Haneke: fragmentos de la fría
realidad
Juan Manuel Vera
La progresiva desaparición de los grandes cineastas de la posguerra
europea ha generalizado las dudas sobre la existencia de una mirada cinematográfica
continental capaz de representar una alternativa frente a la industria comercial
norteamericana y a las pujantes y creativas cinematografías emergentes
en Asia. En dicho contexto, un cineasta como el austriaco Michael Haneke
tiene un gran interés, por señalarnos algunas de las nuevas
vías que podrán transitar los directores europeos. Su debut
cinematográfico, producido en 1989, tras experiencias anteriores en
televisión, nos permite situarle como un autor clave del cine posterior
a la caída del muro de Berlín.
Las dos primeras películas suyas que vi,
Código desconocido
y
El tiempo del lobo me parecieron deslumbrantes, dignas de figurar
entre las obras más maduras del cine europeo de las últimas
décadas. Otras como
Funny games (un ensayo desasosegante
sobre la representación de la violencia),
La pianista (un crudo
ejercicio de análisis de una patología) y
Cache (el
último Haneke estrenado) confirman el interés de sus películas,
y su singularidad, aunque, en mi opinión, sin alcanzar las cotas de
las antes mencionadas.
La reciente edición en DVD de las tres primeras películas de
Haneke, y la posibilidad de contemplarlas junto al resto de su filmografía,
permite comprender mejor su originalidad y la génesis de su proceso
creativo. La trilogía polar aborda brillantemente una aproximación
a sucesos extraídos de la crónica negra. Se trata del suicido
por razones desconocidas de una pareja burguesa (incluyendo el asesinato
de su hija), del asesinato absurdo de una muchacha por un adolescente y del
incomprensible ataque indiscriminado de un joven en una oficina bancaria.
Haneke ha abordado los sucesos de una manera completamente ajena a los clichés
del cine comercial convirtiendo esas historias en una mirada sobre la crisis
de la sociedad contemporánea, su banalidad, su incapacidad de construir
un sentido. También resplandece en ellas el análisis sobre
el significado de los ritos sociales, sobre la incomunicación y sobre
la violencia subterránea que debilita la convivencia aparentemente
tolerante. Haneke muestra la fragmentación social con una construcción
cinematográfica que la subraya en su propia configuración.
El estilo es el mensaje.
En E
l séptimo continente asistimos a la aterradora descripción
entomológica de la incapacidad de dotar de sentido a la vida individual
más allá de las rutinas y ritos cotidianos. Esa banalidad de
la vida es la que, tal vez, lleva a sus protagonistas a la autodestrucción
simbólica y real. Pero en Haneke siempre hay ambigüedad, no construye
una apariencia de orden que haga posible imaginar que sabemos, que hay una
explicación verdadera. En sus películas, como en la vida real,
sólo tenemos informaciones fragmentarias, y en ocasiones contradictorias,
con las cuales únicamente pueden adoptarse conclusiones provisionales
y dudosas.
El video de Benny estudia, como otras películas suyas, la banalización
de la violencia, convertida en mera representación que olvida el sufrimiento
real, el daño real que hay detrás de la representación.
La carencia de criterios éticos se muestra de manera no moralizante
sino intelectualmente motivadora. Haneke no busca la empatía emocional
sino intelectual. Ese tratamiento de los hechos hace que sea literalmente
aterrador (pensemos en una escena magistral que describe la reacción
de los progenitores respecto al crimen cometido por su hijo).
71 fragmentos para una cronología del azar me parece la obra
más representativa y certera de la trilogía por la transparencia
del tratamiento adoptado. El estilo es el mensaje más que en ninguna
otra película suya. Vemos determinadas escenas en que aparecen los
personajes de la tragedia, escenas de su vida cotidiana, escenas que no explican
lo que va a pasar, que no pueden explicar nada, cuyo sentido depende de muchas
cosas que no conocemos y que, aunque las conociéramos, estarían
sujetas a múltiples interpretaciones, igual que lo que sabemos. Como
en la realidad.
El cine de Haneke manifiesta ya en esas primeras obras unas características
muy definidas. La realidad sólo es cognoscible de forma fragmentaria
frente a la construcción totalizante que el cine, gran creador del
hombre imaginario, aparenta hacer. Lo totalizante es tranquilizante para
el espectador, pero la seguridad que proporciona es falsa porque nuestro
conocimiento siempre es fragmentario. Haneke evoca esa incertidumbre a través
de un montaje y una construcción que evita la omnisciencia y que apela
a la inteligencia crítica del espectador. En obras como
Código
desconocido muestra cómo la elección de la mirada en el
cine oculta un mundo cuando muestra una escena. El magistral tratamiento
del personaje de la inmigrante rumana, que pasa de ser un mero elemento de
la puesta en escena a convertirse en protagonista, revela esa elección
permanente de lo que se quiere enseñar y lo que no. En ocasiones vemos
lo que decidimos ver, pero también frecuentemente sólo vemos
lo que se nos muestra. Esta inquietud es recurrente en su cine: la preocupación
por la capacidad de manipulación del espectador en la sociedad del
espectáculo.
Otro tema central de la trilogía es la violencia como realidad social
y como realidad fílmica, lo cual reaparecerá en casi todas
su obras posteriores. La riqueza del tratamiento es notable, acostumbrados
como estamos a su trivialización en el cine comercial y las series
televisivas. La complejidad surge del juego entre los elementos morbosos
que el cine puede provocar en el espectador y su complicidad con ese juego
(
Funny games). Pero Haneke, al hacernos conscientes de ese juego nos
hace evidente que la elección entre lo que se enseña y lo que
no enseña es una elección ética y estética. La
preocupación por la violencia es también diagnóstico
del sustrato que existe en las sociedades occidentales y que en determinadas
circunstancias puede salir a la superficie (
El tiempo del lobo).
En el cine de Haneke hay secuencias brutales y secuencias en las que el tiempo
parece detenerse o en las que el tiempo se extiende como una masa aplastada
sobre una mesa. Son fragmentos, en ocasiones piezas magistrales, miradas
únicas y parciales a una fría realidad ante la que es indispensable
conservar íntegramente la capacidad de análisis y la serenidad.
Las emociones son muy manipulables y Haneke quiere hacernos conscientes de
la facilidad con que podemos ser objeto de las estrategias identificatorias
del proceso comunicativo.
Su cine es una mirada a contracorriente, como un escalpelo, en la sustancia
conformista de la Europa del bienestar, mostrando la monstruosidad latente
que existe en su seno y las consecuencias que tendría su desbordamiento.
Tiene algo de parábola inacabada. Haneke trata con tanto respeto al
espectador que se niega a extraer una conclusión. Pero esa ausencia
de mensaje es en sí misma una importante forma de crítica social.
Sus fragmentos quieren ayudarnos a ser conscientes del mal (el dolor y la
miseria en todas sus formas), pero también a que pensemos en las maneras
en que en cada uno de nosotros están presentes los impulsos que lo
fomentan. Aporta algo que los europeos necesitamos: hablar de nosotros y
de nuestros problemas pero, también, pensar en lo que significa ese
nosotros y en las alteridades que implica.