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FUNDACIÓNANDREU NIN |
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Artículo publicado en Iniciativa
Socialista nº 75, primavera-verano 2005, reproducido con permiso
del autor
En algún momento de nuestra historia reciente ha parecido que la reconstrucción del sistema democrático en España iba acompañada de una completa amnesia que abarcaba a la época republicana, a la guerra civil y a la dictadura franquista.
Esa situación está cambiando rápidamente. Un nuevo interés y compromiso con nuestra historia reciente está aflorando. Las iniciativas ciudadanas de recuperación de la memoria histórica encuentran, por fin, eco en las instituciones públicas. Así, son señales muy positivas los sucesivos reconocimientos a las víctimas del franquismo en el Congreso de los Diputados o la simbólica retirada de símbolos dictatoriales -tras la desaparición de la estatua de Franco en Madrid debería replantearse el futuro del llamado valle de los caídos, pura muestra del franquismo nacional-católico-. Tampoco son casuales, en este nuevo contexto, los intentos de rehabilitación del franquismo -como las efectuadas por Pío Moa- que encuentran caldo de cultivo en ciertos ambientes de la derecha que nunca han asumido la ruptura real con el pasado franquista de los suyos.
Las trampas de la memoria
No hay que olvidar que la memoria histórica tiene sus trampas. Una memoria útil no puede convertirse en una hagiografía, debe incorporar una reflexión, desde el presente, sobre la historia y sobre las responsabilidades. Caben actitudes muy diferenciadas. Para algunos, la memoria es el instrumento para construir una historia común, una reconciliación respecto a un pasado en el que todos cometieron errores y horrores y que hay que ver con distanciamiento, para reconocer lo noble y lo siniestro de las distintas actitudes. Una expresión literaria de esa memoria conciliadora es la exitosa novela de Javier Cercas, Soldados de Salamina (Tusquets, 2001). Diferente es la posición de quienes entienden la memoria como reivindicación de justicia histórica y de las víctimas del franquismo. Una espléndida novela como El vano ayer (Isaac Rosa, Seix Barral, 2004) expresaría esa otra actitud.
Desde luego, el terreno de la memoria histórica no puede ser el de un paralelismo entre bandos fratricidas, como algunos, incluso bienintencionados, pueden haber pretendido. El objetivo consiste en avanzar en la consolidación de una memoria colectiva democrática, lo cual no puede hacerse desde la equidistancia sino desde la negativa radical a equiparar a los generales golpistas contra la República y a sus defensores. Tampoco es posible igualar a los que apoyaron y se beneficiaron del franquismo con sus víctimas.
La memoria sobre el nazismo, sobre el estalinismo, sobre el franquismo, sobre las dictaduras latinoamericanas y sobre otros sistemas criminales, parte necesariamente del rechazo a los mismos. Ser neutral es ciertas cosas es un mal síntoma. Sin embargo, la ausencia de neutralidad no significa renunciar a una mirada honesta sobre los comportamientos. El antifascismo, por ejemplo, no puede hacernos callar ante los crímenes de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, como la destrucción de Dresde o el arrasamiento de las ciudades japonesas.
La República representa los valores humanos y democráticos frente al franquismo, que supuso un movimiento puramente reaccionario. Pero un acercamiento equilibrado no puede eludir problemas históricos cruciales. Uno de ellos es la represión contra los civiles en la zona republicana, que tuvo en la persecución religiosa, con la muerte de muchos centenares de sacerdotes, frailes y monjas, una de sus páginas más siniestras. Esa represión fue obra fundamentalmente de incontrolados en el marco del caos generado por la rebelión fascista apoyada por la Iglesia Católica. Aunque no tuvo el carácter planificado y sistemático de la represión en las zonas controladas por los franquistas, sino que intentó ser limitada y detenida por las autoridades, no es un capítulo que deba olvidarse.
Un segundo problema histórico se refiere a las persecuciones desencadenadas por los comunistas estalinistas contra el POUM y otros adversarios políticos. Si el terreno de la memoria histórica es resbaladizo, para algunos se vuelve terreno pantanoso cuando se trata de mirar con los ojos abiertos y con honestidad a los conflictos internos en el bando republicano.
No todo recuerdo del pasado es memoria histórica válida. A veces se recae en la impostura. Lo son los homenajes a Santiago Carrillo que olvidan voluntariamente su papel de dirigente del PCE estalinista. Tampoco resulta positiva la recuperación acrítica de una obra como Doble esplendor (Gadir, 2004), de Constancia de la Mora, por parte de ciertos medios que han acogido con entusiasmo su reedición sin comprometerse a analizar la implicación de la autora con el estalinismo. Constancia de la Mora es un ejemplo del atractivo creciente que el totalitarismo ejerció en ciertos ambientes intelectuales y acomodados de la República -los plebeyos siempre se sintieron más atraídos por las organizaciones anarquistas y socialistas-. La luna de miel entre ciertas élites y el PCE-PSUC coincidió con la progresiva influencia comunista, apoyándose en la ayuda militar soviética, sobre las instituciones republicanas, en detrimento de los socialistas, los anarquistas, los republicanos y, en su zona de influencia, el POUM. Aunque ese dominio no llegó a ser absoluto, esa irresistible ascensión desde minoría casi residual a importante poder fáctico, sólo pudo tener un efecto negativo sobre la moral republicana pues supuso una imposición de ideas y reglas ajenas a la cultura política de la izquierda obrera española.
Historias silenciadas
Aún hoy, la aparición de algunas obras que recuperan una parte de la historia republicana que se ha querido silenciar produce un impacto notable. Ya lo tuvo Javier Marías cuando en Fiebre y lanza, el primer volumen de Tu rostro mañana (Alfaguara, 2002), obra muy centrada en el papel de la memoria, evocó el caso Nin.
Ahora ha llegado una cosecha importante. La primera de esas nuevas aportaciones es Enterrar a los muertos (Seix Barral, 2005), un libro en el que el escritor Ignacio Martínez de Pisón reconstruye admirablemente la trayectoria de uno de los desaparecidos más enigmáticos de la guerra civil, José Robles, traductor de John Dos Passos. Si la obra de Martínez de Pisón es realmente notable no lo es únicamente por el esfuerzo de rescatar del olvido y de una conspiración de silencios y mentiras una historia apasionante. Lo mejor y lo más importante del libro de Martínez de Pisón es la profunda reflexión sobre el papel de los intelectuales republicanos ante unos sucesos que ya manifestaban la tendencia liberticida del estalinismo. La contraposición entre John Dos Passos y Ernest Hemingway se acompaña con el cuadro de las complicidades con que algunos asistieron a las calumnias, en ocasiones con resultado de muerte, a las que fueron sometidos amigos suyos, a quienes conocían muy bien.
La irresponsabilidad ética de muchos hombres supuestamente razonables no tiene justificación. Acertadamente, Martínez de Pisón cita a Dos Passos, cuando éste afirma que “los medios son más importantes que los fines porque los medios modelan instituciones que establecen maneras de conducta, mientras los fines no se alcanzan nunca en la vida de un hombre”.
Y ese silencio de los intelectuales en el caso Robles fue aún clamoroso en el caso Nin, también evocado en la obra de Martínez de Pisón. Andreu Nin, dirigente del POUM, ex-conseller de Justicia de la Generalitat, era una persona muy conocida en Cataluña, a pesar de lo cual prácticamente ninguna voz pública, y sobre todo ningún intelectual reconocido, fue capaz entonces -y la mayoría de ellos, lo cual es mucho más terrible, tampoco después de transcurrir décadas- de denunciar las calumnias a las que fue sometido ni lo que fue un terrible crimen de Estado (o de Estados, dado que a la autoría del Estado soviético se unió la complicidad del Gobierno Negrín o al menos de su Presidente y de algunos ministros) .
Ahora, el periodista José María Zavala ha escrito un libro que constituye un compendio del estado de la cuestión Nin. Es el libro En busca de Andreu Nin (Plaza y Janés, 2005). El trabajo es bastante consistente, de forma que constituye una contribución importante al conocimiento del caso. El libro aporta una pormenorizada descripción de la detención, secuestro, desaparición, tortura, asesinato y ocultación del cuerpo de Nin. Tal vez pierda fuelle, quizá por exceso de maniqueismo, en algunas páginas dedicadas a la URSS estalinista, El extenso libro -582 páginas-, es muy periodístico, con la agilidad característica de las obras dirigidas al gran público. Es muy de agradecer que el autor haya completado su exposición con unos excelentes apéndices documentales.

Las viejas y falsas polémicas sobre la preeminencia de la guerra o la revolución van dejando el paso a los auténticos problemas del poder republicano bajo la influencia comunista. Lo relevante tampoco es si la política del POUM, de Largo Caballero o de la CNT era más acertada o menos. El tema que interesa a la memoria histórica actual es si el crimen de Estado puede ser justificado. Los sombríos métodos del estalinismo van encontrando el juicio que merecen.
Como complemente a las obras mencionadas, también quiero mencionar la publicación de otro libro que también se aproxima a esa memoria olvidada. Son los recuerdos de Francesc de Cabo, Nuestros años treinta (SEPHA, 2005), en los que relata sus experiencias personales como militante poumista, reflejando los valores y aspiraciones que les movían y sus experiencias bélicas. El autor fue dirigente de la Izquierda Comunista y del POUM, amigo personal de Nin, y combatió en las milicias de la División 29 y en las Brigadas Internacionales. Sólo volvió a España, después de un largo exilio latinoamericano, tras la muerte de Franco, dedicando los últimos años de su vida al esfuerzo de reivindicar la memoria de Nin..
También Francesc de Cabo evoca otro caso siniestro, la desaparición
en su propia casa, donde se alojaba, de Kurt Landau, un dirigente de la
izquierda austriaca, representante notable de la generación de quienes
combatieron al estalinismo en su momento de apogeo, que también
fue secuestrado y asesinado por agentes estalinistas. Otra historia silenciada.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, abril 2005