FUNDACIÓN

ANDREU NIN

Necesidad de una renovación del socialismo

Víctor Serge

Texto escrito en México (D.F.) en abril de 1944


Nada permanece estable en el mundo desde hace treinta años. La historia sólo permite una estabilidad aparente a los dogmas religiosos. Ni la ciencia ni la producción, ni los movimientos intelectuales ni los movimientos sociales pueden contentarse hoy ni con las mejores fórmulas de hace treinta años. O de hace 20 años... En lo que hace referencia al socialismo, que fue el idealismo más vivo de la sociedad capitalista y la concepción más audaz de las clases interesadas en la transformación de la sociedad, es evidente que sólo podrá revivir al precio de un rearme ideológico, de una renovación, en resumen, de un vasto
esfuerzo dinámico de investigación y de creación. Que semejante esfuerzo será realizado y dará pronto nacimiento a  nuevos movimientos influyentes, lo doy por más que probable. La pobreza del socialismo tradicional coincide en realidad con la inmensa crisis revolucionaria del mundo moderno, que pone forzosamente -es decir independientemente de la acción del socialismo- al orden del día de la humanidad entera el problema de una reorganización social orientada hacia lo racional y lo justo.

Sin tratarse de un movimiento filosófico (ya que la transformación de la sociedad es siempre obra del pensamiento práctico), el socialismo es una filosofía que puede ser definida en dos palabras: materialismo y dialéctica. Después de Marx, Engels, Bakunin y Kropotkin, la misma concepción de la materia ha sido transformada; la dialéctica se nos presenta hoy como un excelente método del pensamiento práctico (Engels y Lenin veían en ella la ley fundamental del desarrollo mismo de la naturaleza). En cambio, apenas si existía la psicología en los días de la formación del socialismo; en la actualidad, ningún estudio de los hechos sociales puede prescindir de ella.

La lucha de clases ha perdido su esquematismo del siglo pasado. El patrono ha dejado su lugar al accionista y al magnate del trust; o al funcionario del Estado totalitario. El proletariado se divide en aristocracia obrera y en subproletariado de obreros parados y de obreros no cualificados. Las viejas clases medias disgregadas han dado lugar a una capa social cuya importancia en la producción aumenta diariamente: la de los administradores y de los técnicos. Las profesiones liberales del pasado siglo pierden gran parte de su importancia mientras que una nueva “inteligentzia”se desarrolla; ha pasado el tiempo de los abogados y de los periodistas, pero el economista, el psicólogo, el pedagogo, adquieren una nueva importancia. Burocracias gobernantes han irrumpido en la sociedad rompiendo los moldes de las viejas clases y reclutándose entre todas ellas. Las clases sociales han cambiado de composición, de función, de estructura; y la relación de fuerzas entre ellas ha sido profundamente modificada.

La alternativa de ayer: capitalismo o socialismo, está superada. Terceras soluciones, no previstas por nadie, se han impuesto. La URSS no es ni un país capitalista ni un país socialista; el III Reich ha dejado de ser un país capitalista en el sentido tradicional de la palabra: todos los que han estudiado a fondo el sistema nazi están conformes con esto. Las luchas sociales de hoy nos e libran ya en el terreno del mercado libre sino en el de las economías dirigidas, cada día más íntegramente.

La concepción tradicional según la cual la burguesía y el proletariado eran las únicas clases de una importancia decisiva, debiendo las clases medias seguir a la una o a la otra, ha sido desmentida por historia. Las clases medias han tenido en la formación de los regímenes totalitarios un papel de primera importancia; y han ejercido sobre los frentes populares por lo menos igual sino superior a la de la clase obrera.

La ideología socialista de ayer y de anteayer concebía al colectivismo como algo incompatible con la explotación del trabajo. Y hemos podido constatar con amargura que la propiedad colectiva de los medios de producción puede ser la base de nuevos regímenes de explotación (URSS) por no decir de una nueva esclavitud. Colectivismo y socialismo han dejado de ser dos palabras sinónimas. La definición del socialismo tiende a poner el acento más que sobre la organización económica, sobre la organización política y jurídica, es decir sobre los derechos de los hombres (problema de la libertad).

La misma realización del socialismo aparecía en el pasado como debiendo ser el resultado de una revolución proletaria. Era "la misión histórica de la clase obrera". Que las clases obreras sean uno de los factores esenciales de la transformación social en curso nos parece algo incontestable (y conviene subrayar a este respecto que uno de los verdaderos fines de la guerra mundial es el de determinar un nuevo régimen de trabajo); pero  también aparece como algo evidente que el desarrollo mismo de la producción industrial tiende a la abolición de la propiedad privada, a la racionalización planificada (colectivismo) determinando una serie de acontecimientos de una amplitud tal (la guerra mundial y los elementos de guerra civil que ella implica) que la reorganización del mundo se pone claramente al orden del día. En relación con este hecho los problemas de la "toma del poder por la clase obrera" se presentan bajo un aspecto totalmente diferente. El establecimiento de nuevos regímenes responde imperativamente a los intereses de las masas humanas, mucho más amplias que las masas obreras; ninguna nueva estructura social puede ser concebida sin que los técnicos y los intelectuales jueguen en ella una de las funciones principales.

Los mismos términos del vocabulario teórico de ayer son inaplicables para las realidades de hoy. El imperialismo definido por Hobson, Hilferding y Lenin no sirve para definir la tendencia a la expansión territorial del colectivismo burocrático estaliniano. De la misma manera que la definición de la guerra de 1914-18 , "guerra imperialista", en su justa simplicidad, no puede aplicarse ya a la actual guerra mundial, que enfrenta regímenes sociales de estructura diferente sobre un fondo de transformación general de la economía, mezclando los factores imperialistas con elementos contradictorios de guerra civil; y que tiende con fuerza a una reorganización del mundo, sobre otras bases que las del capitalismo y del imperialismo.

El peligro es grande para el movimiento socialista que representa la conciencia más clara de las necesidades históricas y de las necesidades del hombre moderno. El peligro está en permanecer esclavo de las viejas palabras en una época en que
la realidad impone brutalmente, por el pensamiento y la acción eficaz, el reconocimiento de hechos nuevos y la necesidad de un impulso creador.
 
 
 
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