Elegía y ateísmo
“Ya no existía, liberado de ser, entrando en
la nada sin saberlo siquiera”.
(Philip Roth)
Elegía, la última novela de Philip Roth, es una miniatura
espléndida que investiga la dificultad de dotar de sentido a la existencia
individual, sometidos como estamos a la enfermedad, la decadencia y la muerte.
Esas cuestiones universales se abordan a partir de un personaje plenamente
surgido de su mundo literario. Roth ha logrado expresar de una forma repleta
de fragancias complejas y sutiles unas preguntas que surgen entre las entrañas
de la vida.
Roth proporciona la oportunidad de atender a la dificultad que la sociedad
occidental (capitalista y cristiana) tiene para abordar la cuestión
de la muerte. El perfil antropológico de nuestro tiempo convierte
el morir en una molestia de la que no se debe hablar. La muerte es dejar
de consumir. Pero hasta que llega, consumir es el gran lenitivo del vacío.
No es que el consumo sea el objetivo último que da sentido a la vida,
es que es el único valor positivo que impregna y moldea los comportamientos
y las vidas tal y como es la sociedad instituida.
Al mismo tiempo, de una manera extraña, junto a este capitalismo del
consumo de masas, persiste en muchos de sus poros, y con notable fuerza
emocional en algunos segmentos de la sociedad, la ilusión religiosa
de una salvación que preservaría de la muerte eterna. Es como
si en los occidentales combinasen dos analgésicos distintos para ocultar
una verdad radical, la de la muerte.
Elegía constituye una evocación extremadamente honesta de lo
que el tiempo hace con un ser humano. La vida es, en su propia naturaleza,
un proceso que conduce a la decadencia, la cual se manifiesta en la enfermedad
y en la vejez (No es una batalla, es una masacre, viene a decir el protagonista
de la novela). Pero la decadencia sólo es una preparación del
fin. Somos seres destinados a dejar de ser y, en cuanto tales, nada más
elegíaco que esa perdición, esa pérdida del ser, destino
común de lo vivo. En tanto que los individuos encarnan como un holograma
la institución social, comparten con ella ese ser dejando de ser.
Toda creación es trágica, tiene un destino inevitable.
Parece evidente. Toda la sociedad contemporánea necesita la ocultación
social de la perdición a la que todos los seres humanos y sus obras,
están inevitablemente condenados. Ocultar es la esencia de toda heteronomia.
Y la religión, como su expresión extrema, niega que la muerte
sea un final completo y absoluto. La religión perpetúa la mentira
piadosa, intentando convertirnos en un rebaño de eternos niños,
contentados con los caramelos de unas ensoñaciones propias del delirio,
unas mentiras que conviene creer.
Un primer paso hacia la autonomía es negarse a ser engañado.
“No aceptaba las mistiticaciones acerca de la muerte y de Dios ni las obsoletas
fantasías del paraíso. Sólo existían nuestros
cuerpos, hechos para vivir y morir de acuerdo con unas condiciones decididas
por los cuerpos que habían vivido y muerto antes que nosotros” (
Elegía).
El origen etimológico griego de elegía remite a lo que
es digno de ser recordado. ¿Hay algo más digno de serlo que
lo que se ha perdido para siempre? Por ello, la elegía encuentra su
pleno sentido cuando es acompañada por una comprensión atea
de la existencia. La elegía es el más genuino lamento de la
tragedia humana, en la cual todo se va a perder y todo se pierde para siempre.
La mirada humana elegíaca es la del dolor inefable ante el ayer, ante
todo pasado. Muchas grandes obras artísticas, literarias y cinematográficas
particularmente, han abordado esa pérdida definitiva de algo que fue
y no es. Marcel Proust ha sido el maestro universal de la elegía.
Toda su obra es un inmenso tratado de carácter elegíaco, donde
al construir desde el presente del escritor el pasado evocado, muestra la
imposibilidad del sueño del arte de recuperar la vida. Pero en realidad
el arte no es recuperación sino creación y, por tanto, lo que
hace una obra completamente genial como la de Proust es construir el más
majestuoso de los lamentos sobre la condición humana, donde la elegía
del individuo que fue y está dejando de ser complementa la de una
sociedad también perdida.
Me parece oportuno comparar la perspectiva de la
Elegía de
Roth con la de la emotiva
Una pena en observación, de C. S.
Lewis. Considero que el apasionado intento elegíaco de un escritor
creyente como Lewis sólo alcanza su resonancia más auténtica
cuando su lamento, el de alguien que quiere creer, encuentra un lector ateo.
La elegía del creyente es suavizada por la esperanza religiosa de
alguna forma de recuperación del espíritu, de un reencuentro
más allá de la muerte. Cuando un ateo lee la obra de Lewis
extrae el extractado jugo final que el consuelo religioso oculta: a pesar
de todas las ilusiones, todas las pérdidas son eternas. A pesar de
todas las ilusiones y las alienaciones consentidas y deseadas, el taladro,
taladra.
El auténtico sentido de la pena es la absoluta irreparabilidad de
la pérdida. Y esa irreparabilidad sin consuelo, conduce a la elegía,
que es potencialmente lúcida, que quiere mirar al abismo. En cambio,
el tradicional consuelo religioso empequeñece, impide a los individuos
alcanzar un estado de madurez personal y vital.
La democracia tiene una sustancia atea. El ethos democrático requiere
esa convicción íntima de que somos seres mortales, que construimos
nuestra propia existencia y que negamos la esperanza en ninguna forma de
salvación. No existe un sentido preconstituido, nosotros construimos
sentido. Dado que estamos destinados a dejar de ser, y estamos solos, ¡pensemos
en como queremos y debemos vivir nosotros y los que nos rodean!. La
enfermedad de la sociedad contemporánea, insuficientemente democrática,
insuficientemente atea, es su creciente incapacidad para crear sentido individual
y colectivo.
Elegía, autonomía y ateísmo son conceptos destinados
a que los seres humanos miren de frente su destino.
El ateísmo implica la mirada dolorosa pero imprescindible hacia el
abismo que es la muerte, el fin, el dejar de existir.
El proyecto de autonomía individual y social pretende construir democráticamente
un sentido a nuestra vida y a nuestras acciones. Como pensamiento de
seres que se saben mortales y que temen el sufrimiento, es un proyecto capaz
de asumir la reducción del sufrimiento evitable como un gran objetivo
común.
La elegía es una forma artística propia de una mentalidad atea.
Da cobertura al deseo del combate imposible contra la muerte sin aceptar
la ilusión religiosa. La elegía es el canto a quienes lo pierden
todo, a quienes saben que al perder la vida pierden cuanto tenían.
A quienes saben que cada existencia es un activo irrepetible. La elegía
llora por nosotros y nos ayuda, junto al ateísmo, a construir un mundo
donde la belleza, la igualdad y la libertad permitan una buena vida mientras
nos llega el momento de dejar de ser. Mientras tanto.
El breve libro de Roth evoca lo elegíaco de una forma noble, desde
el dolor y desde la comprensión.