Wilebaldo Solano
Una vida dedicada al POUM y a cambiar el mundo
de base
Jaime Pastor
Muchos son los recuerdos y homenajes que se van sucediendo desde su muerte
en torno a alguien que se había convertido en la memoria viva del
POUM y en ejemplo y símbolo de los supervivientes de esa generación
que emergió en los años 30 del pasado siglo y que no renunció
nunca a sus ideales revolucionarios. Por mi parte, a lo ya escrito querría
añadir algunas de las aportaciones especialmente relevantes de Wilebaldo
que pueden interesar a quienes no le conocieron.
La primera, aunque ya rememorada por Pepe Gutiérrez, tiene que ver
con su réplica en la revista
Acción Comunista, en su
número 5 de abril de 1966 /1, a un artículo de Jesús
Santos (seudónimo de un intelectual heterodoxo “olvidado”), aparecido
en el número 3 de esa misma publicación: lo que al menos en
algunos de nosotros llamaba la atención en su escrito era cómo
Wilebaldo se mostraba un firme defensor del pensamiento de Trotsky frente
a la propuesta de Jesús Santos de “superarlo” y trataba, además,
de quitar hierro a la dureza de las críticas de “El Viejo” a determinadas
opciones tácticas del POUM y de Nin durante la revolución y
la guerra civil españolas. En el marco de nuestras primeras lecturas
sobre ese período histórico y, luego, de nuestros encuentros
en el local del POUM en París pudimos comprobar esa posición
original mantenida por el entonces Secretario General del POUM: su apuesta
por un marxismo en el que Trotsky era un referente fundamental y, a la vez,
su voluntad de mantener unidas a las distintas corrientes de su partido le
otorgaban un status particular ante la nueva generación. Ese era el
caso de quienes empezábamos a militar en la nueva LCR francesa, junto
con exmilitantes del POUM como Eduardo Mauricio y Antonio Rodríguez,
y que nos íbamos sintiendo más próximos del sector que
dentro de ese partido procedía de Izquierda Comunista, como Juan Andrade,
María Teresa García-Banús, Enrique Rodríguez
y Emma Roca, residentes todos ellos en París en esos años.
Otra a destacar es que Wilebaldo seguía también muy de cerca
y muy activamente la evolución de la situación política
en Francia y defendía una actitud radicalmente contraria a la tendencia
a la fragmentación y a la competencia entre los distintos grupos que
se reclamaban del “trotskismo”: su visión esperanzada en el post-68
le servía de argumento fuerte para apelar a la unidad de todos esos
grupos evitando generalmente tomar partido a favor de uno de ellos. En esto
también tuvo una posición singular, aunque con escaso éxito.
Otra de sus aportaciones importantes fue la labor que desarrolló
desde medios como
La Batalla y
Tribuna Socialista a favor de
la reconstrucción del POUM y de un “reagrupamiento de los marxistas
revolucionarios” que finalmente tampoco dio resultados satisfactorios:
en sus artículos siempre se reflejaba el esfuerzo por convertir a
ese partido en referente de la nueva izquierda revolucionaria que estaba
emergiendo a partir de mediados de los años 60, así como su
firmeza en desmarcarse del sector que acabaría incorporándose
al nuevo Partit Socialista de Catalunya. Por eso el local del POUM en París
también se convirtió en centro de acogida y de charlas y debates
con la gente joven que pasábamos por allí, vinculada a distintos
colectivos, como también ha recordado el compañero Boni Ortiz
en el caso de Asturies. Por desgracia, la experiencia de la candidatura del
Frente por la Unidad de los Trabajadores (FUT), en la que participó
el POUM junto con la LCR, la OIC (Organización de Izquierda Comunista)
y Acción Comunista en las elecciones generales de junio de 1977, no
tuvo continuidad /2 y el “reagrupamiento” por el que él apostaba
no llegó a realizarse nunca; pero sus esfuerzos a favor de ese objetivo
nunca podrán ser olvidados, sobre todo desde la distancia que nos
permite recordar ahora nuestra propia inmadurez política en aquel
entonces.
Otro momento clave fue sin duda la caída de la URSS y la interpretación
que Wilebaldo nos fue ofreciendo desde su columna regular en
El Periódico
de Catalunya durante varios años, en sus intervenciones en el
marco de las actividades que fue desarrollando la Fundación Andreu
Nin o en las entrevistas que se le hacían, al calor de la proyección
del documental
Operación Nikolai o del estreno de
Tierra
y Libertad de Ken Loach. Su diagnóstico de la “nueva época”
era muy claro, como se puede todavía leer en lo que comentaba a Llibert
Ferri: “Els comunistes han de fer el seu balanç i l’han de confrontar
amb el balanç dels altres que ens reclamem del socialisme, que creiem
que el capitalisme és una etapa de la història del món
i que avui, en la crisi actual, està ensenyant la cara més
bárbara en les relacions amb el Tercer Món o en la guerra contra
les prestacions socials en els països més avançats. Avui
s’están proposant mesures que ens poden dur al segle XIX” (Wilebaldo
Solano i Llibert Ferri. Conversa transcrita per Patricia Garbancho, Diàlegs
a Barcelona, 1994, p. 10). No hace falta añadir que el pronóstico
que en su última parte hacía se ha visto sobradamente confirmado
en los años posteriores, como él mismo no dejaba de repetir.
Fue en esa “nueva época” cuando Wilebaldo demostró su profundo
internacionalismo, tanto mediante sus análisis de los principales
acontecimientos que han ido sacudiendo al mundo como a través de sus
constantes encuentros y viajes a distintas partes de Europa y de las visitas
que recibía en su casa, ya fuera en París o en Barcelona: en
ellos no sólo hablaba del POUM y de lo que representaba para tantos
jóvenes historiadores sino que también insistía en la
necesidad de proseguir el esfuerzo que su partido desarrolló en pos
de un reagrupamiento de fuerzas a escala internacional capaz de superar las
divisiones dentro de la izquierda antiestalinista. Merece la pena recordar
que le emocionaban especialmente el interés en su partido y su historia
de personas que le escribían o venían de países de Europa
del Este y, sobre todo, de la extinta URSS.
Cuando en marzo de 2007 la Fundación Andreu Nin y la Fundación
VIENTO SUR le dedicamos un homenaje en Madrid pudimos vivir de cerca cómo,
a pesar de sus 90 años, mantenía firmes su memoria y sus convicciones
a favor de la vieja aspiración que le guió toda su vida: la
de la necesidad de acabar con el capitalismo y, para ello, como diría
en su entrevista en El País del 1 de abril, “la importancia de la
fraternidad en el combate y la lucha” como su principal enseñanza
vital. La última vez que pude estar con él y su compañera,
María Teresa Carbonell, fue en París en septiembre de 2009
y muy pronto pude escuchar sus reflexiones sobre el estallido de la crisis
global del capitalismo y la dramática ausencia de una izquierda capaz
de aprovechar esta oportunidad histórica para demostrar que otro socialismo,
distinto del estalinista, es posible; en esa conversación no faltó
su pregunta sobre la situación española y lo que hacíamos
desde Izquierda Anticapitalista (aunque el adjetivo les parecía innecesario
a ambos porque lo consideraban redundante) para cubrir ese vacío.
Mi respuesta no les acabó de satisfacer, por lo que habrá que
seguir mejorándola para que sea fiel continuadora del “espíritu,
la tradición y el coraje” de ese POUM que él tan dignamente
representó y reivindicó hasta su último segundo de vida.
Notas
1/ “Carta a Acción Comunista.: León Trotsky y Andrés
Nin”, disponible en
http://www.fundanin.org/solano30.htm
2/ En el número 5 de
Tribuna Socialista, de julio de 1977,
escribía a propósito de esa experiencia: “El FUT fue reconocido
a última hora y sus componentes estaban y están en la ilegalidad.
Sin embargo, decidió participar en las elecciones porque sabía
que éstas podían constituir una oportunidad excepcional para
dirigirse públicamente a centenas de millares de trabajadores/as,
denunciar las farsas de Suárez y las condiciones en que la consulta
electoral iba a celebrarse y defender un programa socialista bien definido.
Sus militantes, más duchos en las luchas clandestinas, en las organizaciones
de masas que en las lides electorales, tuvieron que improvisarlo todo en
condiciones muy precarias (...). A pesar de todo esto, los grandes mitines
de Barcelona, de Madrid, de Bilbao y de otras ciudades fueron manifestaciones
de masas que demostraron el peso del marxismo revolucionario como corriente
política en amplios sectores de la clase obrera y de la nueva generación
revolucionaria”.