Carta de León Trotsky a Joan London
Querida camarada: Experimento
cierta confusión al confesarle que sólo estos últimos
días, es decir, con un retraso de treinta años, he leído
por primera vez
El talón de hierro, de Jack London. Este libro
me ha producido -lo digo sin exageración- una viva impresión.
No por sus estrictas cualidades artísticas: la forma de la novela no
hace aquí más que servir de cuadro al análisis y la
previsión sociales. Voluntariamente, el autor es muy parco en el uso
de los medios artísticos. Lo que le interesa no es el destino individual
de sus héroes, sino el destino del género humano. Sin embargo,
no quiero con esto disminuir en nada el valor artístico de la obra,
y principalmente de sus últimos capítulos a partir de la Comuna
de Chicago. Lo esencial no es eso. El libro me ha impresionado por el atrevimiento
y la independencia de sus previsiones en el terreno de la historia.
El movimiento obrero mundial
se ha desarrollado, a fines del siglo pasado y comienzos del presente, bajo
el signo del reformismo. De una vez para siempre parecía establecida
la perspectiva de un progreso pacífico y continuo del desarrollo de
la democracia y las reformas sociales. Desde luego, la revolución rusa
fustigó al ala radical de la socialdemocracia alemana y dio por algún
tiempo un vigor dinámico al anarcosindicalismo en Francia.
El talón
de hierro lleva, por otra parte, la marca indudable del año 1905.
La victoria de la contrarrevolución se afirmaba ya en Rusia en el
momento en que apareció este libro admirable. En la arena mundial,
la derrota del proletariado ruso dio al reformismo no sólo la posibilidad
de recuperar posiciones perdidas un instante, sino incluso los medios de
someter completamente al movimiento obrero organizado. Basta recordar que
fue precisamente en el curso de los siete años siguientes (de 1907
a 1914) cuando la socialdemocracia internacional alcanzó al fin la
madurez suficiente para jugar el bajo y vergonzoso papel que fue el suyo
durante la guerra mundial.
Jack London ha sabido traducir, como verdadero
creador, el impulso dado por la primera revolución rusa, y también
ha sabido repensar en su totalidad el destino de la sociedad capitalista a
la luz de esta revolución. Se ha asomado más particularmente
a los problemas que el socialismo oficial de hoy considera como definitivamente
enterrados: el crecimiento de la riqueza y de la potencia de uno de los polos
de la sociedad, de la miseria y de los sufrimientos en el otro polo.
La acumulación del odio social el ascenso irreversible de cataclismos
sangrientos, !todas estas cuestiones las ha sentido Jack London con una intrepidez
que incesantemente nos obliga a preguntarnos con asombro: pero ¿cuándo
fueron escritas estas líneas? ¿Fue acaso antes de la guerra?
Hay que destacar muy particularmente
el papel que Jack London atribuye en la evolución próxima de
la humanidad a la burocracia va la aristocracia obreras. Gracias a su apoyo"
la plutocracia americana logrará aplastar el levantamiento de los obreros
y mantener su dictadura de hierro en los tres siglos venideros. No vamos
a discutir con el poeta sobre un plazo que no puede dejar de parecernos extraordinariamente
largo. Aquí lo importante no es el pesimismo de Jack London, sino
su tendencia apasionada a espabilar a quienes se dejan adormecer por la rutina,
a obligarlos a abrir los ojos, a ver lo que es y lo que está en proceso.
El artista utiliza hábilmente los procedimientos de la hipérbole.
Lleva a su límite extremo las tendencias internas del capitalismo
al avasallamiento, a la crueldad, a la ferocidad ya la perfidia. Maneja los
siglos para medir mejor la voluntad tiránica de los explotadores y
el papel traidor de la burocracia obrera. Sus hipérboles más
románticas son, en fin de cuentas, infinitamente más justas
que los cálculos de contabilidad de los políticos llamados «realistas».
No es difícil imaginar
la incredulidad condescendiente con la que el pensamiento socialista oficial
de entonces acogió las previsiones terribles de Jack London. Si nos
tomamos el trabajo de examinar las críticas de
El talón de
hierro que se publicaron entonces en los periódicos alemanes
Neue
Zeit y
Worwarts, en los austriacos Kampf y Arbeiter Zeitung, no
será difícil convencerse de que el «romántico»
de treinta años veía incomparablemente más lejos que
todos los dirigentes socialdemócratas reunidos de aquella época.
Además, Jack London no sólo resiste, en este dominio, la comparación
con los reformistas y los centristas. Se puede afirmar con certeza que, en
1907 no había un marxista revolucionario, sin exceptuar a Lenin ya
Rosa Luxemburgo, que se representara con tal plenitud la perspectiva funesta
de la unión entre el capital financiero y la aristocracia obrera. Esto
basta para definir el valor específico de la novela.
El capítulo "La bestia gimiente
del abismo" es, indiscutiblemente, el centro de la obra. Cuando fue publicada
la novela este capítulo apocalíptico debió parecer el
límite del hiperbolismo. Lo que ha ocurrido después lo supera
prácticamente. Y, sin embargo, la última palabra de la lucha
de clases no ha sido aún dicha. “La bestia del abismo” es el pueblo
reducido al grado más extremo de servidumbre, de humillación
y degeneración. ¡No por eso hay que arriesgarse a hablar del
pesimismo del artista!. No, London es un optimista, pero un optimista de mirada
aguda y perspicaz. «He aquí en qué abismo la burguesía
nos va a precipitar sí no la vencéis, tal es su pensamiento"
y este pensamiento tiene hoy una resonancia incomparablemente más actual
y más viva que hace treinta años. En fin, nada es más
impresionante en la obra de Jack London que su previsión verdaderamente
profética de los métodos que El talón de hierro empleará
para mantener su dominación sobre la humanidad aplastada. London se
muestra magníficamente libre de las ilusiones reformistas y pacifistas.
En su visión del futuro, no deja subsistir absolutamente nada
de la democracia del progreso pacífico. Por encima de la masa de los
desheredados, se elevan las castas de la aristocracia obrera, del ejército
pretoriano, del omnipresente aparato policial y, coronando el edificio, de
la oligarquía financiera. Cuando se leen estas líneas, uno no
cree a sus ojos: es un cuadro del fascismo" de su economía, de
su técnica gubernamental y de su psicología política
(las páginas 299, 300 y la nota de la página 301 son particularmente
notables). Un hecho es indiscutible: desde 1907, Jack London ha previsto y
descrito el régimen fascista como el resultado inevitable de la derrota
de la revolución proletaria. Cualesquiera que sean "las faltas" de
detalle de la novela -y las hay- no podemos dejar de inclinarnos ante la
intuición poderosa del artista revolucionario.
Escribo precipitadamente estas líneas.
Mucho temo que las circunstancias no me permitan completar mi apreciación
de Jack London. Me esforzaré más tarde por leer las otras obras
que usted me ha enviado, y en decirle lo que pienso de ellas. Puede hacer
de mis cartas el uso que usted misma juzgue necesario. Le deseo éxito
en el trabajo que ha emprendido sobre la biografía del gran hombre
que fue su padre.
Con mis saludos cordiales.
Coyoacán, 16 de octubre de 1937.