Pelai Pagès i Blanch
Uno de los aspectos menos conocidos de la polifacética
personalidad de Eugenio F. Granell ha sido el que se refiere a su militancia
política en los años de la Segunda República. Fueron
los años de su juventud, de su formación personal y profesional,
de los interrogantes que un joven se plantea siempre ante la realidad que
le envuelve y el inmediato futuro, y coincidieron con un período irrepetible
en la historia de España : los años republicanos fueron un
estallido de creatividad, de búsqueda de soluciones, de libertad sin
límites, de esperanzas y anhelos, como no se habían producido
en ningún otro momento de la historia reciente de España. Por
fin parecía que se podrían concretar los proyectos de reforma
que pasaban por convertir España en un país moderno, progresista,
donde los privilegios de unos pocos quedaran supeditados a los intereses
de la mayoría, donde se avanzara en la consecución de la justicia
social y España acabase siendo un país más justo, igualitario
y solidario. Las expectativas que generó la proclamación de
la Segunda República, justamente en abril de 2006 se cumplen 75 años,
fueron enormes y es muy ilustrativo que el mismo día de la proclamación
y los días siguientes todas las ciudades y pueblos de España
vivieron una auténtica fiesta popular y un estallido de alegría
sin precedentes. Se acababa de pasar página a una etapa de la historia
reciente –se salía de la dictadura de Primo de Rivera- y se abría
un período, lleno de retos y de dificultades, pero no exento de ilusiones
populares. Sin embargo, al fin, los privilegiados de siempre no pudieron
ni quisieron renunciar a ninguno de sus privilegios históricos y,
con la colaboración de un sector del ejército español,
y la alianza internacional de los fascismos europeos, acabaron poniendo en
marcha un golpe de estado militar que degeneró en una guerra civil
de tres años de duración.
Fue en este marco, esperanzador y conflictivo al mismo tiempo,
que se desarrolló la militancia política de Eugenio, en una
organización política pequeña y radical, de corte comunista
pero antiestalinista, que había surgido como consecuencia de la conflictos
generados por el ascenso de Stalin en la Unión Soviética y
por la estalinización que sufrió la URSS y el movimiento comunista
internacional. Un sector del Partido Comunista, en la misma URSS, se alineó
con Trotski, el dirigente máximo de las jornadas de octubre de 1917,
creador del ejército rojo y compañero de Lenin en los tiempos
gloriosos de la revolución, para enfrentarse a la política
de Stalin. Pero su derrota, a partir de 1927, la deportación
que sufrió Trotski a Alma Ata a partir de enero de 1928 y su posterior
expulsión de la URSS en 1929, proyectaron la polémica
a nivel internacional. A partir de mediados de los años 20 en muchos
partidos comunistas europeos y asimismo en el propio Partido Comunista de
España se habían manifestado grupos de militantes opuestos
a la política de Stalin y de las respectivas direcciones, que fueron
configurándose como los opositores antiestalinistas, partidarios de
las posiciones que defendía Trotski. Muy pronto estos militantes fueron
conocidos como “trotskistas” en el lenguaje político del momento.
La Izquierda Comunista de España y la militancia de Granell
Los primeros conflictos derivados del ascenso de Stalin en la
URSS se manifestaron relativamente pronto en España, como en el resto
del movimiento comunista internacional. Ya en 1926 aparecieron en la prensa
del PCE las primeras noticias de la existencia de una Oposición contra
Stalin en Rusia, pero no fue hasta finales de 1927 cuando la dirección
del PCE empezó a publicar informaciones sobre los acontecimientos
rusos tomando partido abiertamente a favor de Stalin y en contra de la Oposición
rusa
(1). La aparición de estas noticias coincidió
también con las divisiones que empezaron a surgir en el seno del PCE.
En plena Dictadura de Primo de Rivera, a partir de 1926 se dio a conocer
una oposición española a la dirección del Partido Comunista
que criticaba básicamente la falta de democracia interna en el Partido
y las arbitrariedades que cometían José Bullejos, Gabriel León
Trilla y Manuel Adame, los máximos dirigentes del Partido. Curiosamente,
las críticas de los oposicionistas españoles coincidían
plenamente con las de la Oposición rusa.
Fue en el marasmo de los últimos años de la Dictadura
de Primo de Rivera y durante la transición que a partir de enero de
1930 condujo a la instauración de la Segunda República española,
que, en plena disgregación del PCE, se dieron a conocer los primeros
grupos trotskistas españoles. De hecho uno de los primeros casos –y,
sin duda, el más emblemático- fue el de Andreu Nin, que residía
en Moscú desde 1921, y había participado activamente en la
construcción del movimiento sindicalista ruso posterior a la revolución,
desempeñando importantes cargos directivos. Miembro de la Oposición
de Izquierda en la URSS, al menos desde 1927, había sido apartado
de sus responsabilidades progresivamente y, ante la crisis de la Dictadura
de Primo de Rivera en España, había exigido su salida de la
URSS de manera insistente. Hasta que, finalmente, lo consiguió en
agosto de 1930.
Sin embargo, los primeros grupos trotskistas españoles
surgieron en el exilio francés y belga, a finales de 1929, animados
por un obrero vasco, pintor de la construcción, Francisco García
Lavid, que había militado en el PC de Vizcaya y durante unos años,
entre 1925 y 1927, también había residido en la URSS. En febrero
de 1930 se celebró en Lieja (Bélgica) la primera Conferencia
Nacional de la Oposición Comunista española, a la que participaron
grupos procedentes de Francia, Luxemburgo y Bélgica y al mismo tiempo,
García Lavid entró en contacto con dirigentes comunistas que
en los años anteriores se habían distanciado del PCE. Especialmente
significativos fueron los contactos que mantuvo con Juan Andrade, uno de
los iniciadores del primer Partido Comunista español, en la temprana
fecha de 1920, y quien durante muchos años fue el director de su periódico
“La Antorcha”.
De todas maneras, no fue hasta la proclamación de la
República, el 14 de abril de 1931, cuando se articuló de manera
definitiva la organización de los primeros trotskistas españoles.
La instauración del nuevo régimen permitió el regreso
de la mayoría de exiliados, que se habían visto forzados a
abandonar España por la Dictadura de Primo de Rivera. Andreu Nin,
por su parte, había llegado a Barcelona desde la Unión Soviética,
en septiembre de 1930. Desde 1929 se habían empezado a publicar también
las primeras obras de Trotski en español, donde se criticaba abiertamente
la política de Stalin. En 1929 la editorial Cenit de Madrid, que había
fundado Juan Andrade, había publicado el libro
La revolución
desfigurada, en versión de Julián Gómez “Gorkin”.
Y en los años sucesivos se dieron a conocer otros libros y obras históricas
y teóricas de Trotski, donde el revolucionario ruso se manifestaba
extraordinariamente crítico con Stalin al tiempo que ofrecía
alternativas para enderezar el movimiento comunista internacional. Desde
abril de 1930 existía un Buró Internacional de la Oposición
de Izquierda que tenía como objetivo vehiculizar las propuestas políticas
e ideológicas de Trotski a escala internacional.
En este contexto, tras la proclamación de la República,
los trotskistas españoles se organizaron políticamente en dos
fases. En junio de 1931 celebraron en Madrid la II Conferencia Nacional,
en la que definieron sus posiciones políticas frente a la nueva realidad
en que se hallaba España y se presentaron como “fracción” del
movimiento comunista español. Unos meses más tarde, en la III
Conferencia, que se celebró también en Madrid, en marzo de
1932, cambiaron su denominación, de Oposición Comunista de
España pasaron a llamarse Izquierda Comunista de España y se
presentaron como una organización política dispuesta a ganar
terreno y a competir con el Partido Comunista de España
(2).
Fue justamente en esta III Conferencia cuando aparece por primera
vez públicamente como militante trotskista Eugenio Fernández
Granell, un joven Eugenio de 19 años que, desde su Coruña natal
había llegado a Madrid y, en 1932 estaba estudiando violín
en el Conservatorio de Música de la capital de la República.
Aunque las crónicas de la Conferencia no destacan que tuviera una
especial actuación en este encuentro existe una fotografía
emblemática en la que aparecen la treintena de delegados que participaron
en la reunión y en el fondo, apoyado en la pared, con el nudo de la
corbata desabrochado, y con mirada observando al infinito, o al lejano objetivo
de la cámara, aparece Eugenio. Casi sobre su cabeza estaba colgado
el cartel de “el Soviet”, que lejos de señalar, aunque podía
parecerlo, que los reunidos se hallaban constituidos como el “soviet” de
la revolución española, en realidad se refería al título
del semanario que la Izquierda Comunista publicaba desde Barcelona.
No lejos de él, a un lado, aparecían Francisco García
Lavid y el padre de éste, tocado con boina, y al otro lado se hallaba
el militante francés Pierre Naville, que había asistido a la
conferencia oficiosamente como representante del Secretariado Internacional
de la Oposición. Era evidente que los acontecimientos españoles
empezaban a despertar un enorme interés entre toda la clase obrera
europea.
Esta primera aparición pública de Eugenio como militante
de la Izquierda Comunista hay que inscribirla en el grupo trotskista de Madrid
que, desde los inicios de la organización no sólo era el más
activo sino que además era el más numeroso y sobre el que recaía
la publicación de la revista “Comunismo”, el órgano teórico
de la organización, que había empezado a publicarse en la temprana
fecha de mayo de 1931, con un alto contenido teórico y político,
y que, dirigido por Juan Andrade, poseía un enorme prestigio intelectual.
En el grupo madrileño Granell compartía militancia no sólo
con Andrade y García Lavid, también figuraba en él otro
militante de origen gallego y brillante teórico del partido como era
Enrique Fernández Sendón “Fersen”, procedente de Santa Eugenia
de Ribeira, Luis García Palacios, antiguo militante de la Agrupación
Comunista de Madrid y dirigente de la Federación Española de
Trabajadores de la Banca de la UGT, la compañera de Andrade, Mª
Teresa García Banús, de origen valenciano y emparentada con
el pintor Sorolla, el pintor de la construcción Enrique Rodríguez
Arroyo, que llegó a ser el secretario de la sección de la Izquierda
Comunista de Madrid, o el mexicano-extremeño Manuel Fernández-Grandizo,
más conocido como Munis.
Entre el centenar largo de militantes que la Izquierda
Comunista tuvo en Madrid habría que contabilizar también a
los dos hermanos de Eugenio, Julio y Mario. Pero, a diferencia de Eugenio,
sus dos hermanos pasaron a militar en la Izquierda Comunista en fecha un
poco más tardía, puesto que estaban militando en el Partido
Comunista de España cuando, en junio de 1933 fueron expulsados de
la organización del radio Sur de Madrid del Partido oficialmente “por
haber organizado una fracción trotskista” en su seno
(3).
Julio era empleado de banda y Mario trabajaba como dependiente de pescado
y formaba parte, como secretario, de la directiva de la Sección de
Dependientes de Mayoristas de Pescado de Madrid. Los tres hermanos Granell,
pues, en los años republicanos pasaron a militar en la Izquierda Comunista
y, a partir de 1935, al fundarse el POUM, militaron también en el
nuevo partido.
Que la militancia de Eugenio en el seno de la Izquierda Comunista
no era fortuita ni casual lo demuestra el hecho de que poco después
de la III Conferencia, en mayo de 1932, fue detenido en Madrid, junto a García
Lavid y a Alberto Fernández, otro militante originario de Galicia
y ferroviario de profesión, aunque su detención no fue muy
duradera
(4). Justamente desde la prisión celular
de Madrid, y fechado en el mes de mayo de 1932, Eugenio escribía un
primer artículo, que publicó el semanario “El Soviet”
y que representa una dura crítica a la disciplina a que los Partidos
Comunistas sometían a su militancia y especialmente a las juventudes
del partido
(5). Es especialmente interesante este artículo
porque recoge la perspectiva política e ideológica del joven
Granell sobre el funcionamiento que debían tener los partidos comunistas
para ser verdaderamente democráticos. A propósito de las expulsiones
que se estaban produciendo en el seno de las Juventudes Comunistas, planteaba
la necesidad de que los partidos funcionasen a partir del “centralismo democrático”
: “la democracia comunista constituye la garantía de que los acuerdos
que se toman, las resoluciones que se adopten, etc. no son imposiciones caprichosas
que es preciso acatar mansamente, sino que se aceptan después de un
amplio y detenido examen, de una sincera y metódica discusión
por parte de la base”. A este principio básico se oponía
la actitud de aquellos que querían “imponer los acuerdos dictatorialmente
desde arriba”, que era lo que ocurría casi siempre. Y cuando alguien
criticaba a la dirección era acusado de indisciplina : “Es preciso,
pues, obedecer. El que obedece sin chistar, aunque no esté conforme
con las tareas que se le imponen a la organización, no se sale de
la línea y no incurre en el delito de indisciplina”. Contra esta práctica,
para Granell “un verdadero comunista se hace en la lucha diaria, en la discusión
amplia y libre de todos los problemas que se planteen”. El problema que existía
en la Internacional Comunista desde la muerte de Lenin y que afectaba a todos
los partidos comunistas que dependían de la órbita stalinista
era que “en realidad no existe democracia, los acuerdos de los comités
superiores tienen que ser impuestos por la fuerza. Si no se aceptan ampliamente,
si se les hace la menor objeción, si se intenta criticarlos, supone
“salirse de la línea”, colocarse frente a la Internacional (que por
este precedimiento se la ha convertido en una especie de organismo revestido
de cierta infalibilidad papal) y se cae de lleno en el terreno de la indisciplina”.
Para evitar la degeneración que comportaba esta
práctica y que conducía a los partidos comunistas a una caída
en picado hacia el abismo, la única solución era recuperar
la democracia y la auténtica disciplina en el funcionamiento de la
Internacional. En palabras de Granell : “Es preciso no confundir la disciplina
consciente comunista con la disciplina mecánica de los cuarteles de
caballería. Es preciso no confundir la disciplina consciente comunista
con la obediencia jesuítica. Es preciso no confundir la disciplina
consciente comunista con la mansedumbre borreguil”. En la perspectiva política
e ideológica en que se situaba Granell y con él la Oposición
Comunista de izquierdas, la única solución para enderezar la
situación era acabar con la burocracia stalinista, con los hábitos
que imponía y que hasta ahora habían conducido a la clase obrera
de derrota en derrota.
Las actividades de Eugenio F. Granell en la Izquierda Comunista
Pero fue a lo largo de 1933 cuando hallamos una mayor intervención
de Eugenio en la vida política pública como militante de la
Izquierda Comunista. El año 1933 fue, por muchas razones, un año
importante en la vida política española y también a
nivel internacional. Por una parte, porque a los dos años de haberse
instaurado la República, el entusiasmo que habían manifestado
muchos sectores de las clases populares españolas respecto al nuevo
régimen se había disipado en buena parte. El primer gobierno
que se constituyó a partir de la celebración de las primeras
elecciones constituyentes, de junio de 1931, presidido por Manuel Azaña,
y formado por republicanos de izquierda y socialistas, manifestó abiertamente
sus limitaciones reformistas. Tenía que ser el gobierno de las grandes
transformaciones políticas y sociales, el que asumiera el reto de
modernizar España y llevara a cabo las reformas tantos años
esperadas. Pero a la hora de la verdad las reformas fueron mucho más
tímidas de lo que muchos habían deseado. Y en enero de 1932
los anarquistas –que habían vivido una auténtica luna de miel
con la República- protagonizaron el primer levantamiento revolucionario,
que repitieron un año más tarde. La reforma agraria –auténtica
piedra de toque del reformismo republicano- tampoco cubrió las expectativas
que había generado y en el verano de 1933 se produjeron las grandes
huelgas protagonizadas por los campesinos que pusieron de relieve la enorme
frustración campesina respecto a la reforma agraria. Mientras, en
la temprana fecha de agosto de 1932, la derecha protagonizaba el primer intento
de golpe de estado contra la República. Si, por una parte, las reformas
republicanas no satisfacían a los sectores obreros y populares, por
otra parte habían colocado ya a sectores de la derecha y del ejército
claramente en una posición involucionista en contra del nuevo régimen.
En el ámbito internacional el año 1933 conoció
un acontecimiento que conmocionó a Europa y al mundo : en enero se
producía el ascenso al poder de Hitler en Alemania y en menos de medio
año el partido nacionalsocialista alemán ponía fin a
la experiencia democrática de la República de Weimar e instauraba
un régimen de partido único que, de manera inmediata, instauró
una de las dictaduras más feroces de Europa. Era el segundo eslabón
de una cadena que se había iniciado en Italia, en 1924, con la llegada
al poder del fascismo, y, en el marco de la profunda crisis económica
que vivía Europa y el mundo capitalista desde 1929, amenazaba
a otros países europeos. Y lo más relevante de la experiencia
alemana era que Hitler había llegado al poder a través de las
urnas.
No hay que extrañar, pues, que en todos los debates políticos
que se celebraron en España a partir de 1933 la experiencia alemana
pase al primer plano, puesto que era evidente que lo que había pasado
en Alemania se podía reproducir en cualquier otro país europeo.
De hecho la democracia en Europa estaba viviendo un claro proceso regresivo
desde la crisis de la primera postguerra mundial y la gran depresión
de los años 30 amenazaba aún más los regímenes
parlamentarios. Los países más amenazados eran aquellos que,
como España, tenían una escasa tradición democrática
y sus instituciones parlamentarias aún no se hallaban suficientemente
consolidadas.
Fue en este contexto que el 27 de marzo de 1933 se había
convocado en el “Salón Luminoso” de Madrid una asamblea que inicialmente
estaba prevista para la organización de unas “milicias antifascistas”
pero que, al anunciarse la próxima celebración de un Congreso
internacional antifascista, finalmente la asamblea se convocó a fin
de crear un ambiente general de lucha antifascista, constituir un amplio
“frente nacional antifascista” y celebrar un Congreso nacional en breve
(6). Según la información de que disponemos
el salón se hallaba atestado por unos dos mil obreros. El informe
inicial lo expuso un antiguo teniente de la guardia civil, de nombre Galán,
que ahora militaba en el Partido Comunista, y que defendió la posición
oficial del PCE al respecto, acusando a los socialistas y a la socialdemocracia
de allanar el camino al fascismo y señalando la imposibilidad de una
unión entre los comunistas y los socialistas para luchar contra el
fascismo.
Tras la intervención de Galán, habló Eugenio,
que expuso las posiciones de la Izquierda Comunista. Tras salir al paso del
error consistente en creer “que en España no es posible que surja
el peligro fascista”, explicó que efectivamente se daban ya las condiciones
para que el fascismo se desarrollase y señaló que “en el campo
son precisamente las organizaciones de la UGT las que van a la cabeza de
la revolución agraria”. Según la crónica disponible
del acto, Granell siguió destacando que “para la burguesía
comienza a constituir un peligro la existencia de organizaciones obreras.
Si se quiere evitar que el fascismo, en un mañana próximo,
constituya una realidad trágica, hay que lograr por todos los medios
la constitución de un fuerte frente único de organizaciones
proletarias”. En una segunda intervención en el acto –de réplica
a Galán, que volvió a acusar a los socialistas de asesinos
de obreros- insistió en la necesidad de que fuesen las masas
obreras, las bases de las organizaciones, quienes impusieran el frente único
a sus jefes : “Si la burguesía está en el poder se debe a la
división que hay en el campo obrero. Es preciso encontrar y convencer
a las masas de una línea justa que las conduzca al triunfo, y este
camino sólo puede hallarse a través de una crítica constante
de las diversas tendencias”. La alternativa residía, según
Granell, en conseguir una unión en la lucha contra el fascismo y para
ello “es preciso llegar a un acuerdo entre las organizaciones obreras representativas”.
Eran los tiempos en que los partidos comunistas de corte stalinista acusaban
a los socialistas de ser “socialfascistas” y sólo contemplaban la
existencia de un frente único obrero, “por la base”, al margen de
las direcciones de los partidos. En su última intervención
en la asamblea Eugenio insistió en que “el frente único de
organización no quiere decir sólo con los jefes o sólo
con la base, sino simplemente con la organización en su conjunto”
e hizo una proposición para que en la próxima asamblea que
se celebrase la cuestión del frente único figurarse en el orden
del día. Sin embargo, Galán se ocupó de rechazar la
proposición, señalando que el asunto se había debatido
suficientemente.
Cuando al domingo siguiente, día 2 de abril, se celebró
una nueva asamblea, que también fue conducida por Galán, la
participación de Eugenio se situó en un segundo plano, puesto
que fue otro militante de la Izquierda Comunista de Madrid, Marino Vela,
quien llevó la voz cantante para exponer las posiciones defendidas
por los trotskistas españoles
(7).
Sin embargo, antes de que acabase el año Eugenio escribió
un nuevo artículo en el que bajo el título El Partido Comunista
y el fascismo ponía de relieve las contradicciones en que incurrían
los stalinistas en el momento de enfrentarse a los avances que estaba experimentando
el fascismo en toda Europa
(8). Su crítica inicial
se centraba en las directrices que daban el propio Stalin y el máximo
dirigente del sindicalismo comunista a escala internacional, Alexander Losovski,
que ahora unía a las responsabilidades de la socialdemocracia las
del anarquismo para explicar el ascenso del fascismo, hasta tal punto que
si en el lenguaje stalinista el socialismo se había convertido en
el “ala moderada del fascismo”, el anarcosindicalismo había evolucionado
también hasta devenir “anarcofascismo”. Ante unos y otros el
Partido Comunista se había impuesto señalar el rumbo a la clase
obrera. Pero, según Granell, “desgraciadamente, el stalinismo es una
escuela de pésimos timoneles” , “identificar el fascismo con el anarquismo
es no sólo una inconsecuencia política, sino además
una monstruosidad teórica. El anarquismo no presenta ni una sola de
las características del fascismo”. En el análisis que realiza
Eugenio ambos movimientos se hallan en la antítesis, puesto que “el
fascismo constituye el último tablón de que el capitalismo
echa mano para salvarse del hundimiento total”, mientras “el anarquismo,
por el contrario, corresponde a los primeros pasos inseguros que da la clase
obrera en su rebelión intuitiva contra el orden de cosas burgués”.
Crítico también con el anarquismo, pero consciente que “los
obreros que ven a sus jefes que ocupan cargos en la dirección de sus
organizaciones lanzarse a la calle cargados de bombas y pistolas, arriesgando
imprudentemente su vida, no pueden creer, por mucho que se les grite, que
les están traicionando”, Granell centraba su análisis en el
caso español, sobre todo después de la experiencia alemana.
En España los primeros brotes de fascismo habían aparecido
en marzo de 1933 (“intento de manifestación con camisas verdes, sucesos
provocados por los estudiantes reaccionarios en la Universidad Central, salida
del primer número de
El Fascio...”) animados por los acontecimientos
alemanes. Estas primeras manifestaciones forzaron a los dirigentes socialistas
españoles “a declarar que están dispuestos a impedir por todos
los medios el avance del fascismo”. Para Granell, sin embargo, “el liberalismo
extremista del anarcosindicalismo” y, al mismo tiempo, “la verborrea democrática
del reformismo constituyen un serio obstáculo que se antepone a la
organización de la clase obrera para la lucha antifascista”.
En España, ante el peligro fascista, las masas son víctimas
de “la esterilidad anarquista, de la demagogia calculadora del reformismo
y del ultimatismo staliniano”. Si, por una parte, “el antiautoritarismo
anarcosindicalista no reconoce diferencia alguna entre que sea la burguesía
o el proletariado quien ocupe el poder”, por la otra “la misión del
stalinismo reside en procurar por todos los medios que el confusionismo no
se disipe”.
Pero ante la debacle que representó Alemania, Granell
tenía claro que la política del Partido Comunista debía
ser abandonar “el frente único por abajo” y buscar el entendimiento
con socialistas y anarquistas, aunque era consciente que “el stalinismo teme
enfrentarse con las demás organizaciones obreras”, y que por ello
defendía un “frente abigarrado, en el cual se confunden los intereses
de clase del proletariado con los de la pequeña burguesía,
en el cual la independencia política y orgánica del proletariado
se hipoteca por la adquisición de unas cuantas individualidades”.
Haciendo gala de un profundo conocimiento de los principios estratégicos
y tácticos del leninismo, Granell defendía que “la dirección
de la clase obrera pertenece solamente al Comunismo. Solamente la independencia
de la clase obrera puede constituir una garantía que ésta ofrezca
a la pequeña burguesía urbana y a los campesinos. Confiscar
la independencia de clase del proletariado es una traición más
que hay que apuntar en el haber del stalinismo”. Por esta razón
era especialmente mordaz con la política que desarrollaba el Partido
Comunista, ya que en Alemania “el frente único sólo por abajo”
después del triunfo de Hitler se está llevando a cabo “en las
cárceles, en los campos de concentración, en los cementerios”.
Mientras que “el frente único proletario impedirá la derrota
del proletariado y contribuirá a asegurar el triunfo de la revolución
proletaria. Sobre el frente único staliniano, nosotros propugnamos
el frente único leninista”.
Si la política a seguir frente al ascenso del fascismo,
en España y en Europa, fue uno de los temas de debate permanente en
1933 y en los años siguientes, el otro tema, bastante recurrente,
por otra parte, era el de la unidad comunista. Un tema que en España
se planteó desde el mismo año 1931, al proclamarse la República,
a causa de la dispersión y de las divisiones que existían tanto
en el movimiento comunista internacional como en el español. Ciertamente,
el ascenso del stalinismo en la URSS y en Europa había propiciado
que, además de la oposición trotskista, apareciesen otras oposiciones
a la política stalinista, a menudo situadas a la izquierda del PCE.
En España, además del PCE oficial y de la Oposición
de Izquierda, el inicio de la República había posibilitado
la ruptura de la Federación Comunista Catalano-Balear, dirigida por
Joaquín Maurín, con la Internacional Comunista, que propició
la constitución del denominado Bloque Obrero y Campesino y de la Federación
Comunista Ibérica, una organización que en Cataluña
fue mayoritaria y además tenía implantación en otras
zonas del estado
(9) .
Como ya he puesto de relieve, al iniciarse la República,
la oposición trotskista se presentaba como “fracción” del Partido
Comunista, un partido que desarrolló una política extraordinariamente
izquierdista y aventurera, proclamando la constitución inmediata de
soviets para iniciar la revolución y acusando, como vimos, a socialistas
y anarquistas de filofascistas. Respecto a la Oposición el trato que
le daba el PCE no era mucho mejor. En marzo de 1931 una publicación
comunista trataba a los miembros oposicionistas como de “renegados que la
Rusia soviética expulsó de su suelo”
(10).
Cuando en agosto de 1932 la Internacional Comunista decidió prescindir
de la dirección del PCE –Bullejos, Trilla, Adame- que fue acusada
de “dirección sectaria” y la substituyó por un equipo encabezado
por el comunista sevillano José Díaz, en realidad no modificó
sus posiciones políticas. En todos los temas importantes, tanto en
los referidos a España como a nivel internacional, defendieron las
mismas posiciones políticas y lo siguieron haciendo hasta el viraje
que llevó a cabo la Internacional en julio-agosto de 1935, en
el VII Congreso en el que definió, a propuesta de Dimitrov, la formación
de los Frentes Populares.
Por sus orígenes, por el proyecto político que
defendía, por su propia naturaleza política, la ICE siguió
siempre muy de cerca la evolución de la Unión Soviética,
de la Internacional y del Partido Comunista. Y ello explica las críticas
que le dedicaba. Especial interés tiene el artículo que Granell
publicó en febrero de 1933, bajo el título de "Un paso adelante
hacia la unificación de las filas comunistas"
(11).
En él planteaba inicialmente la necesidad de revisar toda la política
que la Internacional Comunista estaba llevando respecto a España a
causa del “fracaso rotundo de la política staliniana en la revolución
española”, puesto que el desarrollo de los acontecimientos españoles
no se estaba produciendo como preveían “los sabios marxistas que actualmente
rigen el movimiento comunista”. Con una cierta ironía Granell se refería
a las enseñanzas fatuas y a la vacua mentalidad de la escuela Bujarin-Stalin,
que sólo conducía a errores de percepción que, además,
nunca se corregían e inevitablemente llevaban al aislamiento del Partido
de las masas trabajadoras como consecuencia de tantos errores políticos.
Los llamamientos de los “burócratas stalinianos” para que al Partido
Comunista afluyeran millares y millares de obreros y campesinos eran contemplados
por Eugenio también con evidente ironía : “lanzarse a la conquista
de las masas para el Partido con la actual política que lo orienta
es algo así como disponerse a cazar tigres de Bengala con papel atrapamoscas”.
“Para conquistar a los obreros (...) –escribe más adelante- la cosa
es mucho más sencilla. En
Mundo Obrero se publica una circular
aconsejándoles que se afilien al Partido Comunista, y ya está.
Si no se adhieren, peor para ellos; el Partido bastante hace con abrirles
sus puertas”.
Porque para Granell estaba claro que “el divorcio entre las
masas y el Partido es el fruto de la falsa política llevada a cabo
por la I.[nternacional] C.[omunista] en todo el mundo durante estos últimos
tiempos” y que “la política staliniana es una cadena ininterrumpida
de eslabones podridos”. En este punto, Granell describía la situación
a que había llegado la propia Unión Soviética, bajo
la hégira de Stalin, con tintes muy realistas y dramáticos
:
“El Plan Quinquenal ha conducido a la U.S. a una situación
crítica. El nivel de vida de los trabajadores rusos desciende sin
cesar, el antagonismo entre la ciudad y el campo se agudiza; sin dar la menor
explicación (aquí reside el temor a reconocer abiertamente
los errores) se restablece el mercado libre : el kulak y el burócrata
son los únicos que se benefician de una situación desastrosa.
Los viejos bolcheviques, alucinados momentáneamente por la falsa aureola
de la construcción socialista en un plano nacional, vuelven sus ojos,
anhelantes, hacia la Oposición de Izquierda. Cada vez son más
los miles de oposicionistas que emprenden el camino del destierro. Con el
régimen zarista, Siberia era el lugar que inevitablemente habían
de conocer los revolucionarios. La burocracia staliniana, tanto más
insensata cuanto más incapaz, repite la historia. Los miles de bolcheviques
leninistas exiliados en Siberia deben de retornar a la URSS. Su retorno constituye
la única garantía de que la U.S. volverá al cauce del
que nunca debió haber salido, al frente de lucha de la revolución
proletaria mundial, en el que Lenin y Trotsky la dirigieron triunfalmente”.
El panorama internacional que se dibujaba en el movimiento
comunista internacional tampoco era nada halagüeño : a la catástrofe
sufrida en Alemania, se añadía la pérdida de influencia
experimentada por el PC francés, la inflexión a la baja sufrida
en Inglaterra –donde el PC pasó de 15.000 a 5.500 miembros en pocos
años-, o el panorama que presentaban los partidos comunistas sudamericanos
o el PC indio.
Ante la panorámica general que ofrecía el movimiento
comunista internacional, Granell ofrecía como un gran paso hacia la
salvación de la Internacional Comunista “el dado por numerosas células
del P.C. oficial y todo el Radio Sur de Madrid al pronunciarse por la celebración
de un Congreso de unificación comunista”. Su alternativa, en nombre
de la Izquierda Comunista, era precisamente este Congreso de unificación
:
“Hemos luchado y luchamos denodadamente por que la celebración
de un amplio y democrático Congreso de unificación comunista
sea un hecho. En el Partido oficial se desarrolla con insistencia un movimiento
en tal sentido. Las células y Radios deben de seguir al Radio Sur,
apoyar sus proposiciones y procurar por todos los medios que el Congreso
de unificación, saboteado sistemáticamente por los dirigentes
nacionales e internacionales, llegue a plasmarse en una realidad provechosa
al desenvolvimiento de la revolución proletaria española, ya
que de él saldrá el verdadero Partido Comunista unificado que
el proletariado español precisa para orientarse con pasos firmes por
el camino del triunfo”.
Ni que decir tiene que las expectativas de Eugenio Granell y
de la Izquierda Comunista de que la Internacional Comunista aceptase la celebración
de un Congreso de unificación jamás se vieron cumplidas.
Cuando la Izquierda Comunista se planteó la celebración
de una Conferencia Nacional para el 30 de diciembre de 1933, que finalmente
no se celebró, Eugenio escribió para su discusión un
proyecto de Tesis sobre la situación internacional muy interesante,
que, al margen de cualquier otra consideración ideológica y
política, pone de relieve el profundo conocimiento y la capacidad
de análisis político que demostraba Eugenio ante los problemas
internacionales
(12). En doce párrafos repasaba
la situación mundial desde la crisis que sufrió el mundo capitalista
en octubre de 1929 que dio pié a la gran depresión de los años
30 hasta las expectativas revolucionarias que aún existían.
Tras destacar el papel de la revolución alemana en el contexto internacional
–“del triunfo o del fracaso del proletariado alemán dependía
el curso de la revolución mundial”- y las consecuencias que generó
el triunfo del fascismo en éste país –“a consecuencia del triunfo
del fascismo en Alemania está hoy en peligro la revolución
rusa, la más alta conquista del proletariado mundial”-, hacía
referencia al papel que estaba desempeñando la burocracia stalinista
a nivel internacional –“la burocracia stalinista que por no agravar la situación
interior de la URSS, ha venido traicionando la revolución mundial
en estos años decisivos”-. Su última tesis planteaba la necesidad
de una recomposición del movimiento obrero para abordar los retos
del inmediato futuro :
“La bandera de la revolución abandonada en el momento
en que los mayores problemas pesan sobre el proletariado, la experiencia
de la crisis mundial ha demostrado, en forma que no deja lugar a dudas, que
el movimiento obrero revolucionario tienen que reconstruirse en vistas a
un nuevo programa. Pero esta reconstrucción que supone un proceso
largo, ha de hacerse sobre la marcha, acometiendo simultáneamente
los grandes problemas de que depende el porvenir inmediato del proletariado.
Hay que luchar contra la guerra (por lo cual se entiende también la
defensa de la URSS) y contra el fascismo. La II y la III Internacionales
se evaden de esta lucha. Tienen que acometerla de una manera urgente o nuevas
fuerzas que sepan entrar en relación con las masas socialistas, comunistas
y con el proletariado en general. Si no se acomete esta tarea seguirán
su curso sin intervención del proletariado”.
Antes de que terminase el año 1933 muy probablemente
era Eugenio –a quien corresponderían las siglas E.F.- quien escribía
en forma de “Notas” un breve artículo de poco más de dos páginas
en el que daba a conocer el “caso Serge”, la detención por parte de
Stalin del escritor y revolucionario belga de origen ruso Víctor Serge
(13). Al tiempo que en este artículo se daba a conocer
la detención de Serge y su deportación a Siberia en enero del
mismo año 1933, se informaba de la campaña a favor del escritor
que se estaba desarrollando en diferentes países europeos y especialmente
en Francia, y se denunciaba la situación de persecución que
estaban sufriendo los oposicionistas rusos en vistas a organizar un magno
proceso en contra del trotskismo, bajo la acusación de sabotaje :
“Ahora Stalin parece que prepara una faena de mayor envergadura.
En estos meses se está procediendo en la URSS a la “depuración
del Partido”. Ya sabemos lo que estas “depuraciones” significan : operaciones
que se hacen para mantener el Partido reducido a nada, privado de voluntad
y de pensamiento. En esta “depuración” surgen los “trotskistas” conscientes
o inconscientes por todas partes. Queremos decir que en cuanto la Oposición
encarna las tradiciones y el pensamiento comunistas, todo brote de pensamiento,
toda crítica, es al instante perseguido y condenado por “trotskismo”.
Así se encuentran, tanto en el partido ruso como en los demás
partidos, multitud de militantes que, aun esforzándose en huir de
las “posiciones trotskistas”, se encuentran, sin embargo, acusados de ellos.
Hasta en la sopa –partiendo del supuesto de que acostumbre a tomar sopa-
encuentra Stalin “contrabando trotskista””.
Estas líneas escritas en 1933 eran premonitorias de lo
que acontecería sólo tres años más tarde, cuando
el “trotskismo” se acabó convirtiendo en una auténtica obsesión
para Stalin y para el stalinismo y cuando, además, el “trotskismo”
pasó a ser sinónimo de contrarrevolución y de filofascismo.
Eugenio F. Granell y la formación del POUM
Los acontecimientos posteriores a 1933 iban a ser decisivos
en el desarrollo de los acontecimientos españoles y también
en la militancia de Eugenio F. Granell y en la historia posterior de las
organizaciones comunistas. En noviembre del mismo año 1933 las elecciones
generales dieron el triunfo a las organizaciones del centro republicano y
de la derecha : los radicales de Alejandro Lerroux y la CEDA de Gil Robles
dispusieron de mayoría parlamentaria y desde el gobierno los lerrouxistas
iniciaron una política claramente antirreformista cuyo objetivo era
frenar y desmantelar la tarea que había realizado durante el primer
bienio republicano la coalición republicanosocialista. La respuesta
a estas elecciones fue inmediata : mientras los anarquistas protagonizaban
una nueva insurrección en diciembre de 1933, desde Cataluña
se constituía la Alianza Obrera, la concreción del frente único
formado por la mayoría de las organizaciones obreras y que debía
frenar el ascenso del fascismo en España. El fenómeno muy pronto
se extendió a toda España y se crearon Alianzas Obreras en
todas partes, mientras a lo largo de 1934 se iban radicalizando las posiciones
que culminaron en octubre de 1934. La entrada de la CEDA en el gobierno
de la República, que amenazaba la propia existencia del régimen
republicano y que permitía que en España se reprodujera la
situación que se había vivido en Alemania en enero de 1933,
acabó provocando una huelga general, la revuelta de la Generalitat
de Cataluña y una auténtica revolución obrera en Asturias.
La represión gubernamental que siguió a estos movimientos
fue muy intensa y obligó a todas las organizaciones de izquierda y
obreras a no bajar la guardia, puesto que era evidente que la República
se hallaba definitivamente amenazada, como acabó evidenciándose
a partir de febrero de 1936. Las elecciones de este mes dieron la victoria
al Frente Popular, la nueva coalición de republicanos de izquierda
y organizaciones obreras, pero no evitó que un sector del ejército
español iniciase un proceso conspirativo que llevó, en julio
de 1936, al estallido de la guerra civil.
En este contexto histórico que acabo de resumir, la militancia
de Granell siguió la lógica de las posiciones que había
defendido hasta ahora. Aunque no hemos hallado ninguna nueva colaboración
escrita en la prensa de la Izquierda Comunista –hasta octubre de 1934 se
siguió publicando “Comunismo”- mantuvo sus directrices militantes.
Cabe recordar que ya en su artículo del mes de agosto de 1933 había
situado a Lerroux “a la cabeza de la reacción clerical y agraria”
(14). Y cuando en mayo de 1934 se constituyó en
Madrid la Alianza Obrera, se incorporó al nuevo organismo con el mismo
impulso y entusiasmo que a lo largo del año anterior había
defendido el frente único.
Tras los acontecimientos de octubre de 1934 la Izquierda Comunista
se enfrentó a una nueva situación política. A partir
del mes de febrero de 1935 se habían iniciado desde Cataluña
las conversaciones entre los distintos partidos que se reivindicaban del
marxismo para plantearse su posible unificación : si antes de octubre
de 1934 se había hablado de “unidad comunista” ahora se había
ampliado el espectro político y se hablaba de “unificación
marxista”
(15). En las conversaciones participaban desde
el Bloque Obrero y Campesino hasta la Izquierda Comunista, pasando por la
Unió Socialista de Catalunya, la Federación Catalana del PSOE,
el Partit Comunista de Catalunya y el Partit Català Proletari. Muy
pronto se puso de manifiesto la coincidencia de objetivos que mostraban el
Bloque Obrero y Campesino y la Izquierda Comunista y que, en un proceso relativamente
corto, en septiembre de 1935, llevaron a la formación del Partido
Obrero de Unificación Marxista.
Hasta llegar a este momento, sin embargo, la Izquierda Comunista
tuvo que renunciar a seguir las directrices de Trotski, que animaba a las
distintas secciones nacionales de la oposición a hacer “entrismo”
dentro de los partidos socialistas. Ya en octubre de 1934 los trotskistas
españoles se opusieron de manera unánime a esta estrategia
que habían seguido sus camaradas franceses. Y cuando el proceso de
unificación se hallaba bastante avanzado en Cataluña, el Comité
Ejecutivo de la ICE llegó a proponer que el nuevo partido unificado
sólo se constituyese en Cataluña, mientras que el resto de
secciones de la ICE entrasen en el Partido Socialista. En este punto la sección
de Madrid fue la primera en oponerse a esta nueva estrategia, que finalmente
se abandonó para defender la constitución de un nuevo partido
–el POUM- de ámbito español.
Que Granell se implicó abiertamente en esta última
fase del proceso parece evidente por las informaciones que disponemos. Por
una parte, el núcleo madrileño, encabezado por Juan Andrade,
fue de los más beligerantes en la defensa de la unificación.
Disponemos, además de una información adicional extraordinariamente
significativa : en julio de 1935 –cuando se había decidido ya el proceso
de unificación pero aún faltaban más de dos meses para
que culminase- Eugenio fue detenido con otro militante de la Izquierda Comunista
de Madrid, Alberto Aranda, por estar distribuyendo paquetes de “La Batalla”,
el órgano del prensa del Bloque Obrero y Campesino
(16).
El proceso de unificación se hallaba muy avanzado y al cabo de poco
tiempo Granell se convertiría en uno de los militantes más
activos de la sección madrileña del POUM. Y así siguió
hasta el final de la guerra, cuando la derrota de la República le
obligó a vivir un largo exilio
(17). Pero este es
ya otro período de su vida.
Notas
(1) He estudiado la recepción de los conflictos
rusos en el seno del Partido Comunista de España en mi libro
Historia del Partido Comunista de España (1920-1930). Ed. Hacer.
Barcelona, 1977.
(2) He analizado con detalle el proceso organizativo
de los primeros trotskistas españoles en el libro
El movimiento
trotskista en España (1930-1935). Ed. Península. Barcelona,
1977.
(3) La información sobre la expulsión
de ambos, junto a otros militantes, aparece en “Comunismo”, nº 26, julio
de 1933, pág. 33. La información hace referencia a los acontecimientos
alemanes que habían auspiciado el ascenso al poder de Hitler en Alemania
y a la bancarrota sufrida por el Partido Comunista alemán, que habían
agudizado el espíritu crítico de la juventud frente a las verdades
absolutas que defendía la ortodoxia comunista.
(4) La detención de los tres militantes fue
denunciada en “El Soviet”, nº 4, de fecha 12 de mayo de 1932 :
La persecución de los comunistas de izquierda. Tres camaradas detenidos
en Madrid.
(5) E. Fernández Granell : La “disciplina” en
las juventudes oficiales fuente de graves errores, “El Soviet”, 9 de junio
de 1932. Todas las citas que publicamos a continuación proceden de
este artículo.
(6) La información sobre esta asamblea apareció
en “Comunismo”, nº 23, abril 1933, págs. 181-183.
(7) Ver la información de esta nueva asamblea
que aparece en “Comunismo”, nº 23, abril 1933, págs. 183-184.
(8) Puede consultarse el artículo en “Comunismo”,
nº 27, agosto 1933, págs. 79-83.
(9) Sobre el BOC existe la obra, clásica ya,
de Francesc Bonamusa:
El Bloc Obrer i Camperol. Els primers anys (1930-1932).
Ed. Curial. Barcelona, 1974. Y más recientemente el completo trabajo
de Andy Durgan :
BOC, 1930-1936. El Bloque Obrero y Campesino.
Ed. Laertes. Barcelona, 1996.
(10) “Heraldo Obrero”, 7 de marzo de 1931.
(11) En “Comunismo”, nº 21, febrero 1933,
páginas 78-81.
(12) Este proyecto de tesis se publicó en
el “Boletín Interior de la Izquierda Comunista de España”,
nº 5, 20 Noviembre de 1935. Páginas 16-19.
(13) Estas Notas. El caso Serge fueron publicadas
en “Comunismo”, nº29, octubre 1933, páginas 189-191.
(14) Ver su artículo El Partido Comunista
y el fascismo, en “Comunismo”, agosto 1933. La cita en la página 81.
(15) He estudiado el proceso de la unificación
marxista en mi libro:
El movimiento troskista en España (1930-1935),
págs. 259 y siguientes.
(16) La información aparece bajo el título
"Detenciones en Madrid", en “La Batalla”, nº 210, del día 26
de julio de 1935.
(17) A partir de la constitución del POUM Eugenio
se convirtió en colaborador habitual de la prensa del nuevo partido.
El primer artículo que hemos localizado en “La Batalla” lo publicó
el 11 de octubre de 1935 con el título "Las relaciones del movimiento
obrero con la pequeña burguesía. Contra el fascismo Alianza
Obrera". Unos días más tarde, el 25 de octubre de 1935 escribió
"Posiciones obreras. ¿Cuál es el camino?". Y el 15 de noviembre
de 1935 su artículo llevaba por título "La guerra imperialista
y la revolución proletaria". Sus colaboraciones fueron habituales
a lo largo de los meses en que se desarrolló la guerra civil y, ya
como militante del POUM, publicó también el folleto
El Ejército
y la revolución. Ed. Marxista. Barcelona, 1937.