario de su agricultura; tampoco ha sabido
darle una cultura que propulsara su unidad. Los marroquíes, al luchar
con las armas en la mano contra los invasores, no luchan por Marruecos, luchan
por su aduar, lo más por su cabila. Las cabilas e incluso los aduares
son enemigos entre sí, y muchas veces luchan entre ellos con más
saña que contra los propios invasores que van a imponerles la paz.
Para los comunistas españoles el problema de Marruecos es un problema
totalmente aparte del de las nacionalidades. Es un problema colonial, y como
tal es como debe ser estudiado.
14. Los comunistas deben pronunciarse incondicionalmente por la libertad
de los pueblos oprimidos, llegando incluso a la separación, si ésta
es su voluntad; pero siempre en lo que tengan de democrático y de lucha
contra la opresión.
Ahora bien; el problema de Cataluña es un problema de carácter
progresivo y revolucionario. Los comunistas, como revolucionarios, tenemos
el deber de reconocer a Cataluña el derecho a su independencia, si
ésta es la voluntad de las masas de Cataluña; pero debemos al
mismo tiempo advertir al proletariado catalán que la liberación
nacional de Cataluña no significa su emancipación, y que sólo
la revolución del proletariado catalán con la del resto de España
concederá este derecho de la revolución democrática.
Los comunistas no debemos tender a escindir al proletariado, sino a conseguir
su unión.
15. Los comunistas de Cataluña tienen el deber de denunciar la inconsecuencia
de la pequeña burguesía radical, combatir el chovinismo local
y demostrar que la burguesía es incapaz de resolver el problema de
las nacionalidades. El movimiento nacional vasco, contrariamente al catalán,
es un movimiento reaccionario y retrógrado. Por lo tanto, los comunistas,
de acuerdo con el sentir de las masas obreras de Vasconia, que rehusan y lo
combaten, debemos combatirlo como un dique que es a los avances de la propia
revolución democrática. Los comunistas no debemos aceptar los
movimientos nacionales que no tengan su base en la realidad. Debemos oponernos,
por tanto, a lo que pretenden algunos llamar movimiento nacional gallego,
andaluz, etc., etc. La burguesía española, por su debilidad,
por los lazos que la unen económicamente a las fuerzas feudales del
país, por sus condiciones y contradicciones internas, es incapaz de
fundir los distintos pueblos en la potente unidad política que los
intereses del desarrollo económico de España exigen. Sólo
la victoria de la clase obrera históricamente progresiva, esencialmente
libertadora, unida por encima de las diferentes nacionalidades por un interés
común, garantizará el desenvolvimiento de los pueblos y el
reconocimiento de sus derechos acabando con toda opresión.