Tradiciones y tentaciones de la derecha
española
Juan Manuel Vera
Este texto es el capítulo 4 del libro
La derecha furiosa (Enrique del Olmo,
José Manuel Roca, Luis Miguel Sáenz y Juan Manuel Vera, Editorial
SEPHA, diciembre 2005)
“El único modo de llegar a un concepto de orden definido y preciso,
que no sea una idea movediza y relativa, es cimentarlo sobre verdades fijas,
es decir, sobre principios religiosos”
José María Pemán
“Estamos en uno de los momentos más críticos de nuestra
historia en muchas décadas y probablemente abocados a una grave crisis
nacional. En poco más de un año el actual Gobierno y su Presidente
han llevado a España al borde del abismo. España corre riesgos
serios de desintegración y de balcanización. Corre el riesgo
también de volver históricamente a las andadas. El desafío
al Estado es total”.
José María Aznar, 7 de octubre de 2005
La derecha española ha encontrado en el Partido Popular (PP) el instrumento
político unitario que ha facilitado la agrupación de las élites
católicas, base histórica sustancial del conservadurismo y el
tradicionalismo en nuestro país, conteniendo las fracturas que en
otros momentos han dificultado su unidad de acción como ocurrió,
por ejemplo, durante la transición del franquismo a la democracia electoral.
Aunque el origen básico del PP se encuentre en la derecha católica
de origen franquista hay que precisar que a lo largo del tiempo ha conseguido
concentrar a otros sectores y corrientes. Al PP se ha incorporado desde antiguos
militantes de la extrema derecha hasta democratacristianos y neoliberales,
facilitando mantener un ala “dura” y otra más o menos “moderada”. También
ha absorbido a los influyentes grupos del tradicionalismo católico.
Y, al mismo tiempo, el PP ha conseguido evitar la dispersión de los
regionalismos de derecha (excepto en algunas comunidades como Aragón
o Cantabria). Desde el punto de vista ideológico ha existido un equilibrio
entre los neoliberales (
liberistas), los neoconservadores, los neofranquistas
y los
centristas, corrientes presentes en el partido aunque no sea
estructuradamente. Esos afluentes se entremezclan, de forma compleja, con
los propios entramados de poder y grupos de presión internos. El mérito
más notorio de Aznar en su etapa de presidente del PP ha sido su capacidad
para actuar como unificador y pacificador de las derechas, siguiendo la senda
que ya había iniciado Fraga.
Sólo en el futuro sabremos si se trata de una síntesis estable
o si la integración ha sido un espejismo y la imagen unitaria oculta
diferencia insalvables. En todo caso, la unidad partidaria (aunque la democracia
interna brille por su ausencia) no puede difuminar los distintos orígenes,
visiones y aspiraciones. La proximidad al poder evitó, posiblemente,
en los últimos quince años los enfrentamientos y la confrontación
de proyectos. Después de la derrota electoral de 2004 será difícil
que se mantenga permanentemente la armonía entre las distintas sensibilidades
de las derechas, sobre todo si se consolida la actual hegemonía de
los sectores ultraconservadores y su tentación de provocar continúas
tensiones y confrontaciones con finalidad desestabilizadora. Una reflexión
sobre la preocupante evolución del PP hacia posiciones extremistas
no debe ignorar esa realidad, que puede conducir a enfrentamientos entre sus
corrientes subrepticias, especialmente si perciben que el actual curso puede
alejarles por una larga etapa de la gobernación del Estado.
El giro derechista, ultraconservador si se quiere, de un sector significativo
de sus dirigentes y militantes es notorio. El partido de Rajoy, con Acebes
como Secretario General y Zaplana como portavoz parlamentario, se ha embarcado
en una pirámide de deslegitimaciones políticas, de oposición
sin límites éticos ni políticos, que puede ocasionar
graves riesgos para la democracia española. PP empieza a ser sinónimo
de una derecha españolista furiosa, que se ha puesto al servicio de
los valores más ultramontanos de la Iglesia católica, y que
incorpora crecientes sesgos antieuropeístas. La ira alimentada por
algunos medios de comunicación de la derecha, y la audiencia que tienen
en los mismos individuos tan extremistas como Federico Jiménez Losantos
o Pío Moa, entre otros, ya dicen bastante del sentido ultraderechista
de dicha evolución.
La inexistencia de un partido de
centro (es decir, de derecha moderada)
hace que electoralmente la frontera del PP sea el PSOE. Por otra parte, carece
de competencia a su derecha, salvo algunos grupúsculos falangistas
o neonazis, políticamente irrelevantes. Conjuntamente, ambos aspectos
diferencian netamente el modelo español del de otros países
europeos.
Hace algunos años, al llegar Aznar al poder y, sobre todo, tras obtener
en el año 2000 la mayoría absoluta, pudo parecer que la derecha
española había alcanzado la madurez y poseía un proyecto
de largo alcance para intentar mantenerse como fuerza electoral dominante.
No había sido nada fácil llegar a ese punto. Como señala
José María Marco: “
La derecha española no había
logrado nunca realizar este proyecto. Antonio Maura lo intentó a principios
de siglo [...]
El Partido Radical de Lerroux estaba lastrado por la
personalidad de su líder y en el fondo seguía siendo un partido
de notables, siguiendo un modelo anterior a la democratización de
la Monarquía constitucional. La CEDA, en los años treinta,
fue una coalición, con rasgos muchas veces defensivos, sin tiempo
para evolucionar hacia una organización más estable”(1)
.
Sin embargo, los síntomas de que la orientación al centro
y la moderación del PP no eran auténticos ni completos ya existían
antes de que se confirmara en la segunda legislatura de Aznar. Por ejemplo,
cuando Aznar, antes de gobernar, publicó en 1995 el libro
La segunda
transición, su título pudo ser entendido como una pretensión
de enmienda al rumbo equivocado de la transición española. Es
muy posible que la derecha, al menos un sector de ella, no viviera su victoria
de 1996 como un mero turno electoral, sino como un cambio más trascendental,
que le permitiría solventar algunas deudas históricas pendientes
de décadas atrás. Esas posibles expectativas ayudarían
a explicar la evidente crispación producida cuando perdieron claramente
las elecciones del 14-M sin haber podido incorporar plenamente su orientación
neoconservadora al sistema político. Entre 2000 y 2004 habían
creído que tendrían en sus manos los instrumentos para rectificar
el régimen nacido de la reforma del franquismo.
La derrota del Partido Popular en las elecciones del 14 de marzo de 2004
ha supuesto una conmoción en el tejido social, cultural y político
de la derecha y reavivado algunas de sus más peligrosas tradiciones
y tentaciones. Han reaccionado como si se hubiera producido un desalojo del
poder anormal e inaceptable. Las corrientes más conservadoras tienen
un miedo cerval al desmoronamiento de su proyecto político, laboriosamente
reconstruido a lo largo de muchos años. Después de haber tensionado
extremadamente la política española para llegar al poder, y
haber mantenido durante sus años de gobierno un virulento comportamiento
frente a la oposición socialista y nacionalista, los réditos
de su etapa gubernamental les parecen escasos. Todo ello contribuye a que
el PP no esté dispuesto a ejercer una oposición política
normal.
Del 14-M les sorprendió la contundencia del cambio de la ciudadanía
española (la pérdida de la mayoría absoluta del PP se
consideraba probable durante la campaña electoral) (2) . A esa sorpresa
contribuía el exceso de confianza de Aznar y los suyos en los efectos
que ocho años de gobierno habían producido en el tejido de la
sociedad, calándola con ideas ultraliberales-conservadoras, y marginando
las ideas
no naturales, para ellos representadas por la izquierda
y los nacionalismos periféricos.
Un pluralismo democrático-electoral se basa en la combinación
de visiones distintas, que expresan los márgenes diferenciales del
imaginario de la época (3). En un régimen tendente a un bipartidismo
limitado, cada una de las fuerzas representativas de las alternativas de la
izquierda y de la derecha adquiere una gran importancia para el conjunto de
la sociedad. Por ello, el rumbo estratégico e ideológico del
Partido Popular resulta tan preocupante.
La existencia de una tentación ultraconservadora, incluso reaccionaria,
en la derecha española, alimentada desde sus tradiciones autoritarias,
y abierta a los populismos neoconservadores de otros países, es una
posibilidad muy negativa para la democracia española. Desearíamos
una derecha más moderada, más europea, capaz de alejarse de
los rasgos autoritarios y tradicionalistas de su pasado y de los que algunos
de sus dirigentes importan de las corrientes más impresentables de
la nueva derecha cristiana. Desdichadamente, no parece que sea ese el camino
emprendido por la actual dirección del Partido Popular. Y las tradiciones
de la derecha española tampoco reconfortan demasiado para pensar en
una progresiva moderación y en una mejor adaptación a la realidad
pluralista del país.
¿Una derecha sin raíces?
Una nueva generación derechista se organizó en el Partido
Popular desde finales de los años ochenta. Conscientes de la dificultad
de buscar raíces en la tradición española, tuvieron
en cambio la posibilidad de entroncar con el ultraliberalismo de Reagan y
Thatcher tan presente en los años ochenta. Como señala Javier
Tussell, la conexión con el ultraliberalismo es comprensible. “
No
tiene nada de extraño que muchos de sus miembros, procedentes de la
derecha tradicional –como el propio Aznar, falangista en su primera juventud–
se transmutaran en ultraliberales, porque ésta era la ideología
más funcional para la ocasión que estaban viviendo” (4).
Esa retórica ultraliberal no significaba sin embargo que en el seno
del PP no estuviera, también, muy presente una concepción patrimonialista
del Estado al servicio de la élite dirigente católica.
Aún más lógica es la proximidad, ya en los años
noventa, producida con los ‘neocon’ estadounidenses. Ha sido posible un encaje
de los valores originarios, autoritarios, nacionalistas y católicos
de la derecha española con ese neoconservadurismo cristiano floreciente
tras la elección de Bush hijo. Ambas etapas deben tenerse presentes
para comprender el curso, y los meandros, de la evolución del PP.
En cualquier caso, conviene que tener en cuenta la apremiante necesidad
de apertura, incluso simbólica, que existía entre los sectores
emergentes de la derecha en los años ochenta. Eran conscientes de la
necesidad de una modernización del discurso como parte integrante del
proceso de acercamiento al poder. En la evolución de la derecha ha
sido muy relevante el papel desempeñado, desde su nacimiento, por el
diario
El Mundo. La alianza con la oposición periodística
al felipismo, representada por Pedro J. Ramírez, propició un
lugar de encuentro entre un público de izquierda desencantada (básicamente
simpatizantes de IU, entonces bajo el mandato de Anguita) y los nuevos militantes,
más jóvenes y más abiertos, del PP, todos ellos comprometidos
fuertemente en el acoso y derribo de Felipe González. Debe resaltarse
que mientras periódicos como
ABC y, desde su aparición,
La razón, representan los valores tradicionales, conservadores,
autoritarios y españolistas,
El Mundo significó una operación
muy importante de apertura a nuevos valores. En particular, la primera etapa
del
El Mundo introdujo en medios de derechas la reflexión sobre
la posibilidad de algunas reformas liberales, democráticas o regeneracionistas
de la democracia española y, al mismo, tiempo, acercó a algunos
sectores de la derecha a valores culturales tradicionalmente vinculados al
liberalismo y a la izquierda.
El Mundo, con el tiempo, sería
también el tobogán desde el que se visualizaría el tránsito
de diversos periodistas y escritores procedentes de la izquierda (como Francisco
Umbral, Gabriel Albiac, Martín Prieto, Raúl del Pozo, etc.)
hacia posiciones de derecha y, en algún caso, no precisamente moderada.[Tras
la derrota del PP en las elecciones del 11 de marzo, dicho periódico
se ha convertido en el portavoz de tendencias cada vez más derechistas,
deslegitimadoras de los resultados electorales, ejerciendo de una manera completamente
amoral un inefable amarillismo al servicio de los intereses de los sectores
más ultras de la derecha española.]
A medida que en el discurso de la derecha tradicional se incorporaban temas
nuevos y el PP conseguía trabajosamente remontar el techo electoral
de Fraga, se reavivaba la necesidad de establecer unas raíces históricas
respetables. La confusión asociada a esa búsqueda se hace evidente
si pensamos en las referencias intelectuales predilectas de los dirigentes
del PP, un cóctel donde están presentes Fukuyama, Hayek, Popper,
Aron, Von Mises, Friedman, Cánovas, Azaña, Ortega, Américo
Castro, Sánchez Albornoz, Menéndez Pidal, Reagan, Thatcher y
Woytila. Y un cóctel, donde voluntariamente, faltan componentes esenciales
de la formación histórica de las derechas españolas.
Sin embargo, las referencias ideológicas, ciertas o ficticias, con
sus contradicciones evidentes, por importantes que sean, no pueden sustituir
el papel que juega una tradición propia asumida abiertamente. Por ello,
es un hecho básico a destacar la extraordinaria dificultad de la derecha
para establecer una identidad y rescatar una tradición nacional propias
de un marco político democrático. Al reconstruir sus intentos
de dotarse de marcos de referencia, las presencias deseadas y las ausencias
y ocultaciones tienen un grado de importancia paralelo. Lamentable, es la
historia de un fracaso y, por tanto, un camino de ida y vuelta.
La derecha mantiene su silencio respecto al franquismo, régimen dominante
en España desde 1939 a 1975. Pero también es significativo la
ausencia de referencia a su relación con los movimientos y corrientes
tradicionalistas y autoritarias que desde el final del canovismo caracterizaron
la trayectoria de la derecha española. ¿Es que el PP surgió
del vacío? ¿Es que la derecha española no tiene raíces?
Esos silencios y vacíos explican los motivos que, desde la llegada
de Aznar al liderazgo
popular, dieron lugar a una búsqueda
heterogénea de tales referencias. El intento de modernización
de la derecha española necesitaba dotarse de señas de identidad.
Incluso, el abandono de la Internacional Conservadora y la incorporación
a la Demócrata Cristiana también pudo entenderse en ese sentido.
Aunque ese proceso de modernización se haya visto abruptamente interrumpido
a partir de la segunda legislatura de Aznar, resulta especialmente atractivo
reflexionar sobre las contradicciones en que incurrían al buscar un
marco de referencias históricas que eludía una parte fundamental
de la propia historia de la derecha, sus orígenes históricos
e intelectuales, y hasta si se quiere, su propia educación ideológico-sentimental.
El resultado provisional lo conocemos. En un momento determinado se produjo
una marcha atrás. El curso político de los últimos años
ha permitido el refuerzo sustancial de los sectores tradicionalistas católicos
del PP de manera que la modernización limitada se ha cortado abruptamente.
Por otra parte, simultáneamente, en el PP fue aflorando una renovación
del discurso nacionalista español, que, paradójicamente le permitió
enlazar con las preocupaciones de algunos sectores intelectuales y políticos
relacionados con la izquierda pero muy contrarios a los nacionalismos periféricos.
Para ello se fundamentaron en libros como el precursor
Lo que queda de
España, 1979, de Federico Jiménez Losantos, pasando por
Si España cae... de Cesar Alonso de los Ríos,
El
bucle melancólico de Jon Juaristi o, más recientemente,
Contra la balcanización de España, de Pío Moa.
Todos esas reflexiones se han convertido en hitos de esa recuperación
del nacionalismo español, junto a la capitalización de la labor
de colectivos como el Foro de Ermua en Euskadi o el Foro Babel en Cataluña.
De alguna manera se han generado en la derecha un grupo influyente de ideólogos
de la españolidad. Todo ese nacionalismo español aprovecha
las contribuciones de Pío Moa, César Vidal, José María
Marco, Sánchez Drago, Jon Juaristi o Fernando García de Cortázar,
entre otros. En ocasiones, ese proceso va acompañado de incursiones
netas en el revisionismo histórico para la defensa del franquismo.
El nacionalismo español se ha convertido en un aglutinante fundamental
de la derecha. Ya la segunda legislatura de Aznar marcó la progresiva
demonización de nacionalismo vasco y catalán. Fue una operación
rentable porque acercó a la derecha a los grupos sociales más
marcados por los valores unitaristas.
Al mismo tiempo, desde el año 2000 el refuerzo de la derecha católica
del PP se ha ido haciendo cada vez más evidente. La presencia de las
élites vinculadas al Opus Dei, Legionarios de Cristo,
kikos,
etc. se expresó en el decidido intento de imponer la religión
católica como asignatura plena. Después de la salida de Aznar
del Gobierno, y sobre todo a lo largo del año 2005, se ha asistido
a la connivencia más completa entre la jerarquía eclesiástica
de la Conferencia Episcopal española con el PP en el ataque a medidas
del Gobierno Zapatero como la regulación del matrimonio homosexual.
Nacionalismo español, catolicismo, intolerancia, etc. ¿Se
ha producido una recuperación por etapas de valores del franquismo?
Pero volvamos un poco hacia atrás, remontémonos al mencionado
proceso de modernización fallida de la derecha. Los problemas de reconocimiento
de la propia identidad, y de crítica de su pasado, alimentaron procesos
de apropiación de personalidades o trayectorias poco acordes con las
raíces auténticas de la derecha católica española.
Para ubicarse en una tradición nacional el PP ha efectuado varios
ensayos que apuntaban a momentos históricos distintos. Así,
ha habido intentos de ubicar su actual corriente política en la tradición
de Cánovas, pero también en la de Azaña e, incluso, en
la de la UCD.
Vamos a analizar la imposibilidad de esos ensayos identitarios para entender
mejor su actual involución ideológica y las razones del retorno
a valores neofranquistas, nuevo camino que el propio Aznar ha encabezado.
Canovismo, tradicionalismo y autoritarismo
Para explicar el nuevo curso de la derecha conviene hacer algunos desplazamientos
hacia ese pasado explosivo de tradicionalismo y autoritarismo que caracterizó
su existencia en gran parte del siglo veinte. Esa retrovisión no es
tanto para confirmar algo que ya sabemos, la inexistencia de una tradición
liberal y democrática de la derecha española, como para explorar
los elementos de otra distinta, nacionalista y católica, que reaparece
por ciertos flancos actuales.
Ciertamente, desde una perspectiva histórica no hay homogeneidad
sino distintas corrientes actuando en distintos marcos políticos.
Lo que interesa es la relación, confesada u ocultada, con determinadas
tradiciones.
Cada sociedad produce una determinada configuración de sus fuerzas
políticas e ideológicas, variedades nacionales que en ocasiones
son fuertemente singulares (pensemos en la excepcionalidad de nuestra derecha
respecto a la francesa, la alemana o la británica). Cuando una de esas
tradiciones se convierte en hegemónica durante un largo período
histórico podemos hablar de una matriz política. El cambio de
matriz siempre es complejo, salvo rupturas históricas muy profundas
(ejemplo, la derecha portuguesa después del 25 de abril).
En el discurso histórico de Aznar y del PP no tiene presencia el
franquismo, reducido a una etapa de excepción, y han intentado recuperar
el canovismo, y el régimen de la Restauración, como expresión
de un intento de modernización semi-liberal de España conducido
por la derecha. Esa artimaña tiene notables complicaciones pues, al
fin y al cabo, los equilibrios del canovismo fueron aniquilados desde la
propia derecha nacional que se afianzó en la tradición del
tradicionalismo autoritario.
La debilidad del liberalismo es el elemento esencial para comprender la génesis
y apogeo del autoritarismo en nuestro país. Una sociedad atrasada,
con un fuerte peso del clericalismo, con una burguesía débil,
con escasos sectores ilustrados, era el ambiente ideal para el dominio de
la derecha católica, la cual impidió por todos los medios la
construcción autónoma un complejo de ideas liberales democráticas.
El antecedente constitutivo es el franquismo. Dicho con crudeza, los actuales
actores son herederos de los sectores sociales comprometidos con el régimen
franquista Así como el franquismo es el precedente, la matriz constitutiva
de la derecha es el catolicismo tradicional conservador. A diferencia del
resto de Europa, donde el liberalismo consiguió dar lugar a una conformación
nacional laica, en España el catolicismo consiguió sobrevivir
con gran fuerza. La preponderancia de la Iglesia católica la convirtió
en el intelectual orgánico de las clases conservadoras y poseedoras
dando lugar a una conexión sin precedentes en otros países europeos,
con la excepción peculiar de Italia (aunque allí esa relación
privilegiada se reconstruyó, a partir de 1945, en un marco democrático
electoral).
En España, la Restauración de 1874 fue un intento de compromiso
de las viejas clases dominantes y de la Iglesia con un liberalismo flojo y
teñido de conservadurismo, autoritarismo y españolismo. Cánovas
del Castillo representa el liderazgo de ese intento híbrido que puso
fin a los vaivenes del siglo XIX. La tradición conservadora-liberal
representada por el canovismo, admitió ciertos cambios y transformaciones
derivados del triunfo de las ideas liberales en Europa, pero intentando manteniendo
el catolicismo estatal, la negativa radical a reformas sociales y el cierre
a toda alternativa federal o federalizante. La Constitución de 1876
concedió a la Iglesia un peso esencial en el modelo cultural, social
y escolar. Ese marco propició la génesis de una élites
católicas que pretendieron y consiguieron extender el peso de la Iglesia.
La crisis del régimen de la Restauración, patente desde comienzos
del siglo veinte, preparó el terreno para la hegemonía completa
de la derecha católica. Se generó un precipitado donde las ideas
moderadas y los compromisos fueron rechazadas en beneficio de unos rasgos
dominantes autoritarios, antiliberales, católicos y nacionalistas españoles.
Ese final del régimen impidió la aparición de una derecha
liberal-democrática “a la europea” y abrió el camino al triunfo
completo de una derecha reaccionara. Esa situación enraizaba con una
crisis de la conciencia de España, relacionada con el fracaso histórico
del liberalismo. Así, resulta significativo que la generación
del 98 no fuera capaz de encauzar en un sentido liberal-democrático
su perspectiva y permaneciera presa de perspectivas elitistas y antidemocráticas
(5).
Resumiendo, es posible distinguir en la derecha española desde finales
del siglo XIX, una competencia entre una tradición conservadora-liberal
(cuyo punto de mayor gloria fue el canovismo) y el tradicionalismo autoritario.
Pero el canovismo fue incapaz de renovarse y reproducirse y la tradición
hegemónica de la derecha española desde la crisis de la Restauración
ha sido la tradicionalista-autoritaria. Ese conservadurismo autoritario tiene
tres fuentes muy directas: la Asociación Católica Nacional de
Propagandistas(6) , el maurismo (7) y la renovación del tradicionalismo
carlista (8). La formación de un nacionalismo católico antiparlamentario
será el producto depurado de ese conjunto de influencias. Todo ese
movimiento se vio favorecido por el desarrollo de movimientos reaccionarios,
prefascistas y fascistas en el resto de Europa. Particularmente importante
en dicha época fueron las ideas difundidas por Charles Maurras y el
grupo
L´Action Française, defensores de un modelo monárquico,
antiliberal y antiparlamentario. Nadie mejor que Ramiro de Maeztu para dar
expresión a esa conjunción: aversión a las masas, miedo
a la modernidad, defensa de la jerarquía y tradición españolista.
La derecha se ha constituido en un marco donde la defensa de la nación
española, el catolicismo como sustancia de la nación (9)
y la concepción del Estado como instrumento de una modernización
autoritaria han sido los pilares básicos. El eje esencial es una visión
de la nación como empresa colectiva producto de la acción de
las elites.
Todas estas reflexiones nos llevan a resaltar la dificultad de reconocer
la matriz constitutiva del PP en el canovismo, como han pretendido en algún
momento Fraga, Aznar y otros dirigentes
populares, pues más
bien se encuentra en la nueva derecha católica que rechazó
los compromisos del canovismo y alimentó una orientación autoritaria.
Cuando Aznar se remontó a Cánovas y al régimen de la
Restauración hay que percibir la búsqueda de raíces
en una derecha incorporada a un régimen electoral. Pero por lazos
familiares y origen intelectual, el PP es un heredero de una derecha distinta,
la que había rechazado dicho régimen como puerta falsa por
el que el liberalismo y otras ideologías extrañas al ser español.
Además la lejanía en el tiempo de Cánovas no resolvía
demasiado el problema. Nos encontramos ante una antinomia evidente. No es
posible eludir las evidentes conexiones con el nacionalismo católico
(y el franquismo) del cual proceden. No es posible querer dar una imagen
respetable de la derecha sin pagar el coste de la ruptura con una parte esencial
de sus señas de identidad genéticas.
Conservadurismo y franquismo
La derecha autoritaria se convirtió en reaccionaria porque concibió
que su misión era oponerse al signo de los tiempos. Aunque la defensa
de la dictadura tiene una larga tradición intelectual en el siglo XIX,
partiendo del decisionismo político de Donoso Cortés y pasando
por los diversos arbitrismos, será en el siglo veinte cuando se inicie
la conjunción entre derecha y autoritarismo (10). La derecha católica
hizo de la defensa de la dictadura una parte fundamental de su programa político.
El conservadurismo autoritario tuvo su primera fase de dominio durante la
dictadura burocrático-militar del general Primo de Rivera. En dicha
etapa se suspendió la Constitución de 1876 y se produjo un primer
ascenso de las nuevas élites derechistas que consideraban que las
fuerzas unitarias de la nación (Iglesia, ejército y las capas
dirigentes) debían proceder a una renacionalización, frente
a las fuerzas disgregadoras representadas por el laicismo, los nacionalismos
periféricos y el ascenso de los grupos sociales subalternos.
Resultó imposible que en la II República pudiera consolidarse
una derecha republicana-liberal. La derecha realmente existente no era ni
demócrata ni liberal. Los débiles intentos de crear una derecha
moderada de Miguel Maura, de Niceto Alcalá Zamora, o incluso de Ortega
(y su Agrupación al Servicio de la República) eran demasiados
inconsistentes y carentes de base social. Por ello, sólo fueron anécdotas
en la plena hegemonía de otra derecha de signo muy distinto. Así,
durante la República, la derecha se alimentó de las tesis propias
de la reacción católica y monárquica, representadas por
la revista
Acción Española (creada en diciembre de 1931).
La derecha nacional será, además, integrista católica
y con conciencia de fuerza de contención del cambio social. Tanto los
sectores con peso institucional, representados por Ángel Herrera y
José María Gil Robles, como los núcleos extremistas de
José Calvo Sotelo estaban comprometidos en transformar las instituciones
en un sentido autoritario, antiparlamentario, confesional y con elementos
corporativos. La fuerza institucional más importante de la derecha
durante la etapa republicana fue Acción Nacional (que pasó a
denominarse Acción Popular después del intento de golpe de Estado
de Sanjurjo). Acción Popular fue el embrión de la CEDA, creada
en febrero de 1933, un conglomerado de la derecha antirrepublicana, autoritaria,
nacionalista española y católica. Cuando en la transición
española la derecha de origen franquista adoptó el nombre de
Alianza Popular tomó como referente precisamente el nombre adoptado
por Acción Nacional tras el golpe de Estado de Sanjurjo: un partido
institucional que no compartía la sustancia del nuevo régimen.
Acción Popular fue la principal fuerza de la CEDA.
La influencia creciente de ideas nacionalistas y corporativas en la derecha
católica debilitó el desarrollo del fascismo español.
Este surge entre 1931 y 1934, a través de publicaciones como
La
Conquista del Estado (1931) u organizaciones minoritarias como las JONS
o Falange Española. Pero ni Ledesma (un ultranacionalista plebeyo),
ni Giménez Caballero (un esteta fascista) ni Primo de Rivera (un señorito
extremista) dejarían de ser sino expresiones excéntricas de
un fenómeno mucho más profundo y general: la evolución
autoritaria de la derecha.
Tras la guerra civil, el franquismo gestó una síntesis de las
distintas corrientes configuradoras de la derecha católica y autoritaria.
La evolución desde el nacionalcatolicismo de los años cuarenta
hacia formas tecnocráticas autoritarias en los años sesenta,
a pesar de su importancia, era una transformación interna y lógicamente
coherente. Por así decirlo, reflejaba una tensión inserta en
los genes de la derecha católica, pues desde décadas atrás
convivían contradictoriamente la nostalgia del Antiguo Régimen
con la ilusión en una modernización elitista de la nación.
El Opus representó a partir de finales de los años cincuenta
el intento de creación de élites en el seno del catolicismo
español capaces de una simbiosis entre la mentalidad burguesa empresarial
y la mentalidad tradicional. Esa evolución fue representada perfectamente
por el ministro franquista, y unos de los fundadores de AP junto a Fraga,
Gonzalo Fernández de la Mora, al defender el intervensionismo estatal,
el papel predominante de los expertos, la modernización autoritaria
e intentar la legitimación del franquismo como un “Estado de obras”.
En este sentido, cualquier investigación sobre la derecha española
tiene que partir de que su tradición matricial fue la reacción
católico-autoritaria de comienzos del siglo veinte y que el franquismo
fue la etapa de esplendor de su dominio.
Este recorrido pone de manifiesto el salto ahistórico en que incurría
Aznar; a mediados de los años noventa, al reivindicar a Azaña
como referente de la supuesta derecha centrista que representaría el
PP. Para que esa referencia tuviera lógica sería imprescindible
que el PP se hubiera separado previamente de la herencia franquista y de su
matriz católico-autoritaria. Pero hasta el momento eso no ha ocurrido.
El intento de recuperación de Azaña se limitaba a reencontrar
en él un proyecto de integración nacional (como ya había
señalado Federico Jiménez Losantos en alguna ocasión).
Pero, queriendo olvidar que la esencia del liberalismo de Azaña era
el laicismo, precisamente el factor que convirtió a Azaña en
la bestia negra de la derecha.
Aunque fracasado, el intento desde el PP de asumir el liberalismo de Azaña
marcaba una línea posible de modernización de la derecha para
separarse del tradicionalismo franquista. En cualquier caso, más lógica
tenía el intento de recuperación del liberalismo elitista, y
poco demócrata, de Ortega. Sin embargo, esos intentos de recuperación
de Azaña o de Ortega tenían lugar al mismo tiempo que resurgía
fuertemente en neoconservadurismo religioso en la derecha española
a través de diversos grupos muy influyentes en el seno del PP como
los legionarios de Cristo y otros movimientos de signo integrista.
Y volvemos a la cuestión central para entender la imposibilidad de
encontrar unas raíces para una derecha democrática en España:
el silencio permanente sobre la dictadura franquista. La imposibilidad de
construir una tradición antifranquista de la derecha es evidente (11).
La derecha no quiere reconocer sus orígenes franquistas y, al mismo
tiempo, necesita raíces históricas. Se entiende, por tanto,
el paradójico despropósito que cometió Aznar al proponer
a Azaña como recuperable por la derecha española. Precisamente
Manuel Azaña había sido uno de los símbolos más
destacados de lo que la derecha española odiaba del liberalismo propicio
a integrarse y colaborar con la izquierda.
La doble referencia a Cánovas y a Azaña ilustra la imposibilidad
de la derecha de reconocer su origen franquista y, al mismo tiempo, separarse
de él. Tenía mucho de impostura porque quería hacerse
sin renegar de ese origen y sobre todo, manteniendo rasgos de identidad fundamentales
de la derecha autoritaria y franquista: el unitarismo español, el catolicismo
y la concepción elitista del poder.
El giro al centro y la recuperación de la UCD
Cuando en los años noventa el PP se quiso presentar como un partido
de centro resultó conveniente buscar en la Unión del Centro
Democrático (UCD) un antecedente y una herencia que administrar. El
resultado es curioso por cuanto, al fin y al cabo, AP surgió, precisamente
como rival de la UCD en un marco en el que la derecha franquista había
criticado con cierta virulencia la reforma democratizadora llevada a cabo
por Suárez y, en particular, el proceso de desarrollo de la España
autonómica.
La transición española supuso una evolución hacia formas
democráticos electorales y el desmontaje del complejo autoritario que
había dominado la vida española desde el final de la guerra
civil. Tras la muerte de Franco, la inmensa mayoría de la clase política
del régimen (excepción hecha de los reductos inmovilistas representados
por Fuerza Nueva y la Hermandad de Ex-combatientes) fue consciente de que
el cambio político era inevitable. La división entre los políticos
franquistas se produjo en torno a la naturaleza de la reforma. Para unos,
tenía el carácter de reforma interna del franquismo, para otros
debía ser plenamente posfranquista. Por eso, la opción-Fraga
y la opción-Suárez representaban sendos proyectos diferentes.
Suárez encabezó al sector reformista posfranquista y pudo dirigir
todo el proceso de cambio político gracias a los acuerdos con la izquierda.
En ese proceso tuvo lugar la formación improvisada de la Unión
de Centro Democrático, una coalición plural de corrientes reformistas
del régimen que consiguió incorporar a una parte de las personalidades
liberales de la derecha no franquista. La UCD representaba un cóctel
de democristianos, liberales e, incluso, socialdemócratas de origen
no marxista. Era una radical innovación en la organización de
la derecha española, aspiraba a reunir las principales corrientes política
del centro y la derecha europea desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
En cambio, entre los sectores del franquismo más reacios a la reforma
democrática se encontraba Fraga, que había pretendido desarrollar
un proyecto inspirado en una fusión del canovismo y la tecnocracia
franquista, a través de una especie de Partido Conservador que hegemonizase
el cambio político durante un largo ciclo. La derecha que Fraga quiere
organizar es un centro político, pero no en el sentido de una equidistancia
entre derecha e izquierda, sino como un bloque estable de poder, basado en
lo que el consideraba “mayoría natural”, es decir, expresión
de la tradición y permanencia de la nación (12). Desde esa
perspectiva Fraga fue contrario a la convocatoria de Cortes Constituyentes
(aunque luego aceptase el proceso constituyente) porque su forma de construir
el centro conservador se basaba en una reforma gradual de las leyes franquistas
y una integración controlada y paulatina de las fuerzas democráticas.
Fraga encabezó el frente electoral de 1977 junto a Federico Silva,
Licinio de la Fuente, Laureano López Rodó, Enrique Thomas de
Carranza, Cruz Martínez Esteruelas y Gonzalo Fernández de la
Mora, que representaban los distintos grupos de la derecha franquista. El
I Congreso de Alianza Popular tuvo lugar en marzo de 1977 y sentó
unas señas de identidad que mantenían como ejes políticos
la adhesión a la obra del régimen franquista y la defensa de
la unidad de la patria. En las elecciones de junio de 1977 AP obtuvo 16 escaños
mientras la UCD obtenía 165. En 1979 sólo consiguió el
6% de los votos y 9 diputados. La derecha franquista parecía en aquel
momento un sector residual de la conformación en el nuevo régimen.
Los sectores de la derecha franquista agrupados en Alianza Popular mantuvieron
su desconfianza sobre el proyecto constitucional español de 1978, especialmente
en relación al Título VIII de la Constitución relativo
a la reforma territorial del Estado. AP fue muy crítica con el término
de nacionalidades y con el conjunto del Título VIII, llegando a dividirse
sus diputados al respecto.
A la vez, AP encabezó la lucha contra las medidas de reforma social
que chocaban con la doctrina de la Iglesia como las leyes del divorcio y del
aborto. AP representó la forma de reacción institucional de
la derecha católica procedente del franquismo para intentar, desde
las instituciones, limitar los efectos del cambio político democrático.
Es cierto que, al contrario de los sectores ultras, su apuesta era institucional
pero, no es menos cierto, que su entusiasmo con el nuevo régimen constitucional
fue inicialmente muy escaso.
La suerte de la derecha católica cambió en 1982. La UCD no fue
capaz de establecerse como un partido sólido e iba a ser AP la fuerza
sobreviviente. La crisis final de la UCD significó que la derecha española
se reorganizaría a partir de sus bases católicas y nacionalistas.
AP, al hundirse la UCD absorbió en su seno a dos diminutas formaciones,
el Partido Democrático Popular y al Partido Liberal. En 1982 AP obtiene
105 diputados, se convierte en la principal fuerza de la oposición
e inicia su larga travesía del desierto hacia llegar al Gobierno.
En ese dilatado proceso desapareció cualquier fuerza más moderada
de la derecha, incluyendo el fallido proyecto del Centro Democrático
y Social (CDS).
Fraga no fue capaz de romper el techo electoral de la derecha de origen franquista.
La llegada de nuevos rumbos generacionales se manifestó en los sucesivos
intentos de sustitución de Fraga y en el cambio en 1989 de nombre del
partido, de Alianza Popular a Partido Popular en el llamado Congreso de Refundación.
Conviene tener presente que la derecha de origen franquista sólo
consiguió llegar al poder gubernamental en España después
de un período de casi veinte años. Durante ese tiempo intentó
varias reorientaciones. Sólo en 1996, el desgaste extremo del Gobierno
de Felipe González, acosado por los casos de corrupción y terrorismo
de Estado, permitió a Aznar llegar a la Moncloa. Incluso en 1996 Aznar
fue incapaz de articular un apoyo social suficientemente amplio, únicamente
la elevada abstención en el electorado de la izquierda permitió
su triunfo.
Por todo ello, existe una enorme paradoja en la recuperación tardía
de la UCD como antecedente centrista del PP, pretendida por Aznar en los años
noventa. Ciertamente esa recuperación implica el reconocimiento del
escaso papel representado por la derecha franquista de AP en el cambio hacia
el régimen constitucional. La reivindicación de la herencia
de la UCD se convirtió en un instrumento útil para plasmar la
nueva orientación al centro que pregonó Aznar. Administrar la
herencia de la UCD era importante no tanto para ocupar su espacio político
como para impedir la aparición de una alternativa más moderada.
Tras el fracaso del CDS el PP utilizará el centro como una marca propia
a pesar de sus rasgos conservadores y de derecha dura.
La reivindicación del centro ni impidió una actuación
propia de lo que siempre fue AP primero y el PP después, una derecha
de confrontación, cuyos mayores éxitos los obtuvo al encabezar
una oposición despiadada al felipismo en retroceso.
La experiencia aznarista: de la mayoría absoluta a la oposición
El resultado electoral de 1996 no fue un vuelco social espectacular. Aznar
necesitó apoyos externos, los votos parlamentarios de CiU, para poder
gobernar, lo cual moderó notablemente el ejercicio del poder en la
primera legislatura. Entre 1996 y 2000 pudo tenerse en algunos momentos la
sensación de que, por vez primera, la derecha sería capaz de
una forma de combinación con los nacionalismos periféricos.
Aunque el giro al centro nunca fue creíble, a pesar de la inclusión
en el primer Gobierno de Aznar de tres ministros procedentes de la UCD, el
PP fue capaz de gestionar una situación política que no era
la deseada por los dirigentes populares.
El electorado valoró positivamente esa gestión más moderada
de lo esperado, mientras el PSOE no mostraba todavía capacidad de ofrecer
un proyecto creíble. En las elecciones del 2000 el PP obtuvo mayoría
absoluta, con una extensión electoral de la derecha inédita
históricamente. Sin embargo, la consecuencia extraída por Aznar
y el círculo dirigente del PP fue probablemente muy distinta a las
verdaderas razones de aquel éxito. Así como en los años
anteriores habían existido señales de un supuesto giro al centro,
a partir del 2000 los rasgos de derecha dura, incluso de extrema derecha,
fueron los que cundieron. La mayoría absoluta fue interpretada como
el comienzo de un ciclo largo, el 82 (año de la victoria de Felipe
González) de la derecha. Con 183 diputados se abría la posibilidad
de una transformación muy completa de la sociedad española aplicando
las recetas neoconservadoras.
El aznarismo en el gobierno ha acabado manifestando transparentemente los
riesgos y los demonios que alimenta la derecha. Como siempre, ha tenido escaso
interés por una articulación integradora de la sociedad española
y ha denotado una completa incapacidad para reconocer su pluralismo constitutivo.
El proyecto del PP era normalizar España de acuerdo a los valores tradicionales
de la derecha. Aunque el PP había consolidado un segmento muy fiel
entre las nuevas clases medias emergentes, su provocador giro derechista fue
intensamente movilizador de la izquierda, como pudo apreciarse con la huelga
general del año 2003, las movilizaciones contra la gestión del
Prestige, la respuesta a las leyes educativas del Gobierno y, sobre todo,
con la reacción masiva en contra de la guerra de Irak y el apoyo español
a Bush.
Durante el cuatrienio negro (2000-2004), el PP desarrolló un discurso
propio de derecha nacionalista española, católica, combinado
con elementos ultraliberales y un uso patrimonialista del Estado. El neoespañolismo
fue el eje central. Ciertamente era un componente de la ideología tradicional
del PP (y sobre todo de AP) que adquirió los rasgos de un discurso
dominante y agresivo que buscaba españolizar España. La reivindicación
de España como realidad nacional se convirtió en el centro
del debate político acompañada de una orientación agresiva
y despreciativa respecto a los nacionalistas vascos y catalanes. Aznar, a
quien le gusta referirse a sí mismo como a un “español por
los cuatro costados”, tomo prestadas viejas ideas del conservadurismo autoritario
y también de algunos historiadores de cabecera de la derecha, se trataba
de diseñar los mecanismos para combatir el supuesto proceso de desnacionalización
provocado por los nacionalismos periféricos.
La política española se situó en un callejón
sin salida entre el buen nacionalismo (el español) y los malos nacionalismos.
Euskadi representaba una crisis abierta, con un plan Ibarretxe entendido como
amenaza frontal a la unidad de España; Cataluña era, en la
visión del PP, una crisis latente aún más grave, de
ahí la brutal campaña emprendida contra el dirigente de ERC,
Carod Rovira. Para todo ello se rescataron argumentos que desde la desaparición
del franquismo no se escuchaban en España.
Otro aspecto central del aznarismo ha sido la interconexión entre el
discurso ultraliberal mantenido por el PP y su visión patrimonialista
del Estado. Más allá de retóricas, Aznar ha dirigido
un intento de modelar la sociedad española a partir de los deseos del
Gobierno. Para Aznar el Partido, el Gobierno y el Estado confluían
en un intento de conformar una España a su medida. El ejemplo más
importante de ese proyecto patrimonialista fueron las privatizaciones orientadas
a crear una élite económico-política identificada con
el PP. Las oscuras privatizaciones de Repsol. Telefónica, Tabacalera,
Endesa o Argentaria se hicieron de forma fundamentalmente partidista. El más
escandaloso de todos ellos fue el caso Villalonga. Un amigo de Aznar intento
conformar un grupo mediático desde el poder, para lo cual Telefónica
compró Antena 3 en 1997.
El PP ha recuperado en los últimos años muchos de los rasgos
más desagradables y peligrosos de la derecha tradicional española.
La frustración del giro centrista y del intento de inscribirse en el
liberalismo español va dando paso, a la par que se adoptan posiciones
de extrema derecha, a una creciente tentación de dar acogida a las
versiones revisionistas que pretenden la rehabilitación del franquismo,
encabezadas por Pío Moa y otros amantes del extremismo autoritario.
Una metamorfosis progresiva desde el neoliberalismo al neconservadurismo
ha marcado las transformaciones del PP desde mediados de los noventa. El ultraliberalismo
económico combinado con la presencia religiosa es la mezcla explosiva
que viene de Estados Unidos, la marca ‘neocon’. Al mismo tiempo defensores
del Estado mínimo y fervientes utilizadores del estatalismo al servicio
de intereses partidistas, en torno al PP se ha constituido un núcleo
conservador, católico y nacionalista español (13). La ira y
el dinamismo de los intelectuales más extremistas de la derecha, en
Internet, en la radio, en la prensa diaria, incluso en la prensa gratuita,
genera una oposición crecientemente desestabilizadora, llena de señales
inquietantes, de mentira sistemática y de intentos de generar una
estrategia de la tensión.
Los dirigentes del PP han iniciado un curso furioso que les aproxima nuevamente
a las tradiciones más oscuras del pasado de la derecha. Alejados de
la moderación y del liberalismo, su actuación alimenta el temor
de que al abandonarse a sus orígenes católicos, nacionalistas
y autoritarios no acaben desarrollando crecientes tentaciones reaccionarias.
Eso sería una mala noticia para la sociedad española.
Notas
(1)
La ilustración liberal, nº 21-22.
(2) El comportamiento absolutamente temerario y manipulador del PP
durante los días del 11 al 14 de marzo, atribuyendo con un interés
desmedido los atentados a ETA, sólo puede entenderse desde el intento
de provocar un movimiento electoral que les permitiera conservar una mayoría
absoluta que daban por perdida. Cualquier otro intento racional de entenderlo
parece imposible. Véase
Pazsalo (multitud en rebelión),
VVAA, Fundamentos, 2004.
(3) Toda visión del mundo se manifiesta en un conjunto de valores
implícitos o manifiestos, surgidos tanto de la experiencia como de
los antecedentes que han contribuido a su génesis. En el campo de las
ideas la visión se expresa frecuentemente en el sentido de pertenencia
a una tradición, que incorpora los valores surgidos del imaginario
de épocas precedentes, es decir, las intuiciones, los prejuicios, los
sentimientos de ser, en fin, todo lo que articula y sistematiza la forma de
comprenderse y dar sentido al mundo. Actualizar una tradición consiste,
precisamente, en adaptar esos valores heredados al imaginario de la nueva
época.
(4) Tusell, Javier;
El aznarato (El gobierno del Partido Popular
1996-2003), Madrid, Aguilar, 2004, p.33.
(5) Pensemos en el antiliberalismo de Maeztu, Baroja o Azorín,
todos ellos enemigos notorios del sufragio universal. Recordemos la “intrahistoria”
de Unamuno, que enraiza con una búsqueda del Volkgeist español
(que la derecha relacionará con el catolicismo). Incluso el tímido
liberalismo elitista de un Ortega y Gasset está asentado en una contundente
desconfianza de la democracia, entendida como riesgo para la continuidad de
la nación.
(6) La creación en 1909 de la ACNP significó un aglutinante
muy importante de las minorías dirigentes católicas, que se
expresará en un medio como El Debate, intelectual orgánico de
la opinión católica, en la cual tuvo un peso muy importante
Ángel Herrera Oria, continuador reaccionario de la tradición
de Balmes y Menéndez Pelayo, encuentra en Ángel Herrera Oria
un continuador reaccionario. La ACNP fue una fábrica de ideas simples
y reaccionarias que arraigaran fuertemente en la derecha tradicional. Ejemplos:
“
Todo poder nace del derecho de los padres a mandar a sus hijos”,
“
La nación es una unidad moral: catolicismo y monarquía”.
Y, por supuesto, la defensa de la dictadura y de un régimen corporativo.
(7) La caída de Antonio Maura en 1909 abrió una profunda
crisis y dio paso al maurismo como tránsito hacia una derecha radical,
facilitando el desarrollo de una generación vinculada a la defensa
de la hegemonía completa de las élites tradicionales, a través
de personajes como Antonio Goicoechea, José Calvo Sotelo, José
Félix de Lequerica, Gabriel Maura, etc. Lo característico del
maurismo fue la mezcla entre nacionalismo económico, tradición
monárquica y catolicismo.
(8) Otra influencia en la emergencia de la derecha católica
autoritaria fue la renovación del tradicionalismo carlista. En una
primera fase se encuentran las obras de Enrique Gil Robles y Juan Vázquez
de Mella que desarrollan una concepción organicista de la sociedad,
una defensa de la deseuropeización de España y la consideración
de que el liberalismo había traído consigo una oligarquía
intelectual descreída. Otros, como Víctor Pradera, reforzaran
la evolución del tradicionalismo hacia una defensa cerrada de la unidad
nacional frente a los nacionalismos periféricos, el corporativismo
social, la dictadura y, siempre, el catolicismo como comunidad de cultura.
José María Salaverría propagará la “afirmación
española”: un nacionalismo español integral, un rechazo absoluto
de los nacionalismos periféricos. Conviene destacar los rasgos diferenciadores
que esta evolución tiene respecto al carlismo original. Aunque el carlismo
fue un componente esencial del tradicionalismo autoritario español
siempre tuvo dos rasgos singulares: la defensa del foralismo frente al unitarismo
y un cierto el populismo social diferenciado del autoritarismo conservador.
(9) El laicismo no ha sido, en ningún momento, aceptado por
las élites de las clases privilegiadas, siempre vinculadas desde la
educación a los grupos organizados de la Iglesia.
(10) En justicia, debe reconocerse que estaba presente en muchos intelectuales
españoles de comienzo de siglo. Es reconocible, por supuesto, en el
españolismo imperial de Jose María Salaverría, pero también
en el organicismo seudoliberal de Salvador de Madariaga (su libro Anarquía
o jerarquía, no dejaba de ser un alegato elitista contra el sufragio
universal) o en el despotismo ilustrado de Eugenio D´Ors.
(11) La oposición conservadora-monárquica al franquismo
sólo representó pequeñas y débiles posiciones
de notables marginados y de intelectuales que van viendo la imposibilidad
de mantenimiento de un franquismo después de Franco. Joaquín
Satrustegui (y su Unión Española, creada en 1957), Julián
Marías, José María Gil Robles, Joaquín Ruiz Jiménez,
Rafael Calvo Serer, etc. Pero ninguno de ellos desempeñó un
papel importante en la transición ni en la conformación de los
nuevos partidos políticos posfranquistas.
(12) La visión histórico-ideológica de Fraga puede
leerse, entre otras obras, en
El pensamiento conservador español,
Barcelona, Planeta, 1981.
(13) Para analizar la creciente orientación neoconservadora
es útil acudir a publicaciones como
Veintiuno (órgano
de la Fundación Canovas del Castillo desde 1989). A partir de 1992,
la creación de la Fundación para el Análisis y los Estudios
Sociales (FAES) la sitúa como el principal laboratorio para esa transición
‘neocon’, así lo atestiguan los
Papeles de la FAES. Para seguir
el curso ideológico de la derecha también merecen la atención
Nueva Revista, conservadora con tintes neoliberales, dirigida por
Antonio Fontán, los
Cuadernos de Pensamiento Político,
de José Luis González Quirós y el extremismo nacionalista
de
La Ilustración Liberal, dirigida por Federico Jiménez
Losantos. Menos centrales son
Verbo, un órgano del integrismo
católico, publicado desde 1962 y la neofranquista
Razón
española (1983), de Gonzalo Fernández de la Mora, defensa
del ideario conservador con tintes que recuerdan a Hayek.