Introducción a El capitalismo roto
, Rolando Astarita, La linterna sorda ediciones, 2009
Rolando Astarita: un enfoque singular
Luis M. Sáenz
Este libro, escrito entre octubre de 2007 y diciembre de 2008, transmite
la evolución de un pensamiento crítico que sigue el día
a día de la crisis en su singularidad y la inserta en una comprensión
general del sistema que la ha provocado: el capitalismo. Rolando Astarita,
profesor en las universidades de Buenos Aires y Quilmes, ex-obrero de la
Chrysler detenido y torturado por el régimen de los coroneles en Argentina,
sale de los caminos trillados en los que la crisis sólo es una disfuncionalidad
debida al supuesto dominio de "lo financiero" sobre "lo productivo" o a las
estafas de los Madoff de turno. Él la interroga a partir de la unidad
esencial del capital y de la regla común que rige su movimiento: más
ganancia. El "capitalismo delincuente" y los especuladores de casino han
influido sobre el momento y las formas de la crisis, pero esas patologías
(robo) deben ser entendidas a partir de la normalidad del capitalismo global
(explotación).
Las crisis están en el código genético del capitalismo,
pero cada crisis requiere su propia explicación. Los primeros síntomas
manifiestos de esta crisis surgen en el
sistema financiero y en el mercado inmobiliario. De ahí parte el autor,
describiendo los instrumentos financieros de "diversificación del
riesgo", que, aunque hayan podido postergar ciertos problemas, los han expandido
por todo el sistema. Pero la crisis financiera debe ser explicada, y la sitúa
ante el telón de fondo de una crisis no resuelta de sobreacumulación
de capital. En la década de los noventa hubo una fuerte inversión
productiva, especialmente en equipos y software, que elevó de forma
muy significativa la ratio CAPITAL/TRABAJO y la productividad pero que terminó
afectando negativamente a la ganancia, dado que ésta no deriva de
"cuántas cosas se hacen" (riqueza material) sino de "cuánta
plusvalía" (diferencia entre los salarios pagados y el valor añadido
por el trabajo asalariado) se obtiene.
Ese fue el contexto de la recesión de los años 2000/2001 en
Estados Unidos, suave y con una pronta recuperación facilitada por
la intensificación de la explotación
absoluta del trabajo. Las ganancias volvían a fluir, pero la inversión
productiva seguía sin ser rentable porque la destrucción de
capitales había sido insuficiente. Mucho capital-dinero buscó
inversiones que rindiesen intereses. La alta oferta crediticia y los bajos
tipos de interés inflaron los precios de la tierra y de las casas.
Se generalizó la idea de que el rendimiento y los precios de los activos
financieros e inmobiliarios subirían indefinidamente. Pero esta pirámide
no se fundaba sobre plusvalía actual sino sobre anticipos de plusvalía
futura y, por tanto, inexistente. La realidad se impuso y la burbuja pinchó
en su eslabón más débil: las hipotecas basura, que se
habían expandido por todo el organismo financiero a través
de su titulización e incluso habían servido de garantía
a otras operaciones. Se habían sobrendeudado las personas hipotecadas
las empresas inmobiliarias, las constructuras o subcontratistas, y otros
muchos capitalistas que habían usado los activos que poseían
-e incluso los que no poseían- como garantía de créditos
destinados a comprar más activos. Un botón de muestra: en España
un grupo immobiliario se convertía en primer accionista de una gran
empresa como Repsol pagando con un crédito que tenía como garantía
principal las propias acciones a comprar.
Se ha abierto una crisis financiera colosal. La quiebra de una fábrica
de frigoríficos tiene un coste social, especialmente en puestos de
trabajo, si no hay alternativas de empleo. Pero la quiebra bancaria tiene
una dimensión mucho mayor, no sólo por el papel del crédito
en el sistema capitalista sino también porque los banqueros apenas
manejan su propio dinero, sino que convierten en inmenso capital los pequeños
ahorros de millones de personas. Capitalizando el dinero de la gente común,
apenas retribuido, los banqueros y capitalistas prestatarios multiplican
sus ganancias, pero cuando los negocios van mal pierden el dinero de la gente
común, ya que el suyo propio, aunque sea de magnitud insultante, es
el "chocolate del loro" sobre el total del capital que manejan. Una crisis
financiera como ésta provoca una socialización de las pérdidas.
A comienzos de 2009, la crisis bancaria sigue y es probable que veamos nuevas
debacles, que pueden dar lugar incluso a nuevas nacionalizaciones. Pese a
las
grandes ayudas estatales recibidas, las entidades financieras siguen siendo
reunentes a dar créditos, tanto por la creciente morosidad como por
su propia necesidad de acumular liquidez para hacer frente a pagos comprometidos.
Los créditos se han hecho más difíciles de obtener y
más caros, pese a la sustancial bajada del tipo de interés
al que la Reserva Federal y el Banco Central Europeo prestan a los bancos
comerciales. Y bastantes de los pocos créditos que se dan podrían
utilizarse también para pagar deudas y acumular liquidez, sin despegue
en la inversión privada.
El estancamiento de la inversión productiva fue la precondición
de la actual crisis financiera. Ahora, ésta reactúa sobre la
economía productiva. Estamos en una crisis
económica global. Las dificultades crediticias y la reducción
del consumo influyen sobre la situación, pero los elementos determinantes
son la suspensión de la inversión y la consecuente pérdida
de empleos. Tal y como preveía Astarita, han entrado en recesión
los países más desarrollados y se ha desacelerado la economía
mundial.Estados Unidos está en recesión desde diciembre de
2007 y España lo está desde el tercer trimestre de 2008. En
el último trimestre de 2008 el PIB japonés cayó un 12,7%
interanual. En China, pese a su crecimiento, la crisis ha eliminado ya 20
millones de empleos. Todos los países se ven afectados por la crisis.
En España, con un modelo de desarrollo centrado en el sector inmobiliario,
avivado entre 1996 y 2004 y no atajado después, el incremento del
paro es espectacular. Uno de los datos más significativos del cuarto
trimestre de 2008 es la caída en un 7% interanual de la inversión
en equipo. Ha aumentado la productividad media, pero esa es una consecuencia
aritmética de la crisis, que elimina a los capitales menos productivos
sin que los que quedan se hayan hecho más productivos. El goteo de
despidos y cierres en pequeñas empresas es continuo y se multiplican
las regulaciones de empleo en empresas importantes.
A decir verdad, nadie sabe hastá dónde llegará esto.
Astarita señala que, pese a las proporciones gigantescas de la crisis
financiera, hay rasgos que diferencian el
contexto de la actual crisis y el de la crisis iniciada en 1929, por lo que
resultaría apresurado el anuncio de una crisis tan catastrófica
y prolongada como aquella,
aunque no puede excluirse la depresión. En una cosa es categórico:
"Como no puede dejar de suceder en las crisis, las condiciones de vida de
las masas trabajadoras van a empeorar". Tal constatación es el punto
de partida realista para estrategias defensivas de las y los trabajadores
frente a las condiciones leoninas que el capital quiere imponer y que la
patronal española ya está exigiendo, como eliminar la intervención
de la Administración pública en las regulaciones de empleo.
El crecimiento del desempleo, que fragiliza la posición de las personas
asalariadas en cada empresa, arroja serios riesgos de fragmentación:
división sindical, tendencias al sálvese quien pueda, presiones
para el retorno de las mujeres al hogar, nacionalismo y xenofobia. Y los
ejemplos están cerca: Plas movilizaciones de metodología más
clasista y combativa ocurridas en Gran Bretaña desde la derrotada
huelga minera de 1984-1985 han tenido como lema una consigna reaccionaria
y divisora: empleos británicos para trabajadores británicos.
Se impone pues un esfuerzo para construir en común una estrategia
de unión. La furia debe hacese creativa y solidaria, arropando a aquellos
colectivos que defienden
sus derechos, a veces con éxitos como los obtenidos en UPS, donde
la Administración ha rechazado el ERE, o en Acerinox, donde se ha
acordado un ERTE en condiciones excelentes, sin pérdida de empleos
ni de ingresos. Pero, ante todo, hay que construir una presión política
eficaz, para bloquear toda reforma laboral regresiva y para lograr que los
derechos sociales esenciales (vivienda, educación, sanidad, atención
y cuidado, protección social, agua, entorno vivible y convivencial,
etc.) queden protegidos frente a la ley del mercado y actuen como nuevos
yacimientos de empleo. Para que los intereses del bien común primen
en las medidas a adoptar frente a la crisis y para derribar los mitos y espejismos
que en estos años han inundado mentalidades e instituciones en beneficio
de la lógica de desarticulación social propia del capitalismo.
La crisis ha puesto en evidencia que el capitalismo no garantiza la atención
de las necesidades humanas básicas. Ha confirmado que el gran patrón
es una figura cada
vez más inútil y parasitaria desde el punto de vista de la
gestión productiva, mientras que la clase asalariada rebosa de capacidades
excedentes muy por encima de las
tareas y responsabilidades asignadas. Esos rasgos no son anomalías
del capital: manifiestan el antagonismo entre el carácter social y
cooperativo del trabajo y la
apropiación privativa del mando y de la riqueza.
Como muy acertadamente han señalado los compañeros anarquistas
del Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión, La
cuestión principal que está siempre
ahí es la siguiente: si consiguiéramos hundir el sistema financiero
y por tanto colapsar el capitalismo ¿seríamos capaces de plantear
y construir una alternativa
socioeconómica solvente? Agudizar las crisis, si no existe una alternativa,
no es un buen plan para la población. Queda un largo camino por delante,
para el que se
requiere paciencia y tenacidad, radicalismo y pragmatismo, pero sobre todo
cooperación, creatividad, apoyo mutuo, acción, conocimiento
y estimulación de la
autonomía individual y colectiva. Y en eso pueden ayudarnos mucho
los compañeros que saben tanto como Rolando Astarita, Rolo para sus
amigos.