Luis M. Sáenz
Catorce de abril: 75 aniversario de la proclamación de la II República.
La España de hoy poco tiene que ver con la de entonces. Sería
un absurdo ejercicio de nostalgia querer articular nuevos proyectos políticos
sobre la base de “un retorno” a un tiempo cuyos movimientos sociales eran
tan diferentes a los actuales. No se trata de “volver” a la Segunda República
ni de situar los actuales conflictos políticos como prolongación
de los de antaño, sino de inspirar un nuevo y fecundo sentimiento
republicano.
1. Asistimos a una campaña de contrainformación desde medios
afines al PP con el propósito de lavar la cara del franquismo y criminalizar
la República española. Es de justicia redoblar los esfuerzos
para sacar a la luz toda la dimensión de la represión franquista
y “rehabilitar” legalmente y reconocer a quienes fueron condenados por la
fraudulenta “justicia” franquista por el único delito de defender
la libertad. Todos los esfuerzos de recuperación de la memoria histórica
colectiva merecen apoyo y aliento. El testimonio de quienes protagonizaron
el periodo republicano toma ahora más valor que nunca, ya que no son
muy numerosos quienes pueden prestarlo y bien merece un especial esfuerzo
de las instituciones, las universidades, los investigadores sociales y los
historiadores, las fundaciones, etc., para que no se pierda un patrimonio
cultural y político de primer orden.
2. Es necesaria también una reivindicación “genérica”
del “bando republicano”, entendiendo por tal no una determinada adscripción
política -¿hasta que punto puede tildarse a los anarquistas
de “republicanos” sin deformar sus aspiraciones?- sino al conjunto de quienes
combatieron la sublevación franquista. Pese a los errores y horrores
de “los nuestros”, pese a la radical fragmentación “republicana” en
proyectos diferente e incluso opuestos, era interés de la humanidad
que en esa guerra fuese derrotado el franquismo.
No debe caerse, sin embargo, en la tentación de presentar una imagen
“maquillada”, ocultar los crímenes cometidos “en nuestro bando” ni,
menos aún, “alisar” la historia para hacerla más bienpensante.
Pues lo ocurrido en España entre 1931 y 1939 no es pensable sólo
en términos de republicanos y franquistas. La pretensión de
hacer del “bando republicano” una pasta uniforme, homogénea sobre
estándares de las sociedades europeas del siglo XXI, nos llevaría
a ignorar las experiencias más ricas de aquel entonces, como, por
ejemplo, la del movimiento anarcosindicalista, la del POUM o la del largocaballerismo,
o los nefastos efectos de la ingerencia estalinista. Tal simplificación
uniformizadora ignora que aquella historia también debe pensarse en
términos de revolución y contrarrevolución, o condena
al olvido experiencias como la de las colectivizaciones, el movimiento de
mujeres libres, etc. Eso sería un error histórico y un error
político, ya que las lecciones de ese tipo de experiencias, irrepetibles,
son, en realidad, las más ricas que podemos extraer de aquel periodo.
No para imitarlas, sino para hacerlas, críticamente, parte de nuestro
propio equipaje.
3. Ahora bien, recalcado esto, tal vez lo más coherente con el espíritu
de quienes lograron acabar en 1931 con la monarquía borbónica
sería pensar y hacer un nuevo republicanismo. No tengo ninguna duda
de que ninguna monarquía está justificada y de que es arcaico
y antidemocrático que un cargo político se transmita vía
familiar. Si la “herencia” en el ámbito de las propiedades y la riqueza
perpetúa las desigualdades y los privilegios, más aberrante
parece aún que se herede la “jefatura del Estado”, aunque sea simbólicamente.
Quienes así lo entendemos debemos abordar, sin tremendismos, la tarea
de tratar de ir modificando la opinión social al respecto, para conseguir
que en algún momento la mayoría de la población se sienta
identificada con un cambio republicano y no sienta miedo a la hora de abordarlo.
Sí, no queremos rey.
4. El nuevo republicanismo no puede referirse sólo a la Jefatura del
Estado. La “cuestión monárquica” no es la más importante,
si abordamos “la política” desde el punto de vista de la vida y de
las libertades de “la gente”.
Tras la revolucionaria reforma del matrimonio, leí varias entrevistas
en las que las personas preguntadas venían a decir que, estando bien
tal cosa, se trataba de una medida menor, “reformista”, sin la dimensión
revolucionaria que tendría, por ejemplo, la abolición de la
monarquía. Difiero radicalmente de tal interpretación. En el
mundo, repúblicas hay a patadas. Por el contrario, sobran los dedos
de una mano para contar los países en los que dos mujeres o dos hombres
pueden contraer matrimonio. Si ligamos “republicanismo” a ciertos contenidos
en derechos y libertades, no cabe duda de que las “monárquicas” España
o Suecia son más “republicanas” que la mayor parte de las repúblicas.
No es más revolucionario aquello que más cambia “la forma del
Estado y sus instituciones”, sino aquello que más cambia la vida y
transforma en un sentido democrático y participativo las relaciones
entre las personas y las instituciones.
Claro está que en condiciones revolucionarias, o bajo dictaduras,
el derrocamiento del sistema político vigente se puede convertir en
el lema en el que se concentran todas las aspiraciones de barrer el antiguo
orden. Pero ésa no es la situación en la España de 2006.
5. El nuevo republicanismo sería cuestión de derechos, en primer
lugar. En una concepción dinámica, voluntad de ampliación
y extensión de derechos, desarrollo de la capacidad y posibilidad
de cada persona a gobernar su propia vida. Así, por ejemplo, en España
la agenda de un republicanismo nuevo podría incluir aspiraciones como
la renta básica de ciudadanía, la ley de identidad de género,
la despenalización del aborto, una ley sobre la garantía del
acceso a una vivienda, la regulación de la eutanasia, la legalización
de la distribución con control sanitario y consumo de las sustancias
psicoactivas prohibidas, leyes que fomenten la paridad (como la anunciada
Ley de Igualdad), el laicismo pleno del Estado, los derechos ambientales,
la “democracia industrial”, la disminución de la edad mínima
para tener derecho a voto, los derechos sindicales en el Ejército,
la Policía y la Guardia Civil, etc., enfoque que, por otra parte,
permite articular alianzas sociales mucho más amplias que una política
centrada en la “forma” de la jefatura del Estado. La España de 2006
es más republicana que la del 2004, y la del 2008 debe serlo aún
más.
6. El nuevo republicanismo no sólo reivindica derechos, sino también
nuevos sujetos de los viejos y de los nuevos derechos. Es decir, el derecho
a la política. La democracia no sólo se amplía con el
crecimiento de los derechos de ciudadanía, sino también por
medio de la ampliación del derecho de ciudadanía. Eso, en otras
épocas, se tradujo en la ciudadanía de las mujeres. Hoy, se
traduce en la ciudadanía para los nuevos excluídos, las y los
inmigrantes.
El nuevo republicanismo debe también superar el centralismo y el paternalismo
inherente a ciertas concepciones “jacobinas” de la República. Si,
a mi entender, el “jacobinismo” nunca ha sido revolucionario, menos aún
lo es ahora, cuando esa ideología puede convertirse en último
reducto “progresista” del Estado-nación. Ciertamente, clamar por el
“adelgazamiento del Estado” en el sentido de reclamar la abolición
de leyes laborales, sistemas públicos de sanidad y educación,
etc., sólo es “republicanismo” en el sentido que le vincula al Partido
Republicano de Bush. El nuevo republicanismo emancipador debe alejarse de
concepciones “estatalistas” en un sentido totalmente diferente: un cambio
profundo en las relaciones entre instituciones y ciudadanía, una implicación
de ésta no sólo en la decisión sobre quién gobierna,
sino también en las decisiones de gobierno, una apertura hacia nuevas
formas de autogestión social. En cierta forma, se trata de crear un
espacio público no estatal, ir minando esa especial “división
del trabajo” constitutiva del Estado: aquella que hace de “la política”
un oficio, patrimonio de un gremio de supuestos especialistas...
7. Por último, el nuevo republicanismo debería contener la
conciencia de su propia limitación, de su parcialidad, de su incapacidad
para describir el conjunto de una estrategia liberadora. No puede hacer esto
último, pues por muy ciudadano y participativo que se haga, “republicanismo”
sigue haciendo referencia al Estado o a los derechos ciudadanos garantizados
por éste. En cierto modo, tal vez podría ser una buena fórmula
para describir la parte de una estrategia emancipadora que tiene que seguir
teniendo que ver con el Estado. Pero el movimiento que transforma el mundo
es mucho más que eso, actúa en la vida cotidiana, en las relaciones
personales, en las experiencias de cooperación social. Ahí,
“abajo”, se revoluciona la vida, se crean las relaciones de fuerzas que permiten
cambios en el Estado que a su vez pueden facilitar o dificultar el bullir
de la creatividad social. Como en el periodo 1931-1939, y quizá especialmente
en 1936 y 1937, “republicanismo” es una denominación demasiado estrecha
para incluir todas esas dinámicas sociales, que tal vez no quepan
bajo ningún término omnicomprensivo.