Leyendo a Castoriadis
Juan Manuel Vera
“Cuál será el sentido que le darán
a su vida las futuras colectividades es algo que no podemos decir nosotros
en su lugar. Pero, al menos, sé lo que yo querría que fuera
ese sentido. Sería la creación de seres humanos que amen la
sabiduría, que amen la belleza y que amen el bien común”
[Cornelius Castoriadis]
Castoriadis es un pensador singular y multifacético. Ajeno a cualquier
escuela, constituye la voz propia de un anticapitalismo encaminado a la defensa
radical de la creación democrática.
La singularidad de Castoriadis se manifiesta en la naturaleza multidisciplinar
de su obra. En un tiempo en el que predomina la parcelación y segmentación
del conocimiento, supone la integración de métodos y enfoques
filosóficos, políticos, psicoanalíticos y socio-históricos,
afirmando que el exceso de especialización puede esterilizar algo
esencial: la amplitud de las perspectivas necesarias para pensar los espacios
humanos. En resumen, un autor difícil de clasificar para la taxonomía
academicista e incompatible con la apología del pensamiento débil.
Tal vez por ello su minoritario prestigio intelectual vaya acompañado
con la calificación de heterodoxia, como si su obra fuera un adorno
excéntrico, alejado del centro de las ideas generales de la época.
Indudablemente, quienes contribuyen a demoler el pensamiento heredado tardan
en ser aceptados. Para las personas influidas por la tradición marxista
la lectura de Castoriadis sigue siendo un ejercicio pendiente, como si les
resultara demasiado doloroso asimilar su brutal demostración de la
completa inconsistencia del materialismo histórico como pensamiento
emancipatorio. Por otra parte, para los liberales de mente abierta también
supone un ejercicio notablemente incómodo aproximarse a su desarrollo
crítico sobre las incongruencias del orden político y social
existente.
El principal interés de la obra de Castoriadis es su capacidad de
proveernos de instrumentos útiles para abordar esta época tan
compleja, tan llena de riesgos y de oportunidades. Por tanto, considero que
deberían leerle todos aquellos que estén convencidos de que
la ortodoxias del siglo veinte son meros cadáveres. Y tampoco deberían
dejar de hacerlo los que piensan que las luchas contra la economización
del mundo, por los derechos sociales y por las libertades individuales son
completamente necesarias.
Recrear el curso de sus libros y de los principales temas que desgranó
en ellos exigiría un análisis específico. De los años
cincuenta a los noventa del pasado siglo elaboró una condena radical
del totalitarismo estalinista, reflexionó sobre las nuevas vías
del desarrollo capitalista, criticó al marxismo como filosofía
de la historia, desarrolló una teoría del imaginario social
y de la función de la imaginación radical, investigó
la raíces del proyecto de autonomía e indagó sobre el
ascenso de la insignificancia en la sociedad contemporánea.
En este artículo no se abordarán sistemáticamente esos
núcleos esenciales, me limitaré a unas breves reflexiones personales
suscitadas por su pensamiento y orientadas.
El horizonte de la indeterminación
Castoriadis representa una perspectiva esencial para comprender la acción
humana como creadora de determinaciones provisionales. Dado que no existe
una flecha de la historia estamos obligados a asumir nuestras propias responsabilidades
sin confiar en creencias teleológicas.
Nuestro mundo se encuentra, tras la desaparición del sistema bipolar
nacido al final de la Segunda Guerra Mundial, sometido a un proceso de gran
incertidumbre. El plano histórico de la época se caracteriza
por la crisis terminal de la ideología del progreso y por la disolución
de las identidades tradicionales en el marco de una sociedad en la cual el
proyecto vital de un trabajo para toda la vida ha desaparecido en apenas
una generación.
Ni las democracias electorales occidentales, y las viejas fuerzas políticas
que la integran, ni una ciudadanía hiperindividualizada, parecen capaces
de generar un nuevo equilibrio constructivo. Mientras tanto, las fuerzas
centrífugas adquieren rasgos más dinámicos y más
agresivos. La ofensiva neocon en EE.UU. y la presidencia de Bush, el fundamentalismo
vaticanista de Woytila y Rarzinger, la aparición de los nuevos fenómenos
del integrismo islamista, la parálisis de Europa, los movimientos
migratorios masivos, etc. son sólo la superficie de una potencial
entropía del mundo globalizado.
En un horizonte de indeterminación la posibilidad de acción
humana se contrapone a cualquier teología del poder y a la mixtificación
ideológica. Castoriadis expresó muy claramente este reto al
afirmar que “en todos los dominios de la vida, y tanto en la parte desarrollada
como en la parte no desarrollada del mundo, los seres humanos están
actualmente en vías de liquidar las antiguas significaciones y tal
vez de crear otras nuevas. Nuestro papel consiste en demoler las ilusiones
ideológicas que les dificultan esta creación” (
El mito del
desarrollo, Kairos, 1979, p.226).
Capitalismo y proyecto de autonomía
El capitalismo es el rey pero, como en el cuento, está desnudo. El
hundimiento del comunismo totalitario en Europa nos mostrado en toda su rotundidad
esa desnudez. El sistema-mundo está sometido a la lógica aberrante
de una expansión sin límites en la cual el planeta entero se
pone al servicio del crecimiento. Lo único importante es que los indicadores
cuantitativos aumenten incesantemente, mientras el medio ambiente, la individualidad,
la cultura, la sociedad, el propio ser humano, sólo son instrumentos,
factores subalternos, cuando no una mera mercancía más.
La lógica del capitalismo realmente existente es una lógica
sin proyecto, incluso en los países privilegiados. Lo que hay es una
huida hacia delante de una sociedad que no está dispuesta a
pensar a fondo sobre sí misma y hacia dónde va. En esas condiciones
los individuos no se convierten en ciudadanos plenos. El dominio de lo económico
es una forma de autoengaño, dotando a los individuos de una identidad
ficticia sobre la base de la metástasis del consumo de masas que pretende
ocultar el vacío de todo valor sustantivo. Una ilusión.
Y las ilusiones son poderosas fuerzas productivas del mantenimiento del sistema.
Recordando a Freud, una ilusión no es sólo una creencia errónea,
es una creencia errónea sostenida por un deseo, un error investido
por la pasión de ocultar la realidad.
La aportación anticapitalista castoridiana constituye un intento fecundo
de dar una nueva forma al proyecto emancipatorio de los ilustrados y de los
movimientos obreros y de poner de manifiesto el absurdo del crecimiento económico
ilimitado como único proyecto social.
El proyecto de autonomía se opone a toda verdad revelada, incluida
la teología economicista y propone centrar los esfuerzos en
una doble necesidad, nuevos objetivos políticos y nuevas actitudes
humanas. Es la pretensión modesta e inabarcable de que los seres humanos
tomen las riendas de su destino. El proyecto creativo de la democracia forma
parte de la lucha cotidiana contra los viejos y nuevos enemigos de la libertad
y la igualdad, contra la racionalización capitalista y el riesgo latente
de un conformismo generalizado.
Entropía y estado de la sociedad
Pero, ¿es posible una política de la autonomía? ¿Estamos
aún a tiempo de evitar que los dioses cambien una vez más de
mascara y sus agentes nos introduzcan nuevamente en una nueva era de oscuridad,
plenamente heterónoma? Estas preguntas nos llevan a la interrogación
sobre el grado de decadencia de los valores de Occidente, e incluso sobre
la posibilidad de una crisis antropológica que obstruya la propia
capacidad de autorreproducción del sistema.
La utilización del concepto de insignificancia advierte sobre el riesgo
de un proceso de destitución en la actual democracia electoral, el
contradictorio régimen de compromiso nacido del equilibrio entre
las oligarquías liberales y las mayorías sociales, proceso
que supondría la lenta desintegración de los valores que aún
la sustentan. Sin compartir excesos puntuales de pesimismo histórico,
es pertinente intentar dar cuenta del estado de la sociedad, y de la acelerada
pérdida de la capacidad de dar sentido de la vida individual y colectiva
en las sociedades occidentales. Ese diagnóstico debe ser contrapesado
con las señales de creatividad social que en la última década
ha mostrado el nuevo activismo social y por las posibilidades de los instrumentos
de innovación comunicativa. En todo caso, el de Castoriadis es un
pensamiento sustancialmente antielistista, y, por tanto, un aviso del peligro
de una entropía social motivada por la falta de protagonismo de los
ciudadanos. Nada que ver con un Spengler o un Ortega
Para evitar ese riesgo de entropía es indispensable el desarrollo
de una nueva etapa de creación histórico-social. No sabemos
si tendrá lugar en nuestro horizonte vital. Pero en todo caso, lo
que tiene sentido es intentar contribuir a ello, y la única forma
de hacerlo es intentando ser ciudadanos, es decir, seres autónomos.
La lucha por el sentido de nuestra vida individual es la lucha por dar sentido
a nuestras acciones. Decir autonomía individual y social, es decir
proyecto humano y ateismo absoluto (no sólo frente a las creencias
religiosas, sino también respecto a cualquier sistema cerrado y que
se pretenda plenamente determinado).
Los protagonistas del cambio
Una política de la autonomía no significa ni reducción
de la actividad social a las actuaciones institucionalizadas ni una ilusión
movimientista en lo emergente. El cambio que nos interesa no es ni plenamente
institucional ni completamente extrainstitucional. Sus fuentes son mixtas
y su desencadenamiento impredecible.
¿Cómo surgiría la capacidad de cambiar el imaginario
social desde las instituciones si sólo pudiera emerger allí?
Pero también, ¿de donde surgiría el cambio sin tener
en cuenta que las instituciones son lugares donde se manifiestan las antinomias
del sistema?
La política de la autonomía supone una crítica radical
de los conceptos de estrategia y de programa y de la distinción entre
fines y medios. Primero: no se puede luchar por la autonomía con métodos
heterónomos. Segundo: la política no consiste en la búsqueda
de un lugar privilegiado desde el que teledirigir una revolución o
una reforma política o social.
Con los conceptos de autonomía y ciudadanía se plantea una
problemática del cambio social más compleja y matizada que
la que puede derivar de categorías filo-marxistas como la de hegemonía-pueblo
o la de potencia-multitud. A pesar del interés que tienen esas aportaciones
hay que desconfiar de cualquier creencia en estructuras dotadas de conciencia.
La debilidad intrínseca de la multitud de Negri es que parece construirse
desde la fe en la inevitabilidad de la construcción de nuevos sujetos
y en la sabiduría inmanente de las masas (como si toda creación
o potencia fueran ontológicamente positiva).
Desde la perspectiva de la autonomía no hay sujetos colectivos predeterminados
que originen un vector estable de decisiones humanas. Lo que hay es una compleja
relación entre procesos institucionales y movimientos sociales que
puede, en determinadas condiciones, en medio de la lucha por la ampliación
de las libertades democráticas y la igualdad social, dar lugar a nuevas
creaciones históricas, donde sea posible un mayor autogobierno de
la sociedad (incluyendo consustancialmente formas de autogestión de
los espacios laborales y vecinales).
En resumen, la política que nos interesa es irreductible a los viejos
esquemas de clase y de vanguardia. Castoriadis no intentó legitimar
un nuevo leninismo laico, sino dar cuenta de algo más modesto y poderoso:
la posibilidad (e inseguridad) de todo movimiento democrático real
y vivo.
La praxis política necesaria supone que haya posibilidades “de lucha
por objetivos que sean realizables, que tengan sentido más o menos
inmediato y a la vez puedan proyectarse y articularse con una perspectiva
global y mediata (“La crisis actual”,
Zona Erógena nº
29, 1996). En la concepción de la autonomía no hay más
sujeto que los ciudadanos y ciudadanas. Y todo las instituciones construidas
por ellos, organizaciones, asociaciones, centros de expresión, instituciones
representativas, administraciones, etc. son espacios de desarrollo del imaginario
social instituyente y en ellos puede manifestarse el contenido de la lucha
actual, concreta y cotidiana, por la libertad y la igualdad.
Castoriadis nos obliga a centrarnos en lo importante, en el presente, olvidando
definitivamente cualquier arbitrismo utópico. Al reconocer el contenido
actual del proyecto de autonomía no hacemos otra cosa que dar sentido
a las actividades y luchas que surgen de nuestra voluntad de ser ciudadanos
libres.