FUNDACIÓN

ANDREU NIN

Sobre Hobsbawm y el corto siglo veinte

Juan Manuel Vera


Madrid, marzo de 1996. Una versión abreviada se publicó en Iniciativa Socialista nº 39, abril 1996





El siglo veinte terminó en 1991. Eric Hobsbawm identifica y describe detenidamente el periodo 1914-1991, al cual llama el corto siglo veinte, como una etapa histórica coherente (Historia del siglo XX, 1914-1991 -Age of extremes. The short twentieth century-, Barcelona, Crítica, 1995). En una difícil síntesis, en algunos momentos brillante y en otros más que discutible, el historiador inglés se aproxima a la grandeza y miseria del siglo desde la consciencia de que nuestras encrucijadas actuales no son sino un producto de sus acontecimientos y sus tendencias. Desde esa perspectiva afronta nuestra capacidad o incapacidad para aprender de ese pasado.

El siglo corto es conceptualizado mediante una periodificación temporal asociada a varias metáforas. La "era de las catástrofes" de 1914-1945, la "edad de oro" de 1945 a 1973 y el "derrumbamiento" de 1973-1991.

A pesar de las objeciones que podemos realizar a algunos enfoques de Hobsbawm debe reconocérsele el mérito intelectual que supone su brillante labor de síntesis, así como las numerosas aportaciones y algunas lúcidas interpretaciones que contiene. Por otra parte, esta obra constituye la culminación de una notable obra histórica, representada especialmente por la trilogía que componen Las revoluciones burguesas, La era del capitalismo y La era del imperio, todas ellas editadas en España.

Su nuevo libro es, por tanto, una obra interesante, un proyecto de autobiografía del siglo y, de forma latente, de la peripecia intelectual y vital del propio autor y de su generación. Aunque Hobsbawm ha sido un historiador marxista atípico, que ha mantenido algunas distancias respecto a la ortodoxia, su larga fidelidad al Partido Comunista de Gran Bretaña puede estar en la raíz de algunas de las sensaciones generacionales que transmite el autor ante el giro producido por las transformaciones antitotalitarias del 89-91. Así parece totalmente sincero al señalar, que "las nociones morían, igual que los hombres: en el transcurso de medio siglo, él había visto derrumbarse, convertidas en polvo, varias generaciones de ideas" (p.181). Esa visión de hombre del siglo, resulta inseparable de esa vinculación a un marxismo que ha sido incapaz de dar cuenta de los procesos reales de cambio que se estaban desarrollando en el sistema mundial y a los auténticos procesos de mutación en marcha.

Desde el punto de vista crítico se percibe una clara insuficiencia en algunos útiles conceptuales y políticos empleados para analizar las corrientes profundas del siglo. En particular, sorprende el escaso protagonismo que concede al desarrollo de las instituciones democráticas-electorales como rasgo histórico específico posterior a 1945, así como la negativa a la utilización del concepto de totalitarismo respecto a las experiencias de corte estalinista. Tales limitaciones pueden estar relacionadas, como ha señalado Michael Mann (New Left Review, nº 214)con el hecho de que el gran ausente del libro de Hobsbawm es la evolución del pensamiento social contemporáneo, especialmente en términos de teoría política y sociológica, lo cual contrasta con la atención prestada al desarrollo de las culturas y a la ciencia dura.

En la obra de Hobsbawm chirrían diversoso elementos metodológicos, al mantener en la indefinición los elementos motrices de su explicación histórica. En la primera parte tiende a un análisis social en términos de clases, mientras que en la segunda opta por una causalidad tecnológico económica. En cambio, en la categorización del último cuarto de siglo, el autor parece haberse dejado llevar por un determinismo ideológico. Como otros numerosos intelectuales conectados con la experiencia comunista parece ver el final de siglo como la desaparición de una concepción del mundo y atribuye a esa sensación (o convicción) un carácter axial en su interpretación.

Es evidente que en las puertas del siglo XXI estamos ante una etapa de incertidumbres, dudas y dilemas que sitúan al ser humano en un intrincado y complejo laberinto faustico. Pero el hombre de su tiempo hace una trampa al historiador cuando le hace creer que en otros momentos las cosas fueron de otra manera. Incluso en los momentos en que las seguridades totalitarias parecían dominar el desenvolvimiento del siglo, existía ese laberinto indeterminado e indeterminable en el que se desarrollan las acciones humanas.
 

La era de las catástrofes

En el siglo XX la humanidad ha estado al borde del abismo. Y en ocasiones se ha precipitado en él. La era catastrófica proporcionó dos guerras mundiales, la desaparición de los regímenes democrático-liberales de la mayor parte de Europa durante las primeras décadas del siglo, la eclosión de los fascismos, el triunfo y consolidación del estalinismo y la división del movimiento obrero internacional. Es forzoso estar de acuerdo en la calificación de Hobsbawm de etapa catastrófica. Mucho antes, el gran escritor revolucionario Víctor Serge habló de medianoche en el siglo.

Con gran acierto Hobsbawm establece el contraste entre el optimismo antropológico que se iba extendiendo en el siglo XIX, y el indudable progreso moral y humanización de las instituciones que se aventuraba para el siglo siguiente, con la realidad de la violenta regresión que ha supuesto, desde esa perspectiva, la centuria de las guerras totales, los genocidios, la reinvención del esclavismo a gran escala en el Gulag y los perversos terrores estatales.

La metáfora de la catástrofe o de la barbarie revela mucho más que una caracterización de una etapa del siglo. La tendencia a la catástrofe no es privativa de esas décadas ominosas y terribles. La barbarie es recurrente y sigue presente después de 1945 como una de las facetas más teribles de nuestro mundo. Al fin y al cabo, los barbaries del maoismo, del polpotismo, de las dictaduras militares latinoamericanas o de las guerras de Corea o Vietnam son posteriores a los horrores de la primera mitad del siglo.

Después de 1991 siguen presentes los signos de la catástrofe. La guerra limpia contra Irak va desvelando su horrible trasfondo ocultado a la opinión pública occidental, las matanzas y depuraciones étnicas de la guerra en Bosnia, la barbarie gran-rusa en Chechenia, el terrorismo indiscriminado contra la población civil en numerosas zonas del mundo, la persistencia en la brutal violación de los derechos humanos sólo combatida por débiles organizaciones internacionales o las grandes hambrunas en el África subsahariana son otros tantos ejemplos de las tendencias catastróficas del siglo. Más que una etapa de la centuria “la catástrofe” es uno de los polos que se muestran incapaces de evitar periódicamente las oligarquías que pretenden gobernar el mundo.
 

La edad de oro

La "edad de oro" del capitalismo está constituida para el historiador inglés por las tres décadas que transcurren, aproximadamente, desde 1945 hasta 1973; desde la derrota de las potencias fascistas y sus aliados hasta el final del ciclo largo de expansión económica de la posguerra. En la "edad de oro" se desarrollan los sistemas de protección social en los países capitalistas avanzados, acaba el colonialismo, se produce el largo equilibrio entre superpotencias que caracterizó la "guerra fría", se acelera el avance tecnológico, etc. Lo más importante es que, asociado al nuevo ciclo demográfico y de acumulación, tiene lugar una trascendental transformación en las condiciones de vida de una gran parte de los habitantes del planeta. Por vez primera, desde el Neolítico, la mayor parte de los seres humanos dejan de vivir de la agricultura y la ganadería, y se desarrolla impetuosamente la urbanización del mundo.

El análisis de la "edad de oro" muestra claramente la doble perspectiva que guía la obra de Hobsbawm: análisis de un tiempo histórico concreto pero, también, estudio de un tiempo social donde operan transformaciones de largo alcance.

Sin embargo, ese nuevo ciclo demográfico, económico, social y cultural de la posguerra podría tener continuidad, tal vez afectando de forma diferente según las grandes áreas geográficas. No parece tan sencillo considerarlo completamente terminado. Desde ese fundamental punto de vista no se entiende la periodificación de Hobsbawm, pues no aporta ningún factor analítico que le permita considerar que a partir de 1973 se haya producido el cierre de esa trascendental era de mutaciones. La aceleración de la mundialización o la nueva revolución telemática pueden considerarse tanto una nueva etapa como un desarrollo de algunas de las tendencias de “la edad de oro”. En definitiva, si el ciclo de desarrollo mundial enfatizado por el propio autor continua desarrollándose, esa periodificación propuesta carece de entidad, al mezclar niveles heterogéneos de tempo histórico que requieren, probablemente, distintos modelos conceptuales.

En otro plano, es necesario señalar la laguna analítica que supone la escasa atención prestada a los equilibrios sociales y políticos que caracterizan a las democracias electorales de los países occidentales en esa etapa. La desaparición de las condiciones para soluciones autoritarias (en la izquierda y en la derecha) durante la posguerra son elementos específicos básicos que permiten comprender la institucionalización de nuevas reglas sociales en esos estados nacionales de la Europa Occidental. Esa perspectiva se difumina ante el escaso protagonismo concedido en el análisis de Hobsbawm a los partidos socialdemócratas y a las fuerzas sindicales.
 

El derrumbamiento

El "derrumbamiento" de 1973-1991 supone el final de los equilibrios internacionales nacidos en 1945 y mantenidos gracias a la guerra fría. Una imagen tan brutal debería justificarse muy convincentemente. Hobsbawm utiliza ese concepto intentando dar cuenta de forma unificada de diferentes series de acontecimientos: la desaparición de los estados comunistas europeos, el final de la guerra fría, la crisis de la economía mixta y la ofensiva neoliberal, la mundialización creciente de la economía-mundo y la crisis de identidad del estado-nación, la nueva división del trabajo, la nueva era tecno-informática, etc.

La metáfora del derrumbamiento al utilizarse para caracterizar todo un periodo histórico parece unilateral, excesiva y, por tanto, completamente desacertada. Ese término sonoro parece tener una mayor relación con ciertas actitudes generacionales e ideológicas del autor que con unas nuevas tendencias sociales. De hecho, el fenómeno esencial característico de la actual onda de desarrollo histórico es el proceso de mundialización del mercado, bien descrito por el autor. Y ese proceso no se ha iniciado en 1973, ni constituye un proceso “terminado” sino en marcha. Sus efectos sobre los consensos sociales del estado de bienestar, donde éste existe, y los ritmos de evolución desencadenados, son más historia por escribir que historia escrita.

El único hundimiento genuino acaecido en el último cuarto de siglo es el que ha afectado a los anticuados sistemas posestalinistas europeos. Para suavizar ese significado transparente, hablar de la reaparición del desempleo masivo en Occidente, de la crisis del Estado de Bienstar y de la reaparición de la extrema pobreza en las ciudades, admite muchos calificativos, pero la referencia a un “derrumbamiento” común parece excesiva en cualquier caso. En relación a otras zonas del mundo, como el sudeste asiático, ahora están viviendo su "edad de oro" desde el punto de vista de la acumulación de capital. Si utilizamos variables políticas no deberíamos olvidar que, en zonas geopolíticas como América Latina, en la última década han ido desapareciendo todas las viejas dictaduras que ensangrentaron sus naciones y se han generalizado instituciones democráticas electorales, excepto en Cuba. En suma, la metáfora del derrumbamiento sólo es útil para dar cuenta del fin de las dictaduras de origen comunista y completamente inapropiada para dar cuenta de la crisis específica del sistema mundial.
 

Determinismo y predicción

Los problemas intelectuales en torno a los que Hobsbawm ha construido su ensayo de interpretación histórica se refieren tanto al significado del pasado como al del futuro.

El pasado plantea el problema de su inteligibilidad. La construcción teórica de la historia necesita, precisamente para producir inteligibilidad, tomar apariencias fuertemente causales, lo cual sólo es posible ex post. Pero es esencial afirmar que la posibilidad y la probabilidad en el grado que caracterizan la Historia excluyen cualquier determinismo. Los acontecimientos no son inevitables ni como hechos singulares ni como concatenación de influencias. No era inevitable la primera guerra mundial, ni el triunfo de Hitler, ni la consolidación de Stalin en el poder, ni el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. La conceptualización rígida de los acontecimientos en una determinación histórica causalista es la trampa que la racionalización histórica nos pone delante y la cual debemos eludir.

La reflexión sobre el pasado intenta explicar por qué han ocurrido las cosas y como una posibilidad, frecuentemente no la más probable desde el punto de vista del observador, ha triunfado sobre otras. Toda interpretación histórica implica, consustancialmente, la presencia de alternativas fracasadas. Esa presencia fantasmal conlleva la convicción de que se podían haber evitado catástrofes, muertes, sufrimientos. Indudablemente, al mismo tiempo, surge la seguridad de que otras catástrofes imaginables (y tal vez inimaginables) también pudieron acontecer. La imaginación disutópica del siglo surge de ese doble convencimiento respecto al pasado, abriendo una brecha intelectualmente importante para el desarrollo del pensamiento y las prácticas sociales.

Hobsbawm es consciente del papel crucial que las ideas respecto al pasado pueden tener respecto a las acciones presentes y, por tanto, para construir el futuro. Sobre esta cuestión plantea una intuición polémica: “En las postrimerías de esta centuria ha sido posible, por primera vez, vislumbrar cómo puede ser un mundo en el que el pasado ha perdido su función, incluido el pasado en el presente, en el que los viejos mapas que guiaban a los seres humanos, individual y colectivamente, por el trayecto de la vida ya no reproducen el paisaje en el que nos desplazamos y el océano por el que navegamos. Un mundo en el que no sólo no sabemos adonde nos dirigimos, sino tampoco adonde deberíamos dirigirnos" (p 26). En esa misma línea, llega a afirmar que "la destrucción del pasado, o más bien, de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones anteriores es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX" (p.13). ¿Tiene razón Hobsbawrn al percibir esa pérdida orwelliana de la memoria intergeneracional como un condicionante de las posibilidades del devenir?

La cualidad esencial del futuro es su impredecibilidad. Desde el punto de vista del pensar futuro es conceptualmente impropio cualquier forma de determinismo. La racionalidad abierta lo que nos permite no es predecir sino apostar. Como ha señalado Edgar Morin la incertidumbre exige estrategias, y éstas se construyen por medio de la apuesta (el riesgo de error) y de la capacidad de aprendizaje del error. Por ello, es menos arriesgado pensar escenarios derivados del presente que cualquier otro tipo de especulación, aunque nuestro pensamiento estratégico deberá desarrollarse y adaptarse a la multidimensionalidad de la realidad. Convendría para ello intentar superar el paradigma ajedrecista respecto a los procesos sociales ya que la determinación, teórica y subjetiva, de los jugadores es una de las variables sometidas a incertidumbre y, al contrario que en el ajedrez, el resultado del juego social no es necesariamente de suma-cero.

Desde el punto de vista de la imaginación creadora las posibilidades peores, que ilustran las más peligrosas bifurcaciones negativas de la acción humana, son mucho más instructivas que las mejores. Sin embargo, las miradas hacia el pasado histórico deberían servirnos de ayuda no sólo para averiguar los caminos que no deberían volver a transitarse, sino también para encontrar las sendas con más posibilidades de permitir el desarrollo de la autonomía social e individual.
 
 


Edición digital de la Fundación Andreu Nin, diciembre 2003



 
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