FUNDACIÓN

ANDREU NIN

Tot Cantant

Teresa Rebull

Pepe  Gutiérrez


Sería una lástima que libro de memorias de Teresa Rebull, “Tot Cantant” (Columna, Barcelona, 1999) pueda pasar desapercibido entre los amigos y las amigas del POUM.  Hay que comenzar diciendo que Teresa formaba parte de una pequeña dinastía libertaria. Poca gente la conoce por su propio nombre, Teresa Soler Pi, y quizás todavía menos saben que es hija de una legendaria pareja  anarcosindicalista de su ciudad formada por Balbina Pi  y por Gonzal Soler (mucho más controvertido, ya que después de un largo historial cenetista ingresará en el PSUC en plena guerra civil). Cuenta Teresa que recién entrada las tropas franquistas, unos soldados llamaron a su puerta para  advertirle que se estaba diciendo de ella que era una roja, y su repuesta fue: “Que les voy a decir... Soy de la CNT” (p. 136).

Y es que  Balbina Pi (San Baudilio del Llobregat, Barcelona, 1896-Perpignan, 1973) fue en sus tiempos "una de aquellas prestigiosas mujeres del Fabril que honraron a la CNT en los años más álgidos de las luchas obreras" (Lola Iturbe). Comenzó su militancia en 1917, año en el que fue nombrada delegada de la  Federación Local de Sabadell. Destacó como propagandista durante el período de la Dictadura de Primo de Rivera, entonces "vivió una vida plena de actividades; los cuidados  de sus hijos, el trabajo en la fábrica y las muchas horas empleadas en la propaganda y las reuniones sindicales, lo que implicaba también riesgos y peligrosos. La posibilidad de un encarcelamiento estaba siempre presente". Colaboró en “Solidaridad Obrera” con los seudónimos de Margot y Libertad Caída.  En 1920 sobresalió por sus actividades en defensa  de los deportados al Castillo de Montjuich. Al finalizar la guerra no pudo escapar: inmediatamente, sobreviviendo durante algunos años en la clandestinidad hasta poder cruzar la frontera, y en Francia, trabajó en diversos organismos a favor de los refugiados.

Ni que decir tiene que a Teresa le tocó vivir en directo desde la infancia las consecuencias del activismo familiar y
comenzó a trabajar a los 12 años en una fabrica textil, hasta que cuatro más tarde, en plena República, ingresa como funcionaria en la Consellería de Treball de la Generalitat. Su evolución política marxista le acarrea numerosas discusiones en casa -su madre le dice: “Pareces un soviet”-, pero su opción por el POUM es clara. En unas páginas recientes escritas con acentos líricos dice que éste “era más que un partido. A pesar de que el nombre parece querer decir parte de una fracción o asociación política, era la confluencia de una diversidad de actividades culturales: ateneos populares, grupos teatrales, conferencias de vulgarización científica, de animación juvenil, centros excursionistas y equipos deportivos de barriada, cooperativas y sindicatos, el Centre Autonomista de Dependents del Comerç i de la Industria (CAPCI)... Las reuniones y discusiones políticas en los locales de barriadas, donde nos encontrábamos y nos reencontrábamos cada día un puñado de militantes, eran una comunión constante entre jóvenes y gente madura, entre mujeres y hombres unidos por un ideal de fondo: el socialismo revolucionario, en el sentido social y humanitario de la palabra, por oposición radical a la explotación del poder de los dineros y también contra la falsedad -que ya denunciaba el POUM medio siglo antes- de un socialismo totalitario e inhumano...” (p. 81).

En todo este entusiasmo tiene mucho que ver el hombre de su vida y también destacado militante del que tomará el apellido: Josep Rebull. Durante la guerra trabajará como enfermera. Vivió muy intensamente las jornadas de Mayo del 37, a consecuencia de la cuales fue detenida y encerrada en una checa estalinista de la Vía Layetana, donde la interrogaron para saber el paradero de su compañero, y de Manuel Maurín, hermano de Joaquín con el que mantenía estrechos “ligámenes de ternura”, y que falleció poco después. Teresa consiguió escapar de la checa cuando las tropas franquistas ya estaban en las puertas de Barcelona. Tenía veinte años cuando toma el camino del exilio de Francia. Sobrevive gracias a la ayuda de una pareja de militantes pivertistas, y toma parte del maquis. Está llena de vida como lo deja patente una foto tomada en 1944 con el maquis en Regussa (el Pelenc), en la que aparece insólitamente desnuda ejecutando la danza de los siete velos. Luego vivió intensamente la euforia “gauchiste” parisina, su eclosión artística y cultural, conoció a Camus, Sartre o al trotskista Jean Malaquais, cantantes como Juliette Greco, y asistió con entusiasmo a los acontecimientos de mayo del 68, fecha en la que comienza a ser reconocida como componente de la “Nova Canço”. Teresa está considerada como una pionera en el cultivo de la canción popular catalana en la Cataluña Norte.

En todos estos años siguió militando en el POUM, y como tal la pude conocer, todavía como una militante inquieta en las reuniones poumistas de la rue Aubriot. Le seguía una fama considerable de amante de la bohemia, de conocedora de personajes muy emblemáticos de la Francia existencialista, y no había olvidado su profunda desconfianza hacia los “comunistas”. En una ocasión, después de escuchar mi relato sobre mis peripecias en Comisiones Obreras, me abordó muy maternalmente para advertirme que me veía muy ingenuo, y que no debía de confiar nunca en los “comunistas”. Poco después supe de su faceta como cantante en un recital organizado por el Casal de Catalunya en París -creo que en el Odeón- con diversos componentes de la “Nova Cançó” catalana de la que tanto se hablaba, y de la que alguien dijo que Teresa era la “abuela”, no solamente por la edad sino también porque los había precedido. Aquel día cantó canciones como Serra de Pandols y La Campana, escrita por Mikis Thedorakis para la resistencia griega, y mi impresión fue mayúscula, todavía me parece una de las canciones revolucionarias más hermosas de una generación.  Su actuación era de aquellas que animaban a decir no, a luchar por la vida y la revolución en el sentido más amplio del término.

Por aquel entonces comenzó a actuar en el marco de la Universitat Catalana d' Estiu, lo que haría durante más de diez años. Residente desde 1971 en Banyuls de la Marenda, siguió a Josep Pallach hacia el PSC-PSOE en cuya fundación tomó parte, según ella misma con entusiasmo. No obstante, Carmel Rosa la recuerda junto con Antonia Adroher, contemplando ambas airadamente desde las ventanas de un edificio partidario como la policía golpeaba a unos jóvenes, y su reacción cuando los responsables socialistas le pedían calma, luego dichos responsables mandarían sobre dicha policía. En 1978 fue galardonada por Ia Academia Francesa del Disco, y en 1993 la Generalitat de Catalunya le concedió la Cruz de Sant Jordi. Es bastante probable que en el momento de recibir semejante reconocimiento institucional tuviera un pensamiento para su madre fallecida en el exilio y lo poco amiga que fue Balbina de estas cosas. Sin duda hubiera agradecido mucho más palabras como las que le dedicó alguien de la integridad de Lluis Llach: “Eres una mujer extraordinaria y siempre tendré en el corazón un rincón para cuando quieras llenarlo”.
 


Edición digital de la Fundación Andreu Nin,  2005


 
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