El POUM y
la cuestión de las nacionalidades
Acuerdos sobre la cuestión nacional adoptados
en la fusión del Bloque Obrero y Campesino con la Izquierda Comunista,
en septiembre de 1935. Fueron publicados en el folleto Qué es y
qué quiere el Partido Obrero de Unificación Marxista, Ed.
La Batalla, Barcelona, 1936.
La socialdemocracia no ha dado nunca al problema de las nacionalidades la
interpretación revolucionario debida. Si en el primero de esos aspectos
ha sacrificado la revolución a la frase, en el segundo, si bien teóricamente
se ha visto obligada a reconocer el derecho de los pueblos a su independencia,
en el dominio práctico ha sido incapaz de salir de los límites
del nacionalismo burgués.
La revolución proletaria — y el ejemplo nos lo ha dado la revolución
rusa — triunfará en tanto que revolución democráticosocialista,
hemos dicho. En el estado actual de la historia, no puede haber ya revoluciones
exclusivamente democráticas, ni en cierta medida, revoluciones exclusivamente
socialistas. La revolución ha de ser democráticosocialista,
en su primera etapa.
Pues bien, las tres fuerzas motrices de esa revolución las constituyen:
el proletariado, el campesino que quiere conquistar la tierra, y el movimiento
de liberación nacional. Si esas tres fuerzas convergen y se encuentran,
el proletariado se convierte en el eje central del movimiento revolucionario.
Sin la unidad de esos tres frentes de lucha, la revolución democrático-socialista
no puede triunfar, sobre todo en un país como el nuestro en donde
el aspecto democrático de la revolución es tan pronunciado.
Estos movimientos de emancipación nacional tienen un contenido democrático
que el proletariado ha de sostener sin reservas. Una clase que combate encarnizadamente
todas las formas de opresión no se puede mostrar indiferente delante
de la opresión nacional. Los movimientos de emancipación nacional
constituyen un factor revolucionario de primer orden que la clase trabajadora
no puede dejar de lado.
El proletariado sólo puede tener una actitud: sostener activamente
el derecho indiscutible de los pueblos a disponer libremente de sus destinos
y a constituirse en estado independiente, si esta es su voluntad.
Sosteniendo este derecho, el proletariado no se identifica con la burguesía
nacional, que quiere subordinar los intereses de la clase a los intereses
nacionales y, en los momentos decisivos, se pone al lado de las clases dominantes
de la nación opresora con objeto de aplastar los movimientos populares.
El proletariado, campeón decidido de las reivindicaciones democráticas,
ha de desplazar a la burguesía y a los partidos pequeñoburgueses
de la dirección de los movimientos nacionales que traicionan, y llevar
la lucha por la emancipación de las nacionalidades hasta las últimas
consecuencias.
La lucha por el derecho de los pueblos a la independencia no presupone, sin
embargo, la disgregación de los obreros de las diversas nacionalidades
que componen el estado, sino, por el contrario, su unión más
estrecha, que es la única garantía del triunfo.
El reconocimiento del derecho indiscutible de los pueblos a disponer de sus
destinos, de un lado, y la lucha común de los obreros de todas las
naciones del estado, del otro lado, constituyen la premisa indispensable
de la futura confederación de pueblos libres.
Los movimientos de emancipación nacional pasan por tres fases. En
la primera, es la burguesía reaccionaria quien los monopoliza, haciendo
de lo que tiene un sentido progresivo y justo, una fortaleza al servicio
de la contrarrevolución. Es lo que sucedió en nuestro país
durante el siglo pasado cuando el carlismo se apoyó sobre el deseo
autonomista latente, y durante una parte del siglo actual en Cataluña
y Vasconia, principalmente, en donde las fuerzas conservadoras se han hecho
suyo el problema autonomista con objeto de utilizarlo como ganzúa
para favorecer sus intereses económicos y para impedir un desarrollo
revolucionario.
La segunda etapa está caracterizada por el paso del problema nacional
a manos de la pequeña burguesía, que es lo que se da actualmente
entre nosotros, y de un modo particular en Cataluña. Durante esta
fase la pequeña burguesía — Esquera, en Cataluña — hace
una gran demagogia prometiendo la solución completa del problema nacional.
Pero tan pronto como la pequeña burguesía constata que la profundización
de la revolución democrática, en éste como en los demás
dominios, en el de la tierra especialmente, aproxima la revolución
socialista, hace marcha atrás precipitadamente, llegando a la más
vergonzosa capitulación, como ocurrió en Cataluña, primero
aceptando un Estatuto que dejaba sin solución fundamental el problema
planteado, y segundo, entregándose al enemigo — octubre de 1934 —
cuando vio que la defensa de la cuestión nacional pasaba a manos de
la clase trabajadora.
La tercera fase es aquella en que el proletariado se hace suyo el problema
nacional y le aporta, revolucionariamente, la solución debida. Esta
etapa se ha iniciado ya en nuestro país. El problema nacional empieza
a ser considerado por el proletariado como un factor revolucionario.
El Partido Obrero de Unificación Marxistra trabajará por el
desplazamiento de la pequeña burguesía del frente del movimiento
nacional con objeto de que sea el propio proletariado quien lo dirija y solucione,
llegando a la estructuración de la Unión Ibérica de
Repúblicas Socialistas.