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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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El 1º de diciembre de 1990 falleció en
el Hospital General de Cataluña Enric Panadés, conocido abogado
barcelonés, militante del POUM desde su juventud, periodista en
momentos cruciales de nuestra historia, defensor incansable de los presos
y perseguidos en los tiempos de la dictadura franquista, abogado y miembro
del Consejo de la Fundación Andreu Nin, personalidad discreta, abnegada
y generosa en esta época de protagonismos ramplones y mediocres.
Tenía 73 años.
Panadés fue uno de mis mejores amigos durante largos años. Nos conocimos en 1934 en la inolvidable Universidad Autónoma de Barcelona organizando la Asociación de Estudiantes Revolucionarios, grupo de militantes de diversas tendencias de izquierda que tuvo la pretensión de influir en la reforma universitaria de la República y de constituir un elemento de enlace entre la nueva Universidad y el movimiento obrero de Cataluña en un período de intensas luchas sociales.
Más tarde, nos encontramos en la Juventud Comunista Ibérica, organización creada en el seno del Bloque Obrero y Campesino y que alcanzó un importante desarrollo a partir de la fundación del POUM. Panadés pertenecía a una conocida familia de la burguesía catalana, pero su espíritu rebelde y su sentido crítico ante las injusticias sociales le llevaron al movimiento obrero revolucionario. Los estudiantes eran entonces una pequeña élite en el país y cuando militaban, lo hacían en los partidos de la burguesía. Panadés se identificó muy pronto con el espíritu que animaba al POUM en 1935 y 1936. Tanto en la Universidad como en la JCI fue militante, entre otras razones porque tenía horror al diletantismo intelectual.
Cuando estalló la Guerra Civil, se solicitó su colaboración para Avant (diario en lengua catalana que el POUM publicó en las primeras semanas) y, luego, para La Batalla. En el equipo formado alrededor de Molins i Fábrega, con Pagés, Xuriguera, Sabater Casals, Solano y otros, se reveló periodista. Su fina cultura, su curiosidad intelectual, su espléndida ironía y su pasión política se ejercieron plenamente en una atmósfera febril y de laboriosa camaradería. Hizo de todo: artículos, notas, comentarios, entrevistas, reportajes. Durante las Jornadas de Mayo de 1937 quedó encerrado en el Palacio de la Generalitat, adonde fue para cubrir una información.
Esta actividad no le apartó de las tareas militantes en la JCI, ya que también fue redactor del semanario Juventud Comunista y siguió ocupándose de todos los problemas universitarios y estudiantiles en nombre de la organización juvenil del POUM. En junio de 1937, cuando se inició la represión estalinista contra el POUM, suspendida La Batalla, se incorporó al grupo de redacción del semanario clandestino Juventud Obrera, órgano de la JCI. A petición mía, aseguró una rúbrica humorística en Juventud Obrera con la firma de Juan Comorera, gracias a la cual hizo reír a todos nuestros lectores en una época realmente ingrata y triste. El humor de Panadés, incisivo, radical y casi cruel, apuntaba esencialmente contra el cinismo, la estulticia y la cobardía de los pequeños poderosos del momento, y contra los jefecillos estalinistas como Carrillo y Comorera, sus inspiradores y sus sirvientes en los aparatos burocráticos de entonces. La descripción de una reunión del GEPCI (Gremios y Entidades de Pequeños Comerciantes e Industriales), organización de pequeños patronos catalanes creada por el PSUC, o una interviú imaginaria al general Pozas, verdaderos modelos de una ironía tan cáustica como fina, aliviaron las penas de muchos de nosotros. Carrillo, siempre igual a sí mismo, bramaba en las tribunas exigiendo la liquidación de Juventud Obrera. Y, al fin, lo logró, puesto que en abril de 1938 fue asaltada la imprenta en que se imprimía. Haber denunciado antes que nadie el asesinato de Nin y burlarse de los burócratas estalinistas eran cosas que no podían soportarse.
Como muchos otros, Panadés no pudo resistir el exilio. Aún recuerdo las cartas que me escribía desde Calais, donde le habían acogido militantes del PSOP de Marceau Pivert. Nada tenía sentido para él en aquella ciudad. Muy pronto regresó a Barcelona, donde sin duda pudo protegerle su familia. Tras no pocas peripecias, pudo abrir su despacho de abogado. Durante el largo e interminable exilio, tuvimos una relación constante y amistosa, salvo en los años 1941-1944, en los que la cárcel y la resistencia interrumpieron la comunicación. Mantuvimos una correspondencia frecuente y sus cartas eran siempre preciosas. Porque, como ha dicho el escritor Joan Perucho, "escribía muy bien" y sabía recoger excelentemente lo que podía interesar para nuestra información o para su publicación en La Batalla. Su humor podía ser bastante negro o deliciosamente crítico. En fin, en Barcelona estaba Panadés, con el que se podía contar incondicionalmente, al que se podía recurrir como abogado, como camarada y como amigo, para todo, pero especialmente para defender y amparar a los presos y a los perseguidos. Es imposible valorar justamente eso sin haberlo vivido.
En los años finales del franquismo nos vimos varias veces en París y en Perpignan. Lo curioso es que coincidíamos en casi todo y, cada vez, parecía que reanudábamos la conversación vital, tantas veces interrumpida por los acontecimientos, que fomentaba y mantenía nuestra amistad política y personal. Recuerdo en particular nuestra reflexión común la noche aquella que pasamos en un gran hotel de París, con otros miembros de la oposición antifranquista, tratando de intensificar la movilización a favor de Puig Antich. Enric Panadés y Ramón Trías Fargas habían llegado a París en representación del Colegio de Abogados de Barcelona.
Panadés fue siempre fiel a sus ideas y a sus convicciones profundas. En su piso de la calle del Capitán Arenas, repleto de libros y de cuadros, donde nos vimos tantas veces desde 1976, preparamos la legalización del POUM. Él redactó los estatutos y la escritura requerida, buscó el notario apropiado y firmó conmigo y otros compañeros la documentación. Fue a principios de mayo de 1977. Unos años después, en 1988, procedió del mismo modo en lo que se refiere a la Fundación Andreu Nin de Cataluña, a cuyo consejo pertenecía. En estos dominios su diligencia y su generosidad eran ejemplares. En julio del pasado año, le invitamos a que se incorporará a la delegación que presentó en la embajada de la URSS en Madrid la carta destinada a Gorbachov y a la comisión de rehabilitaciones del PCUS, suscrita por más de 300 intelectuales y militantes, reclamando el restablecimiento de la verdad sobre el secuestro y el asesinato de Nin. A última hora, no pudo acudir, pero lo lamentó muchísimo.
En los dos últimos años de su vida, probablemente
a causa de su enfermedad, Panadés se dejó ganar por la melancolía.
Con el fin de animarle, le arranqué varias veces de su despacho
de abogado para asistir a diversos actos en Barcelona. Por ejemplo, a finales
de septiembre de 1989 fuimos juntos, con mi compañera y otros amigos,
a la presentación, en el Círculo de Lectores de Los hijos
del Arbat, el famoso libro del escritor soviético Anatoli Ribakov.
Tuve ocasión de intervenir en el debate y de abrir el diálogo
con Ribakov diciéndole que su libro y su experiencia eran particularmente
preciosos para los que en España habíamos combatido el estalinismo
como una perversión del socialismo y, como era natural, evoqué
la figura y el asesinato de Nin por la GPU, recordando que había
sido en la URSS uno de los colaboradores de Lenin y Trotsky. Fue un momento
de gran emoción en la sala y la gente que la abarrotaba aplaudió
con verdadero fervor. Panadés, profundamente conmovido, nos dijo:
"Es un verdadero homenaje a Nin y al POUM en presencia de Ribakov". Así
fue.
Edición digital de la Fundación Andreu
Nin, 2000