FUNDACIÓN

ANDREU NIN

 Dios y el destino americano

José M. Roca


Artículo publicado en El Viejo Topo nº 179, junio 2003. Publicado con autorización del autor.



El destino manifiesto y la vocación imperial de Estados Unidos

Un poderoso impulso nacional y expansionista ha acompañado a los Estados Unidos desde su fundación. Los valores que alentaron el primer sentimiento anticolonial y llevaron en 1776 a la Declaración de Independencia y a la guerra contra Gran Bretaña justificaron luego la expansión nacionalista que dio paso a una nueva forma de colonialismo.

 Michel Aglietta (1)  ha señalado que la expansión es el fenómeno dominante en la vida norteamericana, incluso puede decirse que se identifica con la historia del país. Fue la obra consciente de grandes masas de la población durante generaciones. Pero ya en el primer tercio del siglo XIX, Tocqueville (2) había considerado este impulso: Hay que reconocer que la raza inglesa ha adquirido una inmensa preponderancia sobre todas las otras razas europeas del nuevo mundo, a las que es muy superior en civilización, en laboriosidad y en poderío. Mientras no tenga delante más que países desiertos o poco habitados, mientras no halle en su camino poblaciones numerosas a través de las cuales le sea imposible abrirse paso, se la verá extenderse sin cesar. No se detendrá en los límites trazados por los tratados, sino que desbordará por todas partes esos diques imaginarios.

 Este impulso expansivo apareció pronto en la joven república y cristalizó en el llamado espíritu de la frontera, que no era sólo la apetencia por descubrir y colonizar nuevos territorios y con ello convertir la tierra en un bien enajenable y  la naturaleza en mercancía y en la base de la prosperidad económica, ni sólo un principio de organización territorial que se desplazaba hacia poniente, sino un principio ideológico que reflejaba la capacidad de la nación norteamericana para polarizar las actividades individuales en un sentido de progreso, de tal manera que el desarrollo del capitalismo y la construcción de la nación se identificaron en la conciencia de las masas populares, como señala Aglietta.

El espíritu de la frontera, que inicialmente alentó la expansión hacia el Pacífico -la celebrada conquista del Oeste- pero no se detuvo en ella, fue configurando una doctrina política esencialmente pragmática que justificó las sucesivas anexiones -por ocupación, compra o guerra- de los territorios lindantes con las Trece Colonias, hasta delimitar un país de 3.520.000  (3) kilómetros cuadrados comprendido entre dos océanos, y las que se hicieron después y más lejos.

 Esta doctrina, enunciada tempranamente, legitimaba la expansión, en unas ocasiones por la voluntad de Dios y en otras por las leyes naturales, cuando no por ambas (4), y afirmaba que los EE.UU. asumían la pesada carga de tener encomendada una misión providencial. John Jay (5) , en 1777, aseguraba que el norteamericano era el primer pueblo favorecido por la Providencia con la oportunidad de elegir su forma de gobierno. El segundo presidente de la joven república, John Adams, atribuía a EE.UU. la misión de emancipar a toda la humanidad. La Providencia había asignado a América, según Franklin, un puesto de honor en la lucha por la dignidad y la felicidad humanas. La causa de América es la causa de toda la humanidad, escribía Tom Paine. En 1780,  Samuel Cooper indicaba que los EE.UU. tenían ante sí la misión providencial de transformar gran parte del globo en asiento del conocimiento y de la libertad. En 1819, el secretario de Estado, Quincy Adams, apuntaba unas ideas que  serían el eje de la doctrina Monroe (6) , cuando dudaba del derecho de la lejana Europa a conservar sus colonias de América, pues, según él, debía aceptar la idea de que el continente americano era de dominio norteamericano -nuestro dominio propio (...), pues, en lo geográfico, los Estados Unidos y América del Norte son idénticos-. Así, a partir de las mesiánicas proyecciones de los padres fundadores, las aportaciones de sucesivos ideólogos, que respondían tanto al más puro altruísmo como al desnudo interés, fueron formando una doctrina en la que se mezclaban modernos ideales políticos con la tradicional fe en Dios, la defensa de los derechos individuales y la confianza en la Nación, la seguridad de la República y la defensa del comercio, la expansión territorial y la voluntad de llevar a otros pueblos la buena nueva del gobierno republicano. Detrás de todo ello aparecía el designio de la divina Providencia, que había elegido a una nación pequeña para llevar a cabo una misión grande, en el transcurso de la cual se haría grande la propia nación, la confianza de un pueblo en sí mismo para llevar adelante el destino manifiesto de un país afortunado y la creencia de que al mundo le esperaba un luminoso porvenir si se dejaba guiar por una nación tan sabia.

En la segunda década del siglo XIX la idea del destino manifiesto empezó a ser aceptada y contribuyeron notablemente a que formara parte del credo nacional la publicación de los primeros volúmenes de la historia de EE.UU. de George Bancroft y, sobre todo, la de un artículo de John O’Sullivan  (7) abogando por la anexión de Tejas, tres años antes del Tratado de Guadalupe-Hidalgo (8) que duplicó la extensión de EE.UU.

Salvando el caso de Cuba -una prolongación de Florida, según Alexander Everett-, podía dar la impresión de que los EE.UU., una vez conseguida una configuración continental, defendida su seguridad por las anchurosas fronteras marítimas y reservada su hegemonía sobre el hemisferio occidental, podrían descansar en su afán expansivo. Pero no fue así: pronto el océano se reveló muy estrecho, tanto como para reclamar las islas Hawaii. Parecería que la naturaleza creó ese grupo de islas para que fuese ocupado como puesto avanzado, por así decirlo, de la Gran República...indicó el almirante Belknap, en 1893. Las queremos -expresó el representante Henry- porque se hallan más cerca de nuestro territorio que de cualquier otra nación. Pero estando allí, a más de dos mil millas de su continente, los norteamericanos comprobaron lo cerca que quedaba el archipiélago de Filipinas. Estamos extendiendo las manos para tomar lo que la naturaleza nos ha destinado, escribió entonces el exsecretario Denby. Por si quedaba alguna duda, el senador Beveridge admitió que las islas Filipinas no eran contiguas a Hawaii, pero no era un obstáculo insalvable, pues añadió: ¡¡Nuestra Armada las hará contiguas!!

 Claro, que estando allí, en 1898, alguien indicó: las islas Filipinas son nuestra puerta de acceso a China (9)  y la conveniencia de que EE.UU. participara en la división territorial del viejo imperio. Y así ocurrió. Y en 1902, Woodrow Wilson justificaba ese impulso expansionista: Esta poderosa presión ejercida por un pueblo que se desplaza constamente hacia nuevas fronteras, en busca de nuevos territorios, de mayor poder, de la total libertad de un mundo virgen, ha gobernado nuestro curso y como un Destino ha plasmado nuestra política.

Como señala Vidal Beneyto (10) : cuando el mito de la nueva frontera llega al Pacífico y agota su dimensión interior, el único cumplimiento posible del mesianismo norteamericano tiene que ser bélico y exterior.

  En apenas un siglo, y utilizando según conveniencia a Dios y a la naturaleza, los EE. UU. habían dejado de ser una colonia y se habían convertido en una potencia política y militar llevando su influencia hasta el otro lado del mundo. A muchos norteamericanos les pareció que su país había aceptado la pesada carga de cumplir un destino manifiesto, por lo cual el resto del mundo debería estar agradecido.
 

El relevo

 En la historia de los Estados Unidos el impulso expansionista no ha tenido siempre el mismo vigor. En las décadas finales del siglo XX fue reavivado en tiempos del “rearme moral” y material de R. Reagan y se atemperó durante los mandatos de Clinton pero no desapareció (11). Con la llegada de Bush II a la Casa Blanca, y aprovechando la reacción provocada por los atentados del once de septiembre del 2001, este impulso ha vuelto a emerger con redoblado vigor y a tratar de imponer el dominio norteamericano del modo más virulento.

 En fecha reciente, Clinton (12) ha señalado que los EE.UU. se encuentran en un momento mágico de su historia y ha reconocido que, dada la evolución del mundo y la emergencia de nuevas potencias políticas y económicas (China, India, Europa), los EE.UU. pueden aspirar a liderar a otras naciones pero no a dominar. Concluye el artículo con un llamamiento a preferir la cooperación sobre el conflicto. En un mundo reconocido como muy complejo y formado por grandes y pequeñas potencias, Clinton parece abogar por un orden en el que los EE.UU. ejerzan una función dirigente en el marco de unas organizaciones internacionales aún no adaptadas a esa nueva situación. Debemos respaldar las instituciones de la comunidad planetaria, empezando por Naciones Unidas, una organización que todavía se está formando, todavía imperfecta. No hemos cumplido siempre nuestro papel en ella, pero es todo lo que tenemos... Sin embargo, el Gobierno de Bush II, formado por empresarios arropados por ideólogos de la extrema derecha republicana, opina de forma muy diferente.

 El ambiente de exaltación patriótica provocado por los atentados del once de septiembre y el clima intelectual y moral preparado por casi veinticinco años de hegemonía del pensamiento conservador han abonado el terreno para que Bush II y su equipo hayan podido emprender una serie de acciones militares, que, lejos de expresar una precipitada y brutal respuesta a una iniciativa ajena -los atentados de Al Qaeda-, obedecen a un diseño de corte imperialista  (13) para el cercano Oriente y Asia central, al deseo de corregir estrategias obsoletas deshaciéndose de viejos aliados ya inservibles (14) y a la pretensión de volver inútil cualquier intento de desafiar la supremacía militar de EE.UU., que, ya sin la URSS, quedaría como árbitro supremo, como el único Estado en el mundo con capacidad militar disuasoria -el gran gendarme-, como indica la declaración estratégica del Gobierno Bush, de 2002 (15). Aunque la demostración práctica de esa potencia militar tenga, según Todd (16)  (p. 170), mucho de teatral, ya que los EE.UU. eligen unos adversarios insignificantes.

 El ambiente de exaltación patriótica y mística suscitado por los atentados y amplificado por la prensa, el recurso a la oración en común, al himno nacional, a la lectura de la Biblia y al homenaje a la bandera, que suponen el arcaico sustrato ideológico -evidente en momentos de crisis- del país más avanzado del planeta, además de un oportuno resorte sentimental de quienes ejercen el poder, pueden ser elementos de cohesión nacional, factores reconfortantes en una coyuntura en que se manifiestan intensas emociones colectivas, pero para comprender lo sucedido se revelan poco útiles, porque no responden a las preguntas -¿Por qué han destruido las Torres Gemelas? ¿Por qué nos odian? ¿Qué mal hemos hecho?- que se han formulado desde entonces millones de estadounidenses soprendidos por la brutalidad del acto.

Para una sociedad ensimismada que contempla su intervención en el mundo desde la perspectiva del destino manifiesto, los atentados de Al Qaeda han sido una respuesta incomprensible a la generosidad del pueblo más civilizado, más democrático, más justo y más poderoso del globo, que es como juzgan los estadounidenses a su país (17).

 Pero Bush II no ha ofrecido una explicación que atienda a las causas, algunas muy remotas, de esa reacción antinorteamericana y responda racionalmente a las lógicas preguntas de unos ciudadanos que se han sentido incomprendidos además de agredidos, sino que ha sustituido la política por la sicoterapia, como afirma Susan Sontag (18), y respondido a la perplejidad y a la inseguridad con el patriotismo, con el orgullo de pertenecer al país más fuerte de la tierra y, en consecuencia, a preparar una contestación proporcionada a tal fortaleza.

 Los asesores de la Casa Blanca han buscado un antagonista adecuado y  delimitado un poderoso y ubicuo enemigo, al que han denominado terrorismo internacional, y han señalado unos países que pueden servirle de apoyo, a los que han llamado eje del mal. Y Bush II, que actúa en nombre de una orgullosa, decidida e iluminada nación (19) , ha decidido sacar de dudas a sus ciudadanos con una serie de actos de patriótica venganza que reporten buenos dividendos, pues no conviene separar lo uno de lo otro -la defensa de la patria amenazada y el beneficio económico- al analizar la actuación de un equipo de gobierno que ha declarado su dogmática adhesión a los preceptos de las iglesias reformadas sucesoras del calvinismo, la pragmática interpretación cristiana que consiguió conciliar el amor a Dios con el amor al dinero sin generar sentimiento de culpa.
 Pero el beneficio económico que reporte la conquista de los yacimientos de petróleo no es la única causa de la invasión de Irak ni quizá la más importante. La cínica entrega de sangre (siempre ajena aunque sea de soldados propios) para apropiarse del petróleo no es el único fin de una operación táctica de la Casa Blanca que persigue diversos objetivos en la zona -ampliar la presencia de EE.UU. para eliminar o neutralizar regímenes árabes no afines, facilitar la penetración hacia Asia central, colocarse detrás de China (delante ya lo está), preparar una salida al conflicto entre judíos y palestinos, encubrir el fracaso en persecución de Ben Laden y asegurar, por supuesto, el suministro de petróleo como combustible civil pero también bélico-, sin perder de vista la tensión con la Unión Europea y la pugna del dólar con el euro -la ruptura de Occidente, de la que habla Kagan (20) - en la estrategia global estadounidense por extender una hegemonía incuestionable.

No más sangre por petróleo es una frase acertada como consigna política porque  resume de manera sencilla el aspecto predatorio del imperialismo, pero quedarse sólo ahí, como muchas veces se lee y se oye, es contentarse con una explicación única y simple, que coloca a los detractores de la guerra contra Irak en el campo de la racionalidad económica, de los fines atribuidos al homo economicus (que nunca existió), movido por el cálculo económico y alejado de los seres reales, impelidos, además de por los intereses económicos, por las necesidades, por la ideología y por las pasiones, que en el caso de los actuales inquilinos de la Casa Blanca, son muchas, entre ellas la desmedida ambición de riqueza y la pasión por ejercer un poder sin límites, porque uno de los elementos nuevos en el actual estado de cosas es la reaparición de lo mítico,  de lo irracional; de la ideología, como visión deformada y deformante de la realidad, con fuerza renovada y, particularmente, la reaparición de la ideología religiosa como fundamento de la legitimidad política. Por expreso deseo de los inquilinos de la Casa Blanca, Dios ha vuelto para gobernar el mundo...con ayuda del Pentágono.
 

El retorno de Dios

Uno de los aspectos más evidentes de la actividad del gobierno de Bush II es la aparición destacada de la ambición y la convicción como virtudes políticas, por efecto de la confluencia en la Casa Blanca de un equipo de personas en el que se mezclan intransigentes convicciones religiosas, fuertes vínculos con grupos empresariales importantes, el empeño en organizar el planeta según su criterio y la posibilidad de utilizar para ello el aparato militar norteamericano.

Aunque todos los presidentes de los EE.UU. han sido creyentes o han hecho ver que lo eran, con el equipo político-confesional de Bush II reaparecen la fuerza de las ideas y de la voluntad como base necesaria para la acción política, la religión como fundamento del poder político y el fanatismo como elemento necesario para llevar adelante el proyecto imperial hasta sus últimas consecuencias, de tal modo que ahora el impulso mesiánico de la derecha norteamericana ha sustituido al impulso mesiánico de la izquierda, atemperado en casi todas partes. O dicho de otra manera, el mesianismo de los pobres desorientados, del que habla Cohn (21) , ha perdido vigor frente al mesianismo de los ricos mejor instalados. Gracias a Bush II, una parte importante del pueblo norteamericano vuelve a creer en una de las más poderosas metáforas de Occidente (22): la del pueblo elegido.

Mary Kaldor (23) indica que la Administración de EE.UU. ha sido secuestrada por un grupo de ideólogos mesiánicos, que creen que pueden organizar el mundo según los intereses norteamericanos. Esta gente se compone de cuatro grupos que se solapan: individuos que participaron en la Administración Reagan y que sienten nostalgia de la lucha maniquea entre buenos y malos; representantes del complejo militar-industrial que saldrán beneficiados de la guerra y que han adoptado la fe en el poder militar; fundamentalistas cristianos de derechas; y defensores a ultranza de Israel. Sin embargo, el general A. Piris (24) duda de la sinceridad de ese espíritu mesiánico: El falso discurso moralizante de la Casa Blanca es una explosiva mezcla de retórica e hipocresía. En un país que no tuviera el aplastante poder militar de los EE.UU. se consideraría ridículo y despreciable. Parecería la arenga de un burdo predicador televisivo o de un cura de aldea inculto y torpe. Y, en efecto, si un primer mandatario de la Unión Europea dijera (25): He escuchado la llamada. Creo que Dios quiere que me presente a las elecciones presidenciales o exclamara: Dios os ama y yo también os amo; podéis contar con los dos, provocaría más de una risa y no poca desconfianza en sus dotes, pero en EE.UU., cuyo proceso de revolución e independencia careció del componente laico que aportó a Europa la Revolución francesa, la influencia política de las iglesias reformadas y la presión sobre la opinión pública de los grupos de catequistas cristianos es muy notable. Según Gabriel Jackson (26) , la importancia de la cristiandad bíblica es el factor más destacable de la opinión pública en los EE.UU.

 Aun así, es poco adecuado calificar de conservador al Gobierno Bush, ya que su deseo, sugerido por una fe religiosa sincera o simulada, es volver atrás, no sólo hacia la etapa de Reagan sino hacia los años más negros de la guerra fría, y rescatar los valores tradicionales como soporte emocional y guía política para corregir la debilidad atribuida por los republicanos a los mandatos de Clinton, un demócrata de moral laxa, contrario a la guerra de Vietnam, que fumaba porros (sin tragarse el humo) y mantenía relaciones sexuales (imperfectas) con una becaria. Así, pues, proyecto imperialista de Bush, además de provinciano, es claramente reaccionario.

La experiencia personal del Presidente -un cristiano renacido- para dejar el alcohol con ayuda de la iglesia metodista, apoyada por la fe de sus asesores  (27) y por los grupos de la extrema derecha cristiana, puede ser el origen de ese proyecto de hacer renacer a toda la nación, curiosamente coincidente con los planes expansivos del complejo industrial y militar. Y como ha sucedido antes, entre las corrientes culturales que han dado forma a la sociedad norteamericana, Bush ha recurrido a los valores proporcionados por la cultura dominante -a los mitos fundacionales de la República, a la estricta religión de los peregrinos del May flower, a la conquista del Oeste, a la guerra del Pacífico- para proponer un nuevo impulso expansivo y culminar el destino de la nación americana. Un esfuerzo que recuerda el propósito que Reagan, otro nacionalista provinciano,  perseguía con sus consignas -Volver a hacer grande a América y América primero (América blanca y rica, se entiente)- y que quizá hayan elaborado los mismos ideólogos.

 Pero una cosa es recordar los orígenes, apelar al espíritu voluntarioso de los fundadores y a la moral de los pioneros y otra cosa es tratar de reproducir las condiciones en que aquel esfuerzo colectivo surgió. Aquel mundo épico ya no existe y EE.UU ya no es la tierra de promisión para millones de desheredados de todo el mundo, sino la causa de una nueva pobreza en el planeta. Una cosa es confiar en el destino manifiesto y predicarlo a gentes que creen a pies juntillas el mensaje de la Biblia y otra muy distinta es reproducir las condiciones materiales que hicieron posible esa profecía que ha mantenido engañados a los norteamericanos sobre su propia historia, pues creen que su prosperidad se debe sólo a su voluntad y al favor de Dios.

 El mito de la nación afortunada y elegida para gobernar el mundo es resultado de las peculiares circunstancias que concurrieron en la independencia de los  EE.UU. y en su desarrollo como nación. El rápido crecimiento económico y su envidiada prosperidad reposan en su alejamiento de las disputas europeas durante el siglo XIX, en la fertilidad de una tierra virgen, en la riqueza del subsuelo, en la ausencia de instituciones jurídicas y políticas medievales, en la debilidad de los pueblos aborígenes que no ofrecieron estructuras sociales ni políticas consistentes, en el capital proviniente del viejo continente, en el flujo continuo de mano de obra preparada (los aborígenes no habían llegado al neolítico) y en la posibilidad de extenderse hacia el Oeste, que atenuó durante mucho tiempo la lucha de clases. Por decirlo de otra manera, la prosperidad de los EE.UU. se debe a la rapidez y profundidad con que allí pudo implantarse el capitalismo por la falta de resistencia social duradera. Rememorar aquellos sucesos y apelar a la ideología que los ensalza y mistifica es algo muy distinto de lograr que aquellas excepcionales condiciones se repitan.

Aparentemente -escribe Todd (2003, p.162)-, Estados Unidos no ha comprendido que su éxito resulta de un proceso de explotación y de gasto sin contrapartida de unas riquezas que no había creado (...) En Estados Unidos, una población liberada del pasado descubrió una naturaleza aparentemente inagotable. La economía ha dejado de ser allí una disciplina que estudia la asignación óptima de unos recursos escasos, para convertirse en la religión de un dinamismo que se desinteresa por la noción de equilibrio. El rechazo por Estados Unidos del protocolo de Kyoto, así como la doctrina O’Neill sobre el carácter benigno del déficit comercial, resultan en parte de una tradición cultural. Los Estados  Unidos siempre se han desarrollado agotando sus suelos, derrochando su petróleo, buscando en el exterior los hombres que necesitaban para trabajar.

No obstante, no está asegurado el éxito de esta campaña de Bush II para seguir manteniendo esa práctica depredadora, porque su llamada a los norteamericanos para asumir el destino manifiesto y continuar la expansión comenzada hace dos siglos tropieza hoy con el obstáculo de que el mundo ha ganado en complejidad y está compuesto en gran parte por modernas sociedades estructuradas (y por otras camino de serlo) que no desean verse sometidas al dominio americano.

Norman Mailer (28) escribía hace poco  sobre el voluntarismo de sus compatriotas: los estadounidenses tienen una especie de mística enloquecida: la idea de que pueden hacer cualquier cosa (...) Los conservadores patrioteros  verdaderamente creen que Estados Unidos no sólo puede gobernar el mundo, sino que debe hacerlo. Otra cosa es que el mundo quiera ser gobernado por ellos.
 

Un mundo dicotómico

No es sólo un anacronismo que el presidente del país que está a la cabeza de la investigación científica mundial comience su jornada laboral con una lectura de la Biblia, que, según su propia confesión, le resulta especialmente útil para decidir sobre las relaciones exteriores y sobre la seguridad interior, sino que supone un retroceso de siglos hallar en la Biblia la inspiración de la política, pues, como en la Europa del Antiguo Régimen, donde la Providencia justificaba las decisiones políticas de la monarquía absolutista, ahora la voluntad de Dios -del iracundo dios de Bush- justifica la opción imperial de la Casa Blanca. Así, pues, las decisiones políticas, las decisiones sobre los asuntos comunes, se inspiran en una última e inapelable instancia situada fuera del mundo y de la voluntad de los humanos, y con ello, los norteamericanos dejan de ser un país de ciudadanos para devenir una nación de creyentes.

Frente a la negativa opinión de Rumsfeld sobre los usos políticos de la “vieja Europa”, la Unión Europea reposa sobre bases políticas mucho más modernas y racionales que los Estados Unidos de hoy, que con Bush han emprendido un viaje al medievo (que no han conocido, pero parece que lo añoran), al convertir una particular concepción religiosa en la moral nacional y en la justificación de la actividad del Gobierno, en un país que tiene a gala ser un mosaico de razas, religiones y culturas.

La interpretación bíblica del mundo tiene la gran ventaja de que lo hace más simple y fácil de entender, pero a la vez provoca la tentación de dominarlo. El mundo aparece hoy como algo muy complejo en su percepción y comprensión; algo extremadamente extenso y confuso, dotado de un dinamisno producto de diversas lógicas, lo que hace difícil orientarse en él y determinar su rumbo, pero la visión bíblica de la Casa Blanca reduce a solo dos campos -EE.UU. y sus aliados, que representan el bien, y los países “proscritos”, que representan el mal- esa complejidad de sistemas económicos, regímenes políticos, religiones, etnias, lenguas y culturas. Así, el mundo dividido en dos esferas, la del bien y la del mal, la de los amigos y la de los enemigos (vuelve Carl Schmitt), es más abarcable y comprensible y ofrece la coartada de presentar la lucha por la hegemonía como una consecuencia del desafío planteado por el adversario.

Esta doctrina maniquea es simple pero efectiva: el bien es siempre superior al mal; no puede haber equiparación entre los que defienden el bien y los que defienden el mal, por tanto, con el mal no puede haber transacción: con el mal no se negocia, al mal se le derrota. Por ello, la lucha contra el mal no expresa sólo el derecho a defenderse, sino también un deber, un compromiso ético al que los EE.UU. no se pueden sustraer, porque están obligados a ello por su superioridad moral y por la asunción de su destino.

 La eterna lucha entre el bien y el mal propia del pensamiento judeo-cristiano reaparece en el discurso de Bush como la lucha contra una renovada versión del mal, de un mal ancestral, de un mal mutante y bíblico, que hoy tiene la apariencia del fanatismo musulmán y ayer la tuvo de la perfidia comunista, ya derrotada. Hoy, el islám, una religión perversa, produce fanáticos, y ayer el comunismo, una ideología perversa, creaba odio a la libre empresa y promovía la lucha de clases, pero ambas ideas han tropezado con Estados Unidos, la nación que representa el bien por excelencia y cuyo destino es defenderlo. La doctrina del eje del mal y la lucha contra un ubícuo terrorismo internacional alienta nuevas intervenciones armadas y proporciona la coartada perfecta para dar nuevas alas al nacionalismo norteamericano. Destino manifiesto, expansión continua y guerra preventiva son las secuencias lógicas de un militarizado capitalismo senil, que no quiere decir moribundo ni apacible, abocado a una guerra permanente.

Hoy, la doctrina del eje del mal de Bush II supone la continuación de la doctrina del imperio del mal (la URSS) de Reagan, que era, a su vez, el reverso de la consigna Volver a hacer grande América, que alentó una de las etapas más virulentas del imperialismo en todo el mundo, de la que no escapó ni la propia Comunidad Europea, puesto que Reagan contempló la posibilidad de librar una guerra nuclear limitada sobre suelo europeo (29).

 De la doctrina del eje del mal, con el cual no se negocia, derivan los rasgos característicos del equipo de la Casa Blanca: es dogmático en lo económico (ultraliberal) y en lo religioso (ultracristiano), inflexible con los enemigos, duro con los aliados si no son incondicionales (el odio a los tibios prescrito en la Biblia), prima la fuerza militar sobre la diplomacia (que cumple el secundario papel de arreglar los destrozos, no de evitarlos) y subordina la legalidad internacional a la estrategia nacional (sirve si es útil al proyecto de reforma moral y de expansión económica de la Casa Blanca; si no, es legal lo que lo favorece al Gobierno de EE.UU.).

Inspirándose en la Biblia, la Casa Blanca reordena el mundo, dicta las nuevas prioridades, las nuevas normas, las nuevas jerarquías y las nuevas alianzas. Así parece que Dios es el artífice del nuevo orden mundial y que el Gobierno norteamericano es un simple instrumento de su voluntad.
 

Apunte final

Cuando la izquierda se encuentra desorientada por carecer de un proyecto estratégico verosímil que tenga fundamento racional, científico y democrático, la derecha más poderosa de la historia exhibe sin complejos las bases teóricas de su doctrina política para el siglo XXI: la Biblia; un texto plagado de mitos, leyendas y metáforas, que tiene 4000 años de antigüedad y por lo menos tres siglos de vejez política.

Abril, 2003.
 

Notas

(1)  Aglietta, M. (1979): Regulación y crisis del capitalismo, Madrid, Siglo XXI, p. 52.

(2)  Tocqueville viajó a EE.UU. en 1831 y fruto de ese viaje es La democracia en América, cuya primera parte se editó en 1835. La cita es de la edición de Sarpe, Madrid, 1984,  p. 398.

(3) Territorio continental hasta el Tratado Gadsen (1853). No incluye, por tanto Alaska ni las islas del Pacífico ni los territorios del Caribe y América Central.

(4) Como en el caso del senador Jackson cuando, en 1802, afirmó: Dios y la naturaleza han decidido que Nueva Orleans y las Floridas pertenezcan a este grande y naciente imperio. Sobre esta cita y las siguientes,  véase Albert K. Weinberg (1968): Destino manifiesto, Buenos Aires, Paidós.

(5) John Jay fue el primer jefe de la Corte Suprema de Justicia. A él se debe la firma del tratado comercial con Gran Bretaña, en 1794 (Tratado Jay).

(6) Debemos afirmar como un principio en el que están implicados los derechos e intereses de Estados Unidos, que los continentes americanos, por la condición libre e independiente que han asumido y mantienen, no deben ser considerados en adelante como sujetos a la futura colonización por ninguna de las potencias europeas. Del mensaje del Presidente James Monroe, el 2 de diciembre de 1823.

(7)  J. O’Sullivan, "Destino manifiesto", en Hans Kohn (1966): El nacionalismo. Su significado y su historia, Buenos Aires, Paidós, apéndice 12.

(8) El tratado de Guadalupe-Hidalgo, firmado con Méjico en 1848, supuso la entrega a EE.UU. de los territorios de California, Tejas, Nuevo Méjico, Arizona, Utah, Nevada, parte de Wyoming, Nebraska, Arkansas, Colorado y Oklahoma.

(9) Boston Herald, 15 de diciembre de 1898.

(10) Vidal-Beneyto, J. “Un olor a dólares”, El País, 22 de marzo de 2003, p. 17.

(11) Fue Madeleine Albright, Secretaria de Estado, quien, en febrero de 1998, calificó a EE.UU. de nación indispensable, al justificar un bombardeo sobre Irak: Si usamos la fuerza es porque somos América. Nosotros somos la nación indispensable. Y en 1999, cuando Henry Kissinger, el hombre que trazó las líneas maestras de la política exterior norteamericana a largo plazo, dijo en Dublin que la globalización expresaba la hegemonía de EE.UU. sobre el mundo.

(12) Clinton, W. “Estados Unidos debería liderar, no gobernar”, El País, 19-XII-2002, p.11.

(13) Véase, entre otros, el artículo de Gema Martín Muñoz, “Irak: una guerra buscada”, Claves de razón práctica nº 129, enero-febrero, 2003.

(14) Washington ha seguido repetidas veces la mala política de crear monstruos que luego se han vuelto contra él, y con los que ha querido acabar con el uso de la fuerza (Andrés Ortega “Guerras de rectificación”, El País, 14 de abril, 2003, p. 12).

(15) América posee y se propone conservar una superioridad militar tal que le permita responder a cualquier desafío bélico haciendo inútiles, en adelante, las desestabilizadoras carreras de armamentos, y limitando las rivalidades entre Estados al comercio y otros ámbitos de la misma naturaleza (Estrategia de Seguridad Nacional, documento entregado por Bush al Congreso el 21 de septiembre de 2002 y basado en tres ejes: consolidar la supremacía militar de EE.UU., emprender guerras preventivas y dotar de inmunidad a las tropas norteamericanas ante el Tribunal Penal Internacional).

(16) Todd, E. (2003): Después del imperio, Madrid, Foca.

(17) Escribe John Carlin (“El americano herido”, El País, 12 de septiembre del 2001) que en un país que considera en general que el planeta más allá de las fronteras de los EE.UU. carece de importancia, no es de extrañar que la gente se sorprenda al descubrir que hay muchos seres humanos que detestan al país que algunos llaman el Gran Satanás.

(18) Susan Sontag, “Miremos la realidad de frente” publicado por Le Monde, 18 de septiembre de 2001, y reproducido por Página Abierta nº 119, octubre 2001.

(19) Frase de G. W. Bush en la inauguración de los Juegos de Invierno de Salt Lake City, el 9 de  febrero, 2002.

(20) Kagan, R. (2003): Poder y debilidad. Europa y Estados Unidos en el nuevo orden mundial, Madrid, Taurus.

(21) Cohn, N. (1981): En pos del milenio, Madrid, Alianza.

(22) Galtung, J. (1999): Fundamentalismo USA. Fundamentos teológico-políticos de la política exterior estadounidense, Barcelona, Icaria.

(23) Kaldor, M. “Irak: una guerra sin igual”, El País, 2 de abril, 2003, p. 12.

(24) A. Piris, entrevista en Resistencias a la guerra nº 2, marzo 2003, p. 17.

(25) Frases de G.W. Bush, en C. Fresneda, “El Dios de Bush”, El Mundo,  9 de marzo de 2003.

(26) “La religión en la cruzada de Bush contra Irak”, El País, 24 de marzo de 2003, p. 26. En este artículo, el autor cita los resultados de una encuesta de Gallup, en la cual el  68% entrevistados cree en el diablo; el 48% en la creación del mundo por Dios más que en la teoría de Darwin y el 46% se consideran cristianos renacidos.

(27) La consejera de Seguridad Nacional, Condoleeza Rice, es hija de un predicador, el jefe de personal, A. Card, está casado con una ministra metodista, el secretario de Comercio, Don Evans, fue quien puso en contacto a Bush con la Biblia,  el fiscal general, John Ashcroft, pertenece a un grupo extremista cristiano,  lo mismo que el asesor Karl Rove. Un teólogo, Mike Gerson, escribe los discursos de Bush (C. Fresneda, “El Dios de Bush”, El  Mundo, Crónica, 9 de marzo de 2003.

(28) N. Mailer, “EE.UU.: el imperio romano del siglo XXI”, El País, 3 de marzo de 2003, p. 6 y 7.

(29) Recuérdese la movilización social que suscitó en la República Federal Alemana la instalación de los misiles de alcance medio Pershing 2 y Cruiser.
 
 

Edición digital de la Fundación Andreu Nin, junio 2003



 
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