Juan Manuel Vera
Sarkozy está obsesionado con Mayo del 68. Lo demuestra su reiterada
apelación a romper definitivamente con sus valores y con su
herencia. La derecha europea más reaccionaria quisiera borrarlo del
mapa. Tarea inútil pues muchos de los cambios que esa derecha reaccionaria
atribuye al 68 no son reversibles fácilmente. No lo son el nuevo papel
de las mujeres y los jóvenes, el horizonte ecológico, la comunicación
abierta, la desconfianza respecto al Estado y a los políticos profesionales,
etc.
Pero no deja de ser curiosa esa obsesión y ese intento de definir
los valores progresistas como periclitados. A su manera, torpe y engolada,
lo hace también José María Aznar, en sus
Cartas a
un joven español, de resonancias nacional-católicas nada
disimuladas. Aunque entre la derecha francesa y el expresidente español
sigue habiendo un foso de liberalismo... y de cultura.
Pero al hilo de la obsesión de Sarkozy caigo en la cuenta de que
en 2008 se cumplirán los 40 años del mayo francés,
con lo cual vendrá la oleada inevitable en torno a la efeméride
y los tópicos periodísticos al uso.
Para mí, el 68 sigue siendo lo que algunos intelectuales franceses
(Edgar Morin, Claude Lefort y Cornelius Castoriadis) llamaron “la brecha”.
Es decir, una ruptura (aunque fuera parcial) en el orden de un capitalismo
uniformizador y homogeneizante por cuyos poros se destiló el deseo
y la posibilidad de autonomía de una ciudadanía que no siempre
confía en su poder creador.
Pero no todas las consecuencias del 68 fueron igualmente luminosas. Parte
de ese impulso juvenil por cambiar la sociedad se perdió en los meandros
de un estéril grupusculismo, que alimentó decenas de grupos
leninistas, autoproclamados vanguardias del proletariado, que acabaron siendo
síntomas, y al mismo tiempo propiciando, una retirada de la actividad
pública de la mayoría de la generación del 68, no dispuesta
a seguir el iluminismo de quienes convertían la revolución
es un mito absurdo y desligado de la vida real de la gente. También
vino mucha desesperanza y muchos caminos individuales que acabaron en callejones
sin salida.
Philippe Garrel, en una película admirable,
Les amants reguliers
(de 2004, no estrenada en España, y que acaba de editar en DVD
Intermedio) nos acerca a mayo del 68 en su entidad humana y vivencial. La
historia de esta película es curiosa. Louis Garrel, hijo del director,
había participado como actor en la fallida película de
Bertolucci, Soñadores. Philippe Garrel negoció con Bertolucci,
la posibilidad de utilizar los vestuarios y el material utilizado en la producción,
y emprendió esta sorprendente película, probablemente la que
mejor refleja el Mayo del 68.
Garrel expresa maravillosamente la combinación de las dimensiones
políticas y las experiencias vitales generacionales, así como
la curiosa presencia de algunas formas de existencialismo en mayo, y en las
reacciones posteriores de sus protagonistas. Viendo la película de
Garrel se entiende muy bien la ruptura que representó mayo del 68
pero, también, la desmesura que iba a propiciar muchos destrozos generacionales,
tanto en experiencias políticas sin futuro, como en búsquedas
individuales que incorporaban un impulso autodestructivo. Algo que Garrel
ha contado muy bien en muchas de sus obras.
La película de Garrel ayuda a entender mejor porqué los
Sarkozy y los Aznar tienen pocas posibilidades de éxito. Cada nueva
generación puede sentir el impulso de cambiar la vida, transformar
el mundo, que animó mayo del 68. Y ese impulso recorre desde el 68
a toda la sociedad contemporánea. Una sociedad en la cual, a pesar
de los abandonos a una realidad homogeneizante, no se ha perdido completamente
dos ideas decisivas que vienen de antes de mayo pero que en la brecha de
mayo se vivificaron. Que las cosas pueden ser de otra manera. Y que los
cambios dependen de la gente.