FUNDACIÓN

ANDREU NIN


Carta  a  “Acción  Comunista”: Leon   Trotsky  y  Andres   Nin

Wilebaldo Solano


                                      
Estimados camaradas:

Os felicito muy sinceramente por haber consagrado una buena parte del número 3 de "«Acción Comunista» a defender la obra y la personalidad de León Trotsky, uno de los revolucionarios más ilustres de todos los tiempos y, sin duda alguna, el más calumniado en el curso de los últimos cuarenta años.

La defensa de León Trotsky es más fácil hoy que años atrás. Hasta en la propia U.R.S.S. se habla ya de su  «rehabilitación». Y en ciertos medios pequeñoburgueses del mundo capitalista asistimos actualmente a diversas iniciativas tendientes a canonizar al gran revolucionario, al objeto de hacerlo inofensivo. Pero en este dominio, como en tantos otros, en España estamos con retraso. El aparato dirigente del Partido Comunista español sigue oponiendo una firme resistencia a la corriente de «desestalinización» y continúa difundiendo una literatura del más puro estilo stalinista, en la que abundan las calumnias contra Trotsky y, naturalmente, contra el P.O.U.M.

Esta situación, agravada por el formidable obstáculo a la difusión de la literatura revolucionaria que representa la dictadura franquista, impone graves responsabilidades a los comunistas y socialistas auténticos, a todos los que quieren acabar con el oscurantismo en el movimiento obrero y aportar su contribución al renacimiento del marxismo en España.

La nueva generación revolucionaria española se desenvuelve en medio de tremendas dificultades. En una época en que los problemas de la lucha de clases y de la política proletaria son más complejos que nunca, el simple acceso a las fuentes más elementales de información no es nada fácil para los jóvenes revolucionarios de hoy. Por otra parte, éstos desean fervientemente que se les ofrezcan concepciones precisas y perspectivas claras.

Según tengo entendido, «Acción Comunista» ha nacido para luchar contra el confusionismo imperante en el movimiento obrero español, y sobre todo entre los elementos más avanzados de la nueva generación. Si es así - y no lo pongo en duda un solo instante -, esto le obliga a proceder con mayor rigor que otras publicaciones y a evitar las improvisaciones y las ligerezas.

Con la franqueza que se merecen los compañeros de «Acción Comunista» les diré que me han sorprendido mucho algunos juicios formulados por Jesús Santos en su artículo «León Trotsky, el gran tabú», y la publicación de  “Los ultraizquierdistas en general y los incurables en particular” sin la menor nota explicativa.

Coincido con el camarada Jesús Santos en que Trotsky no era infalible. (¿Hay alguien infalible para los marxistas?) Pero encuentro francamente ligero decir, por ejemplo, que “las concepciones de tipo clásico bolchevique limitaron su comprensión (la de Trotsky) de determinados aspectos peculiares de la revolución China”. Jesús Santos pasa por alto tranquilamente toda la discusión sobre la cuestión china en la Internacional Comunista y no tiene en cuenta que la política de Stalin en China, combatida por Trotsky y la Oposición de izquierda, se saldó por una verdadera catástrofe. En efecto, el fracaso de la Revolución China de 1926-27 tuvo consecuencias desastrosas en la U.R.S.S. y en el movimiento comunista internacional.

Al final de su artículo, Jesús Santos dice que «será necesario ir más allá y «superar» en cierto modo el pensamiento de Trotsky (como el de Lenin y sus contemporáneos)”.  Jesús Santos no hace más que repetir, extendiéndolo a Lenin y sus contemporáneos, lo que escribió hace algún tiempo Jorge Semprún en «Le Nouvel Observateur». Pero lo que en Semprún constituía casi un mérito, dada la posición política que ocupaba en aquel momento, en Jesús Santos resulta desconcertante. Sí, ya sé que Santos habla a continuación de «asimilar críticamente» el pensamiento de Trotsky, lo que me parece mucho más justo.

Pero entonces, ¿ a qué viene ese «SUPERAR», además entre comillas. en esta época en que, bajo el pretexto de «superar», tantos sociólogos y seudosociólogos deslumbrados por eso que llaman el «neocapitalismo» tratan de meternos toda clase de mercancías averiadas, incluso utilizando una parte del vocabulario marxista ?

Pero vayamos a lo más importante. La reproducción del artículo de Trotsky titulado «los ultraizquierdistas en general y los incurables en particular» sin la menor nota que aclare en qué condiciones fue escrito y a qué se refería concretamente no puede servir más que para aumentar la confusión en un dominio oscuro, poco conocido : la posición de Trotsky ante la Revolución Española y sus diferencias con el P.O.U.M.

León Trotsky escribió bastante sobre nuestro país y muchos de sus artículos y cartas siguen teniendo, pese al tiempo transcurrido y a los cambios que se han producido en España y en el movimiento obrero español en estos últimos treinta años, un evidente interés. Incluso algunos de los más críticos - y más injustos - para con el P.O.U.M. Desgraciadamente, no sucede así con «Los ultraizquierdistas en general y los incurables en particular».

En realidad, el artículo de referencia es de pura polémica interna. Trotsky polemiza con los trotskistas y no con Nin y el P.O.U.M. Estos últimos sirven simplemente de pretexto. En aquella época (1937-1938), el movimiento trotskista estaba dividido, como lo está hoy, por desgracia, en diversos grupos. Ciertos militantes trotskistas, los « ultraizquierdistas », sostenían que la guerra civil española se había transformado en una guerra imperialista y que, por lo tanto, la lucha militar contra Franco no tenía el menor sentido. Era una posición grotesca e indefendible, tan grotesca y tan indefendible como la de los que hoy afirman que la dictadura franquista ya no tiene la menor importancia y que el problema es la « lucha contra el neocapitalismo ». Otros militantes trotskistas o próximos a la IV Internacional decían que el único partido marxista revolucionario de España era el P.O.U.M., que había que partir de esa realidad, gustara o no gustara, y que, por lo tanto, la IV Internacional tenía que apoyar al P.O.U.M. con todas sus consecuencias. Entre ellos figuraban los camaradas Weerecken y Sneevliet, este último dirigente del Partido Socialista Revolucionario de Holanda, la organización marxista más importante de Europa después del P.O.U.M. Y había, finalmente, los que eran más poumistas que el P.O.U.M., entre los que figuraban no pocos trotskistas disidentes, como actualmente hay entre los jóvenes españoles elementos más castristas que Castro o más «chinos» que Mao Tse-tung.

Para comprender esta situación hay que tener en cuenta lo que el P.O.U.M. representaba en los años 1936-39. El P.O.U.M. no era una pequeña secta, sino un gran partido, con una influencia importante entre las masas trabajadoras, sobre todo en Cataluña y Levante. Y el P.O.U.M. se había levantado en plena Revolución Española contra el « frentepopulismo » que en aquellos años desvió a la clase trabajadora de Europa Occidental de toda perspectiva socialista. Estos factores, y la formidable irradiación de la Revolución Española en una época de ascenso fascista, determinaron que alrededor del P.O.U.M. se agruparan, internacionalmente, casi todas las fuerzas socialistas y comunistas independientes del mundo, desde la izquierda socialista francesa (Marceau Pivert) y el Partido Laborista independiente de Inglaterra hasta el Partido Socialista Revolucionario de Holanda, pasando por la Oposición Comunista Internacional de Brandler-Lowestone y el Partido Socialista Alemán (S.A.P.) de Walcher y Willy Brandt. Y no sólo ésto : que algunas de estas fuerzas lanzaran incluso la idea de crear una nueva Internacional que tuviera como eje el P.O.U.M.

Tengo la impresión de que esta situación complicó las relaciones del P.O.U.M. con la IV Internacional y dio lugar a ciertas actitudes de Trotsky con respecto a nuestro Partido que, a mi modo de ver, como al de muchos de mis compañeros, fueron sectarias e injustas. Con el tiempo, muchos camaradas trotskistas de diversos países han llegado a la misma conclusión, sobre todo los que han tenido la posibilidad de estudiar a fondo la Revolución Española o de conocer más de cerca, en la emigración, al P.O.U.M. y a sus militantes.

Al decir todo esto, no pretendo, en manera alguna, eludir lo que me parece esencial: las diferencias de Trotsky con el P.O.U.M. durante la Revolución Española. No quiero extenderme demasiado sobre este particular porque es un tema que pienso abordar pronto en otro lugar, con más calma y más tiempo. Pero, de todas las maneras, me parece indispensable precisar algunas cosas.

Sí, hubo diferencias entre Trotsky y el P.O.U.M. La primera, la que abrió un largo capítulo de incomprensiones y de equívocos que hoy tiene simplemente un interés histórico, se produjo en el momento mismo de la creación de nuestro Partido. Trotsky quería aplicar en España una táctica que consistía en ingresar en los Partidos Socialistas para animar o reforzar, según los casos, las tendencias de izquierda. Vale la pena consignar que en aquel momento -¡ nadie lo diría ! - Santiago Carrillo, uno de los dirigentes de las Juventudes Socialistas, tenía la misma posición. Carrillo, que al propio tiempo era partidario de la IV Internacional (supongo que hoy no le crearemos el menor problema al recordarlo) escribió dos artículos en «La Batalla» en los que sostuvo la tesis de que el Bloque Obrero y Campesino y la Izquierda Comunista debían ingresar en el Partido Socialista. Salvo rarísimas excepciones, los militantes de ambas organizaciones se opusieron a las posiciones de Trotsky (y de Carrillo) y se pronunciaron por la creación de un partido marxista revolucionario independiente, el P.O.U.M., partiendo del punto de vista de que la aceleración del proceso revolucionario exigía algo más serio que una simple maniobra táctica y aleatoria.

La táctica de Trotsky no dió resultados en los países en que fue aplicada, y principalmente en Francia y en los Estados Unidos. Creo que tampoco los hubiera dado en España. La experiencia del P.O.U.M. fue mucho más positiva, entre otras razones porque reunió en un partido de nuevo tipo, joven, combativo y audaz, a los elementos más valiosos del marxismo revolucionario, evitando esa dispersión en sectas estériles que hemos visto en el curso de estos últimos treinta años en varios países de Europa Occidental y de América, dispersión que no permitió - y que no permite tampoco hoy, en mejores condiciones - contrarrestar eficazmente la influencia nefasta del stalinismo.

La segunda diferencia importante fue la cuestión de la Internacional. Después de la derrota de la clase obrera alemana, Trotsky lanzó la idea de fundar una nueva Internacional. Ya antes de la creación del P.O.U.M., los militantes del B.O.C. y de la I.C. consideraron que no se daban todavía las condiciones para crear una nueva Internacional y que la simple transformación de la Oposición Comunista de Izquierda en IV Internacional no era la solución del problema de la Internacional revolucionaria. La experiencia de este último cuarto de siglo y la situación actual del movimiento trotskista, más dividido que nunca, prueban que nuestro punto de vista tenía más sentido de lo que parecía..

Estas diferencias, y las circunstancias enumeradas más arriba en lo que respecta al papel internacional del P.O.U.M., falsearon las relaciones de nuestro Partido con el movimiento trotskista internacional y con el propio León Trotsky. Y a partir de la creación del P.O.U.M. asistimos a un fenómeno sorprendente: Trotsky, que desde 1930 había seguido casi al día, con un interés apasionado, como lo prueban sus numerosos artículos y cartas (la mayor parte de ellos traducidos y publicados por Andrés Nin en la revista «Comunismo»), consagró mucha menos atención a la Revolución Española de 1936-39. Y, sin duda, mal informado por sus representantes en España (la mayor parte de los cuales, por cierto, no tardaron en romper con el movimiento trotskista), no llegó a comprender nunca lo que era y lo que representaba exactamente el P.O.U.M. Basta con leer su ensayo «España, última advertencia» para darse cuenta de ello.

¿Quiere decir esto que las críticas de Trotsky no tenían fundamento alguno y que el P.O.U.M. no cometió errores? En manera alguna. El P.O.U.M., como todo partido con una influencia real en los acontecimientos, cometió faltas y errores. Nadie lo sabe mejor que sus propios militantes, que los sufrieron en su propia carne. La participación en el gobierno de la Generalidad de Cataluña fue criticada en el seno de nuestro Partido mucho antes de que la censurara Trotsky. El papel del Partido en las Jornadas de Mayo fue sometido a una severa crítica en las asambleas de militantes y en los organismos dirigentes. E incluso hechos que Trotsky nunca censuró y que algunos militantes trotskistas elevaron a la categoría de acontecimientos sensacionales - como la creación y la estructura del Comité de Milicias de Cataluña - fueron duramente criticados por los militantes del P.O.U.M. y de la J.C.I.

Ahora bien, estas críticas, hechas lealmente, entre camaradas de una misma organización empeñados en una lucha formidable, no dieron lugar a rupturas y escisiones. El Partido permaneció unido y trató de superar, en circunstancias cada vez más difíciles, sus errores y sus faltas. ¿ Por qué ? Por una razón muy sencilla : porque esas faltas y esos errores no hicieron dudar jamás a nadie de la integridad revolucionaria de Andrés Nin y de la fidelidad del Partido a las concepciones básicas del marxismo revolucionario y a su interpretación del carácter de la Revolución Española.

Andrés Nin entró en el gobierno de la Generalidad porque él mismo, y los que defendían sus puntos de vista, temieron el aislamiento y creyeron, como escribió Kurt Landau (cito esta referencia porque es la única que tengo a mano en este momento) que «el Consejo de la Generalidad representaba un tipo original, aunque no duradero, de régimen de transición revolucionaria». Precisando más la cosas, Kurt Landau escribía : «El Consejo de la Generalidad presenta una mezcla de órganos de gobierno burgués y de órganos de dualidad de poder. Pero semejante combinación no puede ser duradera. O bien las fuerzas revolucionarias tomarán el poder, o bien las fuerzas de las cuales el stalinismo catalán es el portavoz desplazarán de la Generalidad a los elementos "molestos" del doble poder.»

Andrés Nin era el principal elemento «molesto» del doble poder, para emplear la expresión de Landau. Por eso fue desplazado. Porque encarnaba lo mejor del espíritu de la Revolución. Si Nin y el P.O.U.M. se hubieran plegado a las exigencias de la pequeña burguesía y del stalinismo, la evolución de las cosas hubiese sido muy distinta. Pero antes, durante y después de su participación en el Consejo de la Generalidad, Andrés Nin proclamó en todo momento lo que recuerda Trotsky en el artículo reproducido en «Acción Comunista» : «La lucha que comienza no es la lucha entre la democracia burguesa y el fascismo, como piensan algunos, sino la lucha entre el fascismo y el socialismo.»

Permitidme ahora, antes de terminar, que recuerde algo que me concierne más personalmente. En estos últimos años, en diversas publicaciones, se ha tratado de oponer mecánicamente las posiciones de Andrés Nin, que eran las de la mayoría del Partido, a las de la Juventud Comunista Ibérica, organización de la que fui secretario general. Los que han procedido así se han basado en los documentos políticos de la J.C.I. y en artículos de los semanarios «Juventud Comunista» y «Juventud Obrera». Pero, en realidad, no han comprendido el fondo del problema.

La J.C.I. era una organización más homogénea que el P.O.U.M. Por eso sin duda no conoció ciertas dificultades que tuvo el Partido. Además, por ser una organización juvenil, tuvo la posibilidad de trabajar en un terreno en el que los intereses políticos mezquinos y las posiciones oportunistas pesaban mucho menos. De ahí que en ciertos momentos pudiera alcanzar resultados que nunca alcanzó el P.O.U.M. El más importante de todos ellos fue la constitución del Frente de la Juventud Revolucionaria de Cataluña, frente que estuvo a punto de extenderse a toda España y que durante unas semanas marcó la ruta del poder de los trabajadores.

El Frente de la Juventud Revolucionaria, formado por la Juventud Comunista Ibérica, las Juventudes Libertarias y otras organizaciones menos importantes, se presentó ante los trabajadores en Marzo de 1937, en un gran mitin que se celebró en la Plaza de Cataluña de Barcelona, ante 50.000 personas, y que fue retransmitido por Radio a toda España. El acontecimiento inquietó gravemente al representante de Stalin en Barcelona, a los dirigentes stalinistas del P.S.U.C. y a todas las fuerzas burguesas. En efecto, podía haber sido el prefacio de una alianza efectiva de todas las fuerzas obreras revolucionarias y marcar un viraje fundamental en el curso de la Revolución.

Pues bien, recuerdo que la víspera del acto fui a ver a Nin con el esquema del
discurso que pensaba pronunciar. Nin lo aprobó enteramente y me dijo poco más o menos esto: «Como los anarquistas se perderán seguramente en divagaciones, insiste sobre el programa y sobre el problema del poder. El mitin de mañana tiene una importancia enorme. Habéis trabajado muy bien. Pero tú sabes que para el Partido no es tan fácil llegar a un resultado semejante.» Pese a mi entusiasmo juvenil, las palabras de Nin me parecieron justas. Me quejé, claro está, de que el Partido no hiciera ciertas cosas, como nos quejábamos todos los militantes de la J.C.I. Pero el programa que yo defendí en el mitin histórico de la Plaza de Cataluña era el de Andrés Nin, era el del P.O.U.M.

Este año vamos a conmemorar el XXX aniversario de la Revolución Española del 36. Sin descuidar los problemas del presente, que son en fin de cuentas los más importantes, quizá sea una buena ocasión para realizar ese “balance crítico”  de la Revolución Española y de la derrota de 1939  que sugirieron los camaradas de  “Acción Comunista”. El tiempo transcurrido, los resultados de la experiencia stalinista y el renacimiento del movimiento obrero y del socialismo en España nos colocan quizás en excelentes condiciones para sacar al fin las lecciones de la lucha más heroica que ha reñido el proletariado español contra las fuerzas reaccionarias y por el socialismo. Pero ese balance crítico tiene que englobar todos los problemas y todas las fuerzas en juego.

En la perspectiva histórica, las diferencias entre León Trotsky y Andrés Nin no tienen una importancia considerable. Sería un error ignorarlas; pero resultaría absurdo dramatizarlas. Al fin y al cabo, nadie ha hecho ni hará seguramente tanto como Andrés Nin para dar a conocer la personalidad y el pensamiento de Trotsky. Ahora mismo, publicar a Trotsky en castellano quiere decir publicar las excelentes traducciones que hizo Nin, traducciones en las que puso no solamente todo su talento, sino también todo su entusiasmo de escritor militante y toda su simpatía hacia el jefe glorioso de Octubre.

Pero a la hora de hacer el balance, no basta con esto. Jesús Hernández nos ha relatado en qué condiciones murió Andrés Nin,  “por la misma mano que en Rusia había exterminado físicamente a toda la vieja guardia bolchevique”. Sus verdugos, sabiéndole enfermo, le torturaron bárbaramente. Esperaban arrancarle una “confesión” que comprometiera al P.O.U.M., a los dirigentes bolcheviques rusos y al propio Trotsky. Pero, como dice Jesús Hernández,  “Nin resistía increíblemente. En él no se daban los síntomas de ese desplome moral y físico que llevó a algunos de los más destacados colaboradores de Lenin a la inaudita claudicación de la voluntad y firmeza revolucionarias...”

Andrés Nin murió, inflexible ante sus verdugos. El, militante profundamente catalán, que amaba apasionadamente la tierra, la lengua y el pueblo de Cataluña, no olvidó en las horas supremas que era ante todo y sobre todo un revolucionario internacionalista, ligado por mil lazos al proletariado ruso y a los jefes de Octubre. Nin sabía sin duda que al morir salvaba no solamente el honor revolucionario de su partido, del partido más avanzado del proletariado español, sino también el honor de la vieja guardia bolchevique y, por tanto, el de León Trotsky, víctima de una campaña de calumnias sin precedentes en la Historia, y que iba a morir poco tiempo después a manos de otro verdugo de la policía de Stalin.   

Trotsky, como todos los hombres excepcionales, tenía su orgullo y sus pasiones. No sabemos si comprendió toda la importancia política y moral del sacrificio de Andrés Nin. También escribió poco sobre el particular. Pero suponemos que sí. Era demasiado clarividente para no comprenderlo. Por algo en uno de sus últimos artículos sobre la Revolución Española - y creemos que no fue en un momento de debilidad o de excesiva lucidez - dijo que el P.O.U.M. era «la organización política más honesta de España».

Con mis excusas por la longitud de esta carta y mis más cordiales saludos revolucionarios.


Paris,1 abril 1966


  Edición digital de la Fundación Andreu Nin, septiembre 2006 

 
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