Sebastián Balaguer (1906-1984)
Olga Balaguer
Sebastián Balaguer (o Balagué) Queralt, mi padre, nació
en Barcelona en febrero de 1906 y murió en Ivry-sur-Seine, cerca
de París, en diciembre de 1984.
Su familia era originaria de Lérida y se estableció
en Barcelona poco tiempo antes de que él naciera. Su padre había
dejado la tierra por razones olvidadas y se empleaba de portero de una fábrica
textil del barrio de Sants; en la propia fábrica vivía la
familia y allí nació Sebastián.
Se puede decir que ni de niño pudo ignorar la realidad de las luchas
obreras de aquellos tiempos. Recordaba que oyó hablar muchas veces
de la Revolución rusa y de la gente que decía algo así
como “aquí también venceremos”.
La familia era modesta: no estudió sino el hijo mayor. Sebastián
dejó pronto la escuela: siempre sintió no haber recibido una
instrucción más completa que le hubiese permitido, entre otras
cosas, escribir bien el catalán. Aprendió el oficio de ajustador
mecánico, con el que se ganaría la vida hasta el final.
Su ambiente eran los talleres, más bien pequeños, donde era
menester trabajar con minucia y precisión. Sus compañeros
eran obreros cualificados y conscientes.
Como era natural en la Barcelona de aquellos años, casi todos eran
de la CNT. Sebastián también. El sindicato fue algo así
como el crisol en el que se formó y donde forjó su personalidad.
Más tarde evolucionó. Llegó a pensar que los combates
sindicales no iban a lograr cambiar el mundo, que la acción política
era imprescindible. Sin embargo, aunque se alejó bastante de la CNT
(en particular cuando la FAI empezó a tener, según él,
demasiada importancia), siguió siendo miembro de este sindicato y
reconociendo la importancia que tuvo para el proletariado en general. Nunca
dejó, por ejemplo, de admirar al Noi del Sucre.
Porque sus ideas sobre el mundo y sus esperanzas no se correspondían
totalmente con la CNT, porque admiraba la Revolución de octubre pero
era consciente de que la URSS no tenía nada que ver con la Revolución,
se hizo miembro del BOC y luego del POUM.
En Barcelona militó, en los años de la República
y los anteriores. Cuando la guerra, se alistó en las milicias y combatió
en el frente de Aragón, en la División de Rovira. Allí
sufrió una herida en la cara que le amargó la vida: a diario
tuvo ante los ojos su imagen desfigurada que no era sino la de la guerra
perdida.
Estaba en Barcelona durante los hechos de mayo de 1937, por las calles
de su ciudad luchó contra los partidarios de Stalin, los estalinianos,
los “chinos” como decía él.
(Hasta el final de sus días, llamó “chinos” a los miembros
del PC. ¿Por qué? Porque los engañan como a chinos,
contestaba.) Y hasta el final de sus días siguió convencido
de que ellos fueron responsables del fallo de la revolución y, pues,
de la pérdida de la guerra, rechazaba con ahinco la política
de los partidos comunistas, aunque reconociera que algunos militantes
de “la base” eran honrados y estaban confundidos o manipulados.
Al terminar la guerra, “cuando la retirada”, con tantísimos otros,
pasó a Francia. Permaneció algún tiempo en los tristes
campos de concentración aquellos... De lo que estoy segura es que
tuvo que trabajar en el campo, de pastor, entre otras cosas, y eso fue, para
él, que era hombre de ciudad, una de las peores épocas de su
vida. Y no tanto por el trabajo sino por la soledad y el desespero de saberse
derrotado.
Después regresó a Barcelona y militó en la clandestinidad.
(Un día, por la calle, se encontró con su padre, que era
hombre de derechas. No se trataban desde hacía mucho tiempo a causa
de la divergencia de sus ideas. Pero ese día, su padre le dijo que
pasara “por casa”, si necesitaba algo. Naturalmente, no lo hizo pero siempre
evocaba la anécdota con cierta emoción.)
Le detuvieron.
Ingresó en la cárcel el día 30 de mayo de 1941. Se
le acusaba de “espionaje y otras actividades”. Permaneció preso (
así
consta en un documento oficial a duras penas conseguido en 1992) “3
años, 2 meses y 17 días”, es decir que salió el 13
de agosto de 1944.
Él era un hombre de pocas palabras y poco habló de esa época
de su vida, en particular del período durante el cual estuvo aislado.
Lo pasó mal y sufrió mucho: ya se sabe de qué manera
trataban a los presos políticos en la España de Franco. A
pesar de todo, siempre dijo que logró conservar un estado de ánimo
bastante bueno, al contrario de lo que le ocurrió en el campo francés,
cuando no podía pensar sino en la derrota y estuvo a punto de derrumbarse
moralmente. En la cárcel había que resistir y
es lo que hizo.
El tiempo pasó, salió de la cárcel. Le dieron un documento
que emanaba de la Capitanía General de la Cuarta Región
Militar, Juzgado militar especial que decía :
“[...] el señor Auditor de la Guerra ha tenido a bien concederle
la libertad provisional, haciéndole saber al propio tiempo la obligación
que tiene de presentarse ante este Juzgado cada quince días. Barcelona,
16 de agosto de 1944”.
“Cada quince días”: aunque estuviese en la calle seguía preso.
No aceptó doblegarse.
Una semana más tarde estaba en París. Había cruzado
la frontera clandestinamente.
En París vivió hasta su muerte.
Se puede decir que, como muchos de sus compañeros de exilio, mi
padre, Sebastián, tuvo dos vidas: la de antes y la de después
de la guerra civil. “Nuestra guerra” solía decir él...
La segunda época de su vida, la que empezó en 1939, fue seguramente
aquella en la que menos se implicó. En efecto, lo entrañable,
importante y más querido siempre fueron los acontecimientos de España,
cuando se formaron el BOC y el POUM, cuando discutían con los de
la CNT, cuando trataban de organizar Barcelona según un modelo nunca
visto, cuando evocaban Octubre y lo que estaba pasando en la URSS. Cuando
la guerra.
Todos esos acontecimientos pasados, para él no eran sólo
recuerdos sino que eran la vida misma, su vida, la de los combates, las
peleas políticas, la que compartía con sus compañeros,
momentos que nunca dejó de añorar.
Momentos que constituyeron la primera parte de su vida, que seguían
siendo lo esencial y lo más profundo de su ser: la esperanza de que,
combatiendo, el mundo cambiaría porque era impensable que siguiera
así.
Todo eso permaneció del otro lado de la frontera.
(La frontera... La familia de su mujer, de mi madre, era de Santander.
Yo solía ir allí durante el verano. Mi padre viajaba hasta
“la frontera”, para acompañarnos, decía, pero también
para “ver España” aunque de eso se defendía...)
A pesar de los sinsabores de la segunda parte de su vida, conservó
intactos sus ideales. De su pasado de combatiente no se desprendió
nunca. En París vivía y trabajaba pero aunque no lo dijera
era evidente que mucho de él permanecía en la Barcelona roja
de antes de la dictadura.
Tengo de mi padre el recuerdo de un hombre triste y bastante amargo.
Siempre habló muy mal el francés, como casi todos, no por
incapacidad sino por desinterés. En efecto, ellos no habían
pasado a Francia para quedarse, al contrario pensaban volver muy pronto.
Él, poco a poco, fue renunciando a cualquier idea de regreso pero,
tras conseguir un piso (hasta entonces habían vivido en un “hotel”),
se sintió aún más exiliado pues comprendió de
golpe que se estaba, irremediablemente, asentando en el nuevo país.
No era un hombre sentimental, no expresaba sus sentimientos pero la nostalgia
de las luchas, de los compañeros y también de Barcelona nunca
le abandonó.
(A menudo recordaba a Germinal Vidal, cómo le mataron y lo joven
que era.) Como muchos otros del POUM que tantas penalidades hubieron de
sufrir, no dejó de sentir nunca la muerte de aquel joven militante.
En mayo de 1968 trabajaba de ajustador mecánico en un taller relativamente
importante y era miembro de la CGT, el sindicato francés entonces
mayoritario. Estuvieron en huelga, ocuparon el taller. Se le veía
feliz, como si volvieran los tiempos en los que todo pareció posible.
Un compañero suyo, del PC, francés, joven, le quería
mucho, hablaban juntos de los acontecimientos y de política en general.
Él le decía qué papel representaba el PC y le convencía.
Al otro día, tras una reunión de “célula”, el chico
repetía las consignas oficiales del PC: esos “chinos” no cambian,
decía él, sin sorpresa pero con ironía...
Cuando el proceso de Burgos, hubo gigantescas manifestaciones en París.
Todos los viejos militantes del POUM, que tanto deseaban un mundo justo,
aquel por él el que en su día combatieron, desfilaron unidos
bajo su propia bandera.
Al poco tiempo, Franco murió; en París, mi padre lo celebró
aunque sentía mucho que se hubiese muerto en la cama.
Fueron pasando los años, tanques en Praga, Pinochet en Chile, claveles
en Lisboa y en España, la democracia...
Sebastián, como siempre, se desesperaba ante muchos de esos acontecimientos.
Mas, cuando tenía la impresión de que las banderas rojas llevaban
las de vencer, volvía a pensar que no todo son derrotas y que sus
esperanzas no fueron vanas.