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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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En cada viaje por estas tierras mexicanas, novedosas para mí y tan llenas de sorpresas, encuentro esta sensación, potente como el contacto directo con la verdad primordial, de la unidad y de la diversidad del mundo. Un destino, dominado por grandes luchas, ya me ha dado muchas patrias: Bélgica, Francia, la URSS y me colma ahora haciéndome conocer México. El hombre de este tiempo tiene tantos hermanos por todas partes aquí abajo, tantas tierras instantáneamente en las nuevas caras más lejanas. En el tren que nos conduce a Guadalajara en fiesta, pensamos, a través de los paisajes del sol, en las batallas que se desarrollan en las nieves de Rusia, en la defensa de Singapur, en la Grecia hambrienta, en los pueblos de Alemania e Italia, conducidos por la tiranía, con una prodigiosa energía, hacia la derrota, la desesperación y el renacimiento... El mismo nombre de Guadalajara tiene para nosotros una doble significación.
Sabíamos, en Europa, que es el de una ciudad feliz de México, fundada hace cuatro siglos por hijos ausentes de una vieja ciudad española que descansa al pie de España; a principios de 1937 se convirtió para nosotros en la más querida de todas, debido a una deslumbrante victoria de los hombres libres en contra de la servidumbre. Milicianos revolucionarios y aviadores soviéticos libraron una extraña batalla contra las divisiones blindadas italianas, a las que inflingieron una derrota total. Fue la primera victoria de la aviación sobre los tanques y de las milicias sobre el rebaño superiormente armado de un estado totalitario. Por primera vez en tierras de Guadalajara, los italianos evidenciaron que no estaban decididos a luchar a favor de la servidumbre. Por un tiempo vivimos bajo la ilusión de que la URSS iba a salvar realmente en España a una democracia nueva. Las batallas de Europa continúan. La antigua Guadalajara sufre hoy día el terror y el hambre, pero también espera, espera con los dientes apretados, lo sabemos. Nosotros vamos a descubrir, confiando en nuestra intimidad en igual espera, la Guadalajara de México, que festeja la juventud de sus cuatrocientos años.
El paisaje mexicano me es familiar como si lo conociera mucho tiempo atrás, con aspectos repentinos de una originalidad única: se debe a que conozco Rusia. La planicie de los valles, extendida entre montañas azules, me hace pensar en las estepas. El viejo indio en cuclillas, envuelto en su sarape, me da la impresión de ser como un hermano del mujik barbudo vestido con cuero de carnero como los seytas, igualmente acurrucados en las orillas de un camino de Rusia. Pero la planta peculiar del paisaje mexicano es única. El cactus, el maguey, expresa una energía vital organizada para resistir la aridez, la fuerza del sol calcinante, el ataque de los animales, y sus siluetas producen una belleza singular. Las escasas ciudades color de tierra evocan nuestros techos de paja y nuestras casas de campesinos, hechas de madera negra, igualmente color de tierra. Desde la puerta del hospicio Guadalajara extendí la mirada para contemplar la ciudad y experimente una grata sorpresa. La calle, ancha, enmarcada por habitaciones bajas, de colores alegres, y que sube hasta las iglesias de estilo barroco rodeadas de arboledas me recordó, de manera impresionante, a la vez ciertos rincones de Moscú y la visión que guardo de Kursk. No se trata solamente de semejanzas exteriores; corresponden a similitudes profundas, a parentescos inequívocos. México, Rusia: países de vieja civilización agrícola con un antiguo pasado cultural; aquí las culturas indias, probablemente ligadas a Asia por Oceanía, allá la cultura helénica-seyta ciertamente vinculada a la civilización del reino del norte de Asia. Sobre este fondo inalterable, la aportación de la Europa cristiana, enriquecida a su vez por la civilización árabe. Penetra en Rusia por el caucaso, por Persia, con las caravanas que llegan del Asia central; penetra profundamente en España y, a través de la conquista española, se evidencia también en las industrias y en las artes de México. Aquí y allá las iglesias son lo mas a menudo de ese estilo barroco que los jesuitas hicieron prevalecer en el siglo XVII, pero en México algunas fachadas denotan una influencia netamente morisca y detalles de escultura traducen al alma india.
Hace mucho bien llegarse a dar cuenta de esta manera de la unidad del
mundo de un extremo a otro de los continentes, pues la conciencia de este
hecho exige, a pesar de todas las matanzas, la necesidad de la fraternidad
humana.
Olvidemos por un momento, el recuerdo obsesionante de las ciudades bombardeadas y tan sufridas de Europa, sumergidas por la noche en las peligrosas tinieblas. Olvidémonos de pensar en las ciudades destruidas de Rusia, donde todo un pueblo muere de hambre en medio de las ruinas. Será necesario para rehacer el mundo una inmensa buena voluntad, un ardiente pensamiento revolucionario, un sentimiento exaltado, lucido, inexorable, de la justicia. Todo esto Guadalajara lo muestra cordialmente gracias a la obra de José Clemente Orozco. La ciudad agrega las joyas de su pasado a sus colecciones de arte indígena, esta obra tan actual que parece completamente de mañana, tan revolucionaria que adquiere una significación universal, tan profundamente mexicana que llega a ser simplemente humana... (Me han asegurado de José Clemente Orozco ha introducido, en un fresco potente, la caricatura de un hombre a quien yo admiro entre todos, y que ha glorificado en otro a un político a quien yo nunca jamás sabría admirar... Pero su obra es tan vasta y fuerte que tales perjuicios, en los que veo algo de ceguera, no llegan a disminuir su valor. Evidentemente, el porvenir los ignorara). Se atraviesa el gran portal tallado del palacio gubernamental, se entra al patio, se llega a la gran escalera, se levanta la cabeza y se ve por encima de la vida cotidiana que sube y desciende con sus pequeñas preocupaciones toda una batalla de titanes desencadenada en altos muros y en la bóveda. El viejo Hidalgo de la independencia la domina, con su intensa mirada de visionario, sus cabellos blancos, su espada de fuego. La utilización de la bóveda para dar cabida a este retrato simbólico ya constituye un admirable acierto. A ambos lados de la escalera formas humanas suben, se entrelazan, llaman, luchan; el gigante Hidalgo emerge de este caos como un Lenin. Nada de lo que el encarna esta muerto; pienso en los hombres que, como él, se levantaran mañana, en grandes grupos, en las tierras de Europa, blandiendo la misma espada de fuego...
Los frescos del hospicio tienen otra intensidad de vida. Faltos de igualdad, con fragmentos engañosos, con audacias de técnica y con insuficiencias incontestables, constituyen un conjunto tan rico que aplasta... Uno se siente agobiado, entre estas paredes, bajo estas bóvedas, por ideas en marcha, por sufrimientos siempre renovados, por una bondad terrible, por una crueldad infernal. El artista ha querido abrazar toda la vida de un país y de un largo momento de la historia. Los cuatro caballos del Apocalipsis se encabriolan en las nubes, pero por encima de ellos, mas temible, la bestia infernal de la industria moderna, caballo y caballero hechos de maquinas modernas, se abalanzan... Una rueda de fuego gira sola sobre tierras grises colmadas de hombres y maquinas... Inquisidores atormentan al herético: Unos franciscanos enseñan; hay figuras sentadas, tan admirables, en los ángulos superiores de los muros, que parecen esculpidas con la firmeza de los bronces de Donatello. Alrededor de esta nave llena de visiones se extienden losa corredores cuadrados del hospicio, el vasto patio pleno de arcos, otros patios en los que juegan los niños por entre las flores. Y la cercanía de los niños, la paz de los corredores, la vieja arquitectura de gran convento aireado, se le agregan al acento de implacable verdad de la obra de arte.
El fresco y la bóveda del gran salón de la Universidad
alcanzan también igual expresión, pero con otro valor; hay
en el ángulo izquierdo, en la parte baja del fresco, una batalla
de textos, con una cabeza de Marx con anteojos y libros mezclados con cuchillos.
Aquello es audaz, en una sala de estudios universitarios y ni la Sorbona
ni las universidades de Oxford y de Cambridge aceptarían. Hay que
reconocer francamente el agradecimiento a Guadalajara, ciudad que cuenta
con la única universidad del mundo en la que sus paredes registran
tantos clamores provenientes de las luchas sociales. Es lamentable no encontrar
en Guadalajara algún fresco de Diego Rivera, a fin de que la representación
del arte mexicano se encuentre completa. Es fácil darse cuenta de
cuanto la Revolución Mexicana ha suministrado al dominio del arte;
una renovación ejemplar. Por el momento, en este dominio, ha adquirido
indiscutible supremacía sobre la Revolución Rusa, que de
la pintura burguesa y del arte religioso ha pasado al arte dirigido por
los servicios de propaganda de un comité central, lo mismo que al
pensamiento dirigido, es decir, a la asfixia de toda mentalidad libre.
(Naturalmente, hay muy buenos artistas en la URSS, pero el arte oficial,
el único que puede vivir, impone la repetición inacabable
del retrato del jefe). Algunas vitrinas de los mercaderes de los Campos
Elíseos de Paris me hicieron comprender, no hace mucho, de toda
la decadencia de la pintura burguesa de forma definitiva. Veía
paisajes perfectos, perfectamente enmarcados; desnudos deliciosos, naturalezas
muertas armoniosas. Todo aquello era encantador, muy bien hecho, pero yo
me preguntaba, que es lo que le faltaba a esa pintura de salones, de comedores,
de departamentos lujosos. ¿Qué le faltaba? Sencillamente
la vida, la vida en verdad, la vida grande de los hombres que sufren, en
marcha, en masa. Arte anémico, arte egoísta, arte perfecto
para algunos que solo se ocupan de ellos mismos; este arte tiene su valor
y él podría ser grande si estuviere vivificado por el otro,
pero aislado se extingue, pierde su sabor, a duras penas puede producir
una alegría visual pasajera. Los Diego Rivera y los Clemente Orozco
han vuelto a encontrar algo de esencial como el corazón de la tragedia
griega: es la suya una pintura que clama por todos los hombres, en nombre
de todos los hombres. Y ellos han podido realizar tal encuentro porque
su pueblo estaba en marcha y les ofrecía, con los muros de sus edificios,
todos sus sufrimientos y todas sus esperanzas. Gracias a estos pintores
de grandes frescos, Guadalajara y México son hoy día verdaderas
capitales del arte, y mas aun, creo yo, del arte futuro, que del arte moderno.
Gracias a ellos, se han abierto los caminos para la renovación de
la pintura. ¿Qué artistas visionarios, recomenzando la labor
del Miguen Ángel de la Sixtina, pintaran un día los frescos
de la Europa en alumbramiento del porvenir? Será menester que aquellos
artistas vengan primero a México a contemplar, para aprender, el
vigoroso trabajo de Rivera y de Orozco
Una noche, en el teatro degollado, figuras de los frescos (de los de Rivera) se animaron de repente a una sala entusiasta y fueron simplemente gentes de este país, con sus instrumentos de cuerda, tal como tocan y cantan por las calles; fueron los mariachis, de quienes aun no conocía ni la música ni el canto, vivientes entre todos. En medio de ellos, una mujer erguida y esbelta canta su canto, alcanzando inmediatamente las notas mas vibrantes, entonando en ciertos instantes solo un grito de alegría y energía. El arte muy simple de Lucha Reyes me pareció inseparable de todo lo que acababa de descubrir: Inseparable del trabajo del alfarero, de la paz luminosa de las calles de Tlaquepaque, de la muchedumbre en las plazas, del dinamismo de los frescos, del fino perfil tenso de una Isabel Corona, del maravilloso trabajo de los vidrieros que con la fuerza de sus pulmones dan forma al vidrio incandescente...
Este contacto con Guadalajara me ha servido para apreciar la extraordinaria
unidad de estilo que liga a las ciudades, a los seres, a las obras con
una gran vitalidad a la vez anciana, joven y profunda. Este país
puede esperarlo todo de si mismo y un día tendrá mucho enormemente
tal vez, que dar a otros.