El asesinato de Andreu Nin, más datos para
la polémica
Pelai Pagès i Blanch
Pelai Pagès es profesor de
la Universitat de Barcelona. Su artículo ha sido publicado en “Ebre
38. Revista Internacional sobre la guerra civil”, nº 4, 2010
Setenta y dos años después –desde junio de 1937-
el asesinato de Andreu Nin, el teórico y dirigente marxista, líder
del Partido Obrero de Unificación Marxista, sigue siendo el centro
de una polémica, que se extiende mucho más allá de su
interés historiográfico. Es cierto que en su día, en
plena guerra civil, su “desaparición” tuvo lecturas contrapuestas:
mientras para los militantes de su partido había pocas dudas de que
había sido asesinato por agentes stalinistas, el Partido Comunista,
siguiendo la versión oficialista elaborada desde Moscú, lo presentaba
como un dirigente de la quinta columna, al servicio del fascismo internacional,
que había huido a “Salamanca o a Berlín”. Por su parte,
para la mayoría de la clase política había pocas dudas
sobre el destino de Nin.
Más de setenta años después la polémica
volvió a saltar cuando a principios de mayo de 2008 el diario “ABC”
de Madrid publicó la noticia del hallazgo de una fosa común
del período de la guerra civil, en Alcalá de Henares, con cinco
cadáveres, entre los cuales presumiblemente podrían encontrarse
los restos de Nin. La noticia, entre otros aspectos, destacaba: “El hecho
adquiere una mayor trascendencia por el espeso silencio oficial que ha rodeado
el hallazgo, ya que la supuesta fosa ha sido descubierta durante unas obras
en un acuartelamiento de la Brigada Paracaidista (Bripac). Un silencio aún
más chocante si se considera que el lugar está vinculado a la
desaparición de Andreu Nin, líder del POUM, asesinado por agentes
de Stalin ante la pasividad del Gobierno republicano”
(1)
. Durante varias semanas el periódico siguió publicando más
aspectos relacionados con el tema, recogiendo testimonios de familiares de
Nin, acusando al gobierno de haber querido esconder la noticia, al tiempo
que se hacía eco de ella la mayoría de la prensa del conjunto
del estado español.
En octubre del mismo año Joaquín Leguina –quien
fuera en 1992 presidente de la Comunidad de Madrid- y Lorenzo Hernández
publicaron un artículo en la revista mensual
Claves de razón
práctica, bajo el título "Andreu Nin. Muerto sin sepultura",
donde relataban las gestiones que llevaron a cabo en 1993 con objetivo de
buscar los restos de Nin
(2)
. Este artículo fue replicado por Juan Cobo, citado en el trabajo
anterior, y cuyos servicios había requerido Leguina para participar
en las gestiones a fin de encontrar los restos de Nin. La réplica,
bajo el título de
“Danzas macabras en torno a Andreu Nin”
, fue escrita en diciembre de 2008, aunque hasta ahora ha permanecido inédita.
De hecho el artículo y las gestiones que llevó
a cabo Joaquín Leguina desde la presidencia de Madrid no se explican
sin la importancia que en su día tuvo el documental de investigación
“Operació Nikolai”, dirigido por Dolors Genovès, y que fue realizado
y emitido en 1992 por la Televisión catalana. En él, a
partir de la documentación hallada en los archivos de Moscú
–de la antigua Tercera Internacional, pero también de la policía
política NKVD- se esclarecía de manera definitiva la autoría
y las complicidades soviéticas acerca del asesinato de Andreu Nin.
De hecho el documental venía a corroborar una antigua hipótesis
que se venía barajando -y que para muchos no tenía duda- desde
la misma guerra civil.
Pero, desde entonces –aunque casi nadie haya discutido abiertamente
la autoría soviética- sí que ha habido historiadores
que han tendido a justificar la represión sufrida por el POUM durante
la guerra. Es el caso, por ejemplo, de Antonio Elorza y, más recientemente,
el de Ángel Viñas, si olvidar algún historiador extranjero,
como el alemán Frank Schauff o la británica Helen Graham, que
en este caso relativiza la participación soviética. El asesinato
de Andreu Nin, pues, lejos de ser un tema cerrado, sigue generando discusiones
entre los historiadores e incluso hay aspectos concretos –cuando, donde y
por quien fue asesinado, el sitio exacto donde fue enterrado- que aún
no han sido esclarecidos.
Las hipótesis durante la guerra
Como acabo de señalar ya en plena guerra civil hubo
pocas dudas sobre la suerte que había corrido Andreu Nin, a partir
del momento en que, tras su detención, el día 16 de junio de
1937, fue separado del resto de sus compañeros y “desapareció”
misteriosamente de la reclusión a que había sido sometido en
Alcalá de Henares. Efectivamente, cuando a partir del mes de
julio de 1937 se pudo constatar la “desaparición” de Nin –que no se
hallaba en ningún centro oficial de reclusión y sobre el cual
ninguna autoridad podía dar razón de su paradero- sus compañeros
de partido tuvieron pocas dudas sobre la suerte que había corrido
y aunque aún no se tenía constancia fehaciente de su destino
final, existían pocas dudas sobre el hecho de que había sido
asesinado por los comunistas. Las dos revistas clandestinas que empezó
a publicar el POUM,
La Batalla y
Juventud Obrera, denunciaron
desde el mismo momento de su aparición, en el mes de julio, el destino
de Nin. Y destacadas personalidades del movimiento obrero europeo, como Victor
Serge o el propio León Trotsky, denunciaron el mismo verano de 1937
el asesinato de Nin, la autoría comunista y las complicidades soviéticas
(3)
.
A finales de 1938 un destacado militante del POUM Ignacio
Iglesias, escribió un informe, que se publicó de manera anónima
en Barcelona, por parte de las Ediciones del POUM, bajo el título
La represión y el proceso contra el POUM (4)
. En él, además de hacer un balance de la represión
a que estaba siendo condenado el partido y de la denuncia del proceso a que
fue sometido en octubre de 1938, dedicaba un apartado a Nin. En él
se afirmaba que el dirigente del POUM, tras su detención en Barcelona
fue trasladado a Valencia –donde permaneció rigurosamente incomunicado
durante tres días en los calabozos de la Dirección de Seguridad-
y de allí a Madrid, detenido, primero, en los calabozos que la Brigada
Especial poseía en el Paseo de la Castellana y, más tarde, en
la checa de la calle Atocha. De aquí volvió al Paseo de la
Castellana, desde donde fue trasladado a Alcalá de Henares, a alguno
de los locales que el Partido Comunista poseía. El objetivo de este
último traslado “obedecía a un plan: hacerlo desaparecer, dando
a entender que había sido raptado por la Gestapo alemana”
(5)
. Se trataba de la versión que se dio a conocer, efectivamente, cuando
el día 22 de junio de 1937, Nin llevaba sólo seis días
detenido, se produjo el asalto de un grupo armado contra el centro de reclusión
donde estaba encerrado, y a partir de estos momentos nada más se supo
de él.
Ignacio Iglesias publicaba las indagaciones que a título
personal llevó a cabo Olga Tareeva, la mujer de Nin, entrevistándose
con el ministro de Justicia del Gobierno Negrín, el dirigente del Partido
Nacionalista Vasco, Manuel Irujo. En el documento que redactó, fechado
el 9 de agosto de 1937, donde recogía las entrevistas con Irujo, la
primera de las cuales tuvo lugar el mismo día 22 de junio de 1937,
se hacía constar que los ministros del gobierno no tenían
conocimiento de la detención de Nin y del resto de compañeros
ni de la clausura de los locales del Partido, y de que Irujo poseía
la convicción de que Nin seguía vivo, aunque “es muy difícil
encontrarlo”. Cuando el 20 de agosto de 1938 Olga puso una denuncia sobre
la desaparición de Nin ante el Juzgado de Guardia de Barcelona, destacaba
que la orden de detención de Nin, procedía de la Dirección
General de Seguridad de Madrid, si bien la orden estaba firmada por el jefe
de policía de Barcelona, Burillo. Pero en esta denuncia Olga comparaba
la desaparición de Nin con los casos de los alemanes Kart Liebknecht
y Rosa Luxemburg y con el del italiano Giaccomo Matteotti. Era evidente ya
que Nin había corrido la misma suerte que los otros revolucionarios
europeos.
Tras destacar las informaciones de la prensa extranjera sobre
la desaparición de Nin, las indagaciones hechas por militantes del
POUM y miembros de la CNT que apuntaban a la complicidad del general ruso
Orlov, y las pesquisas realizadas por diferentes delegaciones internacionales
que se trasladaron a España y se entrevistaron con diferentes ministros
españoles –Irujo, Zugazagoitia y Prieto-, Iglesias terminaba con una
disyuntiva que dejaba poco lugar a las dudas: “¿Qué ha sido
del camarada Andrés Nin? Una de dos: o bien ha sido conducido a la
URSS o bien ha sido asesinado”
(6)
.
Paralelamente a las indagaciones de Iglesias, otro dirigente
del POUM, Juan Andrade, que, como aquél, compartía militancia
con Nin desde los tiempos de la Izquierda Comunista, realizó sus propias
averiguaciones, que publicó en un folleto, sin firma de autor, aparecido,
ya finalizada la guerra, en junio de 1939, en los cuadernos franceses Spartacus:
L’assassinat d’Andrés Nin. Ses causes, ses auteurs
(7)
. Ya en un escrito inédito, que Andrade escribió desde la
cárcel del Estado en Barcelona, en noviembre de 1938, sintetizaba
el destino de Nin con las siguientes palabras: “Nin salió conducido
de Barcelona a las cuatro de la tarde del día 16 de junio de 1937,
en un automóvil, conducido por agentes rusos de la G.P.U. y por agentes
madrileños del Partido Comunista. No puede asegurarse si la caravana
se detuvo en Valencia; pero lo cierto es que rápidamente continuó
el viaje hasta Madrid. En la capital, se le recluyó al preso en la
“checa” secreta del Paseo de la Castellana. A los dos días, se le
volvió a trasladar a un hotel particular y aislado de Alcalá
de Henares. Y, el día 22 de junio, un grupo de oficiales rusos y polacos
de la Brigada Orloff, entonces de guarnición en el Pardo, le arrancó
de esta prisión clandestina y le asesinó alevosamente, sin
que se haya podido determinar hasta ahora, a lo menos por nosotros, las circunstancias
concretas de su cautiverio y muerte”
(8)
.
Para Andrade muy pronto se trató de que había
sido asesinado. En el folleto anteriormente mencionado planteaba las
causas del asesinato de Nin por parte de los agentes soviéticos destacando,
en primer lugar, que Nin simbolizaba en España la generación
que, después de haber creado y de haber dado vida a la Internacional
Comunista, se separó de ella al verla prisionera de una casta burocrática
y de una política coja. Y por el hecho de que Nin se mantuvo siempre
fiel a los principios revolucionarios que animaron la Internacional en el
momento en que ésta se constituyó bajo la dirección de
Lenin y Trotsky. Tras señalar la fecha de detención, el día
16 de junio de 1937, en un automóvil, acompañado de policías
estalinistas de Madrid, y seguido por otro que ocupaban agentes extranjeros
de la GPU, se dirigieron a Valencia, donde se pararon pocas horas, puesto
que la primera declaración que Nin realizó ante la policía
madrileña –y que se hallaba adjunta, como constataba Andrade, en el
dossier de la instrucción del proceso contra el Comité Ejecutivo
del POUM- se produjo ya el día 17 de junio. Si en primera instancia
estuvo detenido en uno de los centros de reclusión que disponía
la Brigada especial en el Paseo de la Castellana, el día 19 de junio
fue transferido al chalet de Alcalá de Henares, desde donde el día
23 de junio un grupo de ocho oficiales rusos y polacos lo sacaron por la fuerza.
En estos momentos Nin, siempre según la versión de Andrade,
estaba custodiado por tres policías de Madrid llamados Juan Bautista,
Carmona Delgado y Santiago González Fernández. Mientras los
oficiales que secuestraron a Nin pertenecían a la brigada que tenía
su guarnición en el Prado. Fue aquí donde lo condujeron y lo
fusilaron, si bien Andrade reconoce que no ha llegado a determinar todas las
circunstancias de su asesinato ni a conocer todas las torturas a las que,
sin duda, fue sometido. Pero no dudaba en afirmar que en los hechos esenciales
existía una claridad suficiente, para reconstruir en cada uno de los
aspectos todo lo concerniente a la detención, la tortura, el secuestro,
el rapto y el asesinato de Nin.
En el capítulo de las responsabilidades tampoco dudaba
en señalar a Orlov como la persona que decidió el asesinato
de Nin, y cuyo poder era superior al del propio gobierno republicano. Acusaba
también a Léon Narvich, el agente soviético que se infiltró
en el POUM y cuyas fotos sirvieron después para identificar a los miembros
del Comité Ejecutivo. A los policías miembros de la brigada
especial que había participado en la detención de Nin –Fernando
Valentín, Carlos Ramallo, Jacinto Rossell, Manuel Aguirre, Andrés
Zurreyo, Javier Jiménez, Pedro de Buen, Ángel Aparicio y Cipriano
Blas- y a los jefes de policía que tuvieron una participación
directa en ella: David Vázquez, jefe de policía de Madrid,
el teniente coronel Antonio Ortega, director general de seguridad, el coronel
Ricardo Burillo, comisario en jefe de Barcelona y Gabriel Morón, quien
fuera subdirector general de seguridad del Gobierno de Negrín y posteriormente
substituyó a Ortega como director general.
Un relato inculpatorio : Jesús Hernández
Era evidente, pues, que ya durante la guerra se disponían
de las pistas suficientes para llegar a conclusiones que, aunque formasen
parte del mundo de las hipótesis, y no gozasen de pruebas definitivas,
todas conducían al mismo fin: Nin había sido asesinado por policías
soviéticos, con complicidades españolas. Y en 1953 esta versión
fue corroborada por Jesús Hernández, el que fuese ministro
comunista de Instrucción Pública en los Gobiernos de Largo
Caballero y de Negrín durante la guerra y miembro del Politburó
del PCE. Ya en el exilio, y tras haber roto con el Partido Comunista y haberse
alineado con las posiciones que defendía Tito en Yugoslavia, Hernández
publicó sus memorias con el expresivo título de
Yo fui ministro
de Stalin (9)
. Sobre la suerte que corrió Nin, Hernández dejó un
relato espeluznante, que hoy ha sido cuestionado por algún historiador,
como Ángel Viñas: “Orlov y su banda secuestraron a Nin
con el fin de arrancarle una ‘confesión’ reconociendo que llenaba el
oficio de espía al servicio de Franco. Sus verdugos, peritos en el
arte de ‘ablandar’ a los presos políticos y de arrancarles declaraciones
‘espontáneas’, creyeron encontrar en la naturaleza enfermiza de Nin
un auxiliar en su infame menester (…).
El suplicio de Nin empezó por el procedimiento ‘seco’.
Un interrogatorio implacable durante diez, veinte, treinta horas, durante
las cuales se revelaban los verdugos, haciendo siempre las mismas preguntas
(…).
Pero Andrés Nin resistía de una manera increíble.
No capitulaba. Resistía. Sus verdugos se impacientaban. Decidieron
abandonar el método ‘seco’ y adoptar la prueba de la ‘firmeza’: la
piel arrancada, los miembros destrozados, el sufrimiento físico llevado
al límite de la resistencia humana. Nin soportó la tortura y
el dolor, los tormentos más refinados. Al cabo de unos días
su rostro no era sino una masa informe. Orlov, frenético, enloquecido
por el miedo al escándalo que podría significar su propia liquidación
babeaba de rabia ante aquel hombre enfermizo que agonizaba sin ‘confesar’,
sin comprometerse ni querer comprometer a sus compañeros de partido,
que con una sola palabra suya hubieran sido llevados al paredón de
ejecución”
(10)
.
Para Hernández existían pocas dudas de que el
silencio de Nin le llevó a la muerte. Y atribuía al dirigente
comunista italiano Vittorio Vidali –uno de los numerosos agentes que
la Internacional había desplazado a España- el haber proyectado
el plan que decidió simular el secuestro por parte de agentes de la
Gestapo infiltrados en las Brigadas Internacionales, a fin de hacer creer
a la opinión pública que Nin había sido liberado por
los alemanes. Orlov se habría limitado a ejecutarlo, mientras asesinaba
a Nin, fuera ya de la cárcel, y hacía desaparecer su cadáver.
Durante muchos años la versión de Hernández
fue mayoritariamente aceptada por los compañeros de Nin. En definitiva
se trataba de la versión que coincidía, a rasgos generales,
con la que ya se disponía desde los años de la guerra.
Operación Nikolai: los archivos de la NKVD
Pero la versión final e irrefutable, basada en documentación
procedente de los archivos de la NKVD soviética llegó en 1992,
de la mano de Dolors Genovès, que, una vez caída la Unión
Soviética, consiguió acceder a una documentación hasta
entonces encerrada a cal y canto, para confeccionar el documental de investigación
Operació Nikolai, sobre el asesinato de Nin
(11)
. Efectivamente, trascurridos los hechos de mayo de 1937, y ante la
insistencia del PCE de acusar a la dirección del POUM y al propio partido
de la complicidad en el desarrollo de los acontecimientos que habían
tenido lugar en Barcelona, sin que ningún gobierno –ni el de la República
ni el de la Generalitat catalana- adoptase ninguna decisión para inculpar
al POUM, se presentó la necesidad de inventarse la causa a fin de proceder
a la persecución contra el POUM. Y esta vino, como no podía
ser de otra manera, del general Alexander Orlov, Leva Lazarevitx Feldvin,
también conocido como “Xvied”, quien, además de ostentar la
jefatura de la NKVD en España, era consejero del Gobierno español
en asuntos de espionaje y contraespionaje. Orlov, el día 23 de mayo,
enviaba una carta a la sede del NKVD en Moscú donde explicaba el plan
que había tramado: coincidiendo con la detención de un grupo
de falangistas en Madrid, encabezados por Javier Fernández Golfín,
autor de un plano milimetrado de las defensas de Madrid en la Casa de Campo,
se trataba de poner en contacto a los dirigentes del POUM con esta red de
la quinta columna franquista. Para ello, al dorso del plano, se escribiría
un mensaje cifrado y escrito en tinta simpática, donde se explicaría
la complicidad. El texto lo escribiría un policía, Alberto Castilla,
especialista en temas de mensajes cifrados, que se había infiltrado
dentro de Falange, aunque la redacción correspondía a otro
agente soviético, Iosif Grigulevitx, conocido también como
“Juzik”, “José Ocampo”, “José Escoy” y “Miguel”. El texto
del mensaje cifrado dejaba pocas dudas sobre la complicidad del POUM en la
red del espionaje falangista: “En cumplimiento de su orden [el mensaje
iba dirigido al “Generalísimo”] fui yo mismo a Barcelona para entrevistarme
con el miembro directivo del POUM, ‘N’. Le comuniqué todas sus indicaciones.
La falta de comunicación entre V. y él se explica por las averías
que sufrió la emisora, la cual empezó a funcionar de nuevo estando
yo todavía allí. Seguramente habrá recibido V. la contestación
referente al problema fundamental. ‘N’ ruega encarecidamente a V. y a los
amigos extranjeros que sea yo única y exclusivamente la persona señalada
para comunicarse con él. El me ha prometido enviar nueva gente a Madrid
para activar los trabajos del POUM. Con estos refuerzos, el POUM llegará
a ser un firme y eficaz apoyo de nuestro movimiento”.
Evidentemente, esta ‘N’ se refería a Nin, el dirigente
del POUM, a quien, de esta manera, se le situaba en contacto directo con Franco.
A pesar del maniqueísmo de la maniobra, el invento, contando con las
complicidades de rigor, funcionó. A través de una orden emanada
del director general de Seguridad, el militante comunista Antonio Ortega,
que, al mismo tiempo, era colaborador de Orlov, una brigada especial de policías
llegada directamente desde Madrid inició la operación deteniendo
a Nin y al resto de sus compañeros, el día 16 de junio de 1937.
La operación contó también con la complicidad del jefe
de policía de Barcelona, el también coronel comunista Ricardo
Burillo, que fue quien firmó la orden de detención de Nin.
Merced a la documentación conservada en la Causa General
del Archivo Nacional de Madrid –donde quedó depositado todo el sumario,
oficios, órdenes, declaraciones, etc. entorno al proceso del POUM-
sabemos que a Nin, después de estar unas horas detenido en la comisaría
de Barcelona, se le llevó directamente a Madrid, donde el día
17 de junio fue detenido en los calabozos de la Brigada Especial, y en la
medida en que se consideró que el lugar no era adecuado, se le acabó
trasladando al mismo día a Alcalá de Henares, en un antiguo
hotel que había estado bajo el control de la Brigada de Tanques. Aquí
Nin hizo ante la policía cuatro declaraciones –la primera el día
18, dos el día 19 y la última el día 21- donde negaba
de manera categórica las acusaciones de espionaje y atribuía
las calumnias a una maquinación del Partido Comunista. Y fue en este
mismo centro de detención donde la noche del día 22 de junio
un grupo de hombres armados asaltó el hotel y se llevó secuestrado
a Nin
(12)
.
A partir de estos momentos, Dolors Genovès, que situaba
la primera detención de Nin en la cárcel de Alcalá de
Henares, supone que Nin fue recluido en un chalet de Alcalá, utilizado
por el jefe de la aviación republicana, Ignacio Hidalgo de Cisneros
y por su mujer, Constancia de la Mora Maura, que era la censora de periodistas
extranjeros. En un sótano de este chalet Nin habría sido torturado
para que confesase sus complicidades con el fascismo. Pero la tortura tampoco
hizo efecto. Y o bien porque no resistió las torturas y se quedó
a manos de sus torturadores, o bien porque no podían liberarlo sin
poner en evidencia los métodos de la policía soviética,
Orlov decidió eliminarlo. En una carta que escribió el 24 de
julio de 1937, enviada a la sede del NKVD, en Moscú, la Lubianka, Orlov
no sólo explicaba el secuestro de Nin, sino que identificaba a los
responsables: “En lo que se refiere a los implicados en el caso Nikolai,
los principales son los siguientes: 1-L, 2-A.F. y I.M. Este último
era el más indirecto. Cuando este llevó la comida al área
de detenidos y le abrieron las puertas, nuestra gente entró en el patio.
Poltavsky debía haberles informado desde París sobre la salida
hacia ustedes del último participante de la operación: Juzik.
El principal documento cifrado conocido por ustedes lo escribió él.
Juzik me servía de intérprete en este caso. Estuvo conmigo
en el coche, cerca del establecimiento de donde se llevaron el objeto”.
La existencia del secuestro por parte de Orlov queda, pues,
evidenciada. Y hay pocas dudas, además, sobre el asesinato posterior.
En un telegrama escrito por “Juzik” y que éste envió a Moscú,
probablemente desde París, encabezado por “N” se hablaba del lugar
del asesinato como de la carretera que va de Alcalá de Henares en dirección
a Perales de Tajuña, a medio camino, “a unos doscientos metros de
la carretera, en dirección al campo”. Y sobre los asesinos tampoco
existían muchas dudas: Xvied (Orlov) y el propio Juzik, dos españoles
sin identificar, Bom -un alemán de poco calado- Pierre –que puede
referirse tanto al húngaro Gerö, conocido con el sobrenombre de
Pedro, según recogen la mayoría de autores, como a Naum Isakovitx
Eitingon, uno de los lugartenientes de Orlov que también utilizaba
el sobrenombre de “Pierre”, según la interpretación de Ángel
Viñas- y el chofer de éste, Víctor. Sobre la fecha del
asesinato, aunque apuntaba que debía haberse producido entre 21 de
junio y el 24 de julio, posteriormente se ha señalado como el 21 de
julio como la más probable.
Las pesquisas de Joaquín Leguina
La emisión del documental sobre el asesinato de Nin
por TV3, la noche del día 5 de noviembre de 1992, causó mucho
impacto mediático. Prácticamente toda la prensa catalana comentó
la emisión y no faltaron, al margen de la noticia en sí, numerosos
artículos de opinión de los más reputados periodistas.
Aunque no se emitió en ninguna cadena de televisión de
ámbito estatal -aunque sí en algunas europeas-, la noticia traspasó
el estricto territorio catalán y de hecho las informaciones contenidas
en el reportaje alcanzaron una dimensión internacional.
Una de las consecuencias de la proyección del documental
fue la gestión que realizó Martí Carnicer, el alcalde
socialista d’El Vendrell, la población natal de Nin, para que la Comunidad
de Madrid hiciese las pesquisas necesarias para intentar recuperar los restos
de Nin. Efectivamente, Martí Carnicer hizo la solicitud de la búsqueda
al Gobierno de la Comunidad de Madrid, que en aquel momento estaba presidido
por el también socialista Joaquín Leguina, con el objetivo de
trasladar los restos de Nin, si se hallaban, al cementerio de su localidad
natal. El día 20 de noviembre de 1992, distintos periódicos
publicaban la noticia según la cual el día antes el gobierno
madrileño había tomado la decisión de encargar a la Dirección
de Protección Ciudadana, la búsqueda de los restos de Andreu
Nin. Y se señalaban los municipios madrileños de Loeches y
Campo Real como los más probables, donde podrían hallarse los
restos de Nin
(13)
.
Pero, en su día nadie dio cuenta, al menos de manera
pública, de cuales habían sido los resultados de las pesquisas.
Y han tenido que pasar dieciséis largos años para que Joaquín
Leguina finalmente diera su versión sobre lo que aconteció con
la resolución que en su día había adoptado el Gobierno
de la Comunidad de Madrid. En el artículo que firmó junto a
Lorenzo Hernández, entonces director general de Transportes de la Comunidad
de Madrid, Leguina daba cuenta de los trabajos que se llevaron a cabo en
1993, y que nunca se hicieron públicos, a la espera de unos resultados
definitivos que nunca llegaron: “Durante todo un año se barajaron
infinidad de documentos y mapas, se acudió a fuentes de información
alternativa, se volvió a Moscú y sobre los pasos de Orlov…
pero no se movió ni una sola palada de tierra”
(14)
.
Leguina y Hernández narran en su artículo que
lo primero que hicieron fue reunir toda la documentación cartográfica
del año 1937 y tras estudiar todas las posibilidades llegaron a la
conclusión que “cualquier intento de excavación sin más
precisiones estaba condenado al fracaso”, puesto que “la orografía
del terreno y el entramado de carreteras de la zona hacían imposible
ese lugar descrito ‘a cien metros de la carretera y a medio camino de Alcalá
a Perales’”.
En este punto hacen aparecer a un nuevo personaje,
Juan Cobo Orts, que les fue presentado por el periodista Germán Sánchez,
y que ofrecía una versión diferente sobre el asesinato de Nin,
puesto que afirmaba que “la muerte de Nin se produjo a causa de un ‘exceso
de celo’ por parte de sus interrogadores y raptores mientras trataban de trasladarlo
de Alcalá de Henares a Valencia, con la intención de embarcarlo
allí con destino a Moscú”
(15)
. Las vinculaciones que Cobo tenía con Moscú, donde había
vivido muchos años, ofrecían la posibilidad de seguir buscando
en los archivos rusos para hallar nuevos datos, pero a la postre, siempre
según la versión de Leguina y Hernández, Cobo regresó
de Moscú con la afirmación de que la nota manuscrita que señalaba
la carretera entre Alcalá y Perales como el lugar del entierro de Nin
era falsa, y al tiempo apuntaba otro destino: “el cuerpo de Nin se hallaría
en el kilómetro 202 de la carretera de Madrid a Albacete (según
la situación de 1937)”
(16)
. Sus fuentes no eran otras que un familiar -su propio padre- que habría
sido testigo presencial del asesinato de Nin. La falta de pruebas concluyentes
y el hecho de que Cobo no quisiera dar publicidad a la historia mientras viviera
su madre, fueron las causas por las que se acabó abandonando también
esta vía y la búsqueda final de los restos de Nin. En el apartado
final, el artículo planteaba muchas dudas acerca de la credibilidad
de la hipótesis de Cobo, y le invitaba a dar a conocer ahora todo
lo decía conocer al respecto.
La reacción historiográfica
Frente a la aportación documental realizada por el reportaje
de investigación de Dolors Genovès, la reacción de la
historiografía fue, en primera instancia, unánime: pocos eran
los historiadores que dudaban de la veracidad de la fuente utilizada -los
propios archivos de la antigua Internacional Comunista y del NKVD- y parecía
que finalmente las hipótesis que se venían barajando desde la
guerra civil se habían acabado confirmando. Desde obras generales sobre
la contienda, como la de Antony Beevor, donde se relata en síntesis
la odisea de Nin, hasta libros más especializados, como el de Antonio
Elorza y Marta Bizcarrondo, prácticamente todos daban por bueno el
relato que aparecía en
Operació Nikolai
(17)
. La novedad del libro de Elorza y Bizcarrondo era que, de todas maneras,
manifestaban un gran interés en seguir criminalizando al POUM, por
la política revolucionaria que habían desarrollado desde el
inicio de la guerra e, indirectamente, abonaban los argumentos que esgrimían
el PCE y los estalinistas contra el POUM
(18)
.
Otros historiadores no dudaron de las pistas que inexorablemente
llevaban a Orlov. Así sucedió, por ejemplo, en el libro
España traicionada. Stalin y la guerra civil, que recoge una parte
importante de la documentación existente en los archivos de la Komintern
sobre la guerra civil española
(19)
. En el capítulo escrito por Stéphane Courtois y Jean-Louis
Panné, dentro de la obra colectiva
El libro negro del comunismo.
Crímenes, terror y represión (20)
. O en el libro del hispanista francés, recién aparecido tras
la emisión del documental, Pierre Broué,
Staline et la Révolution.
Le cas espagnol, que reproducía casi literalmente la versión
de “Operació Nikolai” y atribuía la responsabilidad a Orlov
y a su adjunto “Pedro”, el húngaro Geroë
(21)
.
Sin embargo, entrado ya el siglo XXI han aparecido algunas
versiones que cuestionan la veracidad de las fuentes utilizadas por Dolors
Genovès. El ejemplo más relevante es el de la historiadora
británica Helen Graham, aparecido en su libro
The Spanish Republic
at War (22)
. Al abordar el asesinato de Nin, la primera afirmación no deja lugar
a dudas: “El caso tristemente célebre del secuestro y asesinato del
secretario general del POUM, Andreu Nin, sigue siendo un enigma”, para inmediatamente
después cuestionar la versión de “Operació Nikolai”:
“a pesar de sus afirmaciones, plantea más preguntas que las que resuelve,
en particular sobre lo que aparece claramente como el papel clave de los agentes
de la Dirección General de Seguridad en la detención, tortura
y asesinato de Nin”
(23)
. Tras reconocer que Orlov, como jefe de la NKVD en España,
debía conocer los detalles del secuestro y asesinato de Nin, y de que
debió participar en la falsificación de documentos que lo incriminaban
en la trama falangista, Graham recoge los distintos posicionamientos de Orlov,
en los cuales éste se desvinculó reiteradamente del asesinato
de Nin, y atribuye un papel más importante a los comunistas españoles,
pero sin muchas concreciones, para sentenciar que “debemos tener cuidado
como historiadores al aceptar de forma demasiado rápida la idea de
que los soviéticos fueron los únicos autores”
(24)
. No es por casualidad que en otro trabajo suyo, Graham había
interpretado la represión contra el POUM y el asesinato de Nin únicamente
en clave de la política interna de la República: “En algunos
aspectos, la horrible naturaleza del destino de Nin ha ensombrecido el hecho
de que la represión del POUM respondió a una dinámica
política interna: el Estado burgués se impuso a través
del ejercicio de autoridad coercitiva”
(25)
.
La versión de Graham ha sido recogida por el historiador
alemán Franck Schauff, quien, obviando los documentos existentes en
los archivos del NKVD, afirma de manera taxativa y tajante: “Nin desapareció
y fue asesinado. Aunque se ha supuesto reiteradamente que Orlov fue el responsable
de su muerte, ninguno de sus dos biógrafos ha logrado demostrar su
implicación en el caso”
(26)
.
Y Shauff concluye refiriéndose a la represión
que sufrió el POUM que “al fin y al cabo, la eliminación
del POUM fue ejemplarizante para controlar a los anarquistas, quienes, si
bien poseían una orientación política similar en cuestiones
como la colectivización y la manera de llevar a la práctica
la revolución, eran demasiado fuertes como para que hubiera sido posible
deshacerse de ellos”
(27)
. En definitiva, pues, Schauff abona la interpretación de Graham
que intenta explicar el asesinato de Nin y la represión contra el
POUM, sólo en clave de política interior española, al
margen de los intereses directos de la Unión Soviética y del
stalinismo.
Finalmente, la última y más reciente aportación
que queremos destacar en el campo de la historiografía es la de Ángel
Viñas, que en su trilogía sobre la República durante
la guerra civil, se ha basado también en documentación soviética
y en los documentos sobre el proceso del POUM conservados en la Causa General
del Archivo Histórico Nacional de Madrid. El tema del asesinato de
Nin y la represión contra el POUM lo trata en el segundo volumen,
El escudo de la República. El oro de España, la apuesta soviética
y los hechos de mayo de 1937 (28)
. Y, de entrada, hay que señalar que corrobora en todo la versión
sobre la responsabilidad máxima de Orlov, respecto a la cual en ningún
momento duda ni un ápice. Tras seguir la pista de la detención
de Nin desde el día 16 de junio de 1937 hasta su desaparición
la noche del 22 de junio, sitúa la responsabilidad de Orlov en el primer
plano: él, como jefe de la NKVD en España lo planificó
absolutamente todo, desde el principio hasta el final. Y si, por una parte,
elude las responsabilidades de Vittorio Vidali, a quien no considera en ningún
caso como “el autor del plan de ‘liberación’. Lo normal es que hubiera
sido el mismo Orlov” y substituye a Geroë por Naum Isakovitx Eitingon,
un colaborador de Orlov, como uno de los autores que participaron en
el asesinato de Nin, por otra parte, hace recaer todas las responsabilidades
en Orlov, y a sus intentos de “reproducir en España la lógica
que se practicaba en Moscú”. Mientras, las responsabilidades de los
comunistas españoles aparecen muy desdibujadas, aunque evidentemente
no las niega.
Ángel Viñas, por otra parte, únicamente
habla de una semana escasa de la reclusión de Nin, ya que no se necesita
“ser demasiado imaginativo para pensar que al político catalán
le asesinaron con toda probabilidad en la noche del 22 de junio. Fijar la
fecha es muy importante. Ese mismo día la prensa dio a conocer que
entre los detenidos en conexión con la red de espionare figuraban personalidades
del POUM, entre ellas Nin (Solano, p. 58). El 24 de junio se anunció
que la policía había dado por terminados sus trabajos acerca
de los implicados en el POUM por tal delito”.
Con lo cual, según Viñas no se produciría
la doble reclusión, de la que hablaba Genovès, primero en la
cárcel de Alcalá de Henares y después en el chalet de
Hidalgo de Cisneros y Constanza de la Mora Maura, sino que sólo se
habría producido una única reclusión en Alcalá
de Henares. Y, a diferencia de la interpretación de Graham, las responsabilidades
gubernamentales –especialmente las que podrían recaer en la persona
de Negrín- desaparecen, puesto que todo parece ser explicado en clave
internacional.
Otras interpretaciones mediáticas
A la par que la historiografía sacaba sus propias conclusiones,
aparecieron otras versiones sobre el asesinato de Nin, no siempre contrastadas
por fuentes fidedignas y que, en algunos casos, añadieron mayor confusión
a la historia. En 1995, por ejemplo, el periodista Germán Sánchez,
que había colaborado con Joaquín Leguina en las tareas para
encontrar a Nin, publicaba un reportaje denominado “de investigación”
donde ofrecía una versión muy diferente
(29)
. Sánchez otorgaba todo el protagonismo en la última fase
de la operación para terminar con la vida de Nin a Iosif Grigulevitx,
“Juzik”, que en la versión de Genovès, y según las fuentes
del NKVD, era el intérprete de Orlov y lo había acompañado
el día del asesinato. “Grigulévich -escribe Sánchez-
llegó en 1937 a Valencia, procedente de Argentina. Durante la guerra
civil será conocido como “Yuzik”, el mismo que formaba parte de la
comitiva que acompañaba a Nin la noche de su asesinato. Según
estas fuentes, fue Grigulévich -y sus entonces superiores del KGB,
Alexander Orlov y Leonid Eitington- quien dirigió la fase final de
la operación, estando presente en el lugar de la muerte de Nin, aunque
no fue él quien le asestó el golpe. El asesinato se produjo
en la cercanías de Albacete y no entre Alcalá de Henares y Perales
de Tajuña, como se ha afirmado erróneamente”. Tras hacer un
exhaustivo repaso de la biografía de Grigulevitx -entre otras de sus
muchas actividades fue el encargado de reclutar a Ramón Mercader, el
asesino de Trotski-, Germán Sánchez no cita en ningún
caso sus fuentes, con lo cual la “investigación” queda evidentemente
coja, ya que en ningún caso conocemos la documentación en que
se basa para hacer sus conjeturas.
En junio del año 2000 M. Vicente Sánchez Moltó
publicaba en el “Diario de Alcalá”, un reportaje con tres entregas
bajo el título “Las mentiras de la historia…: Nin fue asesinado en
Alcalá”, donde pretendía desvincular Alcalá de Henares
como lugar donde se había producido el asesinato de Nin
(30)
. En él se hacía un exhaustivo repaso de las distintas hipótesis
existentes sobre el asesinato del dirigente del POUM, desde los tiempos de
la guerra civil, se recogía el documental de Genovès y las aportaciones
bibliográficas subsiguientes, pero había un interés especial
en el artículo en determinar el papel que había jugado en toda
la historia de Nin Alcalá de Henares. De entrada, sobre la fecha exacta
en que llegó Nin a Alcalá, M. Vicente Sánchez apuntaba
que debía ser “entre la tarde-noche del día 19 y la mañana
del día 21”, puesto que coincide con el período de tiempo que
pasó entre el día a que fue sometido a dos interrogatorios y
el último que tuvo lugar el día 21 a las 15,20 horas. Según
Sánchez, pues, Nin fue trasladado a Alcalá después de
haber sometido al tercer interrogatorio y antes del cuarto y último.
Para Sánchez, por otra parte, estaba claro que el asesinato no se produjo
en Alcalá para después trasladar el cadáver de Nin a
otro sitio donde ocultarlo: “Ni era la práctica habitual ni era la
opción más cómoda (siempre resulta más fácil
y discreto trasladar a un detenido que anda por su propio pié que
mover un cadáver)”. Y abona la interpretación según la
cual lo más probable es que fuera en Albacete o en Perales. Pero donde
el trabajo de Sánchez presenta una novedad más interesante es
a la hora de plantear el lugar donde Nin fue sometido a tortura. De entrada,
parece que está de acuerdo en que la primera reclusión se produjo
en la “galera”, la antigua cárcel de mujeres, que durante la guerra
fue utilizada como prisión masculina y que también era denominada
como “Casa de Trabajo”. De allí sería sacado de manera irregular,
para instalarlo en el hotelito que además de haber pertenecido a la
Brigada de Tanques era residencia de Hidalgo de Cisneros y de Constanza de
la Mora. Pero, según parece, este hotelito no reunía condiciones
y siguiendo al cronista local, José García Saldaña, Sánchez
apunta a un chalet que había pertenecido al exdiputado de la CEDA
Rafael Esparza. Requisado durante la guerra había sido utilizado como
cheka y reunía todas las condiciones indispensables. De todas maneras,
Sánchez no descarta que donde fuese sometido a tortura fuera en la
“galera” o Casa de Trabajo. “De allí sería sacado directamente
para ser eliminado”.
La hipótesis de Juan Cobo
La última aportación sobre el asesinato de Nin
la ofrece el periodista Juan Cobo en su réplica al artículo
de Joaquín Leguina y Lorenzo Hernández. En ella deja claro que
el asesinato y el entierro se produjeron en el kilómetro 202 de la
carretera de Madrid a Albacete : “Según esos datos, la muerte
de Nin ocurrió cuando los agentes de la NKVD lo llevaban en coche de
Madrid a Valencia, desde donde iban a trasladarlo a la URSS en barco. Planeaban
montar en Moscú un gran proceso por su implicación en los sucesos
de mayo de 1937 en Barcelona que consideraban como una “puñalada
por la espalda a la causa antifascista”. El proceso seria dirigido contra
el trotsquismo internacional, que Stalin consideraba como una “quinta columna”
de Hitler en una inminente guerra mundial. Según mis datos, Nin rompió
los propósitos de sus secuestradores y empezó a forcejear con
ellos en el automóvil, y alguno de ellos apretó el gatillo
en el kilómetro 202. Para hacer desaparecer el cadáver,
lo enterraron en la cuneta. A propósito, esa versión dos años
mas tarde fue confirmada por otra fuente solvente”.
La referencia de Cobo era su propio padre, que durante la guerra
trabajó en los servicios secretos y, aunque no participó directamente
en el asesinato de Nin, sí que conocía a los agentes españoles
que habían participado en él.
Para su versión y su defensa de las insinuaciones que
hacen Leguina y Hernádez en “Claves de Razón Práctica”,
puede leerse su texto
Danzas
macabras en torno a Andreu Nin
.
Recapitulación y Conclusiones
Es evidente que a la hora de intentar recapitular sobre todas
las teorías que se han ido barajando a propósito del asesinato
de Andreu Nin y de llegar a unas mínimas conclusiones, para esclarecer
esta especie de maniobra de la confusión existente, hay que tener en
cuenta básicamente la teorías contrastadas a partir de fuentes
documentales y de hipótesis sostenidas rigurosamente:
1.- En primer lugar, parecen claras e ineludibles las implicaciones
soviéticas en todo el entramado. Como yo mismo he demostrado
en otro lado, a partir de la documentación existente en el Centro Ruso
para la Conservación y el Estudio de Documentos de la Historia Contemporánea,
de Moscú, el antiguo Archivo de la Internacional Comunista, el POUM
se convirtió en una auténtica obsesión para Stalin y
los numerosos “asesores” soviéticos que aterrizaron en España
(31
), hasta tal punto que la campaña de calumnias contra el POUM que
se inició en diciembre de 1936 -coincidiendo con la expulsión
de Nin del Gobierno de la Generalitat de Cataluña- fue directamente
auspiciada por la Unión Soviética. Desde enero de 1937 hasta
mayo del mismo año fueron numerosos los informes que llegaron a Moscú
de los distintos delegados soviéticos que manifestaban un seguimiento
permanente de la vida del POUM. A partir de mayo de 1937, y hasta el juicio
contra el POUM, en octubre de 1938, todos sus esfuerzos se encaminaron en
hacer creíble aquello que nadie creía -la fábula sobre
las supuestas complicidades del POUM con el fascismo-, hasta el punto que
incluso se quejaban de las campañas poco convincentes que llevaban
a cabo los órganos de prensa de los comunistas españoles y catalanes.
Parece evidente, pues, la ingerencia y el protagonismo soviéticos
en toda la trama que culmina en el asesinato de Nin. A partir de aquí,
se convierte en circunstancial -e incluso anecdótico- saber si quien
se inventó el complot se llamaba Orlov o Juzik, o fueron ambos a la
vez quienes urdieron la trama. Aunque el hecho de que Orlov fuera el jefe
supremo de la policía política soviética en España
le otorga una posición de salida preferente. Sus negacionismos del
futuro son propios de un agente del servicio de espionaje que, apartado ya
del servicio, quiere conservar su vida.
2.- Otro tema es el que se refiere a las responsabilidades
españolas, tanto las referidas a los comunistas como al gobierno de
la República. Creo que ha quedado claro, en primera instancia, que
en la detención de Nin jugaron un papel importante policías
españoles –Burillo, Ortega, sus agentes- que al mismo tiempo eran
militantes comunistas y estrechos colaboradores de Orlov. Su acción
fue apoyada tanto por la prensa como por los máximos dirigentes del
PCE y del PSUC, que bramaban los mismos argumentos inventados por los soviéticos
contra el POUM. También en este punto aparece como circunstancial
el hecho de que en el secuestro final y en el asesinato de Nin participaran
o no españoles, aunque todas las evidencias hacen suponer que sí,
a pesar de que hoy por hoy no se conozcan los nombres. Más graves
son las complicidades políticas, y resulta difícil de creer
–por mucho que el stalinismo hubiese creado ya una especie de Iglesia, con
su ortodoxia, sus verdades absolutas y sus popes irrefutables- que los dirigentes
comunistas españoles –tanto del PCE como del PSUC- creyesen en su
fuero interno las barbaridades que se estaban prodigando sobre unos militantes
obreros y revolucionarios que llevaban en la vida política y el práctica
revolucionaria, en algunos casos, casi treinta años.
Otro sí en lo que se refiere al gobierno republicano.
Porque hoy existe una bibliografía que tiende a exculpar al gobierno,
y en concreto a Negrín, de las responsabilidades sobre el asesinato
de Nin y la represión contra el POUM. Seguramente es cierto que el
asesinato de Nin, en particular, escapó del control del gobierno, pero
no es menos cierto que Negrín abonó la interpretación
que le dieron Orlov y los soviéticos. Existen los diarios y las memorias
de Azaña y de Zugazagoitia para corroborarlo. Y no vale afirmar, como
algún autor hace, que las necesidades de la guerra tuvieron prioridad
sobre la investigación acerca del paradero de Nin. Una interpretación
de este tipo olvida que el gobierno de la República y el propio Negrín
estaban sometidos al chantaje de las armas soviéticas, de las cuales
dependía la República para sobrevivir.
3.- Hay otros temas más puntuales sobre los que no existe
acuerdo y sobre los cuales las fuentes aparecen como contradictorias. El calendario
sigue bailando: el día en que llegó Nin a Alcalá de
Henares o el día exacto en que fue asesinado no se han conseguido determinar
aún. Tampoco hay acuerdo acerca de los lugares de reclusión
concretos que sufrió y cómo y donde recibió las torturas.
Y queda por conocer el sitio exacto en que fue enterrado. Pero todo ello –creo
no equivocarme- son aspectos circunstanciales, que, es cierto que forman parte
de la historia y del drama de Nin, y constituyen un elemento muy importante
de la guerra civil española, pero no modifican, en absoluto,
la tesis, ya suficientemente contrastada y verificada sobre las razones, la
casuística y la responsabilidad de uno de los asesinatos más
emblemáticos y al mismo tiempo más aberrantes que se produjeron
en el seno del movimiento obrero internacional durante el siglo XX. Las circunstancias,
aunque son importantes, siguen siendo circunstancias y en ningún caso
pueden esconder ni cuestionar lo esencial en el asesinato de Andreu Nin.
Puesto que, como escribió Albert Camus, el asesinato de Nin significó
un viraje en la tragedia del siglo XX, que fue el siglo de la revolución
traicionada.
Notas
(1) La noticia, firmada por J. Albiol, fue publicada bajo el título
"Hallada una posible fosa común en unas obras del Ejército en
Alcalá de Henares", “ABC”, 5 de marzo de 2008.
(2) “Claves de razón práctica”, nº 87, noviembre
de 2008.
(3) He recogido las distintas posiciones en mi libro PAGÈS,
Pelai (2009): Andreu Nin.
Una vida al servei de la classe obrera
, Barcelona: Ed. Laertes.
(4) [IGLESIAS, Ignacio] (1938):
La represión y el proceso
contra el POUM. Marsella: Ediciones del POUM. Aunque como lugar de edición
figuraba Marsella, en realidad el folleto fue publicado en Barcelona.
(5) Ibid., pág. 49
(6) Ibid., pág. 58.
(7) [Andrade, Juan]:
L’assassinat d’Andrés Nin. Ses causes,
ses auteurs. Le Guépéou en Espagne. Spartacus, juin 1939.
(8) ANDRADE, Juan: “Ofrenda y recuerdo”. Original mecanografiado,
fechado en la Prisión del Estado, Barcelona, Noviembre 1938.
(9) Se publicaron en México D.F. por la Editorial América
en 1953, pero un año más tarde fueron publicadas en Madrid,
por la Ed. NOS bajo el título, un poco modificado, de
Yo, ministro
de Stalin en España, y con prólogo y notas del policía
Mauricio Carlavilla.
(10) HERNÁNDEZ, Jesús (1954) :
Yo, ministro de Stalin
en España. Págs. 158 y siguientes. El testimonio de Hernández
ha sido puesto en cuestión por Ángel Viñas, tanto en
el tema de las torturas como en la fiabilidad de sus propias palabras. Sobre
el primer punto, frente a la contundencia de la denuncia acerca de la extensión
de las torturas sufridas por Nin, Viñas escribe “de lo que no cabe
duda es que se trató de unos cuantos días únicamente”,
y más adelante afirma que “No es el suyo un testimonio demasiado fiable,
aunque probablemente supiera más de lo que escribió”. Ver VIÑAS,
Ángel (2007):
El escudo de la República. El oro de
España, la apuesta soviética y los hechos de mayo de 1937
, Barcelona: Crítica, págs. 614 y 623. Sobre la credibilidad
del testimonio de Jesús Hernández y el uso y tratamiento que
ha hecho de él la historiografía y la manipulación a
que fue sometido por la propaganda franquista, remitimos a HERNÁNDEZ
SÁNCHEZ, Fernando: “Una aproximación al tratamiento biográfico
del dirigente comunista Jesús Hernández (1907-1971)”, en
Ebre 38. Revista Internacional de la Guerra Civil 1936-1939, núm.
3, Febrer 2008, pp. 85-99.
(11) GENOVÈS, Dolors (1992) :
Operació Nikolai
. Barcelona: TV3-Televisió de Catalunya. Posteriormente, Genovès
escribió “Operació Nikolai: l’assassinat d’Andreu Nin”, en RIQUER
I PERMANYER, Borja de (Dir) (1999) :
Història, política,
societat i cultura dels Països Catalans, vol. 9: De la gran esperanza
a la gran ensulsiada (1930-1939). Barcelona: Enciclopèdia Catalana.
(12) Toda la documentación oficial referida a la detención
de Nin, sus declaraciones y su posterior secuestro, puede consultarse en ALBA,
Victor y ARDÈVOL, Marisa (1989):
El proceso del POUM (Junio
de 1937-octubre de 1938). Transcripción del sumario, juicio oral
y sentencia del Tribunal Especial. Barcelona: Ed. Lerna.
(13) La noticia, como mínimo, apareció en “El País”,
“La Vanguardia” y “Avui”, del día 20 de noviembre de 1992.
(14) LEGUINA, Joaquín y HERNÁNDEZ, Lorenzo: “Andreu
Nin, muerto sin sepultura”,
Claves de razón práctica,
nº 187, noviembre de 2008, págs. 42-46. La cita en la pàgina
44.
(15) Ibid., pág. 45.
(16) Ibid., pág. 46.
(17) Ver BEEVOR, Antony (2005):
La guerra civil española
, Barcelona: Crítica, págs. 404-405 y ELORZA, Antonio y BIZCARRONDO,
Marta (1999):
Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España,
1919-1939, Barcelona: Planeta, escriben textualmente: “La verdad, según
ha demostrado el reportaje “Operación Nikolai”, sirviéndose
de los archivos de la KGB en Moscú, es que un grupo dirigido por Orlov,
responsable en España de la NKVD, asesinó a Nin y enterró
el cadáver en el campo, no lejos de Alcalá de Henares” (págs.
376-377).
(18) Ver, especialmente, el capítulo VIII de su libro “Comunismo
frente a trotskismo”, donde afirman, entre otras cosas, “hay un aspecto de
la acusación estalinista que merece ser tomado en consideración:
la sorprendente inserción en
La Batalla de noticias, imágenes
y textos que pudieron tender a provocar desmoralización en la retaguardia
republicana y, en algún caso, parecían destinados a difundir
la propaganda del enemigo” (ELORZA, Antonio y BIZCARRONDO, Marta (1999):
Queridos camaradas. La Internacional Comunista y España, 1919-1939
, Barcelona: Planeta, pág. 372).
(19) RADOSH, Ronald; HABECK, Mary R. y SEVOSTIANOV, Grigori (eds)
(2002):
España traicionada. Stalin y la guerra civil, Barcelona:
Planeta.
(20) COURTOIS, Stéphane y PANNÉ, Jean-Louis (1998):
“La sombra del NKVD proyectada en España”, en COURTOIS, S. y otros
:
El libro negro del comunismo. Crímenes, terror y represión
, Barcelona: Ed. Planeta/Espasa Calpa, págs. 377-398.
(21) BROUÉ, Pierre (1993):
Staline et la Révolution.
Le cas espagnol, París: Fayard, págs. 182-183.
(22) GRAHAM, Helen (2002):
The Spanish Republic at War, Cambridge:
Cambridge University Press. Hemos utilizado la versión española
del libro publicada en 2006 bajo el título
La República española
en guerra, Barcelona: Debate.
(23) GRAHAM, Helen (2002):
La República española
en guerra, Barcelona: Debate, Págs. 312-313.
(24) Ibid., págs. 313-314. De hecho Helen Graham comete algunas
inexactitudes respecto a Nin, ya que previamente lo había situado como
secretario de Trotski (pág. 258), responsabilidad que jamás
tuvo, y como acabamos de ver cita a Nin como “secretario general” del
POUM, cargo que tampoco nunca ostentó, ya que desde la fundación
del POUM el cargo de secretario general había recaído en Joaquín
Maurín, y tras la desaparición de éste en la zona franquista,
Nin fue sólo considerado, durante los meses de guerra que vivió,
“secretario político” del POUM. El POUM, después de Maurín,
no volvió a tener secretario general hasta que fue nombrado para este
cargo, ya en el exilio, Wilebaldo Solano en 1947.
(25) GRAHAM, Helen (1996): “War, Modernity and Reform: The Premiership
of Juan Negrín 1937-1939”, en PRESTON, Paul y MACKENZIE, Ann (eds.):
The Republic Besieged. Civil War in Spain, 1936-1939, Edimburgo. Existe
una versión castellana de este artículo en GRAHAM, Helen (1998):
“Guerra, modernidad y reforma: Juan Negrín en la jefatura del gobierno,
1937-1939”,
Historia Contemporánea, 17.
(26) SCHAUFF, Frank (2008):
La victoria frustrada. La Unión
Soviética, la Internacional Comunista y la Guerra Civil española
, Barcelona: Debate, pág. 48-49. Y cita la versión alemana
del libro de COSTELLO, John y ZAREW, Oleg (1993):
Der Superagent. Der Mann
der Stalin erpresste, Rastatt.
(27) Ibid., pág. 49.
(28) VIÑAS, Ángel (2007):
El escudo de la República.
El oro de España, la apuesta soviética y los hechos de mayo
de 1937, Barcelona: Crítica. Especialmente los capítulos
15, “Secuelas de mayo: contra la CNT y el POUM” (págs. 575-604) y 16,
“El asesinato de Nin” (págs. 605-627).
(29) SÁNCHEZ, Germán (1995): “El espía que mató
a Andreu Nin”,
El Mundo, 14 de mayo de 1995.
(30) SÁNCHEZ MOLTÓ, M. Vicente: “Las mentiras de la
historia…: Nin fue asesinado en Alcalá”,
Diario de Alcalá
, 6 de junio, 13 de junio y 20 de junio de 2000.
(31) Ver PAGÈS, Pelai (2007): “El POUM durante la guerra civil:
la obsesión del stalinismo”, en RIEGER, Max:
Espionaje en España
, Sevilla: Ediciones Espuela de Plata. Págs. 9-50.
Danzas macabras en torno a Andreu Nin
Juan Cobo
Periodista
A la justa causa de desenterrar e identificar los
restos de los muertos, asesinados por los franquistas sin juicio y enterrados
en las cunetas de muchos parajes de España durante la Guerra Civil,
acaba de adherirse el ex-presidente de la Comunidad de Madrid Joaquín
Leguina. Exhorta a buscar los restos de Andreu Nin. Plantea J.L. esa necesidad
en su articulo “Andréu Nin. Muerto sin sepultura”, publicado en el
№ 187 de noviembre de la revista CLAVES, que junto a él firma el que
fue su director general de transportes Lorenzo Hernández. Al
leer el artículo, uno no puede no hacerse la pregunta: ¿Pero
es el Presidente de la Comunidad de Madrid durante los últimos años
de su mandato no se esforzó en localizar el lugar de la geografía
española donde en 1937 los agentes de los servicios secretos sovieticos
asesinaron y enterraron a Nin? Lo hizo con todo el poder y las posibilidades
financieras y técnicas que tenia en aquel entonces. Con resultado nulo.
¿Por qué vuelve hoy a la carga?
Antes de proseguir debo decir que los autores del artículo
dedican mucha atención a un tal Juan Cobo Orts, periodista que vivía
y trabajaba en Moscú, donde fue llevado de niño durante la Guerra
Civil, sobre todo su participación en los fallidos intentos de encontrar
los restos de Nin. Obviamente tratan de convertirlo en cabeza de turco, descargar
en “este personaje de la historia”, como escriben ellos, la culpa.
Para eso dan a entender que supuestamente Juan Cobo les desvió del
camino recto en que se encontraban con supuesta desinformación que
el les administro. Concretamente, escriben: “¿Era cierta su teoría
(de Juan Cobo – N. del autor) o era una historia prestada, oída en
los círculos que frecuentó durante su infancia en Moscú
y de la que pretendió sacar beneficio económico? ¿Se
la inventó sin mas, suponiendo que la desaparición de Nin durante
mas de cincuenta años lo protegía de cualquier posibilidad de
verificación?”
Bueno, pues el tal Juan Cobo soy yo, autor de estas líneas. Las acusaciones
de J.L. y L.H. las considero ultrajantes y difamatorias. Cosa que, parece,
lo reconoce en forma indirecta L.H. en un e-mail que me envió al día
siguiente de la publicación del articulo. Supongo que para neutralizar
mi indignación. Reconocía: “Por mi parte (posiblemente para
desligarse de su jefe que, siendo además escritor, seguramente
compuso el texto - N. del autor) te pido disculpas si las referencias
a tu disposición no se recogen de la manera mas afortunada. Pero no
tengas la menor duda que los interrogantes relativos a tus posibles motivaciones
carecen de mala intención; no son más que un recurso retórico”.
O sea, como a una persona le escupieran en la cara y luego le pidieran que
no se alterase puesto que se trataba “retórica” y frases “desafortunadas”
que carecen de “mala intención”.
Si fuera sólo por sus ofensas no me dedicaría a la poca grata
tarea de escribir estas líneas puesto que lo que sobre mí digan
esos dos señores, basándose en la premisa “calumnia que algo
queda”, no me quita ni pizca de sueño. Las cito por otra razón:
porque a mi modo de ver esas sucias insinuaciones forman parte de algún
entramado con el que hoy J.L. y L.H. parece que intentan encubrir movimientos
suyos raros (aunque puede ser que no tan raros en aquella revuelta época
de filesas y roldanes).
¿Qué ocurrió en realidad?
He de recordar que J.L. a fines de 1992 prometió a bomba y platillo
que encontraría los restos de Nin y los entregaría a Cataluña
para darles digna sepultura en su tierra natal. Hizo eso tras aparecer
en TV3 un reportaje de Maria Dolors Genoves, dedicado a la muerte de Nin,
En él aparecía la copia de un documento de los archivos de la
KGB en la que se indicaba que los restos de Nin estaban enterrados entre Alcalá
de Henares y Perales de Tajuña.
Estando yo en ese momento en España y al conocer la promesa de J.L.
comenté el asunto a mi colega Germán Sánchez, periodista,
escritor, conocedor de la Guerra Civil de España y de la participación
de los servicios secretos en ella. Le dije que se trataba de un evidente absurdo
que iba a costar muy caro a los contribuyentes de Madrid. Primero: porque
con los mas que confusos datos de la nota del archivo (“desde Alcalá
de Henares en dirección a Perales de Tajuña, a medio camino
a cien metros de la carretera en el campo”) ni con los recursos mas sofisticados
se podrían encontrar los restos de Nin. Segundo y más importante:
yo tenía en mi poder datos de que a Nin lo mataron y enterraron en
el kilómetro 202 de la carretera de Albacete.
Según esos datos, la muerte de Nin ocurrió cuando los agentes
de la NKVD lo llevaban en coche de Madrid a Valencia, desde donde iban a trasladarlo
a la URSS en barco. Planeaban montar en Moscú un gran proceso por
su implicación en los sucesos de mayo de 1937 en Barcelona que
consideraban como una “puñalada por la espalda a la causa antifascista”.
El proceso seria dirigido contra el trotsquismo internacional, que
Stalin consideraba como una “quinta columna” de Hitler en una inminente guerra
mundial. Según mis datos, Nin rompió los propósitos de
sus secuestradores y empezó a forcejear con ellos en el automóvil,
y alguno de ellos apretó el gatillo en el kilómetro 202. Para
hacer desaparecer el cadáver, lo enterraron en la cuneta. A propósito,
esa versión dos años mas tarde fue confirmada por otra fuente
solvente.
Le dije a Sánchez que estaba seguro: la nota del archivo de la KGB,
aparecida en TV3 y escrita en una cárcel de Moscú por Víctor,
el chofer de uno de los jefes de la NKVD en España, era falsa. Pretendía
ocultar para siempre el lugar verdadero del asesinato de Nin, que levantó
un gran revuelo en España, siendo incluso uno de los detonantes de
la caída del Gobierno Largo Caballero. Sánchez compartió
mi opinión de que la oferta que hizo Leguina a los catalanes de encontrar
los restos era absurda. Me preguntó si tenía algún inconveniente
en comunicar mis argumentos directamente a J.L. Le respondí que ninguno.
La única condición que puse, dada la extrema delicadeza del
asunto y no queriendo descubrir mi fuente, era que mi nombre no figurara en
esa historia de ninguna manera. En ningún momento ni pensé en
plantear nada respecto a dinero, pues me bastaba con la satisfacción
moral de que gracias a mis datos se contribuiría a aclarar un importante
enigma y que esto además conllevaba un notable ahorro de dinero público.
Sánchez me comunico que J.L. daba su palabra de honor de que no se
me mencionaría en este asunto, palabra que ha incumplido deshonestamente,
descubriendo en CLAVES mi participación en el asunto y, sobre todo,
el nombre de mi fuente. Pero J.L me pidió además que le
consiguiera algunos “papeles” en Moscú, cosa que hice dentro
de mis posibilidades indagando en los archivos del KGB, Tuve acceso a ellos,
y que entonces estaban más abiertos que hoy. Además para
mí como periodista con cierto prestigio no fue demasiado difícil.
Pero no logre encontrar nada realmente nuevo, pese a que gaste bastantes esfuerzos
y tiempo en las gestiones correspondientes, me pase mucho tiempo en los archivos,
busque a testigos (tras larga búsqueda encontré a la viuda
del chofer Víctor, pero no tenía nada que decirme). Pero, repito:
en ningún momento plantee ante J.L. ninguna cuestión pecuniaria.
Eso lo reconocen indirectamente los autores del articulo de CLAVES, cuando
escriben: “Las gestiones y las que se preveía hacer en Moscú
plantearon la necesidad de una compensación económica para Sánchez
y Cobo…” Más que claro: la cuestión del dinero la plantearon
no nosotros, sino ellos, J.L. y L.H. ¿Por qué? Solo ellos pueden
responder a esa pregunta. Y sobre mucho otro dinero que se movió para
la busqueda de los restos de Nin.
Cuando vine a Madrid de nuevo en octubre de 1993, pagándome el avión
y estancia en el hotel, J.L. me invitó a un restaurante, me trato como
un gran amigo, me dio las gracias por mis gestiones. Me pareció todo
un caballero español en el que uno puede confiar. Fue entonces,
cuando ingenuamente o, mejor dicho, por estupidez, comuniqué muy confidencialmente
al tandem J.L.-L.H. que mi fuente no era otra que mi padre.
Nombrado por el Gobierno de la Republica poco después del levantamiento
de Franco uno de los jefes de la policía secreta en Valencia,
que colaboró estrechamente con los asesores soviéticos de seguridad.
Lo hizo de forma idealista, siendo convencido comunista, autentico enamorado
de la URSS país que apreciaba profundamente. Trabajó, en particular
con Alexandr Orlov (“Shved”), Naum Eitingon (“Kotov”) y Yosif Grigulevich
(“Yuzik”), todos hoy personajes famosos en la historia universal de los servicios
de espionaje. Ya viviendo en el exilio en Moscú, en 1940, mi
padre se desvinculó de los servicios especiales soviéticos y
trabajó hasta el fin de sus días de mecánico, aunque
conservó la amistad, trabada en España en tal inolvidables circunstancias,
con algunos de los “camaradas soviéticos”. Según tengo entendido,
alguien de ellos les contó lo sucedido con Nin. Pero él no
presenció directamente su muerte – en caso contrario, estoy seguro,
me que lo habría dicho. Recuerdo que hablaba de Nin como persona
con respeto, dijo que, pese a su fragilidad física “se porto como
un hombre con agallas”. Me dio incluso a entender quien fue el que dio el
tiro mortal, persona que yo conocía bien, pero que no me siento con
derecho a nombrarla, porque no tengo pruebas definitivas.
J.L. me agradeció mi confianza, asegurándome que guardaría
el secreto. Mandó a L.H. y le ordeno entregarme una compensación
económica al día siguiente sin citar la suma. Acepté
la propuesta pues consideré ese dinero como indemnización honradamente
ganada por mi labor y por mis gastos. L.H. no apareció ni al día
siguiente ni en las próximas semanas. Como no podía esperar
en Madrid pagándome el hotel, me fui con mi familia a Valencia,
donde estaba mi madre enferma. Recuerdo que me pareció raro que
el Presidente de la Comunidad de Madrid no diera ningún comunicado
público, como se hace normalmente en tales casos, anunciando que en
base a información recibida recientemente, el asunto Nin había
dado un nuevo giro. Desde luego, tenía bastantes razones para decir
eso. Pero por algo no lo hizo.
Al releer atentamente el artículo de CLAVES uno no puede librarse
de la sensación de que sus autores tratan de refutar acusaciones
que yo no conozco. Parece como si alguien les estuviera pidiendo cuentas,
exigiéndoles que, por fin, hagan públicos los resultados que
obtuvieron durante su búsqueda de los restos de Nin. Eso lo confirman
otras líneas del mensaje electrónico que me envió en
noviembre L. H. que he citado ya: “Teníamos que hacer publico lo que
habíamos hecho y alcanzado a saber. Era obligado hacerlo. Y se nos
demandaba”.
La única alusión a estas demandas
a las que se refieren los autores del articulo en CLAVES es, según
se desprende de su mismo texto, el libro de José Maria Zavala
“En busca de Andreu Nin” que se publico en 1995. En el habla
de “toneladas de tierra removidas” infructuosamente en busca de los restos
del líder del POUM (por orden del Presidente de la Comunidad de Madrid).
J.L. y L.H. “No se movió ni una sola palada”. Me parece evidente que
para refutar las acusaciones “remover tierra” (claro esta, con
los respectivos gastos) insisten machaconamente en que no hubo tales obras,
ya que eso debería costar mucho a los contribuyentes. Vuelven
y vuelven a repetir que se limitaron a realizar infinidad de investigaciones
sobre el asunto. Dicho de otro modo, que se “movieron toneladas de informes”
(con ello, esta claro, también mucho dinero). ¿Cuando y como
se pago? Pienso, que eso es mucho más fácil de averiguar, si
a alguien realmente le interesa, que el lugar donde yacen los
restos de Nin.
Lo que yo si puedo aportar para esclarecer los hechos
es en qué forma se me utilizó a mi después en la búsqueda
de los restos de Nin y como se me entregó la dichosa compensación
económica. J.L. y L.H. escriben en CLAVES que aparte
de muchísimos trabajos de estudio, de amplia documentación cartográfica
de la época, de múltiples y complicadas inspecciones del terreno
que se hicieron entre Alcalá de Henares y Perales de Tajuña,
de entrevistas con lugareños de edad, etc. se realizaron “trabajos
cartográficos, gestiones con funcionarios del ayuntamiento de La Roda
(Albacete) para tomar contacto con personas que por su situación en
1937 hubieran llegado a saber u oír algo… hasta que se ubicó
sobre el actual trazado el punto kilométrico al que se refería
el ‘familiar’ de Cobo en la carretera Madrid-Albacete”. Para eso, afirman,
al lugar se envió una “expedición” que “se componía
de Germán Sánchez, Juan Cobo Orts, José Fernández
Sánchez y Lorenzo Hernández”. De aquella “expedición”
Sánchez, Fernández, mi mujer Liudmila Sinianskaia, que me acompañó
en aquel inolvidable viaje.
Un día de noviembre de 1993 L.H. me llamó por teléfono
a Valencia para decirme que me invitaba a Albacete con el fin de hacer un
reconocimiento del terreno en el kilómetro 202 y al mismo tiempo entregarme
lo que se me debía. Llegó acompañado por Sánchez
y Fernández. Se presentó también un funcionario del ayuntamiento
de Roda. Estuvimos un par de horas dando pasos y midiendo distancias, mirando
un croquis del terreno e intentando localizar donde podía estar el
antiguo kilómetro 202. Tras este paseo campestre visitamos una casa
donde hablamos con un anciano. Sobre el tema no tenía ni la menor
idea. Cayó la tarde y para terminar ese “trabajo” L.H. nos invitó
a una suculenta cena en un restaurante que pago él (supongo que no
sería de su bolsillo, pero, como otras cosas, eso es sólo
una corazonada que no puedo confirmar). Al anfitrión se le veía
cada vez más nervioso, como si le hubiera entrado fiebre. Ya había
caído la noche. Por fin dije que nos marchábamos, ya que en
Valencia nos esperaba mi madre, y nos levantamos de la mesa. Entonces
L.H. me dijo que le siguiera en mi coche hacia una próxima rotonda.
Pero al salir del restaurante arrancó su coche y desapareció.
Estuvimos esperando bastante tiempo, hasta que el hombre de Leguina apareció
de nuevo y nos guió hasta la rotonda, donde paramos. Salió de
su coche, en el que quedaron Sánchez y Fernández, se plantó
al lado del mío y comenzó a explicarme con voz atragantada lo
difícil que le había sido arreglar el problema del dinero, porque
sólo se podía entregar en metálico y no con un cheque.
Yo ya estaba hasta la coronilla de ese esperpento. Le recordé que
no fui yo quien planteó lo de la compensación, sino J.L. Se
puso más nervioso aún. Pensando que en España quizás
para tales casos existía alguna tradición nacional o norma no
escrita desconocida por mí, llegué a preguntarle a bocajarro,
si lo que pasaba es que quería que le entregase parte del dinero para
algún fin benéfico o algo así. Pareció asustarse,
dijo que no, que de ninguna manera, que el dinero era mío y bien ganado.
Sin embargo me advirtió en tono grave que tendría que firmar
un recibo. Le contesté que para mí no había problema
puesto que lo había ganado honestamente cumpliendo un encargo del presidente
de la Comunidad de Madrid, aunque preferiría recibirlo en mi cuenta
bancaria, como Dios y Hacienda mandan. Pero eso era problema de L.H. ya que
yo no tenía ni la nacionalidad española ni residía en
España. Firmé un papel en el capó del coche casi en
plena oscuridad sin poder saber con absoluta claridad lo que estaba escrito
y del cual no me dio copia. Sánchez y Fernández, sentados en
el coche de Hernández, miraban pasmados lo que pasaba y recuerdan muy
bien aquella escena.
En el sobre encontré una suma apreciable para una persona común
y corriente como me considero yo. No la menciono porque tampoco no sé
por que razón será lo han hecho J.L. y L.H y espero que
lo digan para comparar las cifras. Pero desde luego no era lo que se paga
generalmente por información de tal envergadura que evitaba un despilfarro
del erario público.
Insisten los autores del artículo de CLAVES en que para
localizar los restos de Nin “durante todo un año se barajaron infinidad
de documentos y mapas, se acudió a fuentes de información alternativa,
se volvió a Moscú y sobre los pasos de Orlov”. No me puedo creer
que no se inventaron ese viaje obviamente inútil a Moscú. Lo
de Orlov suena a chiste: había muerto 20 años antes y ¿qué
pasos del difunto superespía podían seguir J.L. y L.H.? En otro
lugar del articulo los autores reconocen: “Los resultados del prolijo trabajo
que se llevo en 1993 nunca se hicieron públicos, a la espera de las
pruebas definitivas que permitieran, de una vez por todas, situar los restos
de Andreu Nin en la realidad y no en la hipótesis”. Dicho en otras
palabras, la “hipótesis” de Juan Cobo no era creíble ni digna
de tenerse en cuenta. Pero si, como afirman, esperaban pruebas concluyentes
que yo no les ofrecí, podrían haber seguido con sus estrafalarias
pesquisas hasta el día de hoy. Pese a que no podían ignorar
que se trataba de una tarea casi imposible. Es cierto que incluso hoy día
en España se encuentran restos de miles de victimas del franquismo,
asesinadas en la misma época. Pero siempre en lugares muy puntuales,
con un radio de pocos metros, lugares que los parientes o vecinos de los muertos
han conservado en la memoria. Este no me parece el caso de Nin.
Lo que sí intuyo es que J.L. y L.H. estaban hinchando la lista
de sus “prolijos trabajos”, fabricando informes y más informes. ¿Y
si todos esos trabajos se hicieron y se pagaron del mismo modo que en
Roda? Pienso que esos datos son más fáciles de averiguar
que encontrar los restos de Nin.
A modo de conclusión. Los autores del artículo tienen la desfachatez
de recomendar a Juan Cobo que “se decida a confesar ahora todo lo que dice
saber”. No son nadie para darme tales consejos - lo que yo sé, no es
cosa suya. A ellos, gracias a mi ingenuidad de entonces, les dije exactamente
todo lo que necesitaban para que pusieran fin a su dudoso “prolijo trabajo”.
No lo hicieron por razones que ellos sabrán. Yo no tengo nada que ocultar.
Que confiesen ellos.
Valencia, 1 de diciembre de 2008