Prólogo a La era de la revolución
permanente
Enrique Tierno Galván
No es posible en unas páginas, ni es mi propósito
en esta ocasión, hacer un resumen, ni siquiera un bosquejo, del pensamiento
político de Trotsky. No obstante sí es posible y conveniente
el plantear los problemas principales que inquietaron a una de las cabezas
revolucionarias de mayor finura y complejidad en la concepción de
la historia de Occidente.
La frase primera con la que comienzan estas líneas puede
servirnos de orientación general. Trotsky fue esencialmente un político
tanto en cuanto a las ideas se refiere como en cuanto a la práctica,
en el sentido de que su atención estaba orientada y definida de modo
especial por las relaciones de fuerzas políticas y por el significado
político de los fenómenos sociales. Y en este sentido es más
limitado que otros pensadores marxistas que se preocuparon del carácter
sociológico de los fenómenos políticos y de la estructura
económica que los sostiene.
Por las circunstancias en que vivió y por su propio y
singular papel de protagonista, estaba esencialmente condicionado por los
problemas políticos en cuanto tales, y este hecho es tan claro y firme
que cuando, como con frecuencia ocurre, los problemas políticos prevalecen,
Trotsky y en términos generales, el trotskismo, adquiere particular
relevancia.
Respecto de esta personalidad tan discutida, tan odiada
Y tan admirada, se han pronunciado los juicios generales más contradictorios
y con mucha frecuencia dogmáticos e inexactos. Recuerdo que cuando
estaba recopilando materiales para estudiar a Babeuf, leí que alguien
le comparaba con Trotsky, no tanto para subrayar el significado de aquél
como para ahondar en la idea de que el revolucionario ruso tenía las
características de un conspirador decimonónico rebasado por
el proceso de la historia, comparándole a Babeuf como un revolucionario
dieciochesco también desbordado por el fluir de los acontecimientos
históricos. En otras ocasiones se tiende a la valoración contraria
y se le configura como un previsor casi como un profeta, que desde el presente
alcanza a ver el futuro lejano de la historia. Desde luego este último
juicio se aproxima más a la verdad pero tiene mucho de valoración
romántica y no encaja con perfección en la muesca vital e ideológica
de León Trotsky.
Durante el proceso de los años anteriores a la gran revolución
rusa y durante los años posteriores incluyendo un largo período
de exilio y persecución personal y familiar, Trotsky fue antes que
nada un gran analista de los acontecimientos que contemplaba y un gran inductor.
No fue un profeta sino que poseyó una asombrosa capacidad de inducción.
En este sentido es cierto que estaba situado en un nivel distinto del de
Stalin e incluso del de los demás revolucionarios de su tiempo incluyendo
a Lenin, aunque en este último caso conviene hacer una salvedad que
a mi juicio explica muchas cosas y deshace algunas falsedades.
Lenin confiaba en los juicios de inducción histórica de Trotsky,
por el que sentía una enorme admiración, y si su vida se hubiera
prolongado cabe admitir que hubiera aceptado explícitamente alguna
de las tesis trotskistas. Stalin se esforzó por construir una imagen
fabulosa de enemistad entre Lenin y Trotsky. Hubo, desde luego, críticas,
tensiones y discrepancias entre los dos dirigentes, pero su amistad y mutua
admiración se configuraba cada vez más según avanzaban
en edad y acumulaban experiencia.
Es cosa sabida que Lenin y Trotsky estaban, en los últimos
tiempos de la vida de aquel, políticamente preocupados por el desarrollo
del personalismo de Stalin en el aparato del Partido. Rosa Luxemburgo ha
hecho una crítica muy conocida y muy penetrante sobre lo que ella
llamaba el leninismo-trotskismo, y es esta una expresión que nos ha
quedado para definir un esquema intelectual y una actitud respecto de las
ideas y de los hechos políticos por circunstancias entre las que representa
un papel, a mi juicio principal la muerte prematura de Lenin.
La preocupación de Trotsky por los problemas políticos
está definida, como hemos dicho, por el análisis de los hechos
y por inducciones que se expresan en consecuencias de largo alcance respecto
del proceso futuro de la historia. Esto ofrece alguna dificultad para entender
su obra en conjunto y tener una idea clara y precisa de su pensamiento. A
veces el lector notará incluso en la breve antología que sigue,
que Trotsky entra en análisis minuciosos del presente inmediato, respecto
de cuyos análisis es necesario conocer los hechos para poderles seguir.
En otras ocasiones salta a la conclusión general que parece abstracta
y sólo especulativa si se la desconecta de los análisis fácticos
en los que era tan profundo y certero. Sin entrar en las complicaciones de
ninguno de los dos supuestos y sin perder de vista la advertencia anterior,
se pueden hacer algunas observaciones orientadoras respecto del pensamiento
de Trotsky que, según el tiempo pasa, es más actual y parece
más clarividente.
En principio tenía un singular olfato para percibir
y definir lo que era contrarrevolucionario. No me atrevo a asimilar esta
condición a lo que Marx llamaba el instinto de clase. Más bien
me parece que se trata de una condición adquirida por largos años
de lucha revolucionaria, por un proceso ejemplar de autocrítica y
por el primado de la idea de que la revolución no es un fenómeno
histórico circunstancial, sino un fenómeno histórico
permanente. Una de las palabras que con más frecuencia se encuentran
en la obra de Trotsky es la de contrarrevolución. Quizás se
pudiera esclarecer lo que esta expresión quiere decir, si se compara
con antirrevolución.
La antirrevolución es el contrario mecánico de
la revolución; por consiguiente un hecho circunstancial que responde
a las exigencias de un planteamiento de hostilidad. Pero contrarrevolución
es fórmula que Trotsky emplea como el contrario dialéctico
de revolución. De manera que se condicionan respectivamente y plantean
en su relación un problema metodológico y deontológico
que en la metodología marxista se refleja en la pregunta de cuál
es la negación y cuál la afirmación. Si el punto de
partida es la afirmación revolucionaria, la negación, es decir
la contrarrevolución, exigiría a su vez la correspondiente
negación. De cierto modo esta es una idea eje en la especulación
intelectual de Trotsky; a saber, cómo superar la contrarrevolución
cuando esta se afirma como negación de la afirmación.
Aquí está me parece, la explicación del concepto de
revolución permanente que tan mal se ha entendido y del que tantas
versiones se han dado y se están dando. Pero antes de insistir en
el concepto de revolución permanente nos detendremos un poco en la
actitud política y la ideología parcial que mejor expresaba
para Trotsky la idea de contrarrevolución.
Desde hace tiempo era idea mía que Trotsky asimilaba
esencialmente contrarrevolución a socialdemocracia en el período
histórico coetáneo. Esta idea, tal vez errónea, la he
confirmado con las últimas lecturas sobre el tema. La lucha de Trotsky
contra la socialdemocracia es permanente. Desde luego el concepto de socialdemocracia
que, tanto en Trotsky como en Lenin, fue configurándose de modo distinto
según transcurría el proceso revolucionario, a la postre, para
ambos, quedó configurado como una actitud burguesa que definía
la máxima capacidad posible del capitalismo para absorber y disolver
el proceso revolucionario. Trotsky ha explicado muy bien en diferentes ocasiones
cómo en el proceso del capitalismo se producen efectos revolucionarios
aparentes que tienen un gran poder de persuasión respecto de la masa
trabajadora y que contribuyen a contener o desviar el proceso revolucionario.
Según este criterio, el enemigo del revolucionario y
el escudo de la burguesía es la socialdemocracia. Trotsky llegó
a generalizar tanto el concepto que, en los últimos períodos
de su vida, criticando la burocracia estalinista, se refería a ella
como una socialdemocracia que había detenido el proceso de la revolución
rusa.
Este aspecto del pensamiento del gran táctico y teórico de
la revolución rusa sólo comparable a Lenin, es de los que ofrecen
mayor interés y de los que tienen plena actualidad. Efectivamente
los análisis teóricos de los sociólogos, a partir fundamentalmente
de Max Weber, sobre la burocracia, no se habían transpuesto con la
necesaria nitidez a las organizaciones políticas hasta que Trotsky
analizó repetidas veces este fenómeno.
Los partidos, como cualquier organización, necesitan
de un aparato que realice y distribuya labores y funciones. Y está
en la lógica de las organizaciones definidas por las categorías
capitalistas que el aparato organizativo y el proceso de su funcionamiento
se identifique con la estructura de la organización al mismo tiempo
que se multiplica según un índice de superfluidad cuantitativamente
diverso pero que es inevitable. A este aparato, engrandecido por la propia
dinámica, que define una parte de sí mismo como superfluo y
que tiende a subsanar y dominar la estructura, se llama en sentido crítico
burocracia. Uno de los quehaceres típicos del revolucionario es evitar
que en el aparato de las organizaciones se produzca este proceso. Si la burocratización
triunfa, aparece una consecuencia irremediable porque está en la propia
lógica del proceso de expansión dé la burocracia, que
ésta se convierta en un elemento contrarrevolucionario. El mecanismo
último que explica este resultado está en el hecho de que la
burocracia tiende a mantenerse absorbiendo el poder del aparato y desviándolo
de su fin político propio. La burocracia se constituye en el elemento
que desvía el poder y, por consiguiente, expresa perfectamente y realiza
lo que la palabra desviacionismo significa. En la hondura de cualquier desviacionismo
revolucionario esta siempre el fenómeno de la burocratización.
Este hecho no tiene demasiada importancia en una empresa
o en un Estado capitalista, porque el capitalismo, asume la burocracia como
una condición de mercado y como n echo que hasta cierto punto admite
correcciones. Pero en un partido revolucionario la burocratización
es un acontecimiento irremediablemente destructor, porque se produce absorbiendo
el propio poder político que el partido posee en cuanto partido revolucionario
y, por consiguiente le roba el sentido y la eficacia.
Anudando lo que decimos con lo que dijimos de la socialdemocracia,
queda bastante claro que el burocratismo es una condición socialdemocrática
y se .refiere a este hecho sustancial de la absorción y desviación
del poder en cuanto poder revolucionario. Trotsky, que veía con claridad
este problema y muchos otros que están en relación con él,
asimilaba la solución a la idea eje de su obra: la idea de revolución
permanente.
La revolución, considerada en sus elementos más
simples, equivale a conquistar el poder si es una revolución política.
Esta es una idea firme para Trotsky. Después, a la palabra revolución
se le ha dado muchas otras connotaciones y con frecuencia se habla de revolución
social, cultural y de revolución política. Para nuestro autor
el supuesto fundamental de la idea de revolución se refiere, lo mismo
ocurre en el caso de Lenin, a sustituir a la expresión del poder político
de la burguesía por el proletariado Las fórmulas intermedias
las metía Trotsky en el cajón para los productos de desecho
que servían para falsificar la revolución y que identificaba
con la socialdemocracia
Sería, me parece, absurdo que desde los supuestos
vitales y teóricos de Trotsky se le pidiera otra conclusión.
El propio Stalin, que tuvo que defenderse de las acusaciones de Trotsky ante
un sector importante del partido, al que nunca consiguió acallar del
todo, mantuvo formalmente las mismas tesis.
Pero Trotsky era un hombre auténtico, es decir, no pretendió
nunca ser personaje ni de sí mismo ni de ninguna idea, y era veraz.
Lo que decía lo pensaba y viceversa. Desde esta veracidad se alzó
en contra de algunos supuestos que a su juicio podrían llevar a la
burocratización y detención socialdemocrática del proceso
revolucionario. Quizá el principal de estos supuestos fuese el de
la revolución rusa realizado dentro de los límites de la propia
Rusia y, por consiguiente, a través del Estado ruso, en una primera
fase en la cual había que soportar la convivencia con la burguesía
exterior. Era tema que ha sido muy discutido por los teóricos del
partido y durante algún tiempo se había aceptado, y después
se había juzgado utópico, lo que Trotsky mantuvo siempre.
Para él concebir la revolución como revolución
aislada era falsearlo e iniciar el camino de la desviación. Ahora
bien, las críticas estalinistas a Trotsky, y hay que subrayar esto
en obsequio a la verdad, han deformado la idea del gran pensador revolucionario.
Han ofrecido la imagen de un analítico alucinado que quería
hacer la revolución simultánea en todo el mundo y esto no es
cierto.
Trotsky tenía una clara idea de las diferencias cuantitativas
y cualitativas del proceso revolucionario según las condiciones objetivas
de las comunidades nacionales y nunca defendió la simplicidad de creer
que todo el planeta estaba en iguales condiciones respecto de la revolución
política, que suponía, como consecuencia, la transformación
social y económica. La idea de Trotsky era otra. Según él
las condiciones objetivas genéricas del mundo contemporáneo
eran las adecuadas para que se produjese un proceso revolucionario en distintos
momentos y con distinta intensidad en todo el mundo y la revolución
rusa había de orientarse de acuerdo con este principio. Desde luego
la previsión de Trotsky es asombrosa y con frecuencia nos pasa inadvertida.
Cuando Trotsky decía esto que estamos diciendo,
no había señales claras de que en muy poco tiempo habría
de producirse la revolución china. Para Stalin fue este un hecho que
le cogió absolutamente desprevenido y respecto del cual apenas tenía
respuesta. Cuando Trotsky insistía en su idea, lo que llamamos el
tercer mundo estaba en relativa quietud nadie, o casi nadie, preveía
los movimientos de masas revolucionarios, con uno u otro carácter,
que de distinto modo habían saltado a más de 300 millones de
seres humanos del nivel feudal a un nuevo nivel de vida económica
social y política. Trotsky se refería a este hecho y es menester
haberle leído para darse cuenta de que en menos de cuarenta años
se ha producido en cantidad y en cualidad un proceso revolucionario de dimensiones
planetarias y del que no hay precedentes en la historia.
Parece evidente que sabía muy bien, al preveer
que las condiciones objetivas genéricas determinarían grandes
movimientos revolucionarios, que esto no implicaba la conquista del poder
en dimensiones universales por la clase trabajadora. Trotsky pretendía
que las organizaciones del proletariado actuasen en todo el mundo de acuerdo
con esta idea y con los hechos que la idea refleja. Y en este sentido, y
sólo en este sentido, no concedía ninguna tregua al poder burgués
y defendía la idea, tantas veces torcida y contrahecha, de la revolución
permanente.
No es idea que haya que olvidar porque la historia es una revolución
permanente en cuanto se producen saltos cualitativos y parece innegable que
este proceso se está acelerando y somos muchos los convencidos de
que, en los sectores que parecen más estables del mundo occidental
e incluso en los que, de un modo u otro, han establecido la revolución
en otros sectores del planeta, el proceso revolucionario se agudiza porque
las condiciones objetivas generales continúan siendo propicias, en
tanto cuanto la pérdida de energía y de capacidad de autosostenimiento
del sistema capitalista suele admitirse como un hecho incuestionable.
Los acontecimientos biográficos llevaron, en ocasiones,
a Trotsky a formular su idea con diferencias en un modo que, sin dañar
a la sustancia, han fomentado las diversa.’ y erróneas interpretaciones.
Por otra parte la polémica política provocada por el desarrollo
del estado ruso hasta convertirse en una superpotencia ha condicionado la
valoración de las tesis de Trotsky permitiendo sostener que el criterio
estalinista era el acertado. Trotsky había previsto también
el desarrollo tecnológico y es uno de los temas sobre los que formula
tesis más brillantes. Ha sostenido a través de su obra filosófica
que la humanidad avanza en círculos y casi en modo laberíntico.
No obstante pese a admitir que hay momentos de detención e incluso
de reiteración en los que parecen reproducirse esquemas e incluso
ideas antiguas el proceso dialéctico de la Historia es incontenible
y el elem4nto determinante del suceso, la transformación de los modos
de producción, es definible según el modelo que progresa hacia
la socialización, de acuerdo con la mayor consciencia de la clase
trabajadora y las relaciones objetivas de los factores que en la producción
intervienen. Según este punto de vista la revolución tecnológica
ha influido decisivamente en los modos de producción, tanto para igualar
las condiciones que definen al trabajador como para hacer que la producción
cree una clase trabajadora universal que contribuya a la revolución
permanente.
Trotsky fue una de las inteligencias que primero se dieron cuenta
del hecho de que el marxismo de la revolución tecnológica no
respondía exactamente a las formulaciones que de los principios generales
se hicieron durante la revolución industrial.
Desde esta idea se percató, con ana hondura inigualable, de
las dificultades para educar correctamente a las generaciones jóvenes
en la conciencia revolucionaria como resultado del aumento de nivel de vida
en las nuevas condiciones de mercado que en muchos países del mundo
producía la nueva tecnología. Subrayó con especial intensidad
con incuestionable previsión del futuro, que era necesario de todo
punto revisar el proceso de educación política de la juventud
revolucionaria superando los métodos clásicos. Empleando la
misma frase que él emplea, hay que rebasar los métodos del
carácter conservador e introducir, en el seno del propio partido,
los métodos de carácter revolucionario.
Es esta una idea familiar a cualquier trotskista y, a mi juicio,
una idea fecunda para quien siga la línea marxista y quiera reanudar
el proceso de su evolución en la sociedad contemporánea Trotsky
se percató del fenómeno del fascismo y de la de su aparición,
en uno de los artículos que se han hecho famosos y que se ha recogido
varias veces en forma de libro. Las tesis más comunes respecto del
partido —también las más superficiales— se inclinan a aceptar
el su puesto de que el nazismo-fascismo, era la supervivencia del capitalismo
contemporáneo. Los observadores con poca capacidad de análisis,
han asociado indefectiblemente el totalitarismo al proceso de la burguesía
capitalista que se enmascara con fórmulas pseudorrevolucionarias.
Trotsky ha sido de los pocos que ha llegado al corazón del tema buscando
los fundamentos económicos. Admite que se trata de un fenómeno
pequeño-burgués pero esencialmente condicionado a la situación
del mercado de los países vencidos después de la primera guerra
mundial. Desde la estructura económica del proceso de inflación
incontenible y de dificultades sin cuento para que la pequeña burguesía
pudiese sobrevivir, es perfectamente comprensible que las ilusiones pequeñoburguesas
se concentrasen en la derrota de los judíos como imagen viva de la
concentración del capital en una clase. De este modo, la revolución
nacional era en el fondo una revolución por la supervivencia económica
del hombre medio. Esta misma circunstancia, que ayudó a que se implantase
el fascismo, contribuyó a su derrota aislando la producción,
o por lo menos, mutilándola, respecto del proceso global de las inversiones
del capitalismo internacional. Las tesis de Trotsky, que hay que sintetizar
buscando en diversos lugares de sus obras, van mucho más lejos, en
capacidad analítica y en originalidad, que las comunes opiniones sobre
el fenómeno histórico del totalitarismo.
Mucho más se podría decir, aún a
riesgo de hacer este prólogo inacabable y ciertamente no es fácil
resistir la tentación de continuar escribiendo sobre el tema. Voy,
no obstante, a concluir con alguna observación respecto de Trotsky
y la guerra civil española.
Es cierto, como repetidas veces se ha dicho, que Trotsky se
dejó arrastrar en este período por una actitud pre judicial
condicionada por la agresión del estalinismo. Pero, lo que quizás
no se ha dicho con tanta frecuencia, es que la tesis esencial de Trotsky
tiene especial fuerza y habrá de ser alguna vez discutida a fondo.
Trotsky afirma que no existían en España condiciones para la
revolución socialista esencialmente porque no había un partido
revolucionario. Y culpa a Stalin y al comunismo español de haber mutilado
los supuestos revolucionarios que, desarrollándose como tales, habían
dado la victoria al pueblo. Es un punto de partida claro que se discutió
en ocasiones durante la propia guerra en el sector que convencionalmente
se llama rojo, pero que ha desaparecido como tesis central en los análisis
marxistas del fenómeno guerra civil española.
Sin embargo, estando como estamos en un período de reconstrucción
analítica y reconsideración de las tesis tradicionales, convendría
no echar en saco roto la opinión de Trotsky. Pero me queda por decir,
en la brevedad de este prólogo, sólo que la presente antología
que, incompleta y quizás demasiado breve en algunos casos, está
hecha con cuidado y conocimiento del tema y debe contribuir a que el lector
español tenga una idea del gran revolucionario más ajustada
a la verdad que se desprende de sus palabras, que no a la verdad o falsedad
que se infiltran en las críticas, las apologías o los comentarios.
De cualquier modo que se planteen hoy los problemas, considerándolos
desde la perspectiva histórica de los muchos años que han transcurrido,
lo que fueron en su tiempo Posturas teóricas irreductibles van superándose
en un comienzo de síntesis, en la cual los grandes principios marxistas
acogen transformándolos unitariamente, los su puestos contradictorios
Trotsky se incluye, en cuanto teórico, en la leona general del marxismo
y sería absurdo mantener posiciones dogmáticas ni en contra
de él ni tampoco utilizando sus puntos de vista para constituirlos
en dogmatismo, una de las actitudes que Trotsky combatió con más
dureza.
Madrid, noviembre 1976