FUNDACIÓN

ANDREU NIN

 

 

El POUM en Madrid

Enrique Rodríguez


Texto completo de la ponencia leída por Enrique Rodríguez, que fue miembro del Comité Ejecutivo del POUM, el 25 de septiembre de 1985, en el Centre d'Estudis Historics Internacionals, de la Universidad de Barcelona, en conmemoración del cincuentenario de la fundación del POUM. Publicado originalmente en los números 11 y 12 de la revista Iniciativa Socialista (1990)

Los organizadores del Seminario, conmemorativo del 50 aniversario de la fundación del POUM, han creído conveniente incluir un punto dedicado al POUM madrileño. Ello puede suscitar en algunos, sobre todo en aquellos que no vivieron dicho periodo, cierta confusión o error. Está claro -lo estuvo siempre- que no hubo un POUM en Madrid y otro distinto en Cataluña, Levante u otras nacionalidades o regiones del Estado. En materia de organización, los antecedentes, tanto del BOC (Bloque Obrero y Campesino) como de la ICE (Izquierda Comunista de España), en algunos quizás más lejanos que en otros, hay que buscarlos en el movimiento comunista que surgió tras la victoriosa Revolución del Octubre ruso. Por ello, al fusionarse ambas organizaciones, plasmaron en su programa las ideas y principios que informaron los primeros tiempos de la Internacional Comunista. Entre ellos, naturalmente, el tan discutido hoy del llamado centralismo democrático, que rigió la vida del partido. La sección madrileña del POUM, pues, era y fue una sección más, como lo fueron, por ejemplo, las de Gerona, Sitges o Llerena.

Es cierto que la mayoría de historiadores que han escrito sobre cl POUM, incluso camaradas del partido, han ignorado las secciones existentes fuera de las fronteras de Cataluña. Sólo para salvar este bache informativo, pero también para rendir homenaje a las decenas de camaradas que, unos ante los pelotones de ejecución franquista y otros, la mayoría, en los frentes de Sigüenza, Toledo y Madrid cayeron bajo la bandera del POUM, la misma bandera por la que también sacrificaron sus vidas muchos camaradas de Cataluña, y pese a mis modestos recursos intelectuales, he aceptado cubrir este punto que, reitero, creo debió englobarse en aquellos otros que tratan de la historia general del POUM.

El POUM se fundo en septiembre de 1935, después de la revolución asturiana de octubre de 1934, y como consecuencia de una gran corriente de unidad que se expresaba con carácter general en toda la clase obrera española, y por la necesidad de dotar a ésta de un auténtico partido comunista. No existiendo en Madrid sección del BOC, la sección de la ICE se transformó en POUM. Puedo decirse por ello que el proceso de unificación que condujo a la creación del partido no lo vivimos realmente como tal. En los meses precedentes, último del 34 y primeros del 35, nuestra sección, todavía ICE, estuvo enfrascada en discutir la propuesta de Trotski, que nos aconsejaba ingresar en los partidos socialistas, la llamada táctica del "entrismo". La victoria de Hitler y el hundimiento sin lucha del potente Partido Comunista alemán –la gran esperanza entonces de los comunistas y del proletariado europeo- llevó a Trotski a considerar caducas sus ilusiones en una posible regeneración de la Internacional Comunista. A partir de ahora, nos decía, había que orientarse hacia la construcción de una nueva internacional: la IV. Consciente de la extrema debilidad de los grupos trotskistas para realizar tan gigantesca tarea, en un mundo en el que los acontecimientos se sucedían a gran velocidad, consideró que su incorporación a los partidos socialistas, muy radicalizados entonces por las modificaciones que el hitlerismo impuso en la situación internacional, permitiría alcanzar tan ambicioso objetivo.

Conviene recordar que por aquel entonces, en España, con las variantes propias a su formación y origen, las JJ.SS. de Santiago Carrillo, y la izquierda intelectual del PSOE, opinaban esencialmente lo mismo sobre este problema. Nuestras relaciones con ellos no podían ser más cordiales. Ello no impidió, sin embargo, que la mayoría de la sección y de las secciones del resto de España de la ICE, no creyera en la posibilidad de "bolchevizar" al PSOE, por emplear el lenguaje tan en boga entonces, y rechazó la idea del "entrismo". Sólo media docena de valiosos camaradas optaron por el ingreso, aunque lo hicieron sin mucha fe en ello.

Resuelta esta cuestión esencial sobre cl "entrismo" propuesto por Trotski, las perspectivas como organización no se nos aparecían muy claras. Fue entonces cuando supimos, por la correspondencia que Andrade mantenía frecuentemente con Nin, que en Barcelona se habían iniciado conversaciones entre los partidos que componían la Alianza Obrera, tendentes a la constitución de un nuevo partido, inspirado en los principios del comunismo. Ello nos animó extraordinariamente.
Principalmente, porque la noticia coincidió con una importante escisión que se produjo en el Radio Sur de las JJ.CC. de Madrid. Una treintena de jóvenes militantes, llenos del entusiasmo combativo de aquellos días, ingresaron en nuestra Sección, reforzándola considerablemente. Querían trabajar con nosotros para poder ofrecer al proletariado español una alternativa revolucionaria distinta al reformismo socialdemócrata y al nuevo frentepopulismo estalinista.

Las cosas, sin embargo, no se presentaron fáciles. Nos llegaba noticias de que las conversaciones de Barcelona iban reduciendo el número dc sus participantes, quedando solos el BOC y la ICE. Pero aún debíamos recibir otra noticia -mala para nosotros- que nos enviaba Nin, en carta dirigida a Andrade: parece que en Barcelona, decía, se orientaban hacia la constitución de un partido exclusivamente catalán. y nos aconsejaba, en aquélla carta, a los militantes dc la ICE no catalanes, el ingreso en el PSOE, siguiendo en esto la proposición dc Trotski que acabábamos de rechazar. Naturalmente, y un tanto decepcionados, reiteramos nuestro rechazo a tal idea, a la que -lo supimos más tarde- ya se habían opuesto nuestros camaradas dc Barcelona, terminando Nin por rechazarla.
 

El POUM en marcha

Sin más contratiempos, el BOC y la ICE decidieron fusionase y constituir un nuevo partido, en una reunión a la que no pudo asistir ningún delegado de Madrid, aunque nosotros aceptáramos totalmente los acuerdos que allí se tomaron. El lanzamiento del nuevo partido no hizo más que confirmar nuestras esperanzas y todas las perspectivas que se nos ofrecían. La venta de "La Batalla", el órgano central del Partido, se extendió extraordinariamente. Todas las barriadas obreras del Madrid de entonces se habían acostumbrado a ver, semanalmente, a los grupos de militantes poumistas difundiendo y gritando nuestro periódico. El modesto local que alquilamos en la calle Pizarro se hallaba siempre animado, principalmente a las horas de salida del trabajo. La fundación del POUM nos confirmaba, sobre todo, que entre bastantes millares de trabajadores españoles se sentía la necesidad de un partido diferente del socialismo reformista y del estalinismo, y que quisiera superar los errores y la táctica aventurerista de la FAI.
 

El pacto electoral

Al poco tiempo dc su constitución, cl Partido tuvo que afrontar el primer problema político nacional que se le planteaba: el del Bloque Electoral Popular ante las elecciones del 16 dc febrero dc 1936. Largo Caballero, que era ya denominado "El Lenin español", y que tenía una influencia casi total en el movimiento obrero, incluso en los medios anarco-sindicalistas, convocó una reunión de los partidos obreros, PCE, Partido Sindicalista, JJ.SS., PSOE y POUM. El Comité Ejecutivo dcl POUM confió a Juan Andrade la misión de representarle en dicha reunión, a la que acudieron igualmente Jesús Hernández por cl PCE, Ángel Pestaña por el Partido Sindicalista, Cazorla por JJ.SS. y Largo Caballero por cl PSOE. Inmediatamente de comenzada la reunión -nos contaba Andrade- el delegado comunista, como era ritual entre ellos, expuso su oposición a la presencia dcl POUM, alegando esta vez, no que éramos "trosko-fascistas" como venían repitiendo en su prensa y mítines, sino porque éramos "escisionistas dcl movimiento obrero". El pretexto no podía ser más torpe en una reunión semejante de gente informada. Parece que se produjo una reacción violenta dc Largo Caballero –era conocido el carácter duro e intransigente de éste- para decir que de allí no se eliminaba a nadie, y que, después de todo, el PC era también fruto de una escisión en cl PSOE. El resto de los delegados se expresó de forma parecida y Hernández tuvo que batirse en retirada.

En aquella reunión, Largo Caballero expuso que se trataba de ponerse de acuerdo los partidos obreros para establecer un pacto electoral con los partidos republicanos de izquierda, para lo cual había que designar un delegado que representase a todos los reunidos. Largo Caballero fue designado para tal misión.

En reunión posterior, éste dio cuenta del acuerdo a que había llegado con los republicanos, expresando al propio tiempo el poco valor político del Pacto, ya que de lo que se trataba era de presentar un bloque unido y compacto frente a las derechas. Pese a ello, Andrade solicitó un breve plazo que le permitiera poner en conocimiento del CE los términos del mismo, y que éste decidiera si debía o no firmarlo. La respuesta, como se sabe, fue positiva y el POUM firmó aquel documento que valió al Partido, por parte de Trotski y del trotskismo internacional, una de las campañas más estúpidas y que en algunos recalcitrantes del mismo aún perdura.

Por nuestro reciente pasado, a nadie puede extrañar que fuéramos sensibles a tales críticas, aunque nos doliera la falta de rigor y seriedad que las informaba. Porque en febrero del 36 -es preciso decirlo- no existió en ningún momento organismo de frente popular, ni siquiera, por no existir, tampoco hubo comisión de seguimiento o algo por el estilo, encargada de velar por el cumplimiento del documento firmado. Tampoco nadie pensaba en ello. La realidad del país discurría ya por senderos distintos, o más bien, por torrentes imposibles de ser encauzados por textos escritos.

No, ni Andrade, que fue encargado por el CE para firmar el mencionado documento, ni el resto dcl partido, estaba por cl Frente Popular, al que considerábamos un instrumento dc colaboración dc clases, destinado a frenar la revolución. El partido le oponía entonces la Alianza Obrera. Por otra parte, "La Batalla", antes, durante y después de dicha firma combatió, desde posiciones de clase, revolucionarias, al frente popular. Y toda la actuación dcl Partido en la calle, en las manifestaciones, en las huelgas, etc. se mantuvo en esta orientación.

No hubo en todo el partido ni una sola protesta por semejante determinación, sino más bien entusiasmo por las posibilidades de propaganda que el acuerdo nos facilitaba. Era una ocasión espectacular y eficaz de dar a conocer a las masas nuestro Partido, era romper el aislamiento en que habíamos estado y, una satisfacción no menor para los militantes, el qué el PC se hubiera visto obligado a transigir con nuestra presencia, sin que por ello hubiéramos contraído ningún compromiso formal. En Madrid, donde nunca habíamos podido celebrar un acto importante, se celebró un mitin en uno de los cines más grandes de la barriada obrera de Ventas, con público hasta la calle, donde Maurín pronunció un gran discurso, que se trasmitió a otras dos salas de la capital, también completamente llenas. Ocasión que aprovechamos para vender toda la prensa del partido de que disponíamos y recoger fondos para el Socorro Rojo del partido.

Resumiendo este capítulo, diremos que el POUM supo sacar ven laja de una situación tan fluida y confusa como aquella, en donde lo que predominaba era el sentimiento fuertemente unitario de las masas populares, que buscaban cambiar la desfavorable situación que les había creado el bienio negro. Buscaban, sobre todo, poder arrancar a los millares de presos de las cárceles y reintegrar en sus puestos de trabajo a los miles de represaliados. Este sentimiento era tan profundo que hasta la CNT-FAI renunció a su apoliticismo tradicional y aconsejó votar a las izquierdas. Y su voto -no lo olvidemos- fue decisivo en aquellas elecciones.
 

Después de las elecciones

Después de la victoria electoral de Febrero del 36, España entró en un proceso político donde la agitación violenta en las calles, las huelgas en campos y ciudades, los atentados políticos, incendios de iglesias, etc. presagiaban ya la guerra civil. El Gobierno Azaña, igual que durante el primer bienio, se mostraba incapaz, por su propia naturaleza política, de adoptar medidas radicales encauzadas a solucionar los problemas esenciales. Entre ellos, el problema agrario, que impulsó a miles de campesinos a ocupar revolucionariamente las fincas y tierras de los grandes propietarios.

En las ciudades, y en Madrid, las huelgas se sucedieron unas a otras, participando en las mismas sectores y capas de la población no acostumbrados a este tipo dc luchas. Pero la que destacó, en medio de aquel clima de violencia, fue la huelga de la construcción de Madrid. Desde sus comienzos tuvo un carácter político innegable, revolucionario. Los huelguistas discutían y hablaban más de cambiar la sociedad que de sus reivindicaciones. Los dirigentes más significados de la misma, que lo eran asimismo de la CNT madrileña, fueron encarcelados por el Gobierno republicano y sus locales clausurados. Camaradas nuestros participaron activamente en dicho conflicto al lado de la CNT, conflicto que aparecía ligado igualmente a los enfrentamientos diarios con las bandas de falange. Y la sublevación militar llegó sin que la huelga hubiera encontrado solución.

En este clima de crisis revolucionaria, los poumistas madrileños vivieron, como el resto de las organizaciones obreras, permanentemente movilizados. Los rumores de un inminente golpe militar eran diarios, y el gobierno republicano, en vez de adoptar las medidas que se imponían, se dedicaba a desmentirlos.

Para nosotros estaba claro que España y Europa se encontraban ante la disyuntiva histórica de decidir su destino entre el fascismo o el socialismo. Así lo proclamaba constantemente "La Batalla", lo reiteraba Maurín en las Cortes y en las conferencias que pronunció en nuestro local madrileño. En las asambleas sindicales, en las reuniones en calles y plazas que tanto abundaban en aquel tiempo, en todas partes, el POUM de Madrid, como el partido en general, propagaba esta orientación central de nuestra política.

Diremos también que durante este breve periodo la Sección se vio reforzada con la presencia semanal de Maurín, que venía a Madrid en su condición de diputado. Cuando podía, asistía a las reuniones del Comité Local. Nos aconsejaba sobre muchos problemas y, sobre todo, nos infundía sus esperanzas e ilusiones en la lucha por la creación del partido revolucionario peninsular, que tanto necesitaba el proletariado de nuestro país. Maurín, cuya personalidad, igual que la de otros dirigentes del partido, rebasaba las fronteras del mismo, conquistó inmediatamente la adhesión y simpatía de los poumistas madrileños. La reciente aparición de su libro, "Hacia la segunda revolución", que los militantes leían y discutían ávidamente, aumentaba aún más su prestigio. Las circunstancias permitieron a la sección madrileña tener un trato relativamente frecuente con él durante ese periodo, y comprender, ya entonces, que constituía la fuerza esencialmente integradora del nuevo partido. Nosotros, que nunca practicamos el culto al jefe, no tardaríamos en comprenderlo aún mejor. Alguien le acusó injustamente de "provinciano", cuando era justamente lo contrario. Perseguía apasionadamente la construcción del partido peninsular, convencido como estaba de que la solución de los problemas de la Revolución sólo se encontraría en el marco del Estado, y entre ellos, claro está, el de las nacionalidades. Esta ilusión, y la fatalidad, quiso que al acudir al Congreso de la federación gallega dcl POUM, en el que debían participar prestigiosos anarcosindicalistas dc aquella nacionalidad que evolucionaban favorablemente hacia nuestras posiciones políticas, quedara descolgado de la Revolución a la que había entregado su vida.
 

El 19 de julio de 1936

La sublevación militar no sorprendió a nadie. Hacía semanas, meses, que todo el mundo la esperaba. Salvo el Gobierno, al menos aparentemente, que creía tranquilizar a las organizaciones obreras y a las numerosas personalidades que de diferentes horizontes políticos le advertían de los preparativos del golpe militar. Incluso Largo Caballero, días antes, fue a solicitarle el que se facilitaran armas a los sindicatos, sin resultado. Temían más a la revolución que a los militares.

Así, los días 17, 18 y 19 de julio, los obreros madrileños buscaban por todas partes la manera de hacerse con armas. Acudían a los centros obreros, a la casa del Pueblo, etc. donde se esperaba que las gestiones de sus dirigentes cerca de las autoridades, las obtendrían. La situación era muy confusa e inquietante. Unas relaciones personales de camaradas del partido nos permitieron que en el Ayuntamiento, donde la noche del 19 acudimos unos ochenta camaradas, se nos facilitara un fusil a cada uno, permaneciendo allí hasta la madrugada siguiente, desde donde nos trasladaron, en camiones de fortuna, a la Casa de Campo. Se encontraban allí numerosos milicianos como nosotros y, por lo que pudimos observar, igualmente novatos en el manejo de las armas, que camaradas más experimentados se afanaban por enseñar lo más elemental de su empleo. También se encontraban allí algunos diputados socialistas.

Transcurrido un poco tiempo, a los poumistas nos encargaron la misión de participar, junto con otras pequeñas columnas que se estaban formando, en el asalto al Cuartel de Campamento, cuyos jefes estaban comprometidos en la sublevación. Tras breves y desordenadas escaramuzas, a las que respondían los fascistas con tiros de artillería desde el cuartel, a finales del mediodía terminaron por rendirse. Circunstancia que aprovecharon milicianos y obreros para entrar en él y recuperar armas y ametralladoras que pronto servirían para organizar las primeras compañías de milicias. Otros camaradas, los que participaron en el asalto al Cuartel de la Montaña, recuperaron igualmente numerosos fusiles que trajeron al local del Partido.

Con este pequeño arsenal pudimos constituir nuestra primera compañía de milicias -unos 150 hombres- que se dirigieron hacia Guadalajara y Sigüenza, población esta última donde se estabilizó el frente por este lado de la Sierra. Al mando de esta unidad se encontraba el excelente y querido camarada Hipólito Etchebéhere, nacido en la Argentina, de origen vasco-francés, al que acompañaba su compañera Mika, que más tarde había de jugar un papel relevante en nuestra guerra civil. Políticamente, ambos procedían del grupo francés “Que faire”, desprendido del trotskismo.

Mientras tanto, la Sección, al calor de los acontecimientos, se iba desarrollando. Empezamos a disponer de locales por todas partes: una gran imprenta; transformamos un convento, contiguo al Cuartel de la Dirección de la Guardia Civil, que inicialmente también requisaron nuestros camaradas, en el Cuartel "Lenin" del POUM. Montamos unos talleres de confección de ropa para los milicianos, comedores, y una clínica de la barriada de la Prosperidad se hallaba regida por camaradas nuestros.

Aunque en los primeros momentos nos llegaba regularmente "La Batalla" y "Juventud Obrera", no tardamos en editar "El Combatiente Rojo", destinado a los milicianos, y "POUM" como semanario. La incorporación al Partido en esos días de un ingeniero-técnico en materia de radio, nos permitió construir una emisora en último piso del edificio Capitol, desde donde el partido, por medio de conferencias y discursos, lectura de prensa, etc. difundía la política del POUM.También fue utilizada por los camaradas que, próximos a nuestras ideas, se encontraban en Madrid.

Naturalmente, la preocupación central en ese período era el curso desfavorable que iban tomando los acontecimientos militares. Todos los esfuerzos y energías se desplegaban ya impregnados por esta preocupación mayor. Las tropas franquistas ascendían desde Extremadura, sin hallar otra resistencia que la de campesinos indefensos, y la que iba oponiéndole heroicamente la acción desorganizada de las  milicias que llegaban de la capital.

Ante la gravedad de la situación, el problema del mando único primero, y la formación de un Ejército disciplinado que oponer al Ejército de Franco, se presentaba de forma apremiante. Las consignas que los comunistas lanzaban en ese sentido eran fácilmente comprendidas por la mayoría de la población que resumían con el equivoco de "primero ganar la guerra".

El Ejército Popular que se estaba creando, y en el que los comunistas, gracias a la ayuda soviética, tenían una posición predominante, llegó a constituir la pieza esencial en la reconstrucción del Estado republicano. Nosotros éramos partidarios intransigentes de ligar la acción militar a la defensa y desarrollo de las conquistas revolucionarias de Julio, y siendo también partidarios de la constitución de un mando único y un ejército disciplinado, lo condicionábamos a la defensa de las mismas. Pero nuestra posición tenía pocas posibilidades de imponerse, no sólo a causa de nuestra debilidad como organización, sino el hecho importante, que ya desde los primeros meses no se resolvió favorablemente el problema central de toda crisis revolucionaria: el problema del Poder.
 

El POUM en Sigüenza

En los primeros meses de la guerra el frente de Sigüenza lo componían fuerzas de la CNT, comunistas, ferroviarios y el POUM. Cada una de ellas con su jefe respectivo, pero todas bajo el mando de Martínez de Aragón, coronel del Ejército. Los entendidos en cuestiones militares hablaban de la imposible defensa de la plaza. Pero en aquellos días nadie pensaba en pararse allí. Así se intentó repetidas veces asaltar el Castillo y la ciudad de Atienza, situada a unos 30 km., y que constituían un nudo importante de comunicaciones para los fascistas en la sierra. Todos los intentos fracasaron y en ellos perdimos a varios camaradas, entre los que se encontraba Rodolfo Mejías, miembro del Comité Local del POUM de Madrid y a Etchebéhère, jefe de nuestras milicias, al que reemplazó inmediatamente G. Baldris, quien meses más tarde había de mandar una Brigada de la XXV División.

Tras estos fracasos, los fascistas no tardaron en contraatacar y preparar, a su vez, el asalto a Sigüenza. Martínez de Aragón ordenó recluirse en la Catedral pensando, decían algunos, repetir una operación similar a la del Alcázar de Toledo. Pero la Catedral no era el Alcázar. Tras largos días de asedio, que muchos milicianos aprovecharon para escapar del cerco, la Catedral cayó en sus manos. Antes habían fusilado a los milicianos heridos que se encontraban en la casa-hospital del pueblo, y otros muchos cayeron combatiendo en las calles de Sigüenza, fuera de la Catedral, como el camarada Emilio Freire, del comité local de Madrid, y dirigente del Sindicato de Zapateros de UGT.

Con la Catedral en sus manos, donde se encontraba una parte de la población civil, los fascistas procedieron a seleccionar a aquellos que más se habían distinguido en su defensa y que seguidamente fusilaron. Así murió Eugenio Izquierdo, destacado militante del POUM; joven y ya veterano revolucionario. Otros, entre los que se encontraban decenas de milicianos del Partido, fueron llevados a cárceles y campos de concentración.
 

La campaña de los comunistas

Ya en las primeras semanas de la guerra civil, Julia Blanco y José Vallecillo, que marcharon a Andalucía para luchar en las milicias, donde el último tenía amigos, fueron asesinados por los comunistas. Eran las primeras víctimas de una larga lista que en el curso de la guerra los estalinistas se cobrarían, no sólo entre los militantes del POUM -conviene señalarlo- sino también de anarco-sindicalistas, socialistas y militantes de su propio partido. Era el nuevo estilo que la GPU introducía en nuestro país para dirimir las diferencias políticas. Desde que comenzó la ayuda soviética a España, allá por octubre del 36, centenares de sus agentes, como diplomáticos, consejeros políticos o periodistas, llegaron a Madrid, precediendo a las Brigadas Internacionales. A partir de ese momento, la prensa comunista, que no desperdiciaba ocasión para calumniamos, desató una campaña contra el POUM sin precedentes en el movimiento obrero. Con una falta total de escrúpulos, nos presentaban como confabulados con Hitler, Mussolini o Franco. Día tras día iban intoxicando a la población. Así llegaron a organizar una manifestación contra el local de nuestras juventudes, que sólo la llegada de camaradas del partido, previamente advertidos, impidió que lo asaltaran. Les exasperaba no sólo que denunciáramos su política en defensa de la república burguesa, el que les recordáramos diariamente el abandono que hacían de los principios del comunismo, sino, principalmente, que habláramos de la gran farsa de los procesos montados por 5talin en Moscú, para deshacerse de la vieja guardia bolchevique.

La situación era para nosotros, dada nuestra debilidad como organización, en extremo difícil. Los comunistas contaban ya, para esta sucia tarea, con la cobarde complicidad de los republicanos y una parte importante de los socialistas. Sólo los anarco-sindicalistas, y sus periódicos "CNT" y "Castilla libre" nos defendían, enfrentándose valientemente a la prensa y actuación comunista.

Mientras tanto, la situación militar continuaba agravándose. Las tropas franquistas, que habían recuperado ya el Alcázar , se dirigían hacia Madrid sin grandes resistencias. Las milicias luchaban ya en los pueblos cercanos a la Capital. Entre ellas, el Batallón Lenin del POUM que comandaba G. Baldris, formado por milicianos procedentes de Sigüenza, y cientos de campesinos de Llerena, Andalucía y Extremadura que habían llegado a nuestro Cuartel. También participó en estos desordenados combates la columna "Joaquín Maurín" que el POUM de Cataluña envió a Madrid y que el pueblo, días antes, recibió cariñosamente a su paso por las calles de la Capital. Apenas sí las dejaron descansar, pues al día siguiente de permanecer en nuestro cuartel recibió la orden de incorporarse al frente. Decenas de militantes y camaradas dejaron sus vidas en estas batallas que precedieron a la salida del Gobierno, que me permito simbolizar en los nombres de Eulogio Fernández, Luis Medina, Paco Marrón, Joaquín Pastor y García Palacios, hijo de nuestro camarada Luis García Palacios, todos ellos miembros de las JCI de Madrid. El sacrificio de nuestros militantes en los frentes les traía sin cuidado a los directores de orquesta comunistas, que proseguían su campana de infamias contra nosotros.

Constituida la Junta de Defensa, una vez el Gobierno en valencia, ésta no tardó en aparecer como un instrumento estalinista. Anteriormente, los agentes estalinistas habían impedido la participación del POUM en la misma. Manuel Albar, destacado dirigente del PSOE, al que una delegación del Comité Local fue a ver por tal motivo, les dijo, que, lamentándolo mucho, pues conocía el coraje con que luchaban nuestros milicianos en el frente, y convencido de la injusticia que se cometía con el POUM, reconocía, sin embargo, que "entre la ayuda rusa y la que ellos podían ofrecer en aquella situación, la opción no ofrecía dudas". El chantaje de la mencionada ayuda les permitía todo a los agentes de la GPU.

En aquellos primeros días de noviembre del 36 el pueblo fue capaz, con su lucha y sacrificio, de evitar la caída de Madrid. Días después, la llegada de las brigadas internacionales, y la presencia también en los cielos madrileños de la aviación rusa, hizo que la situación militar se consolidara. Siguieron, naturalmente, sangrientos y encarnizados combates en los perdimos a nuestro querido por todos Jesús Blanco, secretario general de la JCI de Madrid y a Emilio García, destacado militante del partido.

Obligados por la militarización de las milicias, que presuponía la desaparición de las mismas como tales, las nuestras se integraron en unidades mandadas por confederales, junto a las cuales estábamos combatiendo. Y así llegamos hasta enero del 37, en que la Junta de Defensa procedió a la incautación de la emisora del POUM, so pretexto que "desde ella se vertían agresiones verbales contra el gobierno legítimo de la República, contra el Frente Popular y sus dignos representantes, contra las figuras destacadas en la defensa de nuestra invicta ciudad, etc.". Siguió la suspensión de nuestros modestos periódicos, "El combatiente rojo" y el semanario del POUM.

Todavía no se atrevieron a operar detenciones de militantes, quizá porque la mayoría de ellos se hallaban confundidos con la actividad del frente o, más
probablemente, porque el principal objetivo de sus planes fuera la dirección del partido en Barcelona. Por entonces, en Cataluña la correlación de fuerzas, pese al retroceso que la revolución venía sufriendo, no les era muy favorable. Como sabemos, hubieron de esperar unos meses. En este sentido puede decirse que la represión estalinista contra el POUM en general, empezó en Madrid, diríamos que por el eslabón más débil del partido.
 

El Congreso del POUM

Las semanas que siguieron a este desmantelamiento de los medios de comunicación del partido, no nos impidieron continuar el funcionamiento como organización, ya que los locales no fueron clausurados. Y en ellos seguimos celebrando reuniones políticas con los camaradas que venían del frente, muy cercano, las reuniones propias del partido, etc. Nuestros delegados acudían a las reuniones del comité central en Barcelona, y nos preparábamos para participar en el congreso del
POUM, que se iba a celebrar en el mes de mayo.

Ya en abril nos encontrábamos en Barcelona una importante delegación de camaradas de Extremadura, Andalucía y Madrid, por tal motivo. Y allí nos alcanzaron los sucesos de mayo, en los que participamos junto a los camaradas de Barcelona. Durante los mismos cayó el camarada Julio Cid, delegado por Andalucía al Congreso.

La represión que siguió a los hechos de mayo en Barcelona, alcanzó a la mayoría de los miembros significados de la sección madrileña, que permanecieron en cárceles o campos de concentración hasta el final de la contienda. Algunos pudieron pasar a Francia y otros acabaron en las cárceles franquistas o en la nueva y ya más dura clandestinidad que comenzaba en España para nosotros y para la mayoría del pueblo.
 

En la clandestinidad franquista

En los meses que siguieron a la caída de Madrid conseguimos reencontramos una veintena de camaradas, no sólo madrileños, que habían logrado escapar de los campos o batallones de trabajo. La situación personal y legal de la mayoría de ellos es de imaginar. Para tratar de resolverla y contribuir con nuestras modestas fuerzas a proseguir la lucha contra el franquismo, decidimos reorganizar la sección. Se constituyó una comisión formada por Julio Granell, Teodoro Sanz y Enrique Rodríguez, a la que más tarde se incorporaría Luis Portela, encargada de esta tarea. Aprovechando una circunstancia excepcional, pudimos editar en multicopista dos números de "El Combatiente rojo", destinado exclusivamente a camaradas y amigos.

Había comenzado la segunda guerra mundial, y empezamos a tener noticias de las actividades del partido en Barcelona. Desde allí, nos enviaron algunos ejemplares de "Front de la Llibertat" y no tardamos en contactar personalmente con Utges, excelente y activo camarada que se presentó en Madrid huyendo de la policía de Barcelona. Con él mantuvimos conversaciones de cara a reorganizar el partido en el interior, y no nos ocultamos las divergencias que nos separaban en
torno a algunos problemas importantes. Este contacto, sin embargo, no tardó en dar frutos. Poco tiempo después, José Pallach nos visitaba portador de una voluminosa tesis sobre la situación nacional e internacional, que debía servir de base a la primera conferencia clandestina que estábamos preparando en Barcelona. Esta se celebró a finales de 1943, a la que asistieron como delegados por Madrid Julio Granell y Enrique Rodríguez. En la misma se eligió un comité ejecutivo compuesto por José Pallach, David Rey, José Pané, Miguel Utges, Enrique Rodríguez y Estarán.

Incorporado Enrique Rodríguez al comité ejecutivo, la sección continuó funcionando bajo la dirección de Teodoro Sanz, Luis Portela y Julio F. Granell, hasta que en 1946 la policía la desarticuló, al detener a Urbano Armesto, Teodoro Sanz, Aymerich y Emma Roca. Todavía, durante un cierto periodo, el POUM siguió manteniendo relaciones en Madrid con las direcciones de la CNT y el PSOE, por medio de la breve estancia de Joaquín Maurín y también de Luis Portela.

Poco he hablado, principalmente por falta de información, de aquellas secciones que desde los primeros días de la sublevación cayeron bajo el dominio de los militares. Pero quiero aprovechar esta ocasión para rendir homenaje a sus hombres más significados, que supieron morir como poumistas. En La Coruña, Luis Rastrollo, condenado por un consejo de guerra, fue fusilado. Igualmente lo fue Fernando Sendón -hermano de L. Fersen-. En Sevilla lo fueron, asimismo, Emiliano Díaz y J. Herrera. Felix Alutiz, secretario del sindicato ferroviario de Navarra, fue ejecutado en Pamplona. José Martín y otros camaradas de Llerena fueron fusilados en Badajoz. Y al veterano revolucionario Eusebio Cortezón, lo ejecutaron en Santander. Y, por último, José Luis Arenillas, miembro del comité
central, médico de profesión, jefe de sanidad del ejército de Euskadi, fue hecho prisionero y ejecutado a garrote vil en marzo de 1938. Antes, los comunistas habían asesinado a su hermano José María, joven economista, en Asturias. Había ejercido el cargo de secretario de la junta de comisarios de Vizcaya.

Y termino esta información, bastante incompleta, sobre lo que fue la sección madrileña, reafirmando mi fe en las ideas que hace 50 años motivaron su creación.
 


Edición digital de la Fundación Andreu Nin, diciembre  2002



 
 
 
 
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