Club Sportiu Júpiter. El
equipo de los obreros que hicieron la revolución
Andrea Sceresini
Traducción al castellano:
Gianluca Trombin
Primero la dictadura, después la guerra civil. Al final el advenimiento
del fútbol millonario, la explosión de los grandes clubes,
el consumismo de la movida y del lujo desenfrenado. Hoy, de ese viejo estadio
no queda nada; sólo algunos recuerdos enmarcados en las fotos en blanco
y negro. La estructura fue demolida, en 1948, por orden del Régimen.
En su lugar están hoy los lugares de moda, las discotecas y las playas
para los Vips. Una lenta invasión que ha borrado, en pocos decenios,
gran parte de la antigua cara proletaria de Barcelona.
El equipo, sin embargo, sigue jugando. No en el Poble Nou, sino en una manzana
más al norte, donde las calles siguen siendo pobres y los chavales
corren sudorosos, como en su momento, sobre el árido terreno a la
sombra de los bloques de viviendas populares. El Cub Esportiu Júpiter
se ha mudado de sitio, pero no ha dejado de vivir. En un tiempo era la Selección
Obrera. Su nombre no significaba sólo deporte sino también
rebelión, anarquismo y lucha de clases.
«Era niño en los sesenta – cuenta Julio Nacarino, ex presidente
y memoria histórica del grupo, mientras fuma arropado en su chaqueta
de piel – el equipo ya estaba en decadencia y Franco nos había quitado
tanto el escudo como los colores, pero el mito resistía y nos fascinaba.
Aún hoy, que jugamos en el campeonato regional y hemos sido olvidados
por todo el mundo. Sin embargo, en 1925 fuimos campeones de España.
Hicimos la revolución, estuvimos en la cárcel. Este ha sido
nuestro Júpiter».
Historias lejanas; de un fútbol diferente que predicaba el compromiso
y la justicia social y que hoy en día, quizás, haya dejado
de existir en verdad. Es en 1909 cuando dos chavales ingleses deciden fundar
el club. Poble Nou, a la orilla del mar, es el barrio libertario; fábricas,
establecimientos, calles obreras. La fe firmemente republicana y, no por
casualidad, los primeros socios son casi todos anarquistas. Como escudo se
adornan con la bandera del independentismo catalán: cinco rayas amarillas
y cuatro rojas, coronadas por la estrella azul de cinco puntas. «Después,
con el transcurrir de los años, las connotaciones políticas
se hicieron cada vez más marcadas – continúa Nacarino –
el club se afilió a la CNT, el sindicato revolucionario, y más
tarde al Socorro Rojo Internacional. También el número de socios
fue en aumento. En los años veinte eran ya más de 2000».
Cada domingo, el pequeño estadio de la calle Lope de Vega se llenaba
de mujeres y trabajadores. Las tribunas eran de madera y no siempre conseguían
acoger a todo el mundo.
En 1923 llega el Golpe de Miguel Primo de Rivera y también para el
“Júpiter” empieza la temporada de las persecuciones: «Tuvimos
que cambiar de nombre. El club pasó a llamarse “Hércules”.
Fue impuesto también un nuevo símbolo, más sobrio, y
coronado por una corona real. Muchos miembros del club fueron encarcelados,
otros continuaron luchando».
Dos años después, sorprendentemente, ganan el título
de Campeones de España; suena la Marcha Real, pero a los aficionados
les desagrada y empiezan a pitar. Estalla el escándalo; por respuesta,
el gobernador militar de Cataluña instiga una nueva oleada de detenciones,
castigando con seis meses de suspensión al club.
Son tiempos duros para el fútbol y para los trabajadores. En toda
Cataluña se desatan los pistoleros patronales; verdaderas bandas de
sicarios organizadas, pagadas por los empresarios. También la CNT
recurre a la lucha armada. Sus lideres son Durruti, Ascaso y Garcia Oliver:
«los Solidarios», un nombre que muy pronto entrará en
la leyenda. Huelgas, tiroteos y atentados acompañan cada concentración.
El “Júpiter”, desde luego, no se queda mirando: «El club daba
al movimiento gran parte de sus ganancias – explica el ex presidente, sin
esconder una orgullosa sonrisa – en breve espacio de tiempo el estadio se
transformó en un arsenal. Las pistolas eran desmontadas y escondidas
dentro de los balones cuando jugaban fuera de su campo. De esta manera, obreros,
futbolistas y anarquistas llevaron sus batallas uno al lado del otro».
Sólo la huida del rey y el advenimiento de la República conseguirán,
de algún modo, poner fin a la masacre.
Es 1931, el 25 de septiembre, el estadio del Poble Nou recibe a Francesc
Macià, líder de la izquierda catalana; viejo, con el pelo blanco,
también acababa de salir de la cárcel. La muchedumbre se aglomera
conmovida, mientras un fotógrafo improvisado inmortaliza el histórico
momento. Le toca al viejo combatiente devolver al equipo su antiguo escudo:
Cuatribarrado con la estrella azul. El mismo que la dictadura había
obligado a quitar.
De todos modos esto durará sólo algunos años. El 19
de julio de 1936 al amanecer, todo Poble Nou se despierta sobresaltado. Las
fábricas hacen sonar las sirenas y los obreros salen de prisa, mientras
por las calles se va difundiendo una impresionante noticia: Los militares
de Franco acaban de abandonar sus cuarteles. También en Barcelona
ha empezado la guerra civil. «Nuestros viejos se acuerdan muy
bien de ese día. La muchedumbre se dirigió al campo; todo el
mundo estaba presente, incluso algunos futbolistas. Hacía calor y
el terreno hervía de hombres. Las armas escaseaban, pero de repente
se empezó a cantar. Era una vieja melodía, el himno de la rebelión
de Asturias: “¡A las barricadas!”. Al final, los trabajadores recogieron
los fusiles y se alinearon ordenadamente, en el espacio entre las dos porterías.
Fue desde allí, desde el campo del Júpiter, de donde salieron
para hacer la revolución». No todos, sin embargo, consiguieron
volver. Para muchos, después de pocos meses, se abrirían otra
vez las puertas de la cárcel. Para otros las del exilio. La victoria
del fascismo significará, también para el “Júpiter”,
el principio del fin.
Hoy en día el equipo se entrena en la zona de La Verneda. Llegar allí,
desde el centro, resulta muy complicado; hay que coger el metro y después
caminar hasta las gradas de color gris que dan a las vías del ferrocarril.
El barrio se llama San Martí y cuando el club fue exiliado allí,
en los años cuarenta, no era nada más que un campo abierto.
En una salita, debajo de las tribunas, se apiñan decenas de trofeos.
Está la foto con Macià y, en un rincón, también
un polvoriento estandarte, cosido por las mujeres del barrio durante la época
de las rebeliones. «Tenemos que arreglar esto un poco», confiesa
un chico con un gorro blanco. Sus colegas, mientras, acaban de terminar de
jugar el partido. Están satisfechos, porque este domingo la jornada
ha transcurrido bien; han ganado 2-0 al Sitges, otro equipo de la Regional.
Muchos, mientras pasan, echan un vistazo a las viejas medallas. Los más
jóvenes sonríen; hay quien sueña con el Barça,
quien con el Real Madrid. Ellos también, de alguna manera, quieren
cambiar el mundo.