A vueltas con Stalin. Una crítica
Jordi Torrent Bestit
“Es el lado malo el que impulsa el movimiento de la Historia”. El conocido
aserto marxiano es reproducido por Domenico Losurdo (DL para sucesivas alusiones)
en
Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra (p.309)
(1)
, libro del que es autor. A mi ver, la frase se erige en una de las divisas
mayores de sus páginas; no obstante, finalizada su lectura, uno casi
se siente inclinado a pensar que llevan por igual audibles resonancias teodiceas
de otra divisa no exactamente equivalente y que, para ir rápido,
me permito resumir en términos más aristotélicos que
leibnizianos: el mal es el bien que no alcanzamos a comprender. De ser así,
bien pudiera conjeturarse que entre las razones que han impulsado a DL a
concebir y a escribir este ensayo también ha figurado la de tratar
de desvelar el “bien” en el “mal” entrañado en uno de los segmentos
sociales y políticos más oscuros y trágicos de la contemporaneidad.
Las presentes notas tienen por objeto focalizar la atención crítica
en algunos -tan sólo algunos- de los procedimientos metodológicos
y dispositivos explicativos utilizados a tal fin por el autor, procedimientos
y dispositivos derivados de una intencionalidad ideológica cuya omnipresencia
en las páginas del ensayo debilita considerablemente la probidad
historiográfica del mismo.
De algún modo aproximado a la antinomia libertad/necesidad, la relación
dialéctica entre lo “bueno” y lo “malo” ha sido terreno fértil
donde se han ido asentando múltiples especulaciones filosófico-políticas
no exentas, en algún caso, de adherencias metafísicas. No
en el de Lukács, por cierto, quien la estimaba cuestión ineliminable
de la realidad estudiada por DL. El filósofo húngaro incluso
discernía en dicha relación uno de los dilemas morales del
bolchevismo. Me demoraré más adelante en el motivo nada inocente
en virtud del cual un hegelianismo de brocha gorda hace su aparición
en no pocos pasos del libro. Por el momento, me limito a señalar que
la reconstrucción de los hechos históricos efectuada en sus
páginas, así como la correlativa interpretación ofrecida
de los mismos, está supeditada a necesidades de demostración
que transitan por caminos en los cuales no cuesta advertir una de las aspiraciones
metafisicizantes de mayor incardinación en los variados discursos
legitimadores de la heterenomía: la que pretende hacernos más
llevaderas las pesadumbres generadas por procesos históricos contingentes,
presentados, no obstante, bajo el inapelable signo de la ineluctabilidad.
DL se propone cuestionar, “problematizándolas” (p. 24), todas las
imágenes que han venido dominando por lo común las distintas
valoraciones de que ha sido objeto hasta el presente la figura política
de Stalin, valoraciones movidas según él por la intención
de deslizar la historia hacia, en propia expresión, “la mitología
política” (p. 321). Se trata, pues, de un propósito irreprochable:
contribuir a un mejor conocimiento de la realidad histórica desbaratando
los
idola fori que lo entorpecen .
Conviene señalar de inmediato, sin embargo, que tal propósito
viene acompañado por otro, mucho menos aireado, pero en modo alguno
accesorio, desplegado a guisa de derivación o, mejor, de inferencia
lógica del primero: restituir al dictador el reconocimiento político
del que gozó en tiempos menos cicateros, rescatándolo del
lúgubre desván donde le ha ido confinando una malevolencia
interpretativa tan repleta de ostensibles calumnias como de interesados desenfoques.
Desde cualquier perspectiva metodológica mínimamente respetuosa
de las premisas que han de prevalecer en todo trabajo de investigación
historiográfica -la de la objetividad en primerísimo lugar-,
dista mucho de ser evidente que ambos propósitos sean de textura fácilmente
conciliable.
En efecto, cabe abrigar alguna duda razonable acerca de que un entreverado
semejante de intenciones pueda efectuarse a salvo de conflictos de envergadura
variable, sobre todo si se deja de avivar la prudencia -la frónesis-
requerida por una operación acechada en permanencia por el desequilibrio
al que le expone el propósito de mayor impronta ideológica.
En
Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra son varios
los pasos en los cuales se pone de manifiesto cuan escasamente lo ha hecho
su autor; no en grado suficiente, al menos, para dejar huérfana de
todo fundamento la impresión de que los déficits de autocontrol
ideológico impiden al proceso histórico -a su deseable veracidad-
alcanzar autonomía propia. Muy al contrario, esta última es
anegada una y otra vez en un mar de pseudo-racionalizaciones poblado de
remisiones al supuesto origen remoto de los hechos, así como de paralogismos,
afirmaciones equívocas y conclusiones aventuradas. Diríase
que el parti pris inicial asumido por DL –en términos sartreanos:
la idea verdadera es la acción eficaz- le impide alcanzar el distanciamiento
y la cautela con los que debe pertrecharse todo aquel que se proponga penetrar
en una de las secuencias más complejas y prolongadas de la historia
de la Unión Soviética, historia en la que, además,
no siempre resulta fácil establecer la frontera nítida entre
utilidad y verdad -entre necesidad y libertad-, como corresponde a un universo
que, sin casualidad alguna, ha podido ser denominado por M. Lewin “reino
de lo arbitrario”
(2)
.
La falta de frónesis de DL alcanza una de sus expresiones más
notorias en el reiterado empleo del
tu quoque. Como es sabido, el
“tú también” es recurso defensivo de bajo nivel argumentativo.
En este caso, constituye uno de los dispositivos que, utilizado
ad nauseam
, contribuye no poco al desequilibrio ideologizante aludido. Apunto subsidiariamente
que el recurso es manejado de forma tan pugnaz como desprovista del menor
sentido de proporción comparativa, precisamente dos de los aspectos
que, no sin ironía, tanto reprocha DL al grueso de la bisutería
amanuense surgida de los talleres anticomunistas de la Guerra Fría.
La especifidad del hecho histórico, esto es, su singularidad como
realidad engendrada por la capacidad creativa y/o destructiva de un individuo
o de un colectivo, no puede más que desdibujarse cuando se la sitúa
en el interior de un marco de relativismo integral (por lo demás
incoherente, como suele serlo todo relativismo integral) donde el “culto
a la personalidad” rendido a Stalin será equiparado al que rodeó
a F.D. Roosevelt (p. 51); o donde el Gulag será equivalente al internamiento
de japoneses al que procedió el gobierno estadounidense a raíz
de la II G.M. (p. 177); o donde la política represiva de Stalin será
vecinada con la persecución de cristianos emprendida por Diocleciano,
interpretadas ambas como expresión de una “preocupación real
por el futuro del Estado” (p. 363). Probablemente convencido de que el papel
lo soporta todo, el autor del libro reitera hasta la saciedad tales analogías
sin perder siquiera un minuto en interrogarse acerca del grado de consistencia
existente en la mayoría de ellas.
No menos significativo del proceder de DL es el huraño desdén
con el que son tratados de forma sistemática en su ensayo los grupos
y personas que, desde el interior mismo del movimiento comunista -y desde
época bien temprana- intentaron dar a conocer (en la URSS y fuera
de ella) la impostura burocrático-autoritaria que iba adueñándose
crecientemente del Estado y la sociedad soviéticos. Digo huraño
desdén; debiera precisar: cuando lo hay. Pues en las más de
las ocasiones el procedimiento efectivo utilizado consiste en silenciar
la existencia de los mismos, en nueva y no menos curiosa coincidencia con
alguno de los autores anticomunistas con los que DL pretende confrontarse
(pienso, por ejemplo, en
El pasado de una ilusión de F. Furet).
Cierto es que de ello queda a salvo Trotsky –por lo demás, auténtica
bête noire del autor-, de cuya trayectoria, así como
de sus posiciones políticas, se ofrece una descripción -una
parodia- al más puro estilo vychinskiano - no exagero- desbordante
de “conspiraciones” y “traiciones”, descripción que movería
a franca hilaridad de no mediar un conocimiento documentado del movimiento
trotskista, así como del siniestro destino en el que finalmente sucumbirían
tanto el propio Trotsky como infinidad de sus seguidores (una vez más:
en la URSS y fuera de ella).
La memoria elige lo que olvida, escribió en algún lugar J.L
Borges. Como sea que resultaría ofensivo para DL suponerle ignorante
de las incontables aportaciones críticas surgidas del antiestalinismo
de izquierdas ajeno a las corrientes trotskistas o en ruptura con ellas
(por dejar de lado ahora, y es mucho dejar, la ingente bibliografía
de procedencia anarquista existente al respecto), parece razonable atribuir
a deliberada intención el silencio al que las condena. Por mi parte,
no me resulta difícil vislumbrar en el hecho una nueva muestra del
pragmatismo vulgar hacia el cual suele tender el discurso losurdiano, empeñado
por lo común, como he indicado ya, en asociar de forma indisoluble
verdad y acción eficaz, asociación sobrecargada de enormes
implicaciones historiográficas (y epistemológicas), diríase
que inadvertidas por el autor del libro.
Antes de proseguir, vale la pena señalar a título incidental
que el apego que parece experimentar DL por la acción eficaz -en
definitiva: por el “éxito”- quizás sea la causa del arrobo
no exento de puerilidad (¡cómo si la lisonja y adulación
del tirano moderno, de Napoleón a Gadafi, pasando por Mussolini,
Hitler y Franco, no fueran componentes intrínsecos del cínico
“realismo” de sus adversarios!) con el que son reproducidos los elogios
de la variopinta galería de personalidades que mostraron hacia Stalin
“durante todo un período histórico interés, simpatía
y admiración” (p. 19). El variado repertorio incluye a W. Churchill,
Lloyd George, B. Croce, A. Toynbee, N. Bobbio, H. Laski, A. Kojève,
S. Webb, De Gasperi, J. Davies, etc.
El “informe secreto” de N. Kruschov (XX Congreso del PCUS, 1956) es el
punto de arranque del ensayo de DL. Al propiciar un “giro radical en la
historia de la imagen de Stalin” (p. 13), el informe fue factor más
que decisivo en el proceso de “arrojar un dios al infierno” (p.25). Preguntémonos:
dios y giro radical ¿para quiénes?. Para millones de comunistas
bona fide de todo el mundo, sin duda
(3)
; para una masa considerable de ciudadanos rusos, también; para algunas
de las figuras de relumbrón intelectual y político citadas,
tal vez; para los innumerables “compañeros de viaje”, puede ser
(4)
. Pero no, desde luego, para V. Serge, P. Monatte, A. Rosmer, B. Souvarine,
A. Pannekoek, A. Ciliga, K. Korsch, P. Mattick, O. Ruhle, M. Rubel, C. Castoriadis
y tantos otros marxistas revolucionarios, conocidos o menos conocidos. Todos
ellos -conviene insistir en el extremo- no tuvieron necesidad de aguardar
los fuegos artificiales del XX Congreso para explicitar, mediante análisis
inspirados en el mejor pensamiento de Marx -elaborados en ocasiones en medio
de penosas condiciones materiales y teniendo que hacer frente a toda clase
de hostilidades-, la naturaleza aberrante del Estado soviético, así
como el papel desempeñado por el propio Stalin en la creación
y ulterior desarrollo de un sistema de dominio político y de explotación
económica históricamente inédito.
Sin embargo, salvo el de A. Pannekoek y el de B. Souvarine, objeto ambos
de alusión tangencial (pp. 77 y 87 respectivamente), ninguno de los
nombres acabados de mencionar merece mínima atención en el
libro de DL. No debiera de extrañarnos. Las aportaciones críticas
del marxismo herético, en su mayoría asentadas en recursos
y valores creativos intrínsecamente ligados a la actividad autónoma
de las masas y, como tales, situados en las antípodas de la “autobeatificación
estaliniana”
(5)
, resultaban de problemático encaje en un ensayo entre cuyas pretensiones
de más hondo calado figura la de hurtar cualquier validez a las diferentes
vías que en el transcurso del proceso revolucionario se ofrecían
a los bolcheviques, así como también la de apuntalar el carácter
ineluctable de la victoria de Stalin en las luchas internas del partido.
Siendo así, quizás sea llegado el momento de recuperar una
de las cuestiones apuntadas al inicio de las presentes notas: la del peculiar
trato recibido por la “dialéctica” a lo largo de las páginas
de
Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra.
Nada menos que tres apartados enteros de ellas (127-143) están dedicados
a un
exposé -algo asilvestrado- de los peligros nada ficticios
que para la “dictadura desarrollista” estaliniana (p. 191) representaban
todos aquellos y aquellas que incurrieron en un universalismo abstracto “incapaz
de subsumir y respetar lo particular” (p. 139). Subproducto de las elucidaciones
hegelianas sobre la Revolución Francesa, esta cantinela acompaña
indefectiblemente cualquiera de los análisis relacionados con los
planteamientos críticos de la heterogénea oposición
antiestalinista de orientación revolucionaria. DL parece creer que
vehicular la descalificación de los mismos bajo respetable cobertura
filosófica -de hecho: ideológica- bastará para dotarla
de justificación. En mi opinión, el recurso no es más
que una nueva exhibición de
furor ingenii desplegada con ánimo
de hacer más convincente el (falso) objetivismo con el que se intenta
“explicar” y “contextualizar” tanto la configuración de la realidad
burocrática como, sobre todo, las atrocidades alumbradas por su “Guía”
supremo (la colectivización forzosa, la aniquilación física
de los camaradas de primera hora, las grandes purgas, el universo concentracionario…).
Inútil precisar que Hegel no es en modo alguno responsable de la
respuesta insatisfactoria dada por DL a interrogantes ineliminables desde
la perspectiva del materialismo histórico, justamente, digámoslo
de pasada, la clase de interrogantes que podemos hallar mucho mejor atendidos
en el ámbito del comunismo heterodoxo. De entre los más pertinentes,
destaco uno: ¿cuál fue en definitiva el papel histórico
de Stalin y en qué medida correspondió a las exigencias de
una situación social determinada?. Abusando de la cita textual, alargaré
el comentario en torno al discutible papel ancilar desempeñado por
la dialéctica hegeliana en los pasos en que es convocada por el autor
del ensayo.
Para DL, hay que juzgar el “universalismo abstracto” máximo responsable
de que las masas, sin duda poco dadas al conocimiento cabal de ciertas sutilezas
filosóficas, se pusieran a reivindicar a partir de Octubre “no solamente
la libertad y la igualdad sino también la participación en
la vida pública y en cada fase del proceso de toma de decisiones”
(p.133). Un escándalo. Stalin, cual redivivo Cromwell aplastando a
los
levellers (p. 337), se hallaba comprometido “en una difícil
lucha contra la utopía abstracta” (p.142), y disponía de una
visión mucho más amplia (así pues, no es descartable
que hubiera leído la
Fenomenología del Espíritu
). “Al enfrentarse al problema de la construcción de una nueva sociedad”,
señala DL, “los intentos de hacer que el universal abrace
la riqueza
del particular se han encontrado con la acusación de traición.
Y se comprende bien que tal acusación haya golpeado de manera especial
a Stalin, pues gobernó durante más tiempo que cualquier otro
líder el país de la Revolución de octubre y, precisamente
a partir de la experiencia de gobierno fue consciente de la vacuidad de la
espera mesiánica por la disolución del Estado, de las naciones,
de la religión, del mercado, del dinero, y experimentó directamente
el efecto paralizante de una visión del universal inclinada a etiquetar
como una contaminación la atención prestada a las necesidades
e intereses particulares de un Estado, de una nación, de una familia,
de un individuo determinado.” (p. 143). La larga cita puede servir para
ilustrar el vuelo hegelianizante emprendido en ocasiones por la argumentación
losurdiana. Veamos una pocas muestras más de la amalgama.
El “mesianismo anarcoide” (p.133, en tres ocasiones), el “culto de la universalidad
y de la utopía abstracta” (p. 135) y “el radicalismo y mesianismo
anarcoide” (p. 140), son arborescencias derivadas del “desatroso mito de
una
voluntad universal (…), de una democracia directa, una dirección
colectiva que sin mediaciones ni obstáculos burocráticos se
exprese directa e inmediatamente en las fábricas, en los lugares de
trabajo, en los organismos políticos”. (p.139). Tales objetivos estaban
destinados a “fracasar por razones tanto internas (utopía abstracta
y mesianismo que impiden reconocerse en los resultados conseguidos) como
internacionales (la amenaza permanente que se cierne sobre el país
de Octubre) o bien por la suma de unos y otras” (p.157). Stalin, remacha
una y otra vez DL, poseía de todo ello un conocimiento infinitamente
superior al mostrado por cuantos fueron insensibles a las mediaciones “concretas”
y “particulares” indispensables para no “obstaculizar la acción del
grupo dirigente y acaba(r) provocando su fractura interna” (p.135).
Con tales esmaltaciones de “realismo”, apenas habrá de sorprender
que por las páginas del libro desfilen en un momento u otro algunos
ilusos habitantes del planeta de la “abstracción” y de la “utopía”
llamados L. Trotsky (en numerosos pasos), N. Bujarin (ídem.)
(6)
, A. Kollontai (p. 131), R. Luxemburg (p. 137) o K. Kautski (íb.).
Anotemos, en fin, que ni el propio K. Marx quedará exonerado de haber
incurrido en deletérea “esperanza mesiánica” (p. 308), actitud
que compartió con el mismísimo…¡Pol Not! (p. 337).
Tras la lectura del libro, no es difícil concluir que el propósito
de “problematizar todas las imágenes” que hasta el presente se han
venido dando de Stalin requería una visión mucho más
amplia que la mostrada por su autor. Al fin y al cabo, pretender hacerlo
desde la premisa de que “la categoría de estalinismo no es convincente
(pues) parece presuponer un conjunto homogéneo de doctrinas y comportamientos
que no existe” (p. 308) puede simplificar la tarea “desmitificadora”, pero
no parece ser la opción metodológica más idónea
para abordar las cuestiones de mayor pertinencia que se desprenden del estudio
de la realidad soviética configurada por Stalin, una realidad que
no puede ser entendida en clave exclusivamente personal. De hecho, la opción
elegida por DL tan sólo adquiere pleno sentido si se la aúna
a la voluntad de diluir las catastróficas consecuencias que ha representado
y prosigue representando para el proyecto de emancipación cuanto
se iría legalizando al amparo de la fórmula “socialismo en
un solo país”: la separación Estado/masas, la concentración
de toda la autoridad entre las manos de una única dirección,
la acentuación de los privilegios y desigualdades sociales y la correlativa
formación de un aparato colectivo de apropiación, etc.
(7)
“La verdadera objetividad”, señaló hace años E.P.
Thompson, “conducirá al historiador al corazón de la situación
humana real y, una vez allí, si es digno de ese nombre, hará
juicios y extraerá conclusiones”
(8)
. DL, al tratar de presentar e interpretar la teratología estaliniana
como la única respuesta susceptible de poder hacer frente a
los retos gigantescos planteados por la construcción del “socialismo
en un solo país”, relativiza hasta lo indecible la responsabilidad
política y moral de quien fue su máximo artífice. A
tal fin, ensambla de forma harto deficiente objetividad, juicios y conclusiones
alcanzadas mediante el filtro y la omisión (en vano se buscará
en el ensayo de DL, por ejemplo, una sola palabra relativa a la eliminación
de las vanguardias artísticas que florecieron en la URSS durante la
década de los años veinte).
Los latidos del “corazón de la situación humana real” son
inaudibles en este libro. Han sido sustituidos por el silencio con el que
se pretende acallar no pocas realidades incómodas, realidades que hacen
insostenible la tesis mayor que ha inspirado a su autor, esto es, que el
“mal” causado por Stalin y por el estalinismo, en la medida que contenía
los gérmenes de un generalizado “bien” materializado en sucesivas epifanías
(la modernización de la URSS, la derrota del nazi-fascismo…), debe
ser aceptado como
históricamente necesario. En definitiva, a
mi juicio el esfuerzo de DL ha dado lugar a un artefacto ideológico
poco convincente, a la par que a una aportación historiográfica
fallida. No obstante, como contribución a la extendida creencia -variante
positivista del post-modernismo en boga- de que el pensamiento político
no puede mantener una relación estable con la verdad,
Stalin.
Historia y crítica de una leyenda quizás pueda valorarse
de manera menos negativa, aunque, ciertamente, no por ello más agradecible.
Barcelona, junio, 2011
NOTAS
1 .- Domenico Losurdo,
Stalin. Historia y crítica
de una leyenda negra, Barcelona, El Viejo Topo, 2011. Con un ensayo
final de Luciano Canfora, 399 páginas. Traducción de A. Antón
Fernández. Los números entre paréntesis que figuran
al final de cada una de las citas textuales remiten a la correspondiente
página de esta edición.
2 .- Moshe Lewin,
Le siècle soviétique,
París, Fayard/Le Monde Diplomatique, 2011 (Versión española
en Crítica, 2006), p. 101. El historiador utiliza asimismo la expresión
« paranoia sistémica » para referirse a los componentes
irracionales que animaban la política estalinista, componentes derivados
de “los rencores”, “la perversidad”, y “los accesos de furor” de la “turbia
personalidad de Stalin”, p. 113.
3 .- Entre otras muchas aducibles a ese respecto, la reacción
de Anna Pauker, miembro rumana de la Comintern, resulta muy representativa:
“Lloró cuando se enteró de la muerte de Stalin, a pesar de
que no le gustaba, de que tenía miedo de él y de que por aquel
entonces se estaba planeando arrojarla a los lobos por supuesta burguesa
nacionalista, agente de Truman y del sionismo.(No llore - le dijo el encargado
de interrogarla-. Si Stalin siguiera vivo, Vd.estaría muerta). Extraigo
el episodio de E.Hobsbawm,
Años interesantes. Una vida del siglo
XX, Barcelona, Crítica, 2003, p. 192. Traducción de J.
Rabasseda-Gascón.
4 .- Aparte de A. Kojève y S. Webb, en el libro
no se alude a algunos de los “compañeros de viaje” de mayor notoriedad,
tal vez consciente su autor de la complejidad de un universo poco manejable
en clave simplista. Por otra parte, las ambigüedades analíticas
en relación a Stalin y al estalinismo de I. Deutscher, cuya trayectoria
personal y política no corresponde, desde luego, a la de un “compañero
de viaje”, son características del movimiento trotskista en general.
Consecuente con el propósito perseguido en su libro, DL, aún
citando a Deutscher, muestra nulo interés hacia ellas.
5 .- M. Lewin, op. cit. p. 112.
6 .- N. Bujarin es, junto a Trotsky, uno de los bolcheviques
objeto de una particular inquina en las páginas del libro. Tan pronto
lo vemos tramando golpes de Estado contra Lenin como aterrorizado ante la
eventualidad de que se reproduzca una “Noche de San Bartolomé”. Basta
consultar cualquier monografía seria sobre la trayectoria política
de Bujarin para advertir la inexistente base empírica sobre la que
DL asienta sus insidias. Véanse, por ejemplo, A.G. Löwy,
El
comunismo de Bujarin, Barcelona, Ediciones Grijalbo, 1973. Traducción
de M. Sacristán; asimismo, S. F. Cohen, Bujarin y la revolución
bolchevique, Madrid, Siglo XXI, 1976. Traducción de V. Romano García.
Este último estudio es citado por DL; no obstante, cabe sospechar
que ha procedido a descontextualizar la cita, una práctica que dista
de ser excepcional en el libro. Las fuentes de información utilizadas
en éste son invariablemente secundarias. No me es posible entrar
a discutir aquí el dudoso criterio mediante el cual han sido seleccionadas.
7 .- Sobre los aspectos relativos a la configuración
de la burocracia como clase dominante en la URSS, así como sobre
el carácter de las relaciones de producción en las que se
basaba tal dominio, siguen siendo imprescindibles los numerosos análisis
efectuados por C. Castoriadis y C. Lefort en las páginas de la revista
marxista Socialisme ou Barbarie (creada en 1949). Del primero, puede destacarse
“Les rapports de production en Russie”, in La société bureaucratique,
vol. 1, París, UGE, 1973, pp. 205-281 (traducción española
en Tusquets, 1976); del segundo, “Le totalitarisme sans Staline”, in Eléments
d´une critique de la bureaucratie, Genève/Paris, Librairie Droz,
1971, pp. 130-190. (La versión española de “Le totalitarisme
sans Staline” fue editada en Ruedo Ibérico, 1970, a partir del texto
publicado inicialmente en Socialisme ou Barbarie, nº 19, julio-septiembre,
1956.)
8
.
- B. D. Palmer, E.P. Thompson.
Objeciones y oposicione
s, València, PUV, 2004, p. 94. Traducción de P. Salomón
Chéliz.