Una cierta izquierda: sin amos
Luis M. Sáenz
Artículo publicado en Iniciativa
Socialista número 52, primavera 1999
"tú que eres como yo adorador de nadie"
Leopoldo María Panero
"la victoria será de quienes hayan sabido crear
el desorden sin amarlo"
Guy Debord
.
El 8 de febrero de este año recibí una carta de Wilebaldo Solano,
destacado dirigente del Partido Obrero de Unificación Marxista y que
siempre ha mantenido una firme fidelidad, sin dogmatismos, a la aspiración
socialista y un compromiso práctico con ella. En la carta, entre otras
muchas cosas, decía que:
Es divertido, por ejemplo, ver las discusiones de Davos, en las que las
figuras más importantes del capitalismo mundial se pelean sobre el
sentido del neoliberalismo. Ellos, que se creen los dueños del mundo
después del naufragio de la URSS, no son capaces de evitar desastres
como los de Corea, Rusia y Brasil. Y los grandes economistas que nos hablaban
de la era del Pacífico se callan ante la ofensiva neoliberal que lleva
a la ruina a millones de seres humanos en Asia, África y América
Latina. En este mundo loco y desconcertante hay que afirmar más que
nunca los valores y las esperanzas del socialismo auténtico.
El día 10 de febrero, el diario
El País publicaba un
artículo de Jorge G. Castañeda, "Davos y el liberalismo", confirmando
que en Davos hubo un ambiente diferente al de años anteriores:
... la sorpresa de este año en el Foro Económico Mundial estribó
justamente en la desaparición del optimismo beato, de la ciega exaltación
del modelo, de la pureza impoluta e imprescindible del mercado.
Dos meses y medio antes, el 26 de noviembre, asistí a una charla sobre
la crisis financiera en la que Juan Ignacio Crespo, presidente de la asociación
No Nos Resignamos, sugirió, ante la sorpresa de casi todos los asistentes,
que estábamos asistiendo a un cambio del paradigma económico
dominante, dentro, claro está, de los márgenes delimitados
por el capitalismo.
En el ámbito político, hemos asistido en los últimos
años a una paulatina incorporación de la izquierda a los gobiernos
de gran número de países europeos. Una izquierda en la que
la socialdemocracia es hegemónica, pero que tiende a configurarse
como una izquierda plural capaz de entenderse, no sin conflictos, para gobernar.
Pocos habrían apostado por este escenario hace algunos tiempo.
En "este mundo loco y desconcertante" los lugares comunes y las frases hechas
son cada vez más inútiles. Así, por ejemplo, confunde
y oculta más que aclara y muestra el uso de la expresión "pensamiento
único", tan exitosa en esta década que habría que preguntarse
cómo puede haber "pensamiento único" si son tantos quienes
lo denuncian y piensan de otra manera. Es cierto que, dejando aparte el uso
que de la expresión hacen ultraderechistas e integristas para negar
la universalidad de los derechos, en esos términos hay una intención,
que comparto, de crítica al liberismo que supedita toda necesidad
humana a los intereses de los grandes grupos económicos. Pero las
palabras no son gratuitas, y algo específico tiene que querer decir
la referencia a la unicidad del pensamiento.
- Si se quiere decir que los apologetas del capitalismo pretenden negar la
posibilidad de cualquier pensamiento crítico hacia la lógica
propia de tal sistema, siempre ha sido así y no se estaría
aportando nada nuevo sobre el presente.
- Si se quiere decir que los poderosos han logrado realmente su objetivo,
reduciendo a la marginalidad el pensamiento efectivamente crítico
y rebelde contra toda opresión, eso no es cierto, o, al menos, no
más cierto de lo que pudiera serlo hace diez, quince, treinta o cincuenta
años. El pensamiento de la izquierda es hoy más plural, creador
y subversivo que antes de 1989, aunque esté menos seguro de sí
mismo.
A mi entender, la expresión pensamiento único, convertida ya
en moda, creció sobre un fondo de nostalgia, que hace referencia a
un acontecimiento crucial: el derrumbe del muro de Berlín. No es la
unicidad del pensamiento lo que se lamenta, sino la existencia de un único
sistema. Se hecha de menos al "otro", a la "alternativa" hecha carne, es
decir, hecha Estado y Sistema.
Mas los bloques daban la ilusión de una alternativa, pero no una alternativa
efectiva, de lo que más valdría incluso alegrarse, ya que la
extensión universal del totalitarismo estalinista -imposible, por
otra parte- hubiera sido peor remedio que la enfermedad. Esa "ilusión
de alternativa" arrasaba más pronto o más tarde el contenido
emancipador de las rebeliones y ponía barreras infranqueables de odio
y desprecio entre gentes que estaban luchando contra variadas formas de opresión.
El pensamiento de los insumisos frecuentemente se hacía sumiso al
otro lado del espejo. Aún sigue ocurriendo así en quienes simpatizan
con regímenes como el serbio, chino, coreano o cubano, de los que,
en distintos grados, bien podría decirse, como hace en la novela Medianoche
en el siglo uno de los personajes creados por Víctor Serge, "Sois
vosotros la alusión viva a todas las contra-revoluciones que en el
mundo han sido". Llama, por ejemplo, la atención el fuerte apoyo que
Castro recibe entre gran parte de los sectores próximos a la "Teología
de la Liberación", explicable, en mi opinión, por la cercanía
entre la idea del "Dios de los pobres" o "Dios de las víctimas" con
la idea del "socialismo desde arriba", del "Padrecito" revolucionario o del
líder salvador, pues en ambos casos desaparece el proyecto de autoemancipación
humana.
Las revoluciones de 1989, pese a sus límites y fracasos, han creado
la posibilidad de una izquierda sin amos, efectivamente atea, una izquierda
emancipada, para el siglo XXI. En cierta forma, esas revoluciones han realizado,
aún de forma incompleta, la previsión de Guy Debord en la tesis
111 de
La sociedad del espectáculo:
La burguesía está en el trance de perder el adversario que
la sostenía objetivamente unificando ilusoriamente toda negación
del orden existente. Previsión que, hecha en 1967, puede parecer algo
anticipada, pero sin la que en realidad no puede entenderse lo ocurrido en
Mayo de 1968 o en la Primavera de Praga.
La izquierda emancipada es una mera posibilidad, que, de desarrollarse, tendrá
que hacerlo conviviendo con otras izquierdas, menos críticas con el
capitalismo o más proclives a sostener a cualquier déspota
que se diga "anti-imperialista". Nunca han dejado de existir corrientes marxistas
o anarquistas que se negaban a elegir patrón, pero no han podido cuajar
tanto por razones propias -insuficencia de su ruptura con el totalitarismo,
funcionamientos orgánicos aborrecibles, sectarismo, irrealismo- como
por la enorme dificultad para consiguir una influencia social importante
en el marco de la división en bloques.
En cierta forma, como en los prolegómenos de 1968, volvemos a encontrarnos
ante "una multitud de prácticas nuevas que buscan una teoría"
["Dominación de la naturaleza: ideología y clases",
Internationale
Situationniste, nº 8, enero 1963]. No, desde luego, una teoría-sistema,
sino más bien algunos principios y algunos puntos de vista compartidos
que sigan fecundando prácticas diversas pero convergentes hacia objetivos
de progresiva emancipación humana. Algo que no está ahí,
sino que debe ser creado, aunque en la tarea podremos usar como materiales
de construcción parte del pensamiento verdaderamente heterodoxo y
rebelde del siglo XX, así como la experiencia colectiva de los grandes
movimientos sociales que lo han marcado y de sus revoluciones, especialmente
de las dos más marcadamente libertarias y autónomas: la revolución
española de 1936-1937 y el Mayo francés de 1968.
Dejarse llevar ahora por un optimismo irresponsable sería tan equivocado
y dañino como el pesimismo superlativo en que gran parte de la izquierda,
sobre todo en sus sectores más "radicales", ha estado sumida durante
los últimos diez años. Nada permite esperar una pronta desaparición
de las enormes bolsas de miseria y superexplotación o el retorno del
pleno empleo en los países más avanzados. La lógica
esencial del capitalismo no se modificará en los próximos veinte
o treinta años -más allá tampoco está claro que
pasará con el capitalismo mismo-, y casi todos los grupos económicos
industriales, financieros o comerciales seguirán a la caza del máximo
beneficio a cualquier precio humano o ecológico. Los gobiernos, incluidos
los de izquierda, seguirán siendo muy sensibles a las presiones de
esos grupos privilegiados, unas veces por razones "objetivas" y otras porque
la cabra tira al monte. El siglo XXI comenzará sin estar resuelto
el dilema que ha cruzado Europa durante el siglo que acaba y que está
muy presente en la totalidad de un planeta atormentado por integrismos, fundamentalismos,
ultranacionalismos y dictaduras: democracia o barbarie.
Ser conscientes de esta continuidad sistémica y de las formas de dominación
no debería, sin embargo, llevarnos a minusvalorar la nueva situación,
tanto en el corto
como en el largo plazo, despreciar las oportunidades que ofrecería
un "paradigma" menos desregulador o considerar irrelevante quién gobierna,
como hacen aquellos a los que tanto da Thatcher como Blair o Berlusconi como
Prodi (o, ahora, D'Alema). Las grietas abiertas por los fracasos de las promesas
del liberismo descarnado y la dimensión de las amenazas existentes,
no todas ellas reducibles al puro y mero capitalismo, ha puesto en primer
plano la conveniencia y la posibilidad de encontrar espacios comunes de acción
y de gobierno para toda, o casi toda, la izquierda. Francia es el punto más
avanzado de la experiencia de gobierno de una izquierda plural, pero no es
una excepción, ya que en diversos países de Europa están
en el gobierno varias organizaciones de izquierda, mientras que en América
Latina también van cuajando coaliciones.
De esta necesaria convergencia no cabe tener una imagen idílica. No
puede estar exenta de tensiones, de momentos de desencuentro, de enfrentamientos
en torno a cuestiones vitales, en los que la coherencia con las convicciones
-no la ideología- debe alcanzar un equilibrio honesto con la conveniencia
de evitar males mayores. Aunque no hay una receta fácil para alcanzar
este equilibrio, una condición necesaria para ello es que, más
allá de los acuerdos parlamentarios o de gobierno y de las coaliciones
que resulten precisas para evitar desplazamientos hacia la derecha, cada
izquierda promueva sus puntos de vista específicos, los someta a controversia
y trate de convencer sobre lo bien fundado de ellos a la vez que de aprender
sobre los de los demás. Debe evitarse también la disolución
de la izquierda en un pretendido e inexistente centro uniforme que trate
de abolir el conflicto social y de abarcar todo en unas mismas aspiraciones,
yendo, para ello, más y más hacia la derecha, cuando, por el
contrario, de lo que se trata es de articular la diversidad en una mayoría
capaz de gobernar y de afrontar democráticamente la pluralidad de
intereses y de proyectos.
En esa perspectiva, y como una componente más del conjunto de la izquierda,
creo de enorme importancia el que se desarrolle una izquierda del matiz.
Me refiero a una izquierda radical, pero no extremista; una izquierda que
cree en la complejidad de lo real y no en el trazo grueso y las recetas;
una izquierda a la que desagradan las organizaciones tradicionales existentes,
burocrátizadas, profesionalizadas y jerarquizadas, pero no está
interesada en las sectas "revolucionarias" y, menos aún, en aventuras
militaristas irresponsables o directamente criminales; una izquierda que
se siente libertaria pero no renuncia a la política y al entendimiento
con otras izquierdas, e incluso a colaborar con ellas en las mismas organizaciones;
una izquierda universalista, que pone los derechos humanos por encima de
cualquier "modelo"; que sabe que para cambiar la vida hay que mejorarla;
que trabaja por la salud, no por la salvación. Una izquierda capaz
de "renunciar a todos los subproductos de la eternidad que han sobrevivido
como armas del mundo de los dirigentes" [Guy Debord, Internacionale Situationiste
nº 6, agosto 1961], cosa que, por cierto, los propios situacionistas
no hicieron, ya que mantuvieron en su organización un detestable régimen
interno y un extremo sectarismo.
Este izquierda radical, precisamente por tener esas características,
tendrá que convivir irremediablemente con sus propias perplejidades,
vacilaciones y oscilaciones, e incluso con la dificultad de extender la influencia
de un perfil aparentemente tan poco nítido, que no basa su identidad
-como es habitual, por ejemplo, en las oposiciones sindicales- en el "siempre
más" y "siempre en contra" sino en un esfuerzo cotidiano de extensión
de la participación y la democracia en las estructuras funcionarizadas
de la izquierda política y sindical.
Uno de los problemas prácticos a los que hará frente este tipo
de socialismo libertario, si tiene alguna razón de existir, es el
de su propia articulación y coordinación. Renunciar a ella
es renunciar a una acción eficaz de quienes comparten ciertos puntos
de vista. Pero proceder a una organización separada del resto de la
izquierda puede llevar, hoy por hoy, al aislamiento y a la reproducción
de modelos jerárquicos y disciplinarios inaceptables. Es un dilema
no resuelto. A mi entender, creo que se está creando cierta atmósfera
para algún tipo de acercamiento paulatino entre quienes están
en tal tipo de izquierda, compatible con diversas afiliaciones políticas
o sindicales. En realidad, tal vez estemos en un momento en que diversos
colectivos o personas comenzamos a detectar puntos de encuentro importantes,
y quizá debamos pronto pasar a un diálogo más estrecho,
sin caer en una pretensión de unanimidad que, posiblemente, llevaría
al fracaso de todo acercamiento.
¿Por dónde empezar? Quizá por indagar si este tipo de
izquierda no es más que un autocomplaciente deseo de algunos radicales
que no queremos admitir que nos hemos vuelto moderados socialdemócratas
y que de nuestro pasado trotskysta o anarquista solamente convervamos el
antiestalinismo, o si bien responde realmente a inquietudes presentes en
una franja significativa, aunque minoritaria, de la izquierda y a una cierta
y viable forma de actuar en política para luchar contra privilegios,
mandos y dominaciones manteniendo los pies en la tierra y la cabeza un poco
más arriba.