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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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Después del 11-S en Estados Unidos se hizo inevitable una
reflexión sobre el significado y los objetivos del nuevo terrorismo
de signo fundamentalista islámico. Desde entonces se ha extendido
la convicción de que estamos ante uno de los riesgos más
importantes del mundo globalizado. Solo a partir de una adecuada comprensión
del fenómeno se pueden atender los problemas básicos: cómo
combatir eficazmente lo que significa Al Qaeda y cuál es la orientación
política y cultural más fértil para enfrentarse a
su amenaza.
Se trata de un terrorismo global. No es casualidad que cada uno de los cuatro atentados más mortíferos de los últimos años se haya desarrollado en un continente diferente, lo cual refleja muy bien la multiplicidad geográfica y política de los ataques. En África, en 1988 fueron las bombas en Kenia y Tanzania contra las embajadas estadounidenses, que causaron 257 muertos. En América en 2001, los miles de muertos causados por los aviones suicidas del 11-S contra las Torres Gemelas y el Pentágono. En Asia, los atentados de octubre de 2002 en Bali causaron 202 muertos en ataques a una zona de discotecas. En Europa, los trenes de la muerte del 11-M en Madrid, que han causado 192 muertos y muchos cientos de heridos.
Minimizar lo que supone el terror global sería un grave error. Supone una amenaza criminal que pone en peligro la extensión de la democracia por el mundo y la propia estabilidad de las democracias electorales occidentales.
Nos encontramos, en primer lugar, ante un riesgo enorme para la población. La actividad criminal ha producido y puede producir miles de víctimas. Estamos ante un terrorismo sin límites. Carece de escrúpulos en cuanto a los medios que puede utilizar. También carece de límites respecto a los objetivos de su actividad criminal, que alcanza potencialmente a toda la población. Sus instrumentos actuales son los coches-bomba, las barcas-bomba, las mochilas-bomba, los aviones-bomba y los hombres-bomba. En un día no muy lejano tal vez nos enfrentemos a ataques, en cualquier lugar del mundo, mediante armas químicas, biológicas o nucleares.
Por otra parte, no hay que perder de vista que el objetivo fundamental del terror global es fomentar una reacción/revolución islamista dentro del mundo musulmán. La guerra contra Occidente es un instrumento para dividir ese mundo entre la umma (comunidad musulmana) y los regímenes occidentalizados. El peligro es evidente. No es posible descartar la posibilidad de que el terror global islámico consiga una parte de sus objetivos. Si consiguen extender sus redes, generalizar el apoyo social en algunas zonas del mundo de raíces islámicas y, sobre todo, si llegan a controlar núcleos de poder estable en algunos de los lugares de su amplio escenario de actuación, nos encontraremos ante el hecho real de que pueden convertirse en una alternativa frente a algunos regímenes políticos progresivamente deslegitimados.
Pero siendo muy preocupantes su potencialidad criminal y su capacidad de atracción político-religiosa, no puede perderse de vista el aspecto que quizás sea más peligroso y más nos debe preocupar como ciudadanos. El terror global tiene una dimensión provocadora que facilita el desarrollo de reacciones extremistas que pueden pretender justificarse como respuesta a sus acciones. Después del 11 de septiembre la Administración Bush consiguió imponer un conjunto, impensable previamente, de restricciones a las libertades civiles en Estados Unidos. El 11-S parece justificarlo todo, desde la creación de campos de concentración al margen del derecho internacional (Guantánamo) hasta la utilización de la lucha contra el terrorismo internacional como excusa para desencadenar la guerra preventiva en Irak.
Los ataques terroristas posibilitan y facilitan la restricción de la libertad y la democracia en nombre de la seguridad. Ello puede poner en grave riesgo las libertades democráticas y el control del poder en nuestras democracias electorales, donde una ciudadanía débil podría ser entregada atada de pies y manos a unos protectores institucionalizados como guardianes del orden. Como ha señalado Richard Rorty, es preciso tener muy presente la posibilidad de situaciones de excepción ocasionadas por ataques terroristas en gran escala para evitar que esos estados de shock puedan ser utilizados en contra de los derechos democráticos de todos. En una escalada, “al final de este proceso de limitación de las libertades se sustituiría la democracia por otra cosa muy distinta, no por una dictadura militar, ni tampoco por un totalitarismo orwelliano, sino por un absolutismo ilustrado impuesto por una nomenclatura”, en el cual “los responsables de la seguridad nacional ocuparían el puesto que ocupaba la Corte en Versalles” (1).
El 11 de marzo nos recuerda a los españoles que la seguridad debe ser un valor compartido de los demócratas. Sería un suicidio no considerar la seguridad como una meta de las políticas de izquierda o considerarla patrimonio de las fuerzas reaccionarias. Justicia y seguridad son parte esencial de una posibilidad colectiva de convivencia ante la sombría amenaza que representa el nuevo terrorismo.
Al Qaeda, una hidra moderna
Una vez advertidos los peligros que representa el nuevo terrorismo global no es ocioso intentar profundizar algo más en su significado. Al hablar de Al Qaeda no es infrecuente que se empleen expresiones como red, nebulosa o monstruo de múltiples cabezas. Todas esas imágenes aciertan en un sentido fundamental, no estamos ante una organización en el sentido tradicional, estructurada jerárquica y piramidalmente, con órganos definidos de dirección y con planes de acción decididos desde un único centro de decisión internacional. Sus rasgos más presentes son su estructura disipada y su funcionamiento excéntrico.
Careciendo de una forma organizativa clásica, esa red, o mejor, esas redes entrelazadas, funcionan por medio de vínculos personales y de solidaridad. Su fuerza se alimenta de la descentralización y relativa estanqueidad de los grupos, de la actividad trasnacional y de la guía de jefes espirituales carismáticos. También se asienta en una poderosa nueva economía del terror (2) que utiliza al mismo tiempo los instrumentos posmodernos de la libre circulación de capitales (paraísos fiscales, secreto bancario, etc.) y los medios premodernos del sistema hawala (un sistema tradicional basado en la confianza que permite la circulación de dinero sin dejar rastro), junto a la administración, en algunos lugares, de los atemporales donativos para la beneficencia religiosa.
Al Qaeda como red, como conjunto de varias docenas de grupos, no es pues una organización en un sentido tradicional. La red se constituye a través de múltiples grupos repartidos por medio mundo, con relaciones complejas entre ellos (3). Pero no deja de ser una organización en otro sentido, como agregado simbólico de una diversidad y multiplicidad de agrupaciones que comparten una forma de ver el mundo y de actuar. Cada grupo parece consistir en un leve núcleo central y diversos núcleos ligados al centro pero capaces de operar autónomamente. Si el ambiente es fértil, la proliferación puede producir un movimiento.
El origen de Al Qaeda se encuentra en 1979 con la invasión soviética de Afganistán. La guerra contra los invasores contó, como es sabido, con abundante apoyo financiero y militar de Estados Unidos y Arabia Saudí. Se reclutaron varios miles de voluntarios islámicos que acudieron a luchar contra los rusos. El soporte logístico lo proporcionó Pakistán. Los combatientes procedían de diferentes países, pero fue importante la presencia de egipcios, yemeníes, saudíes y pakistaníes. Entre ellos se encontraban Bin Laden, hijo de un multimillonario constructor saudita de origen yemení, y Aymán al Zawahiri, un cirujano egipcio, perseguido como responsable de Yihad islámica, el grupo acusado de la muerte del presidente Sadat. Ese proceso de comunicación de gentes de diversas naciones permitió generar un entramado multilateral de apoyos mutuos y, también, de valores compartidos: el rechazo frontal de la democracia y de las libertades occidentales, la virtud de la religión como mito aglutinador y el papel regenerador de la violencia. En ese proceso parecieron resultar muy importantes las experiencias de los Hermanos musulmanes de Egipto y de la Yihad islámica. Cuando los rusos abandonaron Afganistán, muchos de esos voluntarios volvieron a sus países con nuevas ideas y vínculos de solidaridad. Otros se quedaron en Afganistán y tejieron una alianza con los talibanes cuando estos triunfaron en la guerra civil. La enseñanza político-religiosa y militar en campos de entrenamiento de Afganistán, Pakistán, Bosnia o Chechenia permitió articular el odio a Occidente y sus deseos de venganza con una ideología que concibe el Islam como vertebrador de una estrategia de poder.
Su momento de máxima debilidad tuvo lugar después del derrocamiento del régimen talibán en Afganistán, la eliminación de las bases principales de Al Qaeda en aquel país y la persecución coordinada a nivel internacional de su entramado financiero y organizativo. La alucinada política de guerra preventiva de Bush, que condujo al desastre de la invasión de Irak, ha cambiado radicalmente la situación. La dispersión de efectivos se ha convertido en un proceso de génesis de nuevas fuerzas. Las mezquitas, las universidades y las organizaciones caritativas se convierten en centros de fácil reclutamiento. La red cuenta con una creciente facilidad para encontrar voluntarios en un medio ambiente marcado por el fracaso de la modernización del mundo musulmán y el resentimiento contra Occidente. En ese caldo de cultivo, la política imperial de Bush en Israel y en Irak, es una transfusión permanente de energía para Al Qaeda.
Debemos entender plenamente que Al Qaeda no es algo arcaíco sino un enemigo moderno, extremadamente capaz de utilizar los instrumentos de la modernidad al servicio de unos fines, que son de poder, mediante la administración de unos medios, que son de muerte. Al Qaeda es moderna por los mismos motivos que lo eran algunos de sus antecesores, el nazismo y el estalinismo, por una capacidad intrínseca de absorber las posibilidades de los instrumentos modernos con una finalidad totalitaria. Y esa modernidad de Al Qaeda se basa en una racionalización del mundo globalizado. Como señala John Gray “Al Qaeda se ve a sí misma como una alternativa al mundo moderno, pero las ideas de las que se nutre son la quintaesencia de la modernidad” (4). Al menos de una de las caras de la modernidad, la misma que produjo en el pasado el Gulag y Auschwitz. A los europeos, ese intento de reconstruir el mundo a base del terror nos puede asustar, pero no nos debe resultar extraño, es un producto de nuestra historia. Lo son la racionalización del progreso, la exaltación del cambio violento (a sangre y fuego), así como la fe mesiánica en la utopía de un mundo perfecto y en la capacidad purificadora y constructiva del terror.
Podemos afirmar que el modelo de la guerra en red es el resultado de la combinación de una secta islámica conservadora (la wahhabí, heredera del movimiento reformista desarrollado en el siglo XVIII por Muhammad ibn al-Wahhab) con el influjo de la tecnología y la globalización del mundo posmoderno. El resultado no es una fuerza anclada en el medioevo. Se trata de una potencialidad político-religiosa cuya posibilidad de desarrollo arranca de la capacidad de construir un mito que mira al futuro y se destina a los jóvenes musulmanes. Al Qaeda (al qa´idah), que significa en árabe la base, parece una mutación del integrismo musulmán adaptada a la posmodernidad estructural del espacio global. Hay diversos analistas que han caracterizado sus rasgos principales. Esa base no es un refugio, es un cimiento (5) (Miquel Barceló). Por otro lado, sus contactos capilares en Madrid, Miami, El Cairo, Manila o Kabul responden a una estructura propia de la sociedad de la movilidad (6) (Román Gubern).
A pesar de las exégesis de los textos coránicos, el discurso de Bin Laden y Ayman al Zawahiri, no es una antigualla sino una novedad. Aunque su lenguaje religioso sea heredero formalmente del wahhabismo, firmemente asentado en Arabia, su objetivo no es el regreso a un modelo socio-religioso del pasado sino la construcción de algo que nunca ha existido. Al Qaeda es un fenómeno moderno, no una falla del pasado. Como señala Miquel Barceló hay que considerar, por una pare, que “nunca ha habido una centralización jerarquizada que regule un único discurso islámico y, por otra, que las variantes religiosas se habían ido constituyendo de manera fuertemente local y regional, generando culturas propias” (7). Un panislamismo de carácter totalitario basado en un discurso islámico simplificado, liberado de referentes locales, solo se ha podido desarrollar a partir de la globalización, la diáspora de musulmanes, la conexión capilar de individuos de diferentes lugares, las nuevas tecnologías, etc.
Es esencial caracterizar el fenómeno político y religioso que representan los tentáculos de Al Qaeda. No forman parte de ninguna resistencia de los pueblos, sino que constituye una forma de constituir y regenerar vanguardias iluminadas que luchan por un poder absoluto político-religioso. Hay que insistir, frente a ciertas ambigüedades en sectores pretendidamente antiimperialistas de algunas zonas del mundo, en que las redes articuladas en torno a Al Qaeda no son parte de ninguna resistencia legítima en sus fines ni expresan directa ni indirectamente un movimiento de los oprimidos. El terror fundamentalista y sus sueños de omnipotencia son una amenaza terrible para el presente y el futuro de la humanidad.
Nuestro conocimiento aún es insuficiente sobre cómo fue desarrollándose este proceso hasta permitir la constitución de unos tejidos tan potentes, capaces de reproducirse en base a un instrumental simbólico de carácter religioso y de fomentar tan eficazmente un imaginario totalitario y teocrático. La construcción de la imagen de Bin Laden después del 11-S mostró esa capacidad y sus palabras en una cinta posterior al 11 de septiembre de 2001 resultan reveladoras: “el despertar ha comenzado”. Tenemos que ser capaces de reconocer que en los últimos años la construcción de una significación cerrada (8) en el discurso islamista ha tenido un avance preocupante.
Indudablemente el fenómeno Bin Laden no sería posible, como señalé anteriormente, sin un medio ambiente adecuado. Pero una vez puesto en circulación el mito, las posibilidades de detenerlo son enormemente difíciles. Indudablemente, sería un primer paso imprescindible una nueva orientación sobre el problema palestino y acabar con la absurda política de Occidente en el mundo árabe. Pero hay algo más. El verdadero caldo de cultivo de Al Qaeda se encuentra en la sensación de fracaso de las élites de los países musulmanes. Entre ellas existe la creciente convicción de que el proyecto de modernización y occidentalización desarrollado durante el siglo XX ha fracasado. Ese mismo factor es el que ha precipitado la creciente marginación de las fuerzas nacionalistas y socialistas como movimientos de organización popular. En muchos países se ha creado un enorme hueco político en el cual se desarrolla el integrismo en sus diversas formas, no todas próximas a Al Qaeda. Las fuerzas político-religiosas islamistas aparecen como la única alternativa a una oligarquías estatales cuya débil base social parece, en muchos lugares, poco capaz de resistir a largo plazo este nuevo fenómeno. Y Al Qaeda pretende ser el alma de todos esos movimientos políticos desde Marruecos hasta Filipinas.
En resumen, Al Qaeda representa los valores de un proyecto totalitario que contrapone un concepto del Islam político-religioso a los valores occidentales de libertad e igualdad junto a unos métodos de terror destinados a debilitar a las democracias occidentales y a fortalecer la imagen y el proyecto de un totalitarismo musulmán.
La democracia y sus enemigos
La lucha contra el terrorismo fundamentalista islámico es muy compleja. La estrategia contra un enemigo de esta naturaleza no es básicamente la maniobra frontal ya que una maniobra frontal solo tiene sentido cuando, como ocurrió en Afganistán, se ha hecho con una estructura estática de poder. Las potencias occidentales intentan defenderse frente a una guerra en red con una ofensiva frontal de tipo militar cuando el problema esencial es político y cultural. Es esencial comprender la ruina estratégica que puede representar esa frontalidad militar frente a una red capilar. No es solo un problema de falta de elasticidad. Es, sobre todo, incomprensión de que la gran batalla contra el fanatismo se planteará y se resolverá finalmente en el terreno cultural y político y en las conciencias de los millones de personas de los países de tradición musulmana que habrán de optar individual y colectivamente entre el mito de la yihad antioccidental y un imaginario democrático.
La lucha contra Al Qaeda solo puede triunfar si se hace en defensa de
valores universales. En este sentido, que Occidente renuncie a una parte
sustancial de los valores laicos, democráticos y libertarios de
su historia es uno de los objetivos esenciales de Al Qaeda, cuyos dirigentes
parecen comprender muy bien la debilidad estructural de las democracias
occidentales. La hipocresía de las potencias, su descarado apoyo
a dictadores, la insensibilidad ante el sufrimiento de muchos pueblos,
la falta de compromiso con las fuerzas democratizadoras y laicas, son bazas
fundamentales para hacer posible la retórica del terror.
Al Qaeda es un peligroso e inteligente enemigo de la libertad y de
la democracia. Las redes del terror fundamentalista representan un proyecto
ultrarreaccionario, incompatible con los principios de la libertad, contrario
a los derechos elementales de las mujeres. Son un activo germen totalitario
de carácter teocrático que utiliza todos los medios e instrumentos
de la modernidad al servicio de un objetivo absolutamente contrapuesto
con el proyecto de autonomía individual y social.
El combate se debe centrar en el caldo de cultivo de islamismo fundamentalista. En este sentido, hay múltiples terrenos. Uno de ellos es la plena integración de los inmigrantes musulmanes en Europa. En el seno de los países musulmanes resulta esencial una política de defensa de los valores democráticos, de respeto a los derechos humanos, de desarrollo de la actividad civil y de fomento de la igualdad de la mujer.
Si en la Europa y América de raíces cristianas ha sido posible liberar a la sociedad política del peso de la religión, en un proceso que ha durado siglos, también debe ser posible en el África y Asia de raíces musulmanas. Los valores de la libertad y de la democracia no son valores occidentales sino universales.
Sin embargo la evolución de las sociedades occidentales durante las últimas décadas dificulta promover un laicismo democrático en el mundo musulmán. Como señaló Castoriadis, el imaginario de la época es cada vez más el núcleo del imaginario capitalista: la expansión ilimitada del seudo-dominio seudo-racional –en realidad, la expansión ilimitada de la economía, de la producción y del consumo-, y cada vez menos el imaginario de la autonomía y la democracia (9). Si nuestros valores se limitasen a consumir cada vez más, nunca seríamos capaces de afrontar el reto del totalitarismo musulmán. Para debilitar los nuevos mitos reaccionarios es imprescindible un desarrollo de la sustancia democrática de nuestra sociedad y sus instancias de autoorganización.
En la próxima década nos podemos encontrar ante un mundo
de pesadilla. Tal sería un escenario en el cual el poder ideológico
y militar occidental siguiera en mano de los neocon occidentales, y que
estos fueran avanzado en la restricción de nuestras libertades bajo
el pretexto de combatir las nebulosas islamistas, mientras estas fueran
avanzando en su proyecto de desarrollar una hegemonía social en
amplios territorios de Asia y África. Frente a esa antiutopía
posible, los ciudadanos han demostrado en muchos momentos y en muchos lugares
una voluntad para ser ellos mismos, para generar autonomía y para
combatir, en nombre de nuestros valores de libertad e igualdad, tanto a
los enemigos internos de nuestro futuro como a los externos.
El terror, el miedo y el odio son fuerzas terribles y poderosas, pero
la creatividad humana puede derrotarlas. A las redes del terror, y también
a los promotores de guerras preventivas, se les opone una multitud de ciudadanos
de múltiples lugares. Esa ciudadanía está formada
por individuos que quieren vivir libremente sus vidas, y decidir con los
demás los asuntos sociales, si les dejan. No necesitan dioses y
profetas. Tampoco salvadores y guardianes.
Aquí, en Europa. Pero también debe ser así en Bagdad,
en Kabul, en Nueva York...
Notas
(1) Richard Rorty: “Fundamentalismo: enemigo
a la vista”, El País, 29 de marzo de 2004.
(2) Loretta Napoleoni; Yihad (Cómo
se financia el terrorismo en la nueva economía), Barcelona,
Tendencias, 2004.
(3) Muchos de esos grupos nos son conocidos.
El Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (Argelia), Gamá
Islamiya (Egipto), Yihad islámica, Harakat ul Mujahedin (Pakistán),
Harakat Al Yihad (Bangla Desh), las redes egipcias, los talibán,
los árabes afganos, etc. Muy cerca de nosotros las corrientes salafistas
se han desarrollado en Marruecos durante los años noventa, a partir
de núcleos de veteranos de Afganistán. En Irak, Ansar al
Islam se supone dirigido por Abu Musa al Zarkawi, supuesto responsable
del desarrollo de armas químicas de Al Qaeda.
(4) John Gray; Al Qaeda y lo que significa
ser moderno, Barcelona, Paidós, 2004.
(5) Miquel Barceló: “Al Qaeda, una
criatura moderna”, El País, 29 de marzo de 2004.
(6) Román Gubern: “La guerra
en red de Al Qaeda”, El País, 13 de marzo de 2004.
(7) Miquel Barceló: “Al Qaeda, una
criatura moderna”, El País, 29 de marzo de 2004.
(8) “Un mundo de significaciones es cerrado
si toda cuestión que pueda plantearse en él o bien halla
una respuesta en términos de significaciones dadas, o bien, su planteamiento
carece de sentido”, Cornelius Castoriadis, “Las raíces sociales
y psíquicas del odio”, Figuras de lo pensable, Madrid, Cátedra,
p.184.
(9) “¿Qué democracia”, Figuras
de lo pensable, Cátedra, 1999, p.162.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, junio 2004