FUNDACIÓN

ANDREU NIN


Prólogo a La era de la revolución permanente

Enrique Tierno Galván

   
   No es posible en unas páginas, ni es mi propósito en esta ocasión, hacer un resumen, ni siquiera un bosquejo, del pensamiento político de Trotsky. No obstante sí es posible y conveniente el plantear los problemas principales que inquietaron a una de las cabezas revolucionarias de mayor finura y complejidad en la concepción de la historia de Occidente.

   La frase primera con la que comienzan estas líneas puede servirnos de orientación general. Trotsky fue esencialmente un político tanto en cuanto a las ideas se refiere como en cuanto a la práctica, en el sentido de que su atención estaba orientada y definida de modo especial por las relaciones de fuerzas políticas y por el significado político de los fenómenos sociales. Y en este sentido es más limitado que otros pensadores marxistas que se preocuparon del carácter sociológico de los fenómenos políticos y de la estructura económica que los sostiene.

   Por las circunstancias en que vivió y por su propio y singular papel de protagonista, estaba esencialmente condicionado por los problemas políticos en cuanto tales, y este hecho es tan claro y firme que cuando, como con frecuencia ocurre, los problemas políticos prevalecen, Trotsky y en términos generales, el trotskismo, adquiere particular relevancia.

    Respecto de esta personalidad tan discutida, tan odiada Y tan admirada, se han pronunciado los juicios generales más contradictorios y con mucha frecuencia dogmáticos e inexactos. Recuerdo que cuando estaba recopilando materiales para estudiar a Babeuf, leí que alguien le comparaba con Trotsky, no tanto para subrayar el significado de aquél como para ahondar en la idea de que el revolucionario ruso tenía las características de un conspirador decimonónico rebasado por el proceso de la historia, comparándole a Babeuf como un revolucionario dieciochesco también desbordado por el fluir de los acontecimientos históricos. En otras ocasiones se tiende a la valoración contraria y se le configura como un previsor casi como un profeta, que desde el presente alcanza a ver el futuro lejano de la historia. Desde luego este último juicio se aproxima más a la verdad pero tiene mucho de valoración romántica y no encaja con perfección en la muesca vital e ideológica de León Trotsky.

   Durante el proceso de los años anteriores a la gran revolución rusa y durante los años posteriores incluyendo un largo período de exilio y persecución personal y familiar, Trotsky fue antes que nada un gran analista de los acontecimientos que contemplaba y un gran inductor. No fue un profeta sino que poseyó una asombrosa capacidad de inducción. En este sentido es cierto que estaba situado en un nivel distinto del de Stalin e incluso del de los demás revolucionarios de su tiempo incluyendo a Lenin, aunque en este último caso conviene hacer una salvedad que a mi juicio explica muchas cosas y deshace algunas falsedades.
Lenin confiaba en los juicios de inducción histórica de Trotsky, por el que sentía una enorme admiración, y si su vida se hubiera prolongado cabe admitir que hubiera aceptado explícitamente alguna de las tesis trotskistas. Stalin se esforzó por construir una imagen fabulosa de enemistad entre Lenin y Trotsky. Hubo, desde luego, críticas, tensiones y discrepancias entre los dos dirigentes, pero su amistad y mutua admiración se configuraba cada vez más según avanzaban en edad y acumulaban experiencia.

    Es cosa sabida que Lenin y Trotsky estaban, en los últimos tiempos de la vida de aquel, políticamente preocupados por el desarrollo del personalismo de Stalin en el aparato del Partido. Rosa Luxemburgo ha hecho una crítica muy conocida y muy penetrante sobre lo que ella llamaba el leninismo-trotskismo, y es esta una expresión que nos ha quedado para definir un esquema intelectual y una actitud respecto de las ideas y de los hechos políticos por circunstancias entre las que representa un papel, a mi juicio principal la muerte prematura de Lenin.

   La preocupación de Trotsky por los problemas políticos está definida, como hemos dicho, por el análisis de los hechos y por inducciones que se expresan en consecuencias de largo alcance respecto del proceso futuro de la historia. Esto ofrece alguna dificultad para entender su obra en conjunto y tener una idea clara y precisa de su pensamiento. A veces el lector notará incluso en la breve antología que sigue, que Trotsky entra en análisis minuciosos del presente inmediato, respecto de cuyos análisis es necesario conocer los hechos para poderles seguir. En otras ocasiones salta a la conclusión general que parece abstracta y sólo especulativa si se la desconecta de los análisis fácticos en los que era tan profundo y certero. Sin entrar en las complicaciones de ninguno de los dos supuestos y sin perder de vista la advertencia anterior, se pueden hacer algunas observaciones orientadoras respecto del pensamiento de Trotsky que, según el tiempo pasa, es más actual y parece más clarividente.

    En principio tenía un singular olfato para percibir y definir lo que era contrarrevolucionario. No me atrevo a asimilar esta condición a lo que Marx llamaba el instinto de clase. Más bien me parece que se trata de una condición adquirida por largos años de lucha revolucionaria, por un proceso ejemplar de autocrítica y por el primado de la idea de que la revolución no es un fenómeno histórico circunstancial, sino un fenómeno histórico permanente. Una de las palabras que con más frecuencia se encuentran en la obra de Trotsky es la de contrarrevolución. Quizás se pudiera esclarecer lo que esta expresión quiere decir, si se compara con antirrevolución.

   La antirrevolución es el contrario mecánico de la revolución; por consiguiente un hecho circunstancial que responde a las exigencias de un planteamiento de hostilidad. Pero contrarrevolución es fórmula que Trotsky emplea como el contrario dialéctico de revolución. De manera que se condicionan respectivamente y plantean en su relación un problema metodológico y deontológico que en la metodología marxista se refleja en la pregunta de cuál es la negación y cuál la afirmación. Si el punto de partida es la afirmación revolucionaria, la negación, es decir la contrarrevolución, exigiría a su vez la correspondiente negación. De cierto modo esta es una idea eje en la especulación intelectual de Trotsky; a saber, cómo superar la contrarrevolución cuando esta se afirma como negación de la afirmación.
Aquí está me parece, la explicación del concepto de revolución permanente que tan mal se ha entendido y del que tantas versiones se han dado y se están dando. Pero antes de insistir en el concepto de revolución permanente nos detendremos un poco en la actitud política y la ideología parcial que mejor expresaba para Trotsky la idea de contrarrevolución.

   Desde hace tiempo era idea mía que Trotsky asimilaba esencialmente contrarrevolución a socialdemocracia en el período histórico coetáneo. Esta idea, tal vez errónea, la he confirmado con las últimas lecturas sobre el tema. La lucha de Trotsky contra la socialdemocracia es permanente. Desde luego el concepto de socialdemocracia que, tanto en Trotsky como en Lenin, fue configurándose de modo distinto según transcurría el proceso revolucionario, a la postre, para ambos, quedó configurado como una actitud burguesa que definía la máxima capacidad posible del capitalismo para absorber y disolver el proceso revolucionario. Trotsky ha explicado muy bien en diferentes ocasiones cómo en el proceso del capitalismo se producen efectos revolucionarios aparentes que tienen un gran poder de persuasión respecto de la masa trabajadora y que contribuyen a contener o desviar el proceso revolucionario.

   Según este criterio, el enemigo del revolucionario y el escudo de la burguesía es la socialdemocracia. Trotsky llegó a generalizar tanto el concepto que, en los últimos períodos de su vida, criticando la burocracia estalinista, se refería a ella como una socialdemocracia que había detenido el proceso de la revolución rusa.
Este aspecto del pensamiento del gran táctico y teórico de la revolución rusa sólo comparable a Lenin, es de los que ofrecen mayor interés y de los que tienen plena actualidad. Efectivamente los análisis teóricos de los sociólogos, a partir fundamentalmente de Max Weber, sobre la burocracia, no se habían transpuesto con la necesaria nitidez a las organizaciones políticas hasta que Trotsky analizó repetidas veces este fenómeno.

    Los partidos, como cualquier organización, necesitan de un aparato que realice y distribuya labores y funciones. Y está en la lógica de las organizaciones definidas por las categorías capitalistas que el aparato organizativo y el proceso de su funcionamiento se identifique con la estructura de la organización al mismo tiempo que se multiplica según un índice de superfluidad cuantitativamente diverso pero que es inevitable. A este aparato, engrandecido por la propia dinámica, que define una parte de sí mismo como superfluo y que tiende a subsanar y dominar la estructura, se llama en sentido crítico burocracia. Uno de los quehaceres típicos del revolucionario es evitar que en el aparato de las organizaciones se produzca este proceso. Si la burocratización triunfa, aparece una consecuencia irremediable porque está en la propia lógica del proceso de expansión dé la burocracia, que ésta se convierta en un elemento contrarrevolucionario. El mecanismo último que explica este resultado está en el hecho de que la burocracia tiende a mantenerse absorbiendo el poder del aparato y desviándolo de su fin político propio. La burocracia se constituye en el elemento que desvía el poder y, por consiguiente, expresa perfectamente y realiza lo que la palabra desviacionismo significa. En la hondura de cualquier desviacionismo revolucionario esta siempre el fenómeno de la burocratización.

    Este hecho no tiene demasiada importancia en una empresa o en un Estado capitalista, porque el capitalismo, asume la burocracia como una condición de mercado y como n echo que hasta cierto punto admite correcciones. Pero en un partido revolucionario la burocratización es un acontecimiento irremediablemente destructor, porque se produce absorbiendo el propio poder político que el partido posee en cuanto partido revolucionario y, por consiguiente le roba el sentido y la eficacia.

    Anudando lo que decimos con lo que dijimos de la socialdemocracia, queda bastante claro que el burocratismo es una condición socialdemocrática y se .refiere a este hecho sustancial de la absorción y desviación del poder en cuanto poder revolucionario. Trotsky, que veía con claridad este problema y muchos otros que están en relación con él, asimilaba la solución a la idea eje de su obra: la idea de revolución permanente.

   La revolución, considerada en sus elementos más simples, equivale a conquistar el poder si es una revolución política. Esta es una idea firme para Trotsky. Después, a la palabra revolución se le ha dado muchas otras connotaciones y con frecuencia se habla de revolución social, cultural y de revolución política. Para nuestro autor el supuesto fundamental de la idea de revolución se refiere, lo mismo ocurre en el caso de Lenin, a sustituir a la expresión del poder político de la burguesía por el proletariado Las fórmulas intermedias las metía Trotsky en el cajón para los productos de desecho que servían para falsificar la revolución y que identificaba con la socialdemocracia

    Sería, me parece, absurdo que desde los supuestos vitales y teóricos de Trotsky se le pidiera otra conclusión. El propio Stalin, que tuvo que defenderse de las acusaciones de Trotsky ante un sector importante del partido, al que nunca consiguió acallar del todo, mantuvo formalmente las mismas tesis.
Pero Trotsky era un hombre auténtico, es decir, no pretendió nunca ser personaje ni de sí mismo ni de ninguna idea, y era veraz. Lo que decía lo pensaba y viceversa. Desde esta veracidad se alzó en contra de algunos supuestos que a su juicio podrían llevar a la burocratización y detención socialdemocrática del proceso revolucionario. Quizá el principal de estos supuestos fuese el de la revolución rusa realizado dentro de los límites de la propia Rusia y, por consiguiente, a través del Estado ruso, en una primera fase en la cual había que soportar la convivencia con la burguesía exterior. Era tema que ha sido muy discutido por los teóricos del partido y durante algún tiempo se había aceptado, y después se había juzgado utópico, lo que Trotsky mantuvo siempre.

   Para él concebir la revolución como revolución aislada era falsearlo e iniciar el camino de la desviación. Ahora bien, las críticas estalinistas a Trotsky, y hay que subrayar esto en obsequio a la verdad, han deformado la idea del gran pensador revolucionario. Han ofrecido la imagen de un analítico alucinado que quería hacer la revolución simultánea en todo el mundo y esto no es cierto.

   Trotsky tenía una clara idea de las diferencias cuantitativas y cualitativas del proceso revolucionario según las condiciones objetivas de las comunidades nacionales y nunca defendió la simplicidad de creer que todo el planeta estaba en iguales condiciones respecto de la revolución política, que suponía, como consecuencia, la transformación social y económica. La idea de Trotsky era otra. Según él las condiciones objetivas genéricas del mundo contemporáneo eran las adecuadas para que se produjese un proceso revolucionario en distintos momentos y con distinta intensidad en todo el mundo y la revolución rusa había de orientarse de acuerdo con este principio. Desde luego la previsión de Trotsky es asombrosa y con frecuencia nos pasa inadvertida.

    Cuando Trotsky decía esto que estamos diciendo, no había señales claras de que en muy poco tiempo habría de producirse la revolución china. Para Stalin fue este un hecho que le cogió absolutamente desprevenido y respecto del cual apenas tenía respuesta. Cuando Trotsky insistía en su idea, lo que llamamos el tercer mundo estaba en relativa quietud nadie, o casi nadie, preveía los movimientos de masas revolucionarios, con uno u otro carácter, que de distinto modo habían saltado a más de 300 millones de seres humanos del nivel feudal a un nuevo nivel de vida económica social y política. Trotsky se refería a este hecho y es menester haberle leído para darse cuenta de que en menos de cuarenta años se ha producido en cantidad y en cualidad un proceso revolucionario de dimensiones planetarias y del que no hay precedentes en la historia.

     Parece evidente que sabía muy bien, al preveer que las condiciones objetivas genéricas determinarían grandes movimientos revolucionarios, que esto no implicaba la conquista del poder en dimensiones universales por la clase trabajadora. Trotsky pretendía que las organizaciones del proletariado actuasen en todo el mundo de acuerdo con esta idea y con los hechos que la idea refleja. Y en este sentido, y sólo en este sentido, no concedía ninguna tregua al poder burgués y defendía la idea, tantas veces torcida y contrahecha, de la revolución permanente.
 
   No es idea que haya que olvidar porque la historia es una revolución permanente en cuanto se producen saltos cualitativos y parece innegable que este proceso se está acelerando y somos muchos los convencidos de que, en los sectores que parecen más estables del mundo occidental e incluso en los que, de un modo u otro, han establecido la revolución en otros sectores del planeta, el proceso revolucionario se agudiza porque las condiciones objetivas generales continúan siendo propicias, en tanto cuanto la pérdida de energía y de capacidad de autosostenimiento del sistema capitalista suele admitirse como un hecho incuestionable.
 
   Los acontecimientos biográficos llevaron, en ocasiones, a Trotsky a formular su idea con diferencias en un modo que, sin dañar a la sustancia, han fomentado las diversa.’ y erróneas interpretaciones. Por otra parte la polémica política provocada por el desarrollo del estado ruso hasta convertirse en una superpotencia ha condicionado la valoración de las tesis de Trotsky permitiendo sostener que el criterio estalinista era el acertado. Trotsky había previsto también el desarrollo tecnológico y es uno de los temas sobre los que formula tesis más brillantes. Ha sostenido a través de su obra filosófica que la humanidad avanza en círculos y casi en modo laberíntico. No obstante pese a admitir que hay momentos de detención e incluso de reiteración en los que parecen reproducirse esquemas e incluso ideas antiguas el proceso dialéctico de la Historia es incontenible y el elem4nto determinante del suceso, la transformación de los modos de producción, es definible según el modelo que progresa hacia la socialización, de acuerdo con la mayor consciencia de la clase trabajadora y las relaciones objetivas de los factores que en la producción intervienen. Según este punto de vista la revolución tecnológica ha influido decisivamente en los modos de producción, tanto para igualar las condiciones que definen al trabajador como para hacer que la producción cree una clase trabajadora universal que contribuya a la revolución permanente.
 
  Trotsky fue una de las inteligencias que primero se dieron cuenta del hecho de que el marxismo de la revolución tecnológica no respondía exactamente a las formulaciones que de los principios generales se hicieron durante la revolución industrial.
 
  Desde esta idea se percató, con ana hondura inigualable, de las dificultades para educar correctamente a las generaciones jóvenes en la conciencia revolucionaria como resultado del aumento de nivel de vida en las nuevas condiciones de mercado que en muchos países del mundo producía la nueva tecnología. Subrayó con especial intensidad con incuestionable previsión del futuro, que era necesario de todo punto revisar el proceso de educación política de la juventud revolucionaria superando los métodos clásicos. Empleando la misma frase que él emplea, hay que rebasar los métodos del carácter conservador e introducir, en el seno del propio partido, los métodos de carácter revolucionario.
 
   Es esta una idea familiar a cualquier trotskista y, a mi juicio, una idea fecunda para quien siga la línea marxista y quiera reanudar el proceso de su evolución en la sociedad contemporánea Trotsky se percató del fenómeno del fascismo y de la de su aparición, en uno de los artículos que se han hecho famosos y que se ha recogido varias veces en forma de libro. Las tesis más comunes respecto del partido —también las más superficiales— se inclinan a aceptar el su puesto de que el nazismo-fascismo, era la supervivencia del capitalismo contemporáneo. Los observadores con poca capacidad de análisis, han asociado indefectiblemente el totalitarismo al proceso de la burguesía capitalista que se enmascara con fórmulas pseudorrevolucionarias. Trotsky ha sido de los pocos que ha llegado al corazón del tema buscando los fundamentos económicos. Admite que se trata de un fenómeno pequeño-burgués pero esencialmente condicionado a la situación del mercado de los países vencidos después de la primera guerra mundial. Desde la estructura económica del proceso de inflación incontenible y de dificultades sin cuento para que la pequeña burguesía pudiese sobrevivir, es perfectamente comprensible que las ilusiones pequeñoburguesas se concentrasen en la derrota de los judíos como imagen viva de la concentración del capital en una clase. De este modo, la revolución nacional era en el fondo una revolución por la supervivencia económica del hombre medio. Esta misma circunstancia, que ayudó a que se implantase el fascismo, contribuyó a su derrota aislando la producción, o por lo menos, mutilándola, respecto del proceso global de las inversiones del capitalismo internacional. Las tesis de Trotsky, que hay que sintetizar buscando en diversos lugares de sus obras, van mucho más lejos, en capacidad analítica y en originalidad, que las comunes opiniones sobre el fenómeno histórico del totalitarismo.

    Mucho más se podría decir, aún a riesgo de hacer este prólogo inacabable y ciertamente no es fácil resistir la tentación de continuar escribiendo sobre el tema. Voy, no obstante, a concluir con alguna observación respecto de Trotsky y la guerra civil española.

   Es cierto, como repetidas veces se ha dicho, que Trotsky se dejó arrastrar en este período por una actitud pre judicial condicionada por la agresión del estalinismo. Pero, lo que quizás no se ha dicho con tanta frecuencia, es que la tesis esencial de Trotsky tiene especial fuerza y habrá de ser alguna vez discutida a fondo. Trotsky afirma que no existían en España condiciones para la revolución socialista esencialmente porque no había un partido revolucionario. Y culpa a Stalin y al comunismo español de haber mutilado los supuestos revolucionarios que, desarrollándose como tales, habían dado la victoria al pueblo. Es un punto de partida claro que se discutió en ocasiones durante la propia guerra en el sector que convencionalmente se llama rojo, pero que ha desaparecido como tesis central en los análisis marxistas del fenómeno guerra civil española.

   Sin embargo, estando como estamos en un período de reconstrucción analítica y reconsideración de las tesis tradicionales, convendría no echar en saco roto la opinión de Trotsky. Pero me queda por decir, en la brevedad de este prólogo, sólo que la presente antología que, incompleta y quizás demasiado breve en algunos casos, está hecha con cuidado y conocimiento del tema y debe contribuir a que el lector español tenga una idea del gran revolucionario más ajustada a la verdad que se desprende de sus palabras, que no a la verdad o falsedad que se infiltran en las críticas, las apologías o los comentarios.

   De cualquier modo que se planteen hoy los problemas, considerándolos desde la perspectiva histórica de los muchos años que han transcurrido, lo que fueron en su tiempo Posturas teóricas irreductibles van superándose en un comienzo de síntesis, en la cual los grandes principios marxistas acogen transformándolos unitariamente, los su puestos contradictorios Trotsky se incluye, en cuanto teórico, en la leona general del marxismo y sería absurdo mantener posiciones dogmáticas ni en contra de él ni tampoco utilizando sus puntos de vista para constituirlos en dogmatismo, una de las actitudes que Trotsky combatió con más dureza.

   Madrid, noviembre 1976


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