Ángel Viñas, Crítica, Barcelona,
2007,734 páginas
A propósito de El escudo
de la República
Jordi Torrent Bestit
La verdad se parece al amor: es
objetiva en su existencia, subjetiva en su apreciación y capaz de existir
de más de una forma.
M.P. Lynch (0)
La lectura de los dos volúmenes aparecidos hasta la fecha de la trilogía
de Ángel Viñas sobre la República en guerra
(1) permite efectuar un primer acercamiento crítico
a la que sin duda constituye ya, a falta de la última entrega en la
cual prosigue trabajando su autor, una contribución de referencia al
estudio de la gestación, desarrollo y cierre de algunos de los acontecimientos
de carácter más polémico acaecidos en territorio republicano
durante la Guerra Civil española (traslado a Moscú de las reservas
de oro, ayuda soviética al régimen republicano, Paracuellos,
sucesos de Mayo, represión del POUM, asesinato de A. Nin...). Como
es bien sabido, tales acontecimientos continuan siendo objeto de ásperas
controversias inter-partidistas, así como también de un inconcluso
debate historiográfico, en modo alguno exento –al igual que éstas
y pese a enfáticas declaraciones en sentido contrario- de una notoria
carga político-ideológica
(2).
No cabe duda de que en términos estrictamente historiográficos
ambas entregas poseen una considerable envergadura que a buen seguro habrá
de suscitar el interés de los historiadores especializados en el período.
A éstos les corresponde establecer, mediante herramientas fuera de
nuestro alcance, si es satisfactoria la reconstrucción de los hechos
que se da en la obra, si resulta debidamente contrastada la documentación
sobre la cual los asienta el autor y, en fin, si resulta plausible la correlativa
interpretación que de los mismos se ofrece en ella.
El presente texto aborda de manera fragmentaria tan sólo algunos
de los extremos mencionados. Y pretende hacerlo desde la obvia consideración
de que el estudio del profesor Viñas no versa sobre hechos perdidos
entre las brumas de un pasado remoto y, como tal, susceptible de interpelar
tan sólo al especialista académico.Bien al contrario, concierne
a un período de la historia de España relativamente cercano,
de algunos de cuyos episodios continuan fluyendo retazos creativos/destructivos
a modo de “conversaciones del pasado”
(3) que siguen siendo
atendidas en el presente desde múltiples esquinas, singularmente desde
aquellas donde suelen coincidir no pocos de quienes nos identificamos con
el proyecto de emancipación
(4).
Acorde con este presupuesto inicial, nuestro texto tratará de focalizar
la atención sobre unos pocos aspectos significativos del segundo volumen
de la anunciada trilogía, aspectos que guardan estrecha relación
con el marco interpretativo previo desde cuyo interior este historiador “construye”
los hechos, pasa a otearlos después y procede finalmente a interpretarlos.
Estos tres procesos o “momentos” se hallan dispuestos y administrados en El
escudo de la República a modo de artefacto impulsado por resortes análogos
a los que rigen en todo silogismo; en este sentido, puede afirmarse que nada
hay en la conclusión del libro que no estuviera presente en sus premisas
de partida o que se aparte sensiblemente de ellas. Señalemos de inmediato
que tanto la una como las otras están destinadas a reacomodar mediante
un aporte documental en gran parte inédito
(5) la
versión canónica trenzada sobre el período por la historiografía
republicana afecta a J. Negrín.
Es de sobras conocido el plat de résistance alrededor del cual se
articula el menú de dicha versión. En esencia, consiste en la
contraposición –explícita o implícita- de la dinámica
antifascista y la dinámica revolucionaria, separadas ambas por una
línea divisoria infranqueable
(6). Viñas despliega
un esfuerzo considerable encaminado a transmitir al lector su convicción,
selectivamente documentada, de que la segunda de esas dinámicas debe
figurar también, y de manera destacadísima, entre los factores
responsables de la derrota final republicana
(7). Cuando
por fin, señala, “el hundimiento de los ensueños revolucionarios
dejó el campo expédito para que la República hiciera
la guerra” (p. 527), era ya demasiado tarde para ganarla. El autor de
El
escudo de la República apenas se demora en considerar la eventualidad
de que ambas dinámicas quizá no fuesen mutuamente excluyentes
y si lo hace es para incluirla entre los malos planteamientos que necesariamente
conducen a las malas respuestas
(8). Según él,
no existía territorio compartible entre, por un un lado, J. Negrín
y las organizaciones “en las que no había desaparecido la racionalidad
política y económica “ (p. 494) y, por otro lado, cuantos aspiraban,
como anarco-sindicalistas y poumistas, a “despeñarse en la revolución
permanente” (p.538).
Los análisis desplegados en el libro a propósito de no importa
qué cuestión, orbitan de manera permanente alrededor de la contraposición
señalada, trátese de la formación del Ejército
Popular, del desmantelamiento de las colectivizaciones o de la incidencia
de lo que Viñas denomina “vector soviético” en acontecimientos
como los “sucesos” de Mayo, el “haraquiri” (sic) de Largo Caballero, la ascensión
de J. Negrín a la Presidencia de Gobierno o, en fin, de la represión
del POUM y asesinato de A. Nin.
Uno de los propósitos de mayor visibilidad en
El escudo de la
República consiste, precisamente, en tratar de (de)mostrar la
escasa consistencia de las pruebas aportadas por aquellos historiadores que
se empeñan en sobredimensionar con malévola intención
la presencia de dicho “vector” en algunos de los acontecimientos aludidos,
muy en particular en los correspondientes al mes de Mayo del 37, en cuya
preparación, asevera Viñas, “nadie ha puesto sobre la mesa
pruebas concluyentes” de los supuestos manejos soviéticos (p.528).
Muy al contrario, por cierto, de cuanto prueban de modo irrefutable los documentos
acerca de la participación activa en aquéllos de fascistas,
italianos, alemanes o autóctonos. En idéntica dirección
es descrita y valorada la dimisión de Largo Caballero y su substitución
por J. Negrín: el origen de tales episodios, afirma Viñas,
“no se encuentra ni en los manejos de la IC, ni en las exigencias de Moscú”
(p. 565). ¿Acaso en los del PCE?.
Es característico del modus operandi de Viñas afirmar
en una página que la actuación del PCE respondía “en
buena medida” a la de ser un “portavoz de la I.C” (p. 464), para “reivindicar”,
en otra situada más adelante, y siguiendo en ello a Helen Graham, “la
autonomía” de que disponía el PCE “en respuesta a los apremios
y condiciones locales” (p. 484). Ciertamente, a lo largo del volumen el partido
estalinista es sometido a crítica – en cualquier caso moderada
en relación a la atañente a otras organizaciones políticas
y sindicales-, pero la imagen que finalmente se perfilará ante los
lectores será la de una formación política con bastante
sentido común como para mantenerse muy alejada de los mali homines
cuyas “alegrías libertarias” (p. 580) tanto contribuyeron al hundimiento
de la causa republicana.
Algunos de los enjuiciamientos y reflexiones nada adyacentes mediante los
cuales el profesor Viñas pretende apuntalar el guión republicano/negrinista
pre-establecido, derivan, directa o indirectamente, de las servidumbres a
que, nolens volens, obliga la fidelidad al mismo. Naturalmente, el despliegue
de esa fidelidad está sujeta a las variables de matiz o énfasis
particular con los que cada historiador individualiza su trabajo, variables
que terminarán por conferir a éste una marca distinguible. Siguen
a continuación un par de ejemplos ilustrativos de ello por lo que
hace a
El escudo de la República.
El primero concierne al modo a cómo su autor procede a valorar
las actitudes políticas de Stalin en relación tanto a la cambiante
situación internacional como a la evolución del conflicto español,
cuya suerte tan decisivamente se ligaba a ella. Puede comprenderse, por exigencias
internas del guión, que Viñas subraye encomiásticamente
la –hipotética- sólida base sobre la cual se asentaban los razonamientos
de Stalin al respecto. Sin embargo, no estamos nada seguros que tal propósito
requiriera nimbar suplementariamente al dictador con un abanico de atributos
carentes por completo de fundamento histórico. Veámoslo con
un poco más de detalle.
Según el profesor Viñas, Stalin era un “hombre que pensaba
ante todo y sobre todo en términos políticos” (p. 339). Probablemente
fuera así, pero de haberse hallado el historiador provisto de una menor
puerilidad y de una lógica más ajustada al orden natural de
las cosas, debería haber precisado asimismo que: “pensaba ante todo
y sobre todo en términos de poder”
(9). Una puerilidad
similar destiñe también penosamente sobre algunos de los atributos
mediante los cuales se aureola en el libro la figura del dictador. Este nos
es presentado, en efecto, como “maestro consumado” (p. 346) en “táctica
y estrategia” (ib.), que demuestra ser además “un buen estudioso y
practicante de la dialéctica marxista” (p. 352); no poseía,
cierto, “grandes dotes de creador teórico” (ib.), pero no obstante,
remacha Viñas, “dominaba la praxis” (ib.). Concluyamos indicando que
el capítulo donde se recogen más concentradamente las opiniones
del dictador sobre la Guerra Civil española lleva por título:
“Stalin da una teórica”. Renunciamos a buscar una explicación
razonable a la fascinación que siente el profesor Viñas por
Stalin. En cualquier caso, no cabe duda de que el ramillete de flores transcrito
podría ser asumido sin objeción alguna por más de un
neo-filo-estalinista melancólico.
El segundo ejemplo nos lo proporciona el breve comentario que el historiador
aduce a beneficio de la relativización –es de suponer que
con la mejor de las intenciones- del probable impacto causado en los lectores
por el “asunto Nin”. No creemos sea detalle menor que dicho comentario se
encuentre ubicado inmediatamente después de las dudas manifestadas
en torno a si en verdad fue Stalin quien firmó personalmente la oden
de asesinar a Nin, tal y como sostiene S. Payne. Es igualmente característico
del proceder de Viñas cuestionar –con fundamento, por lo demás-
no tan sólo este aserto, sino recurrir de nuevo a los términos
comparativos para reprochar al historiador norteamericano haber olvidado que
también Franco se ocupaba en persona de tan siniestro cometido. He
aquí la transcripción fragmentaria del aludido comentario: “A
manera de apostilla, digamos que no es inhabitual que los máximos líderes
políticos, incluso en países democráticos, autoricen
asesinatos selectivos. La prensa se ha hecho eco con frecuencia del caso
israelí. Tampoco cabe olvidar los intentos, sancionados por las autoridades
norteamericanas, contra Fidel Castro (...)” (p. 615).
Llegados aquí, se hace necesario abordar uno de los aspectos menos
agradables de
El escudo de la República: En sus páginas
se advierte un cierto déficit de sensibilidad moral –indispensable
en cualquier estudio historiográfico cuyo sujeto sean los perdedores-
al abordar determinados episodios, en particular en aquellas donde se narra
y analiza el asesinato de A. Nin y la disolución del POUM. Son páginas
desprovistas por completo de aquella “percepción emocional de que alguna
cosa no es justa” en la que G. Orwell veía uno de los componentes constitutivos
de la denominada
common decency (10). Los sentimientos
“ordinarios” o “comunes” formarían parte por igual de ella, precisamente
la clase de sentimientos que el profesor Viñas desecha, incluso en
ocasiones en las cuales hubieran podido proporcionarle recursos historiográficos
nada desdeñables (generosidad empática, amplitud de visión,
etc.). Pasamos a exponer dos breves muestras de ello.
La primera se refiere a la desaparición, en el mes de abril del 37
(algunos autores la sitúan en mayo), de Marc Rein, corresponsal en
Barcelona de un periódico socialdemócrata sueco. El padre de
Rein, Rafael Abramovich, “era una de las figuras señeras de la socialdemocracia
rusa” (p. 543). Viñas precisa que Abramovich, “considerado enemigo
por el régimen estalinista, gozaba de gran predicamento en los círculos
de la Segunda Internacional” y que siendo un “adversario temible, se lanzó
a una campaña para poner al descubierto a los responsables de lo que
todo hacía pensar había sido un asesinato político (ib.).
Añade: “Dio la lata a Negrín cuando éste llegó
a la presidencia del Gobierno y, en general, no dejó piedra sin remover”
(ib.). No creemos exagerar si afirmamos que tras este “dio la lata” se oculta
todo un universo mental en el que apenas queda espacio para acoger los sentimientos
de un padre angustiado ante la desaparición de su hijo. Sentimientos
humanos “ordinarios”, en efecto, hacia los cuales todo historiador digno debe
prohibirse el menosprecio implícito en la frase coloquial reproducida.
La segunda muestra la extraemos del capítulo dedicado al asesinato
de A. Nin. En el contexto donde se especula sobre el número de días
en los que el líder del POUM fue sometido a interrogatorio y tortura
en “un hotelito de Alcalá de Henares” (p. 612), Viñas
reproduce un breve fragmento del libro de J. Hernández, Yo fui ministro
de Stalin. Según el exministro estalinista, Nin fue torturado “en días
sin noche, sin comienzo ni fin, en jornadas de diez y veinte y cuarenta horas
ininterrumpidas”. Sigue a esta breve cita de J. Hernández el comentario
–cien por cien propia marca- del historiador: “De lo que no cabe duda es
que se trató de unos cuantos días únicamente” (p. 614).
“Unicamente”, punto. Ni una sola alusión a lo eternos que debieron
parecerle a la víctima cada uno de los segundos de esos días
(si es que fueron pocos: hay autores que hablan de semanas: a ellos se dirige
el “unicamente” del profesor Viñas). La buena historiografía
está también amasada, nada accesoriamente, con la percepción
abierta hacia esa clase de detalles, los cuales deben considerarse parte íntegra
de la verdad histórica pese a que algunos historiadores estimen ejercicio
pusilánime demorarse en ellos. Al igual que en la muestra precedente,
la loable minuciosidad informativa queda de nuevo ensombrecida al no verse
acompañada tampoco aquí por un mayor grado de
common decency
(11).
Nos queda por examinar finalmente otro de los aspectos significativos de
El escudo de la República, por lo demás igualmente visible
en el anterior volumen editado. El conjunto de ambos libros delimita un espacio
de historia narrativa y analítica de extensión desigual, en
el que el segundo componente (la historia analítica) domina con mucho,
cualtitativamente y cuantitativamente, al primero (la historia narrativa)
a través de un férreo ejercicio de sesgada interpretación.
Dada la finalidad de la obra, esta distribución dista mucho de ser
casual. Contribuye además, subsidiariamente, a explicar la debilidad
narrativa –siendoViñas no obstante excelente escritor- de determinados
episodios, abandonados, justamente por ello, a una cierta confusión.
En ocasiones, parece como si la preocupación prioritaria del historiador
no hubiera sido la de reconstruirlos verosimilmente por via narrativa para
proceder luego a interpretarlos, sino la de rescatarlos mediante interpretación
directa del mal lugar donde los tiene retenidos -maltratándolos- una
pléyade de autores inescrupulosos. Al comentar antes la cuestión
del “vector soviético” ya hicimos una leve alusión a la desconfianza
mostrada por Viñas en relación a toda hipótesis
susceptible de cuestionar sus propias interpretaciones. No obstante, conviene
ahora volver sobre este extremo.
Viñas atribuye gran importancia a la labor de fulminar con rayo jupiteriano
a todos aquellos que con sus “mitos” (p. 488) y “construcciones ideológicas”
(p. 637) asedian la fortaleza del “republicanismo democrático”, unos
y otras merecedores de ser arrojados expéditamente “a la cuneta” (ib.)
en la medida misma que han sido alumbrados por el parti pris (por utilizar
una de las expresiones favoritas del historiador) en que incurren los autores
“conservadores y antirrepublicanos, los guerreros de la guerra fría
y una parte del exilio, particularmente anarquista y poumista”(p. 345), todos
ellos cegados por la eventualidad –“cuento chino”- de que el comunismo estalinista
pudiera lograr finalmente hacerse hegemónico en España.. La
especulación historiográfica sobre tal eventualidad, precisa
Viñas, “subsiste como vestigio de la propaganda franquista a favor
de la Cruzada contra el comunismo” (ib.).
El vehemente empeño con el cual Viñas trata de debelar las
imposturas historiográficas generadas por el referido parti pris resulta
en verdad sorprendente si se considera que
El escudo de la República
se erige en una de las mayores demostraciones de parcialidad alumbradas recientemente
al amparo de una cierta solemnidad académica (su autor es catedrático
de Economía y ha desempeñado cargos de alto funcionariado en
organismos internacionales). De tal parcialidad deriva, justamente, el escaso
respeto –académico o de cualquier otra especie
(12)-
con el cual se sale al encuentro de quienes han ofrecido y siguen ofreciendo
versiones alternativas a las desplegadas en el libro, versiones que en muchos
casos se situan en la estela de una interpretación atenta a las potencialidades
y desarrollos históricos de la dinámica o lógica revolucionaria
mencionada anteriormente. Tanto abundan las descalificaciones a su respecto
y tanta es la malintención puesta en su condena, que el lector se siente
a menudo impulsado a evocar una máxima lerochefoucauldiana: se pierde
ya buena parte de razón cuando no se espera hallar ninguna en los
otros (citamos de memoria).
Los “otros”, además, van a ser objeto por parte del profesor Viñas
(de nuevo habríamos de aludir a la especificidad de la propia marca)
de una operación de amalgama bastante tosca –de hecho, turbia- consistente
en colocar en el mismo hatillo a autores trotskistas, poumistas, anarco-sindicalistas,
franquistas y neo-franquistas, mancomunados indistintamente por un idéntico
aborrecimiento de la causa republicana, por un compartido recelo hacia las
irreprochables intenciones del prudente Stalin, por una común detestación
de la figura de J. Negrín, etc. Y así Burnett Bolloten (auténtica
bête noire de Viñas), « quien dedicó su vida entera
al estudio obsesivo de los efectos de la artera mano de Moscú sobre
la lejana España” (La soledad de la República, primer volumen
de la trilogía, p. XII), Victor Alba, “uno de los más prominentes
historiadores poumistas y que hizo de la defensa del POUM y de la confrontación
con Negrín y los comunistas el leitmotiv de su vida” (p. 521), Bartolomé
Bennassar, Stanley G. Payne, César Vidal y tantos “otros”, aparecen
a lo largo y ancho de las páginas de El escudo de la República
conviviendo en amigable compadreo, llevados por el afán de difundir
la monocorde cantinela anti-estalinista, poco importa si desde trayectorias
y finalidades intelectuales y políticas sin la menor cercanía
entre ellas, y con un concepto diametralmente opuesto respecto a qué
debe entenderse por verdad histórica.
En nuestra opinión, el buen hacer historiográfico del profesor
Viñas tiene mejor oportunidad de manifestarse en aquellas secciones
de la obra donde prevalecen problemáticas de índole económica
y/o diplomática. Pensamos, por ejemplo, en las secciones donde se despliega
un conocimiento admirable de los factores económicos implicados en
la ayuda soviética a la República, objeto de un exhaustivo y
documentado análisis; o en aquellas otras donde describe la ignominia
cometida por los gobiernos francés y británico en relación
a la causa republicana. Muchas otras secciones del libro ponen de relieve
la seriedad y el rigor mediante los que este historiador se plantea el trabajo
de investigación. Sin embargo, seguimos insistiendo en que el marco
interpretativo pre-fijado desde cuyo interior va armándose El escudo
de la República incide negativamente, y con demasiada frecuencia, en
la capacidad analítica y narrativa de su autor, en especial cuando
tal capacidad debe proyectarse sobre acontecimientos para cuyo cabal entendimiento
se precisan útiles conceptuales ajenos por completo al maniqueísmo
del guión republicano/negrinista.
Naturalmente, carecería de sentido reprocharle al profesor Viñas
no haber escrito el libro –la historia- que nosotros hubiéramos deseado
leer –y encontrar-. Acaso sí tenga algún sentido, en cambio,
deplorar no tan sólo que haya desconsiderado en su obra la potencialidad
heurística de los útiles conceptuales mencionados, sino también,
y muy en particular, que los haya valorado como subproducto de los “ensueños
revolucionarios”. Este error de apreciación le lleva a desestimar,
cuando no a caricaturizar con escasa ecuanimidad, los argumentos de cuantos
–testigos de los hechos y/o estudiosos e intérpretes de los mismos-
piensan, con E.P. Thompson, que “sólo se puede impedir al arte de lo
posible que absorba todo el universo si lo imposible encuentra caminos para
penetrar en la política una y otra vez”
(13). Al
hilo de esta última reflexión, concluiremos el presente texto
señalando que no es difícil prever que en el tercer volumen
aún inédito de la trilogía, el profesor Viñas
proseguirá validando historiográficamente a quienes en “los
ensueños revolucionarios” no vieron –no ven- más que un
empecinamiento suicida por alcanzar lo imposible. Y como tal, diríase
que más detestable que el propio fascismo.
Barcelona, Agosto, 2007
NOTAS
0.- M.P. Lynch:
La importancia de la verdad para
una cultura pública decente, Edit. Paidos, Barcelona, 2005, p.219.
1.- El primer volumen lleva por título
La
soledad de la República, Crítica, Barcelona,
2006 (551 páginas). Es probable que la tercera entrega aparezca el
próximo año.
2.- Para los llamados “sucesos de Mayo” pueden consultarse
las siguientes aportaciones recientes, de dispar orientación y calidad:
F. Gallego,
Barcelona, Mayo de 1937. La crisis del antifascismno en Cataluña,
Random House Mondadori, S.A. Barcelona, 2007; F. Aisa:
Contrarevolució.
Els fets de Maig de 1937, Edicions de 1984, Barcelona, 2007; A. Guillamón:
La CNT, de la victoria de Julio de 1936 a la necesaria derrota de Mayo
de 1937, Ediciones Espartaco Internacional, s.l., 2007; y, finalmente,
C. García, H. Piotrowski, S. Roses, ed.: Barcelona, mayo de 1937.
Testimonios
desde las barricadas, Alikornio ediciones, Barcelona, 2006. Es constante
la presencia en la red, y por consiguiente extra-muros académicos,
de intervenciones anarco-sindicalistas, trotskistas y poumistas en torno
a los “sucesos de Mayo”, el asesinato de A. Nin y la represión del
POUM.
3.- Tomo la expresión de J.W. Burrow:
La
crisis de la razón. El pensamiento europeo, 1814-1914, Crítica,
Barcelona, 2001, p. 9.
4.- La tradición emancipatoria o de autonomía
atribuye singular importancia a todos aquellos acontecimientos históricos
en los cuales se pone de manifiesto in acto la capacidad creadora del colectivo
anónimo para instituir formas sociales y políticas exentas de
dominación, y ello con independencia de su duración temporal.
C. Castoriadis afirma en tal sentido que las pocas semanas de la revolución
húngara de 1956, así como las escasas de la Comuna de París,
“no son menos importantes y significativas para nosotros (subrayado en el
original) que tres mil años de historia del Egipto faraónico”,
C. Castoriadis: “La source hongroise”, en
Le contenu du socialisme,
Union Générale d´Éditions, Paris, 1979, p. 388.
(Traducción española:
La exigencia revolucionaria, Acuarela
libros, Madrid, 2000). El mismo autor sostiene que la serie de fechas emblemáticas
en la secuencia: 1871, 1905, 1917, 1919, 1936-1937, 1956 constituye una “unidad
de creación social-histórica” todavía no finalizada (ib.
p. 387, el subrayado es nuestro).
5.- El trabajo de exploración documental realizado
por Viñas es impresionante. Ha utilizado con notable pericia fuentes
y archivos inéditos británicos, franceses y, muy en particular,
de la extinta Unión Soviética. Sin embargo, este reconocimiento
no impide cuestionar los criterios instrumentales con que, en no pocos pasos
del libro, han sido seleccionados, dispuestos e interpretados los documentos.
6.- J. A. Pozo, en
El poder revolucionari a Catalunya
durant els mesos de juliol a octubre de 1936. Crisi i recomposició
de l´Estat, señala que tales dinámicas corresponden
igualmente a lógicas opuestas. La primera de ellas, la antifascista,
quedaría codificada en términos de pueblo; la segunda, la revolucionaria,
lo haría en términos de clase. Citado en: F. Gallego, op. cit.
supra, p. 271. Gallego, cuyo estudio explora en profundidad, si bien de forma
innecesariamente tortuosa, la dialéctica entre ambas dinámicas,
estima que éstas no pueden considerarse antagónicas si se atiende
al contenido igualmente revolucionario del proyecto democrático-popular
contra el cual se alzó el POUM movido por la voluntad de impulsar –sin
base objetiva alguna- una transformación inmediata de carácter
socialista. Es de subrayar el enorme vacio bibliográfico advertible
en El escudo de la República por lo que hace a tan importante cuestión.
7.- Se sabe cuáles son los otros factores,
en cuya enumeración Viñas invoca la establecida coetáneamente
por M. Azaña: “la retracción de las democracias, la creciente
intervención de las potencias del Eje y la capacidad política
y militar de Franco” (p. 618)
8.- Conviene subrayar que amplísimos sectores
del movimiento antifascista consideraban que la estrecha conjunción
de ambas dinámicas –nada ilusoria en el desarrollo efectivo de los
hechos- constituía la garantía más sólida para
poder ganar finalmente la guerra. En su deseo de atenerse fielmente al guión
pre-establecido, el profesor Viñas efectua diferentes operaciones de
reducción: concede escaso espacio al desarrollo de la dinámica
revolucionaria; despoja de sentido las razones que la sustentaban y, en fin,
de manera consistente con todo ello, limita al papel de mero figurante sin
apenas frase a alguno de los más lúcidos exponentes teóricos
de tales razones. Es significativo al respecto el caso de J. Maurín:
ni él ni sus escritos son mencionados en parte alguna del libro. Por
supuesto, no incurriremos en la ingenuidad de creer que la lectura de los
escritos de J. Maurín hubiera inducido al profesor Viñas a matizar
su tesis, pero tal vez la de R
evolución y contrarrevolución
en España (1935) podría haber contribuido a que sopesara
–no lo hace en ningún instante- las desastrosas consecuencias que tuvo
para la causa republicana la derrota de las expectativas revolucionarias.
9.- Cierto que Viñas se refiere al “poder omnímodo
de Stalin” en el contexto donde se considera –muy desenfocadamente por cierto-
que las purgas desencadenadas por el dictador “permitieron destruir el sistema
oligárquico que hasta entonces había funcionado en la Unión
Soviética “ (pp.259-260).
10.- G. Orwell: “Charles Dickens”, en:
Ensayos
críticos, Sur, BBAA, 1948, pp. 74-75. Para interesantes aportaciones
en torno a la
common decency de Orwell, véase: J-C. Michéa:
La escuela de la ignorancia, Acuarela libros, Madrid, 2002, p. 23.
En
Orwell, anarchiste tory, Climats, s.l., 2000, el mismo autor ofrece
también útiles reflexiones acerca del concepto.
11.- “La erudición desprovista de sensibilidad
es pedantería”, sostiene T. S. Eliot en
Notas para la definición
de la cultura, Editorial Bruguera, Barcelona, 1962, p. 10. Es inevitable
rememorar esta frase ante determinados pasos de la obra de Viñas.
12.- F. Gallego, en cuyo estudio sobre los sucesos
de Mayo afloran varios puntos de vista coincidentes con los defendidos por
el profesor Viñas, explicita no obstante su “respeto por autores con
cuyas conclusiones discrepo, en general próximos a una reivindicación
política del POUM, pero cuya investigación me ha resultado indispensable
para ajustar mejor mi mirada, etc.” F. Gallego, op. cit. supra, p. 19. En
vano se buscarán en la obra de Viñas frases análogas
o que expresen parecido reconocimiento.
13.- Citado por Bryan D. Palmer: E.P. Thompson.
Objeciones
y oposiciones, P.U.V, València, 2004, p. 133.