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La guerra contra Irak no era inevitable. La creación de la
situación bélica fue un producto manufacturado por los halcones,
los extremistas que dominan la actual Administración norteamericana.
La estrategia belicista de Bush, con el auxilio entusiasta en Europa de
Blair y Aznar, además de provocar una catástrofe en Irak,
ha llevado a una grave crisis de las instituciones de la ONU y a una dislocación
interna de la Unión Europea.
Los aventureros han tenido éxito. Las condiciones políticas que lo han hecho posible deben, por tanto, ser objeto de reflexión. El gobierno norteamericano ha dilapidado en poco tiempo toda la sincera solidaridad de los habitantes de muchos pueblos del mundo tras el 11-S. La extrema derecha que gobierna en Estados Unidos está generando la mayor oleada de rechazo, incluso de antiamericanismo, que se ha conocido. A la vergüenza de Guantánamo, donde cientos de presos viven sin derechos, a la política de desprecio a los derechos civiles, se unen ahora los efectos de una guerra absurda, con numerosas víctimas.
Los gobernantes de los Estados Unidos representan hoy una potencia sin hegemonía y la brutalidad y la simplificación como únicos recursos intelectuales. La desmesura de Bush alentará en el futuro, desgraciadamente, otras desmesuras. Sus excesos alimentarán otros excesos. Entre todos harán un mundo peor.
Guerra y enajenación
El juego de las malas respuestas a planteamientos equivocados a veces adquiere tintes siniestros. Ya lo sabemos. Pero también debemos ser conscientes de que las consecuencias de los actos del presente pueden ser extraordinariamente graves para el futuro.
No es un pacifismo absoluto e incondicional el que lleva a afirmar la enorme gravedad de la actual situación. No toda guerra es injusta, ni innecesaria, ni evitable, ni siempre la guerra es el peor de los males, como dicen los tópicos. Pero estamos ante una guerra preventiva que no se ha hecho para defender a una población amenazada de genocidio ni para defenderse de una agresión.
Las justificaciones no justifican nada. Es cierto que Sadam Husein ha sido un dictador y que nos gustaría un Irak democrático sin Sadam. Pero, también, sin protectorados neocoloniales construidos sobre las ruinas del país. Porque la guerra contra Irak es un ejemplo agresivo que puede generar secuelas, además de ser un conflicto injusto, innecesario, evitable. Y realmente parece muy dudoso, desgraciadamente, que tras la guerra veamos un horizonte de libertad y estabilidad en Irak.
La guerra contra Irak representa, en algún sentido, el intento imposible de retorno a las condiciones de la etapa imperialista propia del siglo XIX. Sólo el enloquecimiento de unos mediocres parteros de la historia puede impedirles percibir que estamos en un mundo radicalmente vivo, donde su actuación provoca un amplio rechazo de una opinión pública universal en formación, en la cual muchas conciencias no olvidan las experiencias trágicas del siglo veinte, causadas por otros individuos (y grupos de poder) mediocres, igualmente ambiciosos y necios, igualmente visionarios y carentes de escrúpulos.
Los intereses económicos forman parte de la historia pero no explican todo. El petróleo no es un argumento suficiente para explicar los comportamientos políticos de la élite gobernante de Estados Unidos. Hay mucho más. Hay una construcción ideológica, una visión donde la religión, el nacionalismo de corte imperial y la fascinación por la fuerza bruta tienen su propio protagonismo. Sin tener en cuenta esos componentes fundamentales los hechos carecerían de lógica.
La enajenación es un componente de la alta política, como nos recuerda la ominosa presencia de personajes como Hitler o Stalin en el pasado. La opción militarista de los halcones del Pentágono recuerda las políticas agresivas de la Unión Soviética durante la guerra fría, aunque sin la existencia de bloques. Pero una enorme fuerza militar sin una orientación constructiva del orden internacional está destinada a una creciente y peligrosa impotencia que puede ser trágica. Además, esa fuerza militar es muy peligrosa pues su huida hacia delante podría tener consecuencias aún más dañinas. Imaginemos intervenciones en Siria o Irán, el desencadenamiento de una guerra entre India y Pakistán o una nueva guerra de Corea. Todas esas son posibilidades abiertas actualmente. Por ello, hablar de enajenación no es una disculpa, es simplemente la expresión de nuestra incomprensión radical de su forma de ver el mundo y de sus acciones. Sólo unos enajenados pueden haber diseñado un curso que desembocará inevitablemente en un mundo peor.
Guerra y movilización
En medio de esta difícil situación la protesta ciudadana ha alcanzado dimensiones históricas. Por primera vez hemos asistido a una movilización global contra la guerra donde millones de personas han expresado pacíficamente su voluntad.
Fueron especialmente importantes las movilizaciones de los días 18 de enero, 15 de febrero y 15 de marzo en Estados Unidos. Cientos de miles de norteamericanos, a pesar de la inmensa manipulación informativa de los grandes medios se manifestaron en San Francisco, Washington, Nueva York y en cientos de ciudades más. Unas movilizaciones que representan una importante respuesta a Bush en condiciones muy difíciles.
En Europa, la impresionante movilización de los jóvenes, de los ciudadanos, de los trabajadores, representa un gran acontecimiento en medio del desastre. Y lo es a pesar de que, como en todo gran movimiento social existan rasgos contradictorios. La incorporación de una nueva generación a la lucha contra la guerra es un salto cualitativo, aunque conlleve sus inevitables dosis de confusión. En España se ha dejado sentir un poder inédito de la ciudadanía que ha llevado a un enorme rechazo social de las posiciones del Gobierno Aznar.
Esas movilizaciones son parte de una creciente conciencia planetaria del crimen que se ha perpetrado contra las esperanzas de un nuevo orden internacional más justo. Pero hay algo más que nadie quiere reconocer, que da miedo reconocer por la carga política radical que conlleva. Digámoslo claramente: millones de ciudadanos en todo el mundo han utilizado su movilización para lanzar un mensaje político muy importante, la expresión de su voluntad de influir y cambiar las opciones políticas de sus Gobiernos, de evitar primero y de parar la guerra después, su voluntad de participar en las decisiones que les afectan.
La bifurcación
Todos los caminos tienen un retorno aunque no siempre es posible ni fácil volver atrás. El coste de desandar los pasos dados puede ser muy grande. Individuos mezquinos e irresponsables como Aznar no son conscientes de ello, pero sí lo son, cada vez más, millones de ciudadanos.
La evolución de los acontecimientos internacionales nos sitúa ante una bifurcación peligrosa. La Historia ni es un ciclo que se repite ni una línea ascendente que conduce hacia el progreso. Más bien debemos verla como un camino lleno de encrucijadas en las cuales hay que tomar decisiones que van a condicionar las direcciones posteriores. Los futuros posibles son muy variados y no están determinados por ninguna corriente predecible, sino por la interconexión de las acciones humanas.
La política de Bush ha conseguido crear un nuevo escenario marcado por el unilateralismo de los Estados Unidos. La guerra contra Irak muestra las consecuencias de esa orientación, y también los peligros pavorosos que amenazan a una humanidad en la cual el poder financiero y de las grandes compañías carecen de control y pueden alimentar mecanismos irresponsables de dominio.
En esta peligrosa bifurcación histórica en la que estamos inmersos se hace patente la crisis de legitimidad democrática que acecha a los regímenes occidentales. La dominación oligárquica de la política, de los negocios, de los grandes medios financieros y de la comunicación global tiende a ser cada vez menos compatible con el resurgir de la ciudadanía.
La democracia electoral debe abrirse a nuevas formas de participación ciudadana que hagan que la democracia (sin apellidos) crezca y sea más sensible a las acciones y a las ideas de la gente. La democratización de la comunicación, de la economía, de la política del mundo global, son una cuestión de supervivencia para evitar el poder de un reducido círculo de seres irresponsables y necios. Nada asegura que una ciudadanía madura acierte en sus decisiones, pero mucho más improbable es creer que es posible un mundo en paz y libertad gobernado por individuos como Rumsfeld, Cheney o Bush.
Las sociedades occidentales están ante una bifurcación. Lo mas reaccionario y cruel de la oligarquía dominante en el país más poderoso del mundo ha emprendido un camino de muerte y negocio, de unilateralismo y miedo a la libertad. Hay otra posibilidad todavía, la que lleva a profundizar en la democracia, a convertir a los ciudadanos en los protagonistas de su destino y rechazar la amenaza de un mundo oligarquizado en la política e inseguro y cruel hasta la náusea. Para ello hay que conseguir abandonar rápidamente la ruta emprendida.
La mundialización capitalista ha perdido definitivamente la virginidad. La conexión entre capitalismo, guerra y restricciones a la democracia empiezan a ser evidentes para una nueva generación que entra en la lucha política. En esta fase, desdichadamente, los primeros perdedores son los valores consustanciales a la democracia americana y europea. ¿Cómo el Occidente que representa Bush va a ser un ejemplo para las gentes del Tercer Mundo, que sienten repugnancia ante su cinismo y su crueldad? ¿Estamos avanzando o retrocediendo en la capacidad de muchas naciones para librarse de sus sátrapas y sus dictadores y en eliminar las castas antimodernas que les dominan o quieren dominarles? Los halcones americanos se revelan como los mejores aliados de los integristas islámicos y de todas las iras antidemocráticas. Todos los enemigos de la democracia parecen unirse contra la esperanza de que otro mundo es posible.
Madrid, 2 de abril de 2003
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, abril 2003