Lois Valsa
Revista Trasversales número 8,
otoño 2007. Lo que no puedo olvidar, Anna Lárina, Círculo
de Lectores/ Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2006, 490 páginas.
Este magnífico libro de Anna Lárina (1914-1996), que además
del texto contiene bastantes fotos muy significativas de ese periodo y dos
estupendos prólogos que complementan y contrastan la interpretación
de la autora, tiene un indudable interés no sólo como documento
de la revolución socialista y de su perversión, sino también
por su propia importancia en la literatura autobiográfica rusa. Como
señala S. F. Cohen en el segundo prólogo (1992), es un libro
diferente, y único como únicas memorias, exceptuando la autobiografía
de Trotski y los recuerdos fragmentarios de la hija de Stalin en un periodo
posterior, no censuradas, ya que las de la viuda de Lenin eran muy elípticas
y estaban muy censuradas, que han surgido jamás de las más
elevadas esferas de aquel mundo histórico:
“Esta obra sin precedentes en la literatura soviética es a la vez
un cuento familiar, una historia de amor y una búsqueda de justicia
política. Y no parece que nunca vaya a salir nada similar de los archivos
que aún permanecen cerrados: todos aquellos que podrían haber
escrito una crónica comparable perecieron en el terror antes de poder
empuñar una estilográfica” (p.20).
Y Lárina, aún sin estar de acuerdo en todos los aspectos con
Cohen, reconoce el gran mérito del biógrafo de su marido y
la ayuda prestada a la hora de rehabilitar su memoria. Y el lector no puede
sino acabar reconociendo el tesón de la autora en su lucha de treinta
años por dar a la luz pública la memoria de su marido, y el
sacrificio de sus terribles diecisiete años de sufrimiento en campos
y cárceles, hasta lograr su total rehabilitación en 1988 con
Gorbachov, no lograda por cierto con Kruschev y sus continuadores.
Sin embargo, aunque el informado y preciso prólogo de Cohen no se
queda sólo en alabanzas y plantea muy sinceras dudas y se muestra
escéptico también con respecto al contexto postsoviético
y postcomunista, el contrapunto más sombrío lo pone Antonio
Muñoz Molina, en su clarificador prólogo:
“Pero las vidas humanas son demasiado cortas, y una espera larga sólo
puede acabar en fraude: en 1988 Bujarin fue rehabilitado, cincuenta años
justos después de su ejecución; pero muy pronto esa recobrada
dignidad no significaría nada, porque la Unión Soviética
estaba a punto de hundirse, y en 1991 su nombre ya formaba parte de un mundo
abolido que nadie quería rescatar: a nadie le interesaba ya la carta
que Anna Lárina había conservado en la memoria durante medio
siglo” (p.10).
Y no digamos el putiniano panorama dictatorial actual, que camufla en Rusia
el totalitarismo de Putin de democracia, en el que ha desembocado todo aquello.
De los zares a Stalin y de Stalin a Putin, este es el camino de la inhumanidad:
“Esta es la historia sangrienta de la humanidad, dijo Nikolái Ivanovich
(Bujarin) con voz queda” (p.369), después de leer en voz alta a Anna
los versos de Emile Verhaeren de los que sólo citaremos los últimos:
“Y ahora rezuman en los pantanos malditos / en el lúgubre Gólgota,
las noches de crucifixión”.
El problema de fondo es que no se puede exculpar, como hace su esposa, a
Bujarin (“el predilecto de Lenin”, “la joya del partido”) de haber ayudado
a crear el horror que lo devoró a él mismo al final. En este
sentido, A. Muñoz Molina aporta una rigurosa bibliografía sobre
el universo carcelario en el que se había convertido la Unión
Soviética de Stalin. Si Bujarin primero se alió con Stalin
contra Trotski y contribuyó a la caída de éste y de
sus partidarios, después de la ejecución de Kamenev y Zinoviev
le escribió al fiscal Vishinki en 1936, precisamente el que no mucho
después le acabaría interrogando a él: “No sabe usted
cuánto me alegro de que hayan fusilado a esos perros”. Un retrato,
pues, completamente diferente del que nos ofrece su joven esposa. Cohen también
se distancia de la ingenuidad política de Lárina:
Sin embargo hay una pregunta que queda sin respuesta: el Bujarin de cuarenta
y cinco años con el que ella se casó en 1934, ¿era realmente
tan ciego a la peor naturaleza de Stalin y a su propio sino como ella asegura?
(p. 43).
Si su marido había sido muy sectario en los primeros años de
la revolución (Cohen dice que de esto si pidió perdón
después) luego escribiría cartas serviles y laudatorias a Stalin.
Esperanzado con el jefe Stalin, “su amigo Koba”, hasta los últimos
momentos le echó las culpas de lo que le pasaba a los funcionarios
corruptos del NKVD. Por ello, el libro, por el diverso contraste que presentan
sus prólogos frente al texto de Anna como retrato demasiado complaciente
de su marido, nos ofrece un magnífico juego de espejos contrapuestos.
A pesar de todo, de todo lo que “no sabe o calla a conciencia” en su narración
a saltos, sin orden cronológico, en la que se deja llevar de sus más
emotivos recuerdos, Anna Lárina me conmueve especialmente en algunos
momentos como por ejemplo cuando cuenta el encuentro con su hijo. Me gusta
su afán de distinguir entre lo que observó directamente y lo
que oyó, y sobre todo su deseo de escribir desde el presente sin querer
hacerse más “sabia”. Por momentos, logra incluso ilusionarme con la
honestidad de Bujarin, y Cohen le echa una mano en la defensa de la época
dorada de la NEP de Lenin y de Bujarin por supuesto, sobre todo por la intensidad
humana y literaria con la que nos cuenta su hundimiento, “sus días
y sus noches de crucifixión”. Me ha interesado mucho el retrato sicológico
que hace Lárina de la figura “víctima-verdugo” que explica
como cada uno de los bolcheviques abdica de sus principios porque Stalin
con gran astucia, y también porque los más intelectuales lo
desvalorizaron y demasiado tarde se dieron cuenta de su error, se aprovechaba
de sus debilidades y vilezas. El georgiano los convirtió en marionetas
cuyos hilos él movió hasta cargarse poco a poco a la “vieja
guardia bolchevique” de Lenin. Pero, y no se debe olvidar, no sólo
a los bolcheviques, sino también a millones de campesinos con las
colectivizaciones forzadas. Su terror, desde finales de los veinte, sobre
todo con la Gran Purga (1938-1939), hasta su muerte en 1956, se abatió
no sólo sobre intelectuales y políticos, artistas y científicos,
muy reconocidos muchos, sino también sobre muchísima gente
anónima que sólo va apareciendo a retazos en este libro de
Anna Lárina que refleja sobre todo a las principales figuras de la
revolución.
En relación con esto último, y en el contexto de la reciente
apertura de los archivos soviéticos y de los datos ingentes que van
aportando, habría que destacar, como complemento al libro de Anna
Lárina, la labor investigadora fotográfica de David King, quién
si en un libro de fotografías anterior ya había puesto de relieve
como los otros dirigentes iban desapareciendo gradualmente de las fotos a
medida que Stalin y sus servicios secretos las iban censurando, recientemente
nos ha mostrado (lo pudimos comprobar en una importante exposición
de sus fotos en el último Festival fotográfico de Photoespaña
en Madrid) en toda su crudeza ese terror anónimo que exterminó,
con estúpidas y nimias acusaciones de espionaje o de lo que fuese,
con absurdos cargos en su contra (sobre todo, y paradójicamente, “enemigos
del pueblo”), a gentes de los más variados oficios y condiciones,
de todas las etnias, de la vasta Unión Soviética. ¿Cómo
se pudo permitir el exacerbado “culto a Stalin” el lujo de acabar con las
mentes más preclaras y privilegiadas de artistas, científicos
y profesionales de todos los ámbitos cuya tarea, igual que la de los
obreros y la de los campesinos o sea “el pueblo”, era construir la patria
de la Revolución Socialista en la URSS y no destruirla? Y, por último,
y para más INRI, en su prólogo A. Muñoz Molina nos recuerda
que por una ley de 1935 los familiares de los “traidores a la patria”, o
sea las mujeres, los padres, los hijos y los parientes del reo, eran tan
culpables como ellos.