FUNDACIÓN

ANDREU NIN


Una cierta izquierda: sin amos

 Luis M. Sáenz

Artículo publicado en Iniciativa Socialista número 52, primavera 1999
 

  "tú que eres como yo adorador de nadie"  
Leopoldo María Panero

    "la victoria será de quienes hayan sabido crear el desorden sin amarlo"  
Guy Debord
.
 
El 8 de febrero de este año recibí una carta de Wilebaldo Solano, destacado dirigente del Partido Obrero de Unificación Marxista y que siempre ha mantenido una firme fidelidad, sin dogmatismos, a la aspiración socialista y un compromiso práctico con ella. En la carta, entre otras muchas cosas, decía que:

Es divertido, por ejemplo, ver las discusiones de Davos, en las que las figuras más importantes del capitalismo mundial se pelean sobre el sentido del neoliberalismo. Ellos, que se creen los dueños del mundo después del naufragio de la URSS, no son capaces de evitar desastres como los de Corea, Rusia y Brasil. Y los grandes economistas que nos hablaban de la era del Pacífico se callan ante la ofensiva neoliberal que lleva a la ruina a millones de seres humanos en Asia, África y América Latina. En este mundo loco y desconcertante hay que afirmar más que nunca los valores y las esperanzas del socialismo auténtico.

El día 10 de febrero, el diario El País publicaba un artículo de Jorge G. Castañeda, "Davos y el liberalismo", confirmando que en Davos hubo un ambiente diferente al de años anteriores:

... la sorpresa de este año en el Foro Económico Mundial estribó justamente en la desaparición del optimismo beato, de la ciega exaltación del modelo, de la pureza impoluta e imprescindible del mercado.


Dos meses y medio antes, el 26 de noviembre, asistí a una charla sobre la crisis financiera en la que Juan Ignacio Crespo, presidente de la asociación No Nos Resignamos, sugirió, ante la sorpresa de casi todos los asistentes, que estábamos asistiendo a un cambio del paradigma económico dominante, dentro, claro está, de los márgenes delimitados por el capitalismo.

En el ámbito político, hemos asistido en los últimos años a una paulatina incorporación de la izquierda a los gobiernos de gran número de países europeos. Una izquierda en la que la socialdemocracia es hegemónica, pero que tiende a configurarse como una izquierda plural capaz de entenderse, no sin conflictos, para gobernar. Pocos habrían apostado por este escenario hace algunos tiempo.

En "este mundo loco y desconcertante" los lugares comunes y las frases hechas son cada vez más inútiles. Así, por ejemplo, confunde y oculta más que aclara y muestra el uso de la expresión "pensamiento único", tan exitosa en esta década que habría que preguntarse cómo puede haber "pensamiento único" si son tantos quienes lo denuncian y piensan de otra manera. Es cierto que, dejando aparte el uso que de la expresión hacen ultraderechistas e integristas para negar la universalidad de los derechos, en esos términos hay una intención, que comparto, de crítica al liberismo que supedita toda necesidad humana a los intereses de los grandes grupos económicos. Pero las palabras no son gratuitas, y algo específico tiene que querer decir la referencia a la unicidad del pensamiento.

- Si se quiere decir que los apologetas del capitalismo pretenden negar la posibilidad de cualquier pensamiento crítico hacia la lógica propia de tal sistema, siempre ha sido así y no se estaría aportando nada nuevo sobre el presente.

- Si se quiere decir que los poderosos han logrado realmente su objetivo, reduciendo a la marginalidad el pensamiento efectivamente crítico y rebelde contra toda opresión, eso no es cierto, o, al menos, no más cierto de lo que pudiera serlo hace diez, quince, treinta o cincuenta años. El pensamiento de la izquierda es hoy más plural, creador y subversivo que antes de 1989, aunque esté menos seguro de sí mismo.

A mi entender, la expresión pensamiento único, convertida ya en moda, creció sobre un fondo de nostalgia, que hace referencia a un acontecimiento crucial: el derrumbe del muro de Berlín. No es la unicidad del pensamiento lo que se lamenta, sino la existencia de un único sistema. Se hecha de menos al "otro", a la "alternativa" hecha carne, es decir, hecha Estado y Sistema.

Mas los bloques daban la ilusión de una alternativa, pero no una alternativa efectiva, de lo que más valdría incluso alegrarse, ya que la extensión universal del totalitarismo estalinista -imposible, por otra parte- hubiera sido peor remedio que la enfermedad. Esa "ilusión de alternativa" arrasaba más pronto o más tarde el contenido emancipador de las rebeliones y ponía barreras infranqueables de odio y desprecio entre gentes que estaban luchando contra variadas formas de opresión. El pensamiento de los insumisos frecuentemente se hacía sumiso al otro lado del espejo. Aún sigue ocurriendo así en quienes simpatizan con regímenes como el serbio, chino, coreano o cubano, de los que, en distintos grados, bien podría decirse, como hace en la novela Medianoche en el siglo uno de los personajes creados por Víctor Serge, "Sois vosotros la alusión viva a todas las contra-revoluciones que en el mundo han sido". Llama, por ejemplo, la atención el fuerte apoyo que Castro recibe entre gran parte de los sectores próximos a la "Teología de la Liberación", explicable, en mi opinión, por la cercanía entre la idea del "Dios de los pobres" o "Dios de las víctimas" con la idea del "socialismo desde arriba", del "Padrecito" revolucionario o del líder salvador, pues en ambos casos desaparece el proyecto de autoemancipación humana.

Las revoluciones de 1989, pese a sus límites y fracasos, han creado la posibilidad de una izquierda sin amos, efectivamente atea, una izquierda emancipada, para el siglo XXI. En cierta forma, esas revoluciones han realizado, aún de forma incompleta, la previsión de Guy Debord en la tesis 111 de La sociedad del espectáculo:
La burguesía está en el trance de perder el adversario que la sostenía objetivamente unificando ilusoriamente toda negación del orden existente. Previsión que, hecha en 1967, puede parecer algo anticipada, pero sin la que en realidad no puede entenderse lo ocurrido en Mayo de 1968 o en la Primavera de Praga.

La izquierda emancipada es una mera posibilidad, que, de desarrollarse, tendrá que hacerlo conviviendo con otras izquierdas, menos críticas con el capitalismo o más proclives a sostener a cualquier déspota que se diga "anti-imperialista". Nunca han dejado de existir corrientes marxistas o anarquistas que se negaban a elegir patrón, pero no han podido cuajar tanto por razones propias -insuficencia de su ruptura con el totalitarismo, funcionamientos orgánicos aborrecibles, sectarismo, irrealismo- como por la enorme dificultad para consiguir una influencia social importante en el marco de la división en bloques.

En cierta forma, como en los prolegómenos de 1968, volvemos a encontrarnos ante "una multitud de prácticas nuevas que buscan una teoría" ["Dominación de la naturaleza: ideología y clases", Internationale Situationniste, nº 8, enero 1963]. No, desde luego, una teoría-sistema, sino más bien algunos principios y algunos puntos de vista compartidos que sigan fecundando prácticas diversas pero convergentes hacia objetivos de progresiva emancipación humana. Algo que no está ahí, sino que debe ser creado, aunque en la tarea podremos usar como materiales de construcción parte del pensamiento verdaderamente heterodoxo y rebelde del siglo XX, así como la experiencia colectiva de los grandes movimientos sociales que lo han marcado y de sus revoluciones, especialmente de las dos más marcadamente libertarias y autónomas: la revolución española de 1936-1937 y el Mayo francés de 1968.

Dejarse llevar ahora por un optimismo irresponsable sería tan equivocado y dañino como el pesimismo superlativo en que gran parte de la izquierda, sobre todo en sus sectores más "radicales", ha estado sumida durante los últimos diez años. Nada permite esperar una pronta desaparición de las enormes bolsas de miseria y superexplotación o el retorno del pleno empleo en los países más avanzados. La lógica esencial del capitalismo no se modificará en los próximos veinte o treinta años -más allá tampoco está claro que pasará con el capitalismo mismo-, y casi todos los grupos económicos industriales, financieros o comerciales seguirán a la caza del máximo beneficio a cualquier precio humano o ecológico. Los gobiernos, incluidos los de izquierda, seguirán siendo muy sensibles a las presiones de esos grupos privilegiados, unas veces por razones "objetivas" y otras porque la cabra tira al monte. El siglo XXI comenzará sin estar resuelto el dilema que ha cruzado Europa durante el siglo que acaba y que está muy presente en la totalidad de un planeta atormentado por integrismos, fundamentalismos, ultranacionalismos y dictaduras: democracia o barbarie.

Ser conscientes de esta continuidad sistémica y de las formas de dominación no debería, sin embargo, llevarnos a minusvalorar la nueva situación, tanto en el corto
como en el largo plazo, despreciar las oportunidades que ofrecería un "paradigma" menos desregulador o considerar irrelevante quién gobierna, como hacen aquellos a los que tanto da Thatcher como Blair o Berlusconi como Prodi (o, ahora, D'Alema). Las grietas abiertas por los fracasos de las promesas del liberismo descarnado y la dimensión de las amenazas existentes, no todas ellas reducibles al puro y mero capitalismo, ha puesto en primer plano la conveniencia y la posibilidad de encontrar espacios comunes de acción y de gobierno para toda, o casi toda, la izquierda. Francia es el punto más avanzado de la experiencia de gobierno de una izquierda plural, pero no es una excepción, ya que en diversos países de Europa están en el gobierno varias organizaciones de izquierda, mientras que en América Latina también van cuajando coaliciones.

De esta necesaria convergencia no cabe tener una imagen idílica. No puede estar exenta de tensiones, de momentos de desencuentro, de enfrentamientos en torno a cuestiones vitales, en los que la coherencia con las convicciones -no la ideología- debe alcanzar un equilibrio honesto con la conveniencia de evitar males mayores. Aunque no hay una receta fácil para alcanzar este equilibrio, una condición necesaria para ello es que, más allá de los acuerdos parlamentarios o de gobierno y de las coaliciones que resulten precisas para evitar desplazamientos hacia la derecha, cada izquierda promueva sus puntos de vista específicos, los someta a controversia y trate de convencer sobre lo bien fundado de ellos a la vez que de aprender sobre los de los demás. Debe evitarse también la disolución de la izquierda en un pretendido e inexistente centro uniforme que trate de abolir el conflicto social y de abarcar todo en unas mismas aspiraciones, yendo, para ello, más y más hacia la derecha, cuando, por el contrario, de lo que se trata es de articular la diversidad en una mayoría capaz de gobernar y de afrontar democráticamente la pluralidad de intereses y de proyectos.

En esa perspectiva, y como una componente más del conjunto de la izquierda, creo de enorme importancia el que se desarrolle una izquierda del matiz. Me refiero a una izquierda radical, pero no extremista; una izquierda que cree en la complejidad de lo real y no en el trazo grueso y las recetas; una izquierda a la que desagradan las organizaciones tradicionales existentes, burocrátizadas, profesionalizadas y jerarquizadas, pero no está interesada en las sectas "revolucionarias" y, menos aún, en aventuras militaristas irresponsables o directamente criminales; una izquierda que se siente libertaria pero no renuncia a la política y al entendimiento con otras izquierdas, e incluso a colaborar con ellas en las mismas organizaciones; una izquierda universalista, que pone los derechos humanos por encima de cualquier "modelo"; que sabe que para cambiar la vida hay que mejorarla; que trabaja por la salud, no por la salvación. Una izquierda capaz de "renunciar a todos los subproductos de la eternidad que han sobrevivido como armas del mundo de los dirigentes" [Guy Debord, Internacionale Situationiste nº 6, agosto 1961], cosa que, por cierto, los propios situacionistas no hicieron, ya que mantuvieron en su organización un detestable régimen interno y un extremo sectarismo.

Este izquierda radical, precisamente por tener esas características, tendrá que convivir irremediablemente con sus propias perplejidades, vacilaciones y oscilaciones, e incluso con la dificultad de extender la influencia de un perfil aparentemente tan poco nítido, que no basa su identidad -como es habitual, por ejemplo, en las oposiciones sindicales- en el "siempre más" y "siempre en contra" sino en un esfuerzo cotidiano de extensión de la participación y la democracia en las estructuras funcionarizadas de la izquierda política y sindical.

Uno de los problemas prácticos a los que hará frente este tipo de socialismo libertario, si tiene alguna razón de existir, es el de su propia articulación y coordinación. Renunciar a ella es renunciar a una acción eficaz de quienes comparten ciertos puntos de vista. Pero proceder a una organización separada del resto de la izquierda puede llevar, hoy por hoy, al aislamiento y a la reproducción de modelos jerárquicos y disciplinarios inaceptables. Es un dilema no resuelto. A mi entender, creo que se está creando cierta atmósfera para algún tipo de acercamiento paulatino entre quienes están en tal tipo de izquierda, compatible con diversas afiliaciones políticas o sindicales. En realidad, tal vez estemos en un momento en que diversos colectivos o personas comenzamos a detectar puntos de encuentro importantes, y quizá debamos pronto pasar a un diálogo más estrecho, sin caer en una pretensión de unanimidad que, posiblemente, llevaría al fracaso de todo acercamiento.

¿Por dónde empezar? Quizá por indagar si este tipo de izquierda no es más que un autocomplaciente deseo de algunos radicales que no queremos admitir que nos hemos vuelto moderados socialdemócratas y que de nuestro pasado trotskysta o anarquista solamente convervamos el antiestalinismo, o si bien responde realmente a inquietudes presentes en una franja significativa, aunque minoritaria, de la izquierda y a una cierta y viable forma de actuar en política para luchar contra privilegios, mandos y dominaciones manteniendo los pies en la tierra y la cabeza un poco más arriba.


Edición digital de la Fundación Andreu Nin, enero 2007 

 
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