Apuntes sobre política y estrategia
en el marxismo de Trotsky
Juan Manuel Vera
La versión original de este texto fue publicada
en dos partes en Iniciativa Socialista
nº 11 y nº 12, 1990, con el título “Aportaciones de León
Trotsky al pensamiento socialista”. La actual edición digital ha
sido revisada por el autor.
Existen poderosas razones para volver a plantearse el significado del
marxismo de Trotsky en el contexto del socialismo del siglo veinte. Estamos
viviendo una encrucijada histórica singular, donde el derrumbe de
las estructuras del totalitarismo comunista en Europa Oriental depara interrogantes
y cuestiones que han afectado a la identidad de la izquierda. En estas condiciones
una reflexión sobre la historia del socialismo exige un balance sobre
las diferentes corrientes de pensamiento socialista y muy en especial de aquellas
que, con sus errores y aciertos, mantuvieron posiciones antiestalinistas.
En los años de juventud admiré intensamente la figura revolucionaria
y el papel como teórico político de León Trotsky. Pero
pasaron algunos años, acumulé experiencias y actividades, y
pesaron cada vez más en mi valoración la importancia de los
errores en su trayectoria política y de las limitaciones e insuficiencias
de su pensamiento para una política emancipatoria. Deje de concederle
sistemáticamente “el beneficio de la duda” y empecé a entender
sus aportaciones en un contexto más amplio, el de las antinomias del
marxismo revolucionario y el balance híbrido de las aportaciones del
trotskismo al socialismo antiestalinista.
Se entenderá por todo ello que este texto no tenga nada de una
exégesis de sus ideas. Sus aportaciones se examinan con espíritu
crítico, lo cual conlleva, en mi caso, una conclusión negativa
respecto a la validez actual de sus principales apuestas estratégicas.
La figura de Trotsky ha gozado de una notable atención historiográfica
motivada por la singularidad de su trayectoria de dirigente de la revolución
de Octubre y cabeza más notable de la oposición a Stalin. Pero
el interés que ha suscitado Troski como personaje histórico
no ha ido acompañado de un similar grado de desarrollo del análisis
de su obra. En este sentido, la actitud de los trotskistas merece ser comentada.
Llevados de un notorio sentido de la ortodoxia han abordado la exposición
y la actualización formal de las teorías de Trotsky pero se
han alejado temerosamente de todo lo que pueda suponer un cuestionamiento
o un replanteamiento de las tesis consideradas "intocables". Ello es particularmente
inconsistente con la actitud intelectual del propio Trotsky que siempre consideró
sus posiciones y elaboraciones como trabajos provisionales, que rectificaba
continuamente, susceptibles de enmienda ante los cambios históricos
y expuestos al debate y a la crítica.
Los dos temas principales que he elegido para un acercamiento crítico
a Trotsky son el significado del
permanentismo como teoría
de la transformación social y su análisis sobre las formas políticas
desarrolladas en la crisis de los años treinta en Europa Occidental.
El hilo conductor de ambos temas es una reflexión sobre el contenido
estratégico del pensamiento de Trotsky y sobre las limitaciones que,
varias décadas después de su muerte, hacen evidente su incapacidad
para dar una respuesta adecuada a las necesidades emancipatorias de nuestro
tiempo.
PERMANENTISMO Y TRANSFORMACIÓN SOCIAL
La aportación más original de Trotsky es su teoría
de la revolución permanente. Pero esta teoría, por su propia
complejidad y sus implicaciones directas y subterráneas, ha sido
objeto de múltiples malentendidos. Una interpretación adecuada
exige empezar por rechazar la visión de la misma como un cuerpo completo
y autosuficiente capaz de resolver internamente todos los interrogantes
que sus premisas y conclusiones suscitan.
El primer permanentismo
El primer
permanentismo de Trotsky se consolida alrededor de 1905-1906,
en su obra
Resultados y perspectivas, enlazando con los debates en
el seno de la socialdemocracia respecto a la naturaleza social de la revolución
contra el zarismo. El argumento fundamental del primer
permanentismo
de Trotsky es que por la configuración social interna del absolutismo
ruso y por el lugar del imperio zarista en el orden económico mundial
la revolución rusa futura no sería una revolución burguesa,
sino una revolución dirigida por la clase obrera y en la cual las
tareas democrático-burguesas y las tareas socialistas de la revolución
se imbricarían inseparablemente. Trotsky señalaba que
"la
historia ha unido -no confundido sino unido orgánicamente- el contenido
fundamental de la revolución burguesa con la primera etapa de la revolución
proletaria".
El permanentismo rechazaba así la visión lineal de la historia
que el marxismo de corte evolucionista y economicista de la Segunda Internacional
había generalizado.
Trotsky, antes de la revolución de 1905, tanto en el
Informe
de la Delegación Siberiana como en
Nuestras tareas políticas,
había polemizado duramente con Lenin oponiéndole una visión
fundamentada en la confianza en la autonomía y espontaneidad
del movimiento de masas y de la clase trabajadora y rechazando la autolimitación
del movimiento revolucionario.
La diferencia fundamental entre Lenin y Trotsky tenía lugar respecto
al papel del partido en el movimiento revolucionario. Lenin tendía
a concebir el partido como un instrumento activo y al proletariado como el
medio en el que se desarrolla el partido. En cambio, para el joven Trotsky
el partido y la clase son indisolubles y el único protagonista real
de la revolución son las masas. Allí donde Trotsky ve grandes
fuerzas en movimiento llevadas por una dinámica propia que las conduce
a destruir el absolutismo sin por ello respetar los límites de la
revolución burguesa, lo que Lenin ve es la capacidad de una vanguardia
para dirigir el movimiento revolucionario en una dirección determinada,
que era la
dictadura democrática de obreros y campesinos antes
de las
Tesis de abril, y la
dictadura del proletariado, después.
Esta discusión es importante para entender las prácticas
del bolchevismo a partir de 1917, que incorporarían indisociablemente
aspectos sustitucionistas, asumiendo
el partido el protagonismo en
la conducción de la revolución, hipotéticamente apoyado
en las masas, pero también netamente diferenciado de ellas.
El permanentismo después de Octubre
La revolución de 1917 supuso un corte político trascendental
en la vida y en la obra de Trotsky. Tras la
"polémica literaria"
de 1924 entre
"el socialismo en un solo país" y la
"revolución
permanente", puede hablarse de la formulación por Trotsky, entre
1924 y 1927, de una segunda versión de la teoría de la revolución
permanente que incorpora la aceptación de la perspectiva organizativa
del leninismo.
Al mismo tiempo se produce un cambio de énfasis en la contenido
de la teoría.
En el primer permanentismo es la dinámica del proceso revolucionario
y la autoactividad de las fuerzas sociales el eje del análisis.
En la nueva exposición predomina el énfasis en la naturaleza
de clase del Estado que debe realizar el combinado de tareas de la revolución.
El Estado es el protagonista, lo cual conjuga con una nueva visión
de las relaciones partido-clase que concede a la vanguardia una importancia
creciente.
La última versión del permanentismo
La tercera etapa en el proceso de desarrollo de la teoría de la
revolución permanente puede considerarse una consecuencia de
los acontecimientos de la revolución china de 1925-1927. Hasta ese
momento Trotsky nunca se había atrevido a generalizar la experiencia
permanentista de la revolución rusa a otros países atrasados.
Sin embargo, a partir de mayo de 1927 la dinámica de la revolución
china le convence de que los rasgos históricos determinantes de la
incapacidad de la burguesía rusa para dirigir su propia revolución
son comunes a la mayor parte de los países atrasados.
Esta última versión del permanentismo, que Trotsky desarrolla
a partir de 1928 y que se manifiesta claramente en obras como
La Internacional
Comunista después de Lenin marca el resto de su obra hasta su
asesinato.
En los últimos años de su vida, Trotsky intenta completar
su teoría de la revolución sobre la base de una triple dimensión:
dictadura del proletariado bajo la forma de revolución permanente
en los países atrasados,
revolución política
contra la burocracia estalinista y
revolución socialista en
los países imperialistas.
Esa perspectiva es clara en
El programa de transición y
va asociada a una concepción de que el capitalismo como sistema mundial
se ha vuelto incapaz de desarrollar las fuerzas productivas y su bancarrota
debe abrir paso al desarrollo de la revolución mundial. La decadencia
del capitalismo mundial se considera irreversible y la perspectiva
es una lucha cada vez más polarizada entre la burguesía mundial
y el proletariado mundial en las tres áreas en que el mundo desarrolla
sus contradicciones.
El significado y las implicaciones del permanentismo
El
permanentismo no es tanto un cuadro teórico terminado,
basado en un conjunto definido de premisas y de conclusiones teórico-programáticas,
como una forma de pensar la realidad histórica, que obliga a replantear
desde una perspectiva diferente la concepción marxista de la evolución
social.
En mi opinión, el
permanentismo no es sólo lo que
textualmente plantea, es también todo aquello que subterráneamente
implica o cuestiona.
Dos son los pilares sobre los que se fundamentó la teoría
de Trotsky de la revolución permanente: una concepción del
capitalismo como un sistema mundial y un análisis de la dialéctica
propia de las revoluciones de nuestra época destinado a mostrar cómo
los procesos sociales de masas tienden a desbordar los límites impuestos.
El esquema central de la revolución permanente aspira a ser un
planteamiento de las contradicciones y relaciones sociales y políticas
a nivel mundial: un punto de vista de la totalidad del sistema. Para Trotsky,
los procesos económicos, sociales y políticos están
determinados, dentro de la teoría de la revolución permanente,
por el desarrollo desigual y combinado, que no constituye una
"ley" sino
una tendencia peculiar de las relaciones entre las partes de un sistema
que es global. El desarrollo del mercado mundial capitalista ha unificado
las diferentes naciones, sectores y áreas del planeta y no es posible
una inteligibilidad aislada de una formación social o de un espacio
autónomo sin considerarlo como parte de una compleja evolución
del sistema-mundo.
Por otra parte, la teoría política de Trotsky es un discurso
sobre la revolución como posibilidad de las clases subalternas de
instituirse en poder frente al Estado instituido.
En la concepción de Trotsky acerca de la revolución se produce
un giro significativo respecto a otras teorías de la revolución.
Mientras para los marxistas clásicos la naturaleza de la revolución
viene determinada esencialmente por un contenido social objetivo, para Trotsky
la transformación social (y la revolución) tiene una dependencia
fundamental del sujeto efectivo capaz de llevar a cabo dicha transformación.
Dicho en otras palabras, para Trotsky sujeto efectivo del cambio social y
contenido social de la transformación están íntimamente
unidos. Ello le lleva a una atención directa hacia los sujetos de
la transformación social frente a la tendencia de otros marxistas a
considerar la conducta humana como producto pasivo de leyes objetivas. Por
ello, el primer
permanentismo tiene en su seno un principio subversivo
fundamental basado en que la autoactividad de la sociedad y en particular
de la clase obrera es el factor determinante de la transformación social.
Ese aspecto va siendo relegado y desapareciendo en las posteriores versiones,
más cercanas a un socialismo estatalista.
En el joven Trotsky, como en la obra de Rosa Luxemburgo, se apunta una
nueva visión de lo social. En las posteriores versiones de la teoría
de la revolución permanente aunque estén implícitas
parcialmente las mismas posiciones se encuentran matizadas, sobredeterminadas
sería más correcto, por su adhesión a la concepción
leninista de la organización y a las experiencias estatalistas de la
revolución rusa. El leninismo de Trotsky limitará radicalmente
la dimensión que, en la teoría formulada hasta 1917, tenía
la deconstrucción latente de algunos de los paradigmas del socialismo
marxista clásico.
Las anteriores consideraciones me llevan a afirmar que la teoría
de Trotsky es una contribución importante al reposicionamiento de
la problemática socialista. Efectivamente, al cuestionar el curso
evolutivo del desarrollo de la revolución, Trotsky impuso un vacío,
un hueco en la teoría marxista de trascendental importancia. El marxismo
clásico había alimentado una concepción del cambio
social basada en un orden sucesivo de las clases en el poder determinado
económicamente. Al intentar descubrir el enigma de la revolución
rusa, Trotsky llegó a la conclusión permanentista de que la
revolución no surgía como el corolario inevitable del desarrollo
de las fuerzas productivas en contradicción con las relaciones de
producción.
El problema de fondo que la teoría de la revolución permanente
plantea al marxismo es la validez de las concepciones deterministas del materialismo
histórico para dar cuenta de la evolución de los procesos
políticos y de la constitución de sujetos sociales.
En el esquema mecanicista del marxismo etapista de la Segunda Internacional
las revoluciones burguesas y las revoluciones socialistas son netamente separables.
Sus sujetos sociales, sus tareas históricas y la dinámica propia
de las revoluciones son completamente diferentes.
Un comentario sobre la naturaleza de las "tareas" de la revolución
burguesa es necesario. La revolución burguesa, para los marxistas,
cumple un combinado de tareas económicas y políticas. Sin embargo
toda la reflexión respecto a las "tareas de la revolución burguesa"
marca un predominio de su contenido económico frente a su contenido
político, concediendo a la conquista de las libertades, derechos
e instituciones democráticas sólo un papel subordinado frente
a la unificación del mercado nacional o al cambio de las relaciones
agrarias.
Además de esa concepción subordinada de las tareas políticas
de la revolución burguesa frente a sus tareas económicas, surge
un problema que, en mi opinión, es de mucha mayor trascendencia y
es el convencimiento de que la dimensión democrática de la revolución
tiene un carácter de clase. Por ejemplo, la lucha por la democracia
contra el absolutismo zarista sería una tarea burguesa de la revolución.
Este es un terreno adecuado para investigar las causas del escaso entusiasmo
democrático del socialismo marxista revolucionario, el cual ha negado
la especificidad de lo político, que ha intentando derivar de una
separación de lo económico (determinante) frente a lo político
(determinado) y que le ha conducido a un menosprecio de las garantías
y libertades democráticas y al énfasis en el control estatal
de la sociedad.
Todo ello se relaciona con la imposibilidad de mantener una concepción
del socialismo como conjunto de tareas económicas de expropiación
de la burguesía sin tomar en consideración su dimensión
política.
Las consideraciones anteriores nos sitúan ante un cambio de perspectiva
fundamental respecto al paradigma marxista revolucionario. Nos plantean la
necesidad de una reformulación del proyecto socialista como radicalización
y expansión del proceso democrático, negando que la democracia
política formal tenga un intrínseco carácter de clase
y abren la posibilidad de integrar la lucha anticapitalista dentro de una
perspectiva de democracia radical.
El permanentismo y los problemas estratégicos
Reflexionar hoy sobre el
permanentismo obliga a preguntarse por
la aceptabilidad actual de las previsiones estratégicas de la teoría
de Trotsky. Comencemos por una referencia a los países atrasados,
aunque la reflexión sobre su sentido estratégico debe hacerse
necesariamente desde una perspectiva más general.
Respecto a las implicaciones estratégicas sobre los países
atrasados deben señalarse dos interpretaciones distintas que pueden
derivarse del
permanentismo. Una primera interpretación de
la teoría supone que sin una revolución socialista no es posible
que los países atrasados resuelvan las tareas de la revolución
burguesa. De adoptarse esta interpretación la posición de la
teoría es muy débil, pues aun cuando las tareas adjudicadas
a la revolución burguesa no se han realizado plenamente en el Tercer
Mundo, no es menos cierto que en las últimas décadas se ha
asistido al desarrollo de una transformación fundamental al acceder
el mundo colonial a la independencia política sin que se haya producido
la revolución. Identificar independencia con ruptura total con el imperialismo
es una tautología, pues equivale a decir que la independencia nacional
es la revolución socialista y a convertir la teoría en una
banalidad.
Una segunda interpretación del
permanentismo sería
plantear que en los países atrasados los procesos revolucionarios
y las luchas por el cambio social y contra el capitalismo global adoptan
dinámicas que tienden a combinar los aspectos democráticos
y nacionales (lo que tradicionalmente se llamaban tareas burguesas) con una
perspectiva anticapitalista. La dinámica permanentista, así
entendida, ha estado presente a lo largo de todas las luchas del mundo colonial
y de los países atrasados en el período abierto tras la Segunda
Guerra Mundial con la descolonización formal. Lo que Trotsky no pudo
prever es la dimensión histórica que iban a alcanzar los fenómenos
de
"bloqueo del permanentismo" que se manifiestan en la aparición
de obstáculos insalvables (por causas internas y externas) para desarrollar
en toda su dimensión la dinámica latente en los procesos sociales.
Pero esas observaciones son notoriamente incompletas sin acompañarlas
de una reflexión general sobre el contenido estratégico del
permanentismo.
El
Programa de transición fue el último producto
de la resistencia marxista revolucionaria contra el estalinismo y el fascismo
durante los años treinta. En este sentido es un documento que plasma
el combate de Trotsky y los partidarios de la Cuarta Internacional por preservar
frente al estalinismo las ideas y programas del marxismo revolucionario.
Sin embargo, no hay que perder de vista que el
Programa de transición
era también expresión de una etapa de derrotas históricas
para el socialismo: el triunfo del totalitarismo burocrático en la
URSS, la extensión del fascismo en Europa, las derrotas de las luchas
antiimperialistas en China y en otros países atrasados y la antesala
de una nueva guerra mundial.
El fracaso del trotskismo después de 1945 está vinculado,
en mi opinión, a su incapacidad para distanciarse del contenido estratégico
del programa originario de su movimiento. Y la realidad es que después
de la Segunda Guerra Mundial la perspectiva estratégica de la lucha
por el socialismo había cambiado radicalmente. Las insuficiencias
de la metodología y la estrategia del
Programa de transición
derivan de determinadas limitaciones intrínsecas del pensamiento
de Trotsky y, en particular, de su dificultad para aprehender la especificidad
del proceso occidental. El socialismo revolucionario de Trotsky carecía
de una perspectiva desarrollada respecto a la revolución en Occidente
y afirmaba la validez general de la experiencia bolchevique en su sentido
organizativo, político y estratégico.
Por otra parte, el
Programa de transición estaba impregnado
de fatalismo revolucionario: era un programa para la
"agonía del
capitalismo".
El problema se vio agravado porque esa concepción iba acompañada
de la generalización de la experiencia del Octubre soviético
como modelo universal de revolución. Si ello era muy discutible para
los países atrasados, respondía nulamente a los problemas de
la lucha por el socialismo en los países más avanzados, donde
el Estado sólo es una parte de las defensas del sistema social, donde
la legitimación del poder adopta múltiples formas y la sociedad
civil no es algo desarticulado sino consistente. Si esto era ya un fenómeno
real en los años treinta, y ahí está la obra de Gramsci
para recordárnoslo, durante las últimas décadas ha
tenido un desarrollo mucho más amplio al generalizarse sistemas
democrático-burgueses en los países avanzados de Occidente
y en algunos del Tercer Mundo. Esa perspectiva, que es comprensible en el
Trotsky que estaba contemplando el hundimiento de los regímenes democráticos
continentales de Europa, no tiene disculpa para quienes han vivido una etapa
contraria: la de la extensión de formas democrático-burguesas,
la experiencia del nuevo peso de las luchas democráticas en todo
el mundo y, más recientemente, las transformaciones antiburocráticas
del Este de Europa.
Permanentismo y Estados burocráticos
La revolución rusa de 1917 quedó aislada desde el principio.
Y el Estado nacido de ese triunfo iba a ser, en un plazo corto, la expresión
de un régimen político totalitario, socialmente burocratizado.
Ese estado burocrático expresaba una degeneración profunda
de los ideales socialistas convertidos en pretexto para una nueva forma de
dominación política y social.
La teoría trotskista de la burocracia soviética se construye
alrededor de tres explicaciones diferentes de las causas del estalinismo.
La primera de dichas explicaciones busca las raíces del estalinismo
en la dinámica histórica, señalando que el aislamiento
de la revolución a causa de los fracasos de la revolución europea,
así como de la revolución china, en los años veinte,
supusieron un factor fundamental para la consolidación de una burocracia
conservadora como sustento del régimen instaurado por Stalin. Esta
presentación del problema aparece, por ejemplo, en
La Internacional
Comunista después de Lenin.
Esta explicación histórica se complementa con la tesis causalista
que Trotsky desarrolló en
La revolución traicionada
según la cual debemos entender el proceso de degeneración del
Estado soviético a la luz de la categoría de la escasez, que
crea las condiciones para que una capa burocrática aproveche su función
administradora para desarrollar su monopolio político y obtener una
parte sustancial del excedente social.
La doble explicación histórico-causal del dominio burocrático
se combina en la obra de Trotsky con una crítica al monopolio político
del partido estalinista que acaba por conducir a Trotsky hacia una defensa
del pluripartidismo, a la caracterización del poder estalinista como
contrarrevolucionario y a defender una revolución política
en la URSS.
Desde el punto de vista de la taxonomía política, Trotsky
calificó al Estado soviético como un
Estado obrero degenerado,
concepto que gira alrededor de la noción de que sobre una base social
progresiva nacida de la revolución y representada por la estatalización
de los medios de producción se había desarrollado una superestructura
contrarrevolucionaria.
Es evidente que después de la Segunda Guerra Mundial el fenómeno
burocrático alcanzo una dimensión y extensión imprevistas
por Trotsky y cuyas consecuencias, efectos y significado histórico
excedían del marco conceptual en el que planteo su análisis
del estalinismo.
Una reflexión sobre las concepciones de Trotsky sobre el estalinismo
y el modelo burocrático plantea numerosas cuestiones.
1º-Un análisis de las relaciones de producción de la
URSS y en los restantes Estados burocráticos demuestra que sobre
la propiedad estatal de los medios de producción se construyó
un modelo centralista de funcionamiento económico y de organización
social que es una condición suficiente para la aparición de
una burocracia poderosa y una restricción insalvable para la existencia
de un régimen democrático. Ello conduce a plantear que son
las propias relaciones de producción y los mecanismos de regulación
económica la causa profunda de la burocratización de los estados
poscapitalistas. El centralismo económico, la ausencia de mercado,
el partido único y el control totalitario de la sociedad aparecen
como elementos perfectamente compatibles de estado burocrático.
En las tesis de Trotsky subyace la consideración de que la burocracia
soviética era un régimen progresivo respecto al capitalismo,
a pesar de su degeneración política y social.¿Es suficiente
la existencia de una estatalización de los medios de producción
para calificar a un sistema social como progresivo?
Evidentemente lo que la tesis de Trotsky quiere afirmar es el rechazo
a la propiedad privada de los medios de producción. ¿No hay
en la posición de Trotsky una incomprensión de que las relaciones
de producción son algo más amplio que las relaciones de propiedad?
Trotsky olvidó que la tarea de los socialistas revolucionarios
era defender formas sociales en que el predominio de la propiedad social
vaya unida a una genuina apropiación social y política de
la sociedad sobre sus medios económicos y políticos de existencia.
Por eso al hablar de un modelo económico lo que nos preocupa no es
la parte de decisiones económicas que corresponden al mercado o al
plan, sino las condiciones que hacen posible el crecimiento de la autogestión
social y la expansión de las formas democráticas.
2º-Frente a la inseparabilidad ortodoxa entre la teoría de
la revolución permanente y las concepciones organizativas propias
del leninismo codificado, sería preciso poner en primer plano las
lecciones en negativo de la experiencia bolchevique (sobre todo durante el
estalinismo, pero también a causa de ciertas formas adoptadas en
los primeros años del poder soviético y de ciertas concepciones
propias del bolchevismo). El recelo bolchevique sobre la democracia, y sus
ideas centrales relativas al centralismo democrático y, después,
la defensa del partido único, pueden ser considerados como elementos
que facilitaron determinantemente la degeneración del régimen
soviético y el triunfo del estalinismo.
Al no haber sido capaces de realizar esa reflexión, el trotskismo
no cuestiona la concepción del partido de vanguardia ni es capaz de
plantear de una forma renovada las relaciones de las organizaciones y los
partidos con los sujetos de las transformaciones sociales. Todo ello
le condena a un triste papel de conciencia crítica del estalinismo,
con el parece compartir valores esenciales.
3º-Sobre todas estas consideraciones flota un problema de fondo que
está en relación con el significado histórico del proyecto
socialista y su legitimación. El estalinismo identificó el
socialismo con la propiedad estatal de los medios de producción, convirtiendo
la lucha por el socialismo en la lucha por edificar un estatalismo unificante
e industrializador.
Para una calificación adecuada de la experiencia burocrática
se hace imprescindible hacerlo desde la perspectiva de lo que fue históricamente
el proyecto socialista.
El socialismo no puede ser concebido como la legitimación clasista
de un Estado benefactor que mide en crecimiento material extensivo su contribución
a la historia. El socialismo sólo puede ser expansión del
proceso democrático y de la autonomía de la sociedad
frente a los poderes instituidos. El socialismo no puede ser una coartada
al servicio de nuevas formas de explotación, sino la expresión
de un aliento liberador que rechaza en nombre de la igualdad social y de
una democracia radical los límites que el sistema mundial opone al
desarrollo humano.
Vista en perspectiva histórica la crítica trotskista del
estalinismo resulta demasiado estrecha, completamente encerrada en los paradigmas
cosificados del leninismo, y llena de antinomias tan evidentes como llegar
a considerar que el régimen de Stalin, a pesar de todo, era más
progresivo que una democracia capitalista.
ANÁLISIS POLÍTICO EN EL TROTSKY DE LOS AÑOS TREINTA
Trotsky, además de un dirigente revolucionario, de un opositor
al estalinismo y de un notable escritor, pasará a la Historia como
un sorprendente y singular analista político. Tan importante en la
originalidad de algunos análisis como debilitado intrínsecamente
por las limitaciones de sus concepciones estratégicas.
Enfrentado a las coyunturas que se presentan en Europa durante el período
de entreguerras y, en particular, a la crisis continental de los años
treinta, fue capaz de iniciar el análisis de fenómenos totalmente
nuevos tales como la crisis de la democracia parlamentaria, la aparición
de los fascismos o la experiencia de los gobiernos frentepopulistas.
Tras la derrota de la Oposición de Izquierdas en la URSS, el exilio
y su papel como animador de una corriente internacional antiestalinista,
le situaron en un lugar crucial para realizar una labor que nadie más
de la vieja generación marxista estaba en condiciones de desarrollar:
preservar frente al estalinismo las tradiciones internacionalistas del socialismo
y, al mismo tiempo, abordar los acontecimientos que conducían a una
nueva guerra mundial.
Los escritos políticos de Trotsky a lo largo de los años
treinta, y en particular los relativos a Alemania, Francia y España,
constituyen junto a los célebres análisis de Marx sobre el
Segundo Imperio, uno de los frutos más notables de la tradición
política marxista. Estos escritos impresionan no sólo por la
aguda inteligencia que de los mismos aflora en muchos momentos, sino, sobre
todo, por la urgencia moral e histórica que emana de ellos. Luchar
contra las corrientes destructivas de la
"medianoche en el siglo",
ejemplificadas en el fascismo y el estalinismo, colocaba a Trotsky, solo y
aislado como estaba, en el papel de la conciencia crítica de la izquierda.
Mientras tanto, las fuerzas dominantes en el movimiento obrero se negaban
a ver esa realidad..Aunque sólo fuera por su posición antiestalinista
y antifascista, al mismo tiempo, cuando eran corrientes en ascenso, Trotsky
habría de tener un lugar de honor entre los luchadores socialistas
del siglo XX.
Poder estatal y formas institucionales
La tradición marxista ha subrayado en todo momento el carácter
de clase del Estado capitalista, sin perjuicio, en ocasiones, de matizar
que la relación entre el Estado y la clase dominante no es mecánica,
ni estable. En todo caso, la llamada teoría marxista del Estado plantea
la necesidad de una diferenciación teórica entre poder de clase
y poder estatal. Tal distinción sólo puede ser fructífera
si va acompañada de una investigación detallada de las mediaciones,
institucionales o no, existentes entre el poder de clase y el poder
estatal, lo cual implica un análisis de las formas de representación
y legitimación, de la formación de partidos políticos
y otros grupos de interés, de los nexos sociales y personales entre
las instituciones y las clases, etc. Y, por tanto, tal análisis sólo
tiene sentido en su vinculación al imaginario de una época
histórica determinada.
No existe una tipología de los regímenes políticos
en cuanto formas puras. Su configuración es el resultado de la utilización
de fórmulas analógicas para trazar un sistema de comparación
relativa entre formas políticas propias de diferentes formaciones
sociales. Marx y Engels ya tuvieron en cuenta formas tan diversas como la
república burguesa, el absolutismo tardío, el bonapartismo o
el bismarckismo, construidas de dicha manera.
Por tanto, el estudio de las formaciones sociales tal y como se presentan
históricamente es, en gran medida, un análisis de las formas
concretas de manifestación de la especificidad o autonomía
(relativa, añadiría un marxista) del Estado; pero, también,
de la sociedad que lo sustenta y de la política en un tiempo determinado.
Durante el ciclo de la posguerra abierto en 1945 hemos asistido a la consolidación
en los países industrializados de Occidente de formas parlamentarias
democrático-burguesas con sufragio universal, con algunas excepciones
en países semiperiféricos europeos. En cambio, las casi tres
décadas transcurridas entre 1917 y 1947 estuvieron caracterizadas
por la quiebra en numerosos países europeos de las formas parlamentarias
preexistentes con la aparición de regímenes sumamente inestables
que derivaron posteriormente hacia soluciones autoritarias o totalitarias.
La obra de Trotsky es un punto de referencia insustituible para una reflexión
sobre los nuevos modos de dominación política que aparecieron
en el período de entreguerras y sobre sus consecuencias, históricamente
condicionadas. para la lucha política de los socialistas.
Esa etapa supuso un dislocamiento del conjunto de relaciones políticas
del sistema y al estancamiento económico prolongado se unió
una larga cadena de crisis revolucionarias, prerrevolucionarias o contrarrevolucionarias
en casi todos los países industrializados y parlamentarios de Occidente,
con las excepciones de Inglaterra y Norteamérica.
Los efectos sobre la teoría política socialista son muy
importantes. Como señalaba Trotsky, en períodos de agudos
conflictos sociales:
"...Las concepciones y generalizaciones políticas
se desgastan rápidamente y exigen bien sea una sustitución
total (que es más fácil) bien su concreción, su precisión
y su rectificación parcial (que es más difícil). Es
precisamente en tales períodos que surgen como algo necesario toda
clase de situaciones intermedias, transitorias, que transforman las pautas
usuales y exigen doblemente una atención teórica sostenida.
En una palabra, si en el período pacífico y 'orgánico'
(antes de la guerra) se podía vivir de la renta de unas cuantas abstracciones
ya hechas, en nuestra época cada nuevo acontecimiento prueba forzosamente
la más importante ley de la dialéctica: la verdad siempre es
concreta" (1934, "Bonapartismo y fascismo").
El análisis de las formas transitorias e intermedias nacidas de
la crisis de los regímenes parlamentarios del período de entreguerras
fue posible por la capacidad de Trotsky para integrar dentro de un mismo
enfoque teórico y político los diferentes fenómenos que
la crisis de los regímenes parlamentarios europeos producía
tanto hacia el fascismo como hacia la revolución.
Trotsky carecía de una teoría propia del Estado capitalista
y, sin embargo, sus escritos manifiestan una visión peculiar muy distanciada
de las concepciones predominantes entre la socialdemocracia y entre los
comunistas. Trotsky muestra al Estado como un organismo vivo, el organismo
político de la sociedad burguesa, lo cual implica una distinción
latente muy clara entre poder de clase y poder político estatal.
Curiosamente, es en Trotsky, un marxista muy ortodoxo en relación
a la cuestión del Estado, donde aparece una notable sensibilidad respecto
a la autonomía del Estado respecto a la sociedad. Ello es evidente
en su análisis del bonapartismo preventivo y del fascismo, pero es
igualmente muy significativo en sus escritos sobre el
kerenkismo.
También sorprenden los resultados obtenidos por Trotsky desde otro
punto de vista. Trotsky nunca fue un analista riguroso del Estado capitalista
occidental ni de la especificidad de sus formas parlamentarias como manifestación
de un determinado tipo de relación entre el estado y la sociedad civil.
Evidentemente, era consciente de la diferencia sustancial entre el Estado
absolutista ruso y los Estados de Occidente, pero nunca había desarrollado
ese análisis de una forma completa.
Y sin embargo, sin avanzar sustancialmente en una teoría del Estado
capitalista en Occidente, va a conseguir una descripción extraordinariamente
rigurosa de las formas patológicas que adoptan esos mismos Estados.
Ello contrasta notablemente con la labor de Gramsci, capaz de abrir una
nueva perspectiva para el desarrollo del marxismo precisamente a partir
de un análisis de la especificidad de Occidente frente a Oriente.
Sin embargo, tal vez por ello mismo, Gramsci estaba peor preparado que Trotsky
para el análisis de las formas transitorias, inestables y patológicas
que la crisis del capitalismo durante los anos veinte y treinta produjo
continuamente.
Giros hacia la derecha: Bonapartismo y fascismo
Durante los años treinta la curva de desarrollo capitalista pasó
de una época de ascenso a un período de declinación
y de crisis. Ese cambio de signo de los tiempos produjo enormes convulsiones
en las relaciones entre las clases y entre los Estados.
Tras la advertencia italiana, el fascismo conquistó el corazón
político de Europa y su nación más industrializada,
Alemania.
Trotsky siguió el hilo de los acontecimientos que condujeron al
triunfo del fascismo, analizando el fenómeno y la nueva situación
que se desarrolló. Así, desde 1928 hasta 1934 dedicó
un ímprobo esfuerzo a avisar al movimiento obrero de lo que significaba
el fascismo y de la necesidad de un frente único de la clase obrera
contra el fascismo en Alemania.
En 1930 Trotsky advertía, después de las elecciones de septiembre,
que la rápida polarización de la sociedad convertía
al fascismo en un peligro real para Alemania, donde la crisis económica
y las heridas nacionales de la guerra dejaban cada vez menos espacio para
la conciliación social. Definió la correlación entre
las clases y fuerzas sociales como un equilibrio inestable entre las fuerzas
del fascismo y de la clase obrera, entre dos sectores del movimiento de masas.
Ese equilibrio transitorio conducía a la aparición de gobiernos
burocráticos. No en vano la pequeña burguesía había
dejado de ser el sostén del régimen parlamentario de la República
de Weimar.Se abría así la época de los gobiernos que
Trotsky denominó bonapartistas preventivos (los de Brunning, Von
Papen y el del general Schleicher) cubriendo el mismo papel y función
que el gobierno Giolittí en la Italia prefascista. Con Brunning se
inauguró una etapa de gobiernos sin mayoría parlamentaria,
que ejercieron el poder mediante los decretos de emergencia. Trotsky abordó
la naturaleza del gobierno Brunning en dos de sus análisis más
interesantes sobre la crisis alemana, en “¿Y ahora?” (enero de 1932)
y en “El único camino” (septiembre de 1932).
Trotsky diferenció claramente el fascismo de los gobiernos bonapartistas
preventivos. Esa distinción es crucial, pues tenía una estrecha
relación con la táctica a seguir contra el fascismo y respecto
al papel que la socialdemocracia jugaba en el proceso de fascistización.
La política estalinista del
"Tercer Período" se fundamentaba
en la identificación entre la socialdemocracia y el fascismo (el "social-fascismo")
y consideraba fascistas a los gobiernos de Brunning y sucesivos (lo que
hacía dejar en un segundo plano la lucha contra el nacionalsocialisrno).
La irresponsabilidad estalinista ayudó sobremanera al triunfo de
Hiüer al desarmar políticamente a los sectores más combativos
de la clase obrera alemana e impedir la formación de un bloque antifascista.
No había para Trotsky un fatalismo que condujera inexorablemente
del bonapartismo preventivo hasta el fascismo. Por eso todos sus escritos
anteriores al triunfo de Hitler son un llamamiento a la acción de
masas contra el fascismo. Su perspectiva era opuesta a la de la socialdemocracia
que confiaba en las instituciones como en un escudo frente a la reacción.
El SPD, el mayor partido de la izquierda occidental, fue incapaz de comprender
que toda una etapa de reformas sociales se venía abajo.
Del análisis de Trotsky conviene retener varios elementos. En primer
lugar su conclusión de que la crisis de la democracia parlamentaria
era un fenómeno central del período de entreguerras y que ello
conducía a la aparición de regímenes inestables y transitorios,
fruto del desplazamiento de la correlación de fuerzas hacia la derecha.
Así surgían fórmulas de bonapartisrno preventivo (esto
es, prefascista) que constituyen una modalidad de gobierno burocrático.
Estos gobiernos presidencialistas no produjeron un auténtico bloque
de poder y fueron incapaces de establecer una base social duradera.
Eso les diferencia nítidamente de las dictaduras bonapartistas
clásicas del Primer y del Segundo Imperio en Francia o del bismarckismo.
Son algo transitorio, un eventual prólogo del fascismo.
El segundo elemento, mucho más conocido, del análisis de
Trotsky es su teoría del fascismo como régimen burgués
de excepción acompañado de un innovador análisis sobre
la naturaleza del fascismo como movimiento de masas de la pequeña
burguesía, aspirante a establecer un monopolio político sobre
el Estado basado en la derrota histórica y en el aplastamiento de las
organizaciones obreras. El fascismo es el producto de una lucha social abierta,
no de una crisis interna de las instituciones.
El régimen nacido del triunfo del nazismo se basa en el establecimiento
de un monopolio político totalitario que, en la terminología
de Trotsky, acaba produciendo, tras el aplastamiento de las S.A., la regeneración
del fascismo, una vez triunfante, en un bonapartismo burocrático estable.
Giros a la izquierda: Frente Popular y kerenkismo
Pero los nuevos fenómenos de los años treinta no suceden
únicamente como consecuencia de desplazamientos contrarrevolucionarios
de los regímenes parlamentarios hacia el bonapartismo y el fascismo.
Durante los años treinta el ascenso del movimiento obrero y de
masas, en un contexto de crisis global del sistema, dio lugar a situaciones
prerrevolucionarias y revolucionarias que tuvieron su reflejo en la aparición
de gobiernos y regímenes híbridos, mixtos, transitorios, que
expresan esa crisis social. Son el producto de la ruptura del status preexistente
como consecuencia de un giro a la izquierda en las fuerzas sociales.
Durante la crisis de los años treinta Trotsky va a realizar una
amplia utilización de la categoría del
kerenkismo. El
régimen de febrero de 1917 y los fenómenos de los gobiernos
de coalición directa o encubierta que lo sostuvieron, a través
de las presidencias del príncipe Lvov y de Alexander Kerenski, iba
a ejercer un importante papel como punto de referencia para su análisis
de las formas del poder estatal en situaciones revolucionarias y prerrevolucionarias.
La utilización por Trotsky de la referencia al
kerenkismo
tiene una doble significación. Por un lado, el
kerenkismo
es una forma política extremadamente inestable, caracterizada por
la crisis crónica y el doble poder, lo que le convierte en una de
las formas más autónomas de régimen pues se basa en
un equilibrio político transitorio. Pero la referencia al
kerenkismo
apela a otro elemento de esa misma realidad, en concreto a su aspecto formal
de gobiernos de coalición directa o encubierta entre partidos burgueses
y partidos obreros.
Su análisis del frentepopulismo se va a fundamentar en una crítica
del papel de los gobiernos de colaboración de clases con participación
de la izquierda en situaciones prerrevolucionarias. Es una crítica
de la impotencia de la estrategia frentepopulista como estrategia de lucha
contra el fascismo. Así, Trotsky considera que el apoyo por parte
de la izquierda a las instituciones en crisis política del régimen
parlamentario no puede alejar la posibilidad del fascismo, pues precisamente
su apoyo a las instituciones y a la vieja burocracia imposibilita a los partidos
socialistas ponerse a la cabeza de la masas y de la nación, estableciendo
las bases de una hegemonía que pueda contrarrestar al fascismo. Además,
la colaboración de clases tiene desde el punto de vista de la estrategia
socialista un contenido absolutamente negativo, pues imposibilita el progreso
de la conciencia de clase y es un obstáculo para desarrollar un bloque
histórico y anticapitalista de poder. Algo que para Trotsky era la
única alternativa en Europa Occidental en los años treinta
para derrotar al fascismo.
La situación revolucionaria, señala Trotsky, es la oportunidad
para la aparición de un régimen kerenkista clásico.
Ese régimen pretende reconstituir un poder burgués estable pero
está enfrentado a un movimiento social que pretende establecer un
orden social diferente. Así, lo característico del
kerenkismo
no es su aspecto formal de colaboración gubernamental de clases (que
es común al frentepopulismo) sino su carácter de poder institucional
inmerso en una situación de doble poder, en una crisis revolucionaria.
Ese aspecto común al régimen de febrero de 1917 y a los gobiernos
de Ebert en Alemania y de Largo Caballero y Negrín en España,
constituye una poco conocida aportación de Trotsky al análisis
de las formas políticas durante la crisis de período de entreguerras.
Crisis de los años treinta y estrategia socialista
La diferencia entre el proceso histórico de Rusia y las previsiones
estratégicas para un proceso revolucionario en Occidente había
sido indicada reiteradamente por Trotsky. Así, en
Las lecciones
de Octubre señalaba que
"...la revolución proletaria
en Occidente tendrá que habérselas con un Estado burgués
enteramente formado. No quiero decir, empero, que tenga que habérselas
con un aparato estable, porque la misma posibilidad de la insurrección
proletaria presupone una disgregación bastante avanzada del estado
capitalista. Si entre nosotros fue la revolución de Octubre la lucha
contra un aparato estatal que aún no había tenido tiempo de
formarse desde febrero, en otros países la insurrección tendrá
contra ella un aparato estatal en trance de dislocación progresiva".
De la concepción de Trotsky se desprende que la diferencia entre
los problemas de la revolución rusa y los de la revolución
en Occidente era una diferencia de grado, es decir no cualitativa, sino sencillamente
medible en grado de desarrollo del aparato estatal. Como si el Estado sólo
fuese un aparato y no la expresión concentrada de una formación
social.
La importancia concedida al aparato estatal contrasta con la falta de
presencia de la sociedad civil como un factor significativo de diferenciación
entre Rusia y Occidente. Ello es fruto de una lógica implícita
en el razonamiento de Trotsky que convierte a la estrategia socialista revolucionaria
necesariamente en una estrategia insurreccional en la cual el momento revolucionario
aparece como legitimador de todo el proceso de construcción del partido
de vanguardia.
La revolución de Octubre alimentó la tentación jacobina
de la izquierda y su tendencia a querer sustituir los procesos sociales por
las iniciativas de los agentes políticos y la dinámica de
los procesos de transformación social por la idealización del
hecho revolucionario. Así es como no aparece en la orientación
estratégica de Trotsky para Occidente la referencia a un proceso de
lucha por la hegemonía, en el cual quedaría en un segundo plano
la tradicional disyuntiva reforma-revolución. La omnipresencia del
objetivo insurreccional oscurece la necesidad de un proceso de acumulación
de fuerzas sociales para emprender transformaciones efectivas y toda la
política socialista aparece subordinada a un azar histórico
no predecible, la apertura de una crisis revolucionaria.
La revolución, entendida como ruptura insurreccional de un orden
existente, no es provocada por un agente que lo desee, es el fruto de movimientos
telúricos de las masas sociales y de los equilibrios preexistentes.
La lucha por la transformación socialista de la realidad debe ser
algo más amplio que una orientación hacia una futura crisis
revolucionaria que, en cualquier caso, no depende de la voluntad de los socialistas.
En Trotsky aparece frecuentemente la tentación de presentar la
revolución de febrero como una envoltura de la revolución
de octubre, subestimando la específica importancia de la revolución
de febrero como quiebra del régimen absolutista.
Esa abstracción del significado histórico de la revolución
de febrero oscurece la comprensión de que la revolución rusa
no fue una revolución contra un Estado capitalista sino contra el
Estado absolutista tardío de una formación social integrada
en el mercado mundial.
Todo ello no obsta para que sea necesario subrayar que en la crisis de
los años treinta Trotsky se acercó a lo que podía haber
sido una estrategia socialista y antifascista alternativa a la que el estalinismo
convirtió en una política de conciliación burocrática
al servicio de los intereses totalitarios del Estado soviético. No
es este el lugar para entrar en un análisis de los motivos de la frustración
de esa posibilidad estratégica. La consolidación del estalinismo
y el mantenimiento de los aparatos de la Segunda Internacional constituían
obstáculos probablemente insalvables.
Junto a ello, los errores tácticos y organizativos de Trotsky en
los años treinta, aislándose de las corrientes más
próximas y progresivas de la izquierda dificultó la confluencia
entre quienes podían encaminarse en esa dirección.
Se ha señalado en los apartados anteriores de este artículo
que Trotsky fue el marxista que mejor comprendió la crisis de los
regímenes parlamentarios en los países europeos. Pero esa afirmación
debe ser entendida con todos sus antecedentes y todas sus implicaciones. Trotsky
consideraba la crisis de los regímenes parlamentarios como manifestación
de una crisis general de la democracia política y de la tendencia
a la quiebra definitiva de esa forma de ejercicio del poder de clase de la
burguesía.
En Trotsky, como en Lenin, predomina una teoría reduccionista de
la democracia política a mero mecanismo burgués, mero sistema
de conciliación de clases. De ahí que la crisis de la democracia
y del sistema de conciliación se consideren fenómenos intrínsecamente
unidos, y de ahí que cualquier concepción marxista revolucionaria
de raíz leninista implique una radical minusvaloración del
significado del régimen democrático.
Por otra parte las ambigüedades programáticas respecto a la
relación entre democracia política y poder socialista deben
tenerse en cuenta pues son consecuencias son necesariamente siniestras.
La identificación entre democracia política y régimen
de clase es algo demasiado inscrito en la concepción constitutiva
de la Tercera Internacional y ello favorece la tendencia a ver el combate
por las libertades y los derechos democráticos como algo táctico,
secundario a la estrategia socialista. Incluso en Trotsky que, en 1905, había
formulado que la democracia era para la burguesía un mal menor en
ciertas condiciones, mientras para la clase obrera era una necesidad en todo
momento.
No puede olvidarse en este debate el balance histórico que se desarrolló
a partir del final de la Segunda Guerra Mundial, en donde las aspiraciones
democráticas del movimiento de masas en Europa Occidental se convirtieron
en un elemento central del proceso abierto después de 1945. No se
trata de "ilusiones democráticas" (por utilizar una desgraciada expresión)
sino de realidades, de movilizaciones efectivas en esa dirección que
condicionaron la forma de reconstitución de los nuevos Estados.
La tragedia del socialismo revolucionario fue su incapacidad en dicha
coyuntura para vincular la lucha por la igualdad social y contra la apropiación
privada de los medios de producción con el movimiento radical democrático
de las masas europeas a la caída de los fascismos.
El estalinismo completó su obra destructiva de la conciencia socialista
con su apoyo en Europa Occidental, siguiendo los dictados del reparto de
Yalta y Postdam, a la reconstitución del estatalismo burgués
y a la progresiva reducción de los espacios de autonomía social
de las masas antifascistas.
Así, la estabilización de regímenes democrático-parlamentarios
en Europa Occidental cerró la crisis de los años treinta, sin
que un bloque histórico por un socialismo democrático y revolucionario
se hubiese desarrollado.
CONCLUSIÓN
La cuestión central planteada a lo largo de este artículo
hace referencia a cómo valorar actualmente determinadas aportaciones
del marxismo de Trotsky. Para ello nos hemos centrado en la concepción
permanentista de la transformación social y en la importancia de las
aportaciones de Trotsky al análisis político de la crisis de
los años treinta
La crítica más general a las orientaciones estratégicas
de Trotsky se han centrado en su incomprensión de la especificidad
de la lucha socialista en Europa Occidental y en el papel secundario atribuido
a la democracia política.
Un socialismo anticapitalista del siglo XXI necesitará seguir analizando
críticamente a Trotsky (como también a Rosa Luxemburgo y a
Gramsci) pero no para regresar a alguna forma de ortodoxia. De hecho, la aceleración
del proceso histórico que vivimos en estos años cuestionará
muy seriamente la subsistencia de las viejas corrientes organizadas que no
hayan sabido insertarse como un elemento activo en la conformación
de un ala socialista y democrática de la izquierda internacional.
¿Estará la raíz de esa incapacidad en el rechazo a aceptar
que el leninismo (tal y como fue codificado por el trotskismo) no es ya una
referencia para reconstruir una izquierda anticapitalista?
La revolución de Octubre ha marcado a varias generaciones de la
izquierda. Las próximas carecerán de un paradigma de esa naturaleza.
No habrá ya más modelos universales ni de partidos, ni de estrategias,
ni de Estado.
El futuro pertenece a socialistas sin modelos, cuya tarea para el próximo
período histórico debe ser impulsar una nueva síntesis
de la izquierda capaz de abordar la construcción de una alternativa
práctica y factible al capitalismo como sistema mundial desde el desarrollo
de la autonomía social.
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