Juan Manuel Vera
Texto incluido en el libro La Iglesia furiosa (SEPHA, 2008). Publicado
con autorización del autor.
“
La cuestión de la sociedad autónoma es también
la siguiente: ¿hasta cuándo la humanidad tendrá necesidad
de ocultarse el abismo del mundo y de ella misma detrás de simulacros
instituidos? La respuesta sólo podrá darse si se da simultáneamente
en el plano colectivo y en el plano individual”. (Cornelius Castoriadis)
“
Los tres monoteísmos, a los que anima la misma pulsión
de muerte genealógica, comparten idénticos desprecios: odio
a la razón y a la inteligencia; odio a la libertad; odio a todos los
libros en nombre de uno solo; odio a la vida,; odio a la sexualidad, a las
mujeres y al placer; odio a lo femenino, odio al cuerpo, a los deseos y pulsiones.
En su lugar, el judaísmo, el cristianismo y el islam defienden la fe
y la creencia, la obediencia y la sumisión, el gusto por la muerte
y la pasión por el más allá, el ángel asexuado
y la castidad, la virginidad y la fidelidad monogámica, la esposa y
la madre, el alma y el espíritu. Eso es tanto como decir: crucifiquemos
la vida y celebremos la nada” (Michel Onfray)
El papel que desempeñan las creencias religiosas en el mundo contemporáneo
debe ser un motivo de preocupación para todos aquellos que creen en
la posibilidad de un desarrollo más amplio de la autonomía individual
y social. Aunque su fuerza es relativa y llena de contradicciones, sus efectos
son reales. El auge del fundamentalismo en las distintas confesiones, la
agresividad creciente de los extremismos religiosos y los efectos terribles
de los fanatismos que los acompañan son, desdichadamente, muy reales.
En España, como en otros países europeos, se ha producido
un creciente distanciamiento de significativos sectores de la población
respecto de los ritos cristianos, lo que se manifiesta en el aumento del número
de no creyentes y la disminución constante del número de practicantes
(1). Estos datos han llevado a algunos a pensar que el único problema
religioso en Occidente, en el siglo XXI, se limitaría al creciente
peligro del integrismo islámico y de sus ramas terroristas.
Sin embargo, algunos ejemplos inmediatos deben llevarnos a la reflexión
sobre las tendencias del cristianismo en el mundo. Pensemos en la eclosión
de sectas fundamentalistas en el entorno político que llevó
a Bush a la presidencia de los Estados Unidos y en el peso del extremismo
religioso en aquel país.
Tengamos también en cuenta la radicalización tradicionalista
de la Iglesia Católica durante los papados de Juan Pablo II y Benedicto
XVI, que alertan sobre la necesidad de profundizar en el significado político
de la evolución de la Iglesia Católica. Juan Pablo II
puso en marcha, a partir de 1979, un giro estratégico de la Iglesia
para aprovechar el notorio vacío de representaciones creado por el
hundimiento del totalitarismo comunista. Ese giro había sido preparado
durante el curso final de la
guerra fría, que abrió el
camino al recurso a la religión como variable geoestratégica.
Recordemos el papel del catolicismo polaco contra el totalitarismo comunista,
el del fundamentalismo musulmán en Afganistán o el del judaísmo
sionista en Oriente Medio.
En nuestro país, en los últimos años la Conferencia
Episcopal ha sido la sostenedora de una furibunda oposición al gobierno
socialista de José Luis Rodríguez Zapatero desde su llegada
al poder en 2004. Ese comportamiento ha incluido manifestaciones como la convocada
por los obispos
en defensa de la familia el 30 de diciembre de 2007,
convertida en un mitin político anti-socialista, y su participación
junto al Partido Popular en las protestas contra la regulación del
matrimonio homosexual. Y, también, la utilización al servicio
de un discurso de extrema derecha de medios de comunicación como la
COPE y las permanentes acusaciones al Gobierno de promover leyes inicuas,
lo que supondría considerarle ilegítimo a pesar de ser electo.
Son muestras evidentes del decurso de la jerarquía católica
hacia un activismo político extremista.
A pesar de esta agresividad renacida de la Iglesia Católica y de
otras confesiones cristianas resulta sorprendente la ausencia casi completa
de análisis político efectivo de su papel social. En la izquierda
política ha predominado una visión que relativiza sus efectos
sobre la opinión ciudadana y que menosprecia sus riesgos políticos
potenciales sobre la evolución de la democracia. Esa errónea
tolerancia respecto al significado político real del cristianismo orgánico
expresa un conformismo intelectual y una incomprensión profunda del
peligro político de las certezas religiosas.
Es frecuente que muchas personas de buena fe consideren que el debate sobre
la religión es secundario, o que debe limitarse a algunos aspectos
prácticos del laicismo, sin cuestionar en profundidad el deísmo
monoteísta ni su sustancia filosófica y política. Incluso
muchos no creyentes consideran que el cristianismo es una recopilación
de
buenos valores a los que se debe reconocimiento social, incluso
por quienes no creen que las vírgenes tengan hijos ni que un dios personal
sacrifique a su vástago para redimir a los hombres. Otra forma de
esta seudo-tolerancia consiste en establecer una divisoria radical entre
la religiosidad y el fundamentalismo, cuando la única diferencia es
de grado. Finalmente, algunos admiten que el cristianismo es la jerarquía
autoritaria de su Iglesia, pero admiran la fe de los millones de pobres del
Tercer Mundo (2), los cuales no creen tener más remedio que buscar
esperanza en otro mundo como consuelo a sus males reales en éste.
Ninguna de esas disculpas es realmente poderosa. Todas tienen en común
la atribución de elementos deseables a la creencia religiosa y el olvido
de que la religión siempre tiene que ver con el poder, que toda religión
es política, por definición. Al pensar de esa manera se corre
un velo sobre la Historia, ocultando o trivializando la guerra absoluta que
la Iglesia ha desarrollado a lo largo de los siglos contra la libertad de
expresión y de conciencia, las libertades públicas y la democracia.
En fin, no es aceptable la negativa a reflexionar sobre el sentido último
de las creencias religiosas, sus aspiraciones latentes o explícitas
a una sociedad cerrada. Tampoco deben velarse las terribles consecuencias
para la libertad si las ideas religiosas fueran impuestas por un régimen
político confesional.
Paolo Flores D´Arcais ha expresado inmejorablemente el alcance del
proyecto de reconquista de Occidente que la Iglesia Católica emprendió
con Karol Woytila y lo compara con la cruzada de León XIII contra el
liberalismo. “El enemigo es el mismo, el individuo laico de las libertades
sin Dios, pero ha variado la escala de los egoísmos hedonistas, difundidos
ahora en todas las clases de las instituciones secularizadas de la opulencia
democrática. En consecuencia, la estrategia de León XIII es
extendida por el papa polaco a la dimensión de un mundo que no coincide
ya con Europa. Y si en los tiempos de la
Rerum Novarum los restantes
continentes eran tierra de misión entre poblaciones primitivas y salvajes,
aún no bendecidas por el encuentro con el verdadero Dios, en los tiempos
de la
Centesimus Annus los nuevos bárbaros a (re)evangelizar
son, precisamente, las masas que disfrutan del nihilismo de la nueva Babilonia,
de Nueva York a París” (
El desafío oscurantista, Barcelona,
Anagrama, 1994).
En mi opinión, frente a este proyecto re-evangelizador hay que oponer
respuestas laicistas. La divisa de ese combate es que las certezas religiosas
son un peligro para las libertades humanas.
Todo pensamiento religioso forma parte de un universo fundamentalista, aunque
muchos creyentes se las apañen para conseguir un compromiso entre sus
certezas y la convivencia en una sociedad plural donde las ideas son sometidas
a escrutinios discursivos. El combate se refiere tanto a la religión
dentro de la sociedad, esto es, operando a través de las conciencias
individuales de los ciudadanos, como a la religión institucional.
Así como el protestantismo opera fundamentalmente desde la sociedad,
el catolicismo aspira a una pinza que se desarrolle, por una parte, con la
alianza de la Iglesia con el poder político, y, por otra parte, con
los sentimientos religiosos de la población.
El concepto cristiano de evangelio significa
buena nueva. Dada la
naturaleza mesiánica del cristianismo no hay que olvidar las estrategias
a través de las cuales interviene en la sociedad para extender su mensaje,
y dotar del máximo poder posible a su organización eclesial.
El filósofo católico Jacques Maritain señalaba que
el cristianismo interviene en la vida social de acuerdo a dos modos de acción
muy diferentes, que podrían ser llamados el ‘
movimiento desde arriba’
y el ‘
movimiento desde abajo’ (3). “El ‘
movimiento desde arriba’
consiste en la germinación de las enseñanzas de la Iglesia,
que están esencialmente referidas a la verdad revelada y a la vida
eterna, pero que también están preocupadas con los supremos
principios morales que gobiernan sobre los asuntos de la comunidad humana”.
Este movimiento desde arriba se basa, pues, en el fortalecimiento del poder
institucional de la Iglesia. Por otra parte, “el
‘movimiento desde abajo’
consiste en la germinación producida naturalmente en las profundidades
de la conciencia secular y temporal bajo los estímulos del fermento
cristiano”. El movimiento desde abajo se asocia al concepto de comunidad cristiana
y sociedad cristiana.
Teniendo presente esa descripción de Maritain de las dos estrategias,
la ascendente y la descendente, empezaremos a analizar las fuentes de los
peligros políticos asociados al significado de determinadas certezas
cristianas.
En todo caso hay que resaltar que la creencia cristiana no pertenece a la
esfera individual. No es un mensaje individual. La idea de salvación
se asocia a una salvación comunitaria, a una ciudad de Dios. “Esta
vida verdadera, hacia la cual tratamos de dirigirnos siempre de nuevo, comporta
estar unidos existencialmente en un
pueblo y sólo puede realizarse
para cada persona dentro de este
nosotros “ (Benedicto XVI,
Spe
salvi, 2007). La
esperanza cristiana es social. La religión
católica no puede ser entendida como una creencia privada ya que fundamenta
opiniones sociales y políticas. Hay pues una relación que debe
ser elucidada entre creencia y acción.
El monoteísmo cristiano y la autonomía humana
Como señala Georges Corm, los monoteísmos está construidos
sobre un ideal unitario fuerte: “la idea del Dios único con vocación
universal se corresponde con la concepción de una sociedad única
que practique unas normas sociales homogéneas” (
La cuestión
religiosa en el siglo XXI, Madrid, Taurus, 2007).
No hay que olvidar que el ideal histórico de los monoteísmos
ha sido una conjunción de un poder político y un poder religioso
que garanticen el respeto a los dogmas religiosos y a sus normas morales.
La
tradición cristiana, que reivindicaba el Vaticano para la
Constitución Europea, es una tradición de alianza entre el Estado
y la Iglesia. Esa es la historia de la Cristiandad europea, desde la Roma
de Constantino al proyecto imperial cristiano de Carlomagno en el siglo IX,
llegando a los compromisos feudales y absolutistas y pasando por el siglo
de las guerras de religión (1517-1648). Sí, una amplia historia
que recorre las Cruzadas, la Inquisición, la evangelización
colonialista, la lucha contra herejes y brujas o el silencio ante la esclavitud
y el imperialismo, demostrando siempre su esencia institucional de amor al
poder. La Iglesia ha sido una gran legitimadora de la violencia imperial,
social y estatal. Esa larga trayectoria explica por qué convive tan
bien con las dictaduras y poderes autocráticos de extrema derecha y
sólo resignadamente con los poderes democráticos laicos.
La monarquía de derecho divino, sostenida durante siglos por la teología
católica, estaba muy próxima al sueño musulmán
de un califato como guardián de la ley revelada. Del mismo modo, la
sharia tiene la misma vocación que ha tenido el
derecho cristiano
de obligar a la sociedad a cumplir sus reglas y regular todos los aspectos
de la vida cotidiana, oprimiendo durante siglos la libre expresión
de las conciencias individuales, imponiendo su moral a todos y luchando ferozmente
contra la libertad de opinión y de conciencia (esa es la auténtica
historia de la cristiandad). El cristianismo dominante ha sido siempre inquisitorial
e intolerante respecto a los otros: los herejes, los ateos y todos los que
no compartían sus normas morales impuestas universalmente a través
del poder político confesional. Y ha sostenido la opresión de
la mujer a lo largo de los tiempos.
La omnipresencia de la religión y de lo religioso ha construido históricamente
la sociedad europea. El arquetipo bíblico monoteísta (Dios,
profeta, revelación, salvación, paraíso) ha marcado profundamente
ese devenir.
Conviviendo, y enfrentándose con esa dominación religiosa
se encuentra la tradición democrática. Leo Strauss ha expresado
metafóricamente esa doble raíz y fundamento de Occidente en
dos lugares-símbolos: Jerusalén (como ciudad
santa de
los monoteísmos bíblicos) y Atenas (como ciudad dónde
nace la democracia y filosofía). Ese doble fundamento no es pacífico,
sino mutuamente conflictivo, expresa una formidable tensión histórica.
La conquista del derecho a la libertad de conciencia, de expresión,
la democracia, no han sido acontecimientos casuales sino el resultado de siglos
de luchas sociales y de resistencias individuales al poder de las oligarquías
tradicionales y del poder eclesiástico.
La separación del espacio religioso y el político, el proyecto
laicista, nació con la Ilustración. El laicismo, el liberalismo
y la democracia pretenden situar al ciudadano en el corazón político
de la sociedad. Donde el Antiguo Régimen situaba súbditos políticos
y fieles religiosos, apareció el ciudadano. Y con el laicismo una pregunta,
¿es posible una religión que no invada los espacios públicos?
Parece muy deseable. Pero, ¿es realista esa posibilidad?
En este contexto surgen algunas cuestiones importantes sobre el rol de las
creencias cristianas en el funcionamiento de la sociedad democrática.
Mi convicción es que son constitutivamente negativas para su mantenimiento
y para el progreso de las libertades civiles. El institucionalismo cristiano
se ha opuesto y sigue oponiéndose a la fijación por las leyes
civiles de los derechos y libertades individuales. Se opone al divorcio, al
aborto, a la contracepción, a la libertad sexual, a los derechos de
las parejas homosexuales, a la investigación genética, a la
eutanasia, etc.
¿Es poco preocupante la existencia de una estructura organizada
que defiende principios contrarios al fundamento humano de los derechos individuales?
¿No debe inquietarnos que un enorme aparato educativo, financiero,
comunicacional y humano actúe de forma organizada, esperando su momento,
contra los derechos de los individuos?
Los principios cristianos presuponen que sus reglas morales son y deben
ser universales y que deberían imponerse a toda la sociedad, pues
son buenas para todos. Como derivan de una verdad absoluta tales reglas no
podrían ser objeto de la controversia humana ni ser sometidas a la
exclusiva decisión individual dentro del marco de las leyes civiles.
Hay un corazón fundamentalista en todo cristianismo auténtico.
Se trata del significado profundo de la creencia. De ahí su potencial
riesgo para el proyecto de autonomía social e individual.
Al indagar en el contenido político de las ideas cristianas la conclusión
es palmaria. El conjunto de creencias cristianas, partiendo de sus distintos
credos (el romano, el niceno-calcedoniano o el atanasiano) y el corpus de
sus libros sagrados, incorpora un conjunto de significaciones imaginarias
que, tomadas en serio, son abiertamente incompatibles con la construcción
de una sociedad abierta y autónoma. Ese contenido político del
cristianismo es, además, un sustrato cultural imaginario omnipresente
en todos aquellos que han sido educados desde niños en esas creencias,
que opera en contra del desarrollo de la autonomía humana.
Hay
algo en la religión cristiana (por supuesto también
en otras creencias religiosas) que es consustancial a la negación del
sentido profundo de la libertad y de la democracia. Ese algo consustancial
deriva del valor imaginario metapolítico que la caracteriza que no
es otro que la heteronomía, la negación de la autonomía
humana, núcleo del pensamiento cristiano. Para el cristianismo no es
el hombre el que construye los sentidos del mundo. Ese algo heterónomo
es la esencia del cristianismo: la fe en una fuente extrasocial del sentido.
“No son los elementos del cosmos, la leyes de la materia, lo que en definitiva
gobiernan el mundo y el hombre, sino que es un Dios personal quien gobierna
las estrellas, es decir, el universo; la última instancia no son las
leyes de la materia y de la evolución, sino la razón, la voluntad,
el amor: una Persona” (Benedicto XVI,
Spe Salvi, 2007).
Castoriadis lo ha expresado muy bien. “La relación profunda y orgánica
de la religión con la heteronomía de la sociedad se expresa
en esta doble relación: toda religión incluye en su sistema
de creencias el origen de la institución y la institución de
la sociedad incluye siempre la interpretación de su origen como algo
extrasocial y así remite a la religión”. Por tanto, “la institución
heterónoma de la sociedad y la institución heterónoma
de la religión son de esencia idéntica. Las dos apuntan a lo
mismo y con los mismos medios. No aspiran sencillamente a organizar la sociedad;
aspiran a darle una significación al ser, al mundo y a la sociedad,
y darles la
misma significación. Ambas deben encubrir el caos
y en particular el caos que es la misma sociedad y lo encubren reconociéndolo
en falso, lo hacen en virtud de una presentación/ocultación
del caos al suministrar de él una imagen, una figura, un simulacro”
(“La institución de la sociedad y de la religión”, en
Los
dominios del hombre: las encrucijadas del laberinto, Barcelona, Gedisa,
1988).
El misterio del poder de las religiones continua y no desaparece de
la escena histórica. El hecho de que las religiones sean una creación
humana no resuelve el problema de su persistencia como marco autorreferencial
de gran número de seres humanos.
No se trata tanto de una necesidad humana de la religión como de
una necesidad de disponer de un sentido. Los aparatos burocráticos
de las religiones se reclaman los
únicos constructores de sentido
en nombre de la espiritualidad y de la trascendencia para la negación
de la capacidad creadora de la autonomía humana. Para Benedicto XVI
el problema del mundo contemporáneo es que “la esperanza bíblica
del reino de Dios ha sido reemplazada por la esperanza del reino del hombre,
por la esperanza de un mundo mejor que sería el verdadero
reino
de Dios” (Benedicto XVI,
Spe Salvi, 2007).
Si la presencia social de las certezas religiosas nos preocupa, también
es preciso comprender mejor su naturaleza, evitando los errores del laicismo
liberal decimonónico que fue incapaz de construir un sentido social
que derrotara definitivamente la religiosidad heredada de la sociedad tradicional.
En este sentido, los interesantes enfoques de Sam Harris sobre el "fín
de la fe" (4) o el de Richard Dwakins sobre “el espejismo de Dios”(5) resulta
excesivamente optimistas al confiar, de alguna manera, en un agotamiento histórico
de las religiones al ser una "visión del mundo" no compatible con
la verdad de las ciencias.
Considero que el cientifismo racionalista es consustancialmente insuficiente
para explicar el sentido de la religión y las antinomias que permiten
su afloramiento. El poder de la religión tiene que ver con el imaginario
social y con los sentidos constitutivos del mundo y de toda sociedad. La religión
ha sido hasta ahora, en casi todas las sociedades conocidas, un componente
central de la institución de la sociedad. Opera sobre factores tan
cruciales como la necesidad de sentido individual y social y la manipulación
de la llamada trascendencia. Por ello, tanto el conocimiento científico
como el racionalismo ha sido insuficientes en el pasado, y creo que lo serán
en el futuro, para desarticular completamente el discurso religioso.
El retorno del tradicionalismo y del fundamentalismo religioso en pleno
siglo XXI debe entenderse, además, en el marco de la primacía
de lo económico como significación imaginaria central del capitalismo
global y la incapacidad intrínseca de ese economicismo para dotar
a la sociedad contemporánea de un conjunto de valores civiles que
den sentido a la actividad y a la vida humana. Toda religión es una
gran constructora de sentido. Por tanto, una sociedad incapaz de dotarse de
un sentido humano valioso puede acabar cayendo en las redes religiosas que
aprovechan las angustias existenciales profundas del ser humano (tanto individual
como colectivamente) para darles una cobertura singular y convertir sus dogmas
y prejuicios en inspiradoras de la moral social y el dominio autoritario sobre
las conciencias individuales. Esa es la base última tanto de los proyectos
cristianos de reconquistar el espacio social perdido como de los sueños
islamistas de convertir a los Estados en instrumentos religiosos.
Las significaciones centrales del cristianismo: el problema de la verdad
Las significaciones cristianas se articulan en supuestos teológicos.
Éstos comienzan en el teísmo, es decir, la creencia en un dios
de naturaleza personal, y continúan con la existencia
histórica
(6) de Jesús en tiempos de los romanos y su crucifixión;
el nacimiento virginal de Jesús; la encarnación (Jesús
es hijo de Dios); el llamado
misterio de la Trinidad; la resurrección
de Jesús; la salvación de los creyentes gracias a la fe en Jesucristo
y la resurrección de los muertos y la vida eterna. El edificio culmina
con la afirmación de que el conjunto de enseñanzas atribuidas
a Jesucristo son el modelo universal de conducta ética.
Esas significaciones no pueden discutirse, son una
verdad revelada.
Y esa
verdad abarca contenidos religiosos pero también presupuestos
sobre la naturaleza propia de la verdad y contenidos morales.
En este texto no se trata de analizar detenidamente los supuestos teológicos
propios de la concepción cristiana. Lo que nos interesa es una aproximación
a las consecuencias políticas intrínsecas al cristianismo rectamente
entendido, esto es, sin desviarnos de su visión ortodoxa del mundo.
Los monoteísmos parten de una fe común en el origen sagrado
de unos textos, los cuales habrían sido inspirados directamente por
Dios. Esa creencia en una
verdad muy fuerte, excesiva, es la fe
más
allá de toda prueba en una
verdad de origen divino comunicada
al hombre. La existencia de unas proposiciones respecto a las que no cabe
prueba en contrario, sin posibilidad de refutación discursiva, al margen
de cualquier criterio de opinión o pragmático, es la naturaleza
radical de lo religioso. Insistamos, todo auténtico creyente religioso
presupone la existencia de
verdades no sometidas a ningún criterio
de carácter práctico-pragmático o de argumentación
reglada. Millones de personas creen que un Dios ha inspirado unos determinados
textos y no aceptan ninguna alternativa. Ellos
creen lo que Dios ha dicho,
y saben lo que Dios dice porque ellos
creen en él.
Esa
verdad, palabra de Dios dirigida a los hombres, se cualifica
mediante la exégesis. La ruta propia del pensamiento creyente, una
vez aceptada la existencia de una
palabra sagrada es que su interpretación
solo puede ir dirigida a desvelar el contenido de esa verdad, no a cualquier
otro objetivo.
Los textos y los supuestos testimonios
sagrados considerados como
meros escritos literarios resultan contradictorios internamente, incongruentes
lógicamente y potencialmente susceptibles de las más diversas
lecturas literarias o teológico-filosóficas. Para evitar el
peligro de que el lector llegara a conclusiones plurales, el creyente debe
asumir que la
verdad revelada en sus libros sagrados debe ser objeto
de interpretación, ya sea literal o simbólica, pero, en suma,
teológica. Esa interpretación es esencial en la articulación
de la creencia religiosa católica no solo por la naturaleza contradictoria
de los mensajes
divinos sino, sobre todo, por permitir la aparición
de una burocracia
divina, esencial para la perpetuación de la
creencia.
La necesidad de exégesis dota de carácter institucional a
los profesionales de la
interpretación teológica. El
rol de la Iglesia, de los sacerdotes, es esencial en la configuración
de una interpretación irrefutable de la
verdad revelada
de origen divino.
Cuando un ciudadano acepta ese conjunto de pasos argumentales, normalmente
porque desde pequeño le han inculcado esa creencia, está
asumiendo más de lo que parece a primera vista. Asume que en base a
la fe existe una verdad indemostrable para la razón humana, que esa
verdad tiene un origen divino, que esa verdad es accesible gracias a la interpretación
y que existen unos mediadores entre esa verdad y ellos. Sobre todo, ser creyente
es aceptar que esa verdad, a pesar de su inconsistencia, debe tener superioridad
sobre las verdades prácticas o deliberativas.
La confianza en la posesión de una supuesta
verdad absoluta,
no sometida a ningún criterio posible de contradicción, infalsable
por definición, no es inocua. Se trata de una forma de
verdad que
tiene consecuencias sobre la sociedad. No solo porque toda religión
implica preceptos morales, sobre todo porque esa
verdad incorpora una
determinada concepción de la sociedad y de sus instituciones. Sí,
la creencia en una verdad revelada por Dios, verdad que tiene implicaciones
sobre los individuos y sobre la sociedad, es una creencia excesivamente fuerte.
La creencia en una verdad absoluta, completa e inalterable, es el corazón
de la intolerancia religiosa.
El auténtico creyente no puede aceptar que el espacio religioso sea
estrictamente privado pues la necesidad de universalizar su
verdad
constituye un elemento consustancial a la religiosidad monoteísta.
No se trata de una creencia individual, sino en el caso de cristianismo, de
un elemento prefigurador de la constitución de una comunidad cristiana.
Benedicto XVI cita muy oportunamente en su
Deus Caritas Est (2005)
la
Carta de Pablo a los gálatas (6-10): “Mientras tengamos oportunidad,
hagamos el bien a todos, pero especialmente a nuestros hermanos en la fe”.
Como puede observarse ese criterio cristiano es contradictorio con
el de ciudadanía, que no puede tener presente la creencia u opinión
como criterio especial de atención. La religión es un gran limitador
de la identidad moral dado que la mayoría de los creyentes han creído
a lo largo de los tiempos formar una comunidad diferente de la de quienes
no comparten su fe.
La creencia escatológica
Benedicto XVI en su ya citada encíclica de 30 de noviembre de 2007,
Spe Salvi, resalta la importancia de la esperanza.”En efecto, esperanza
es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos
pasajes las palabras
fe y
esperanza parecen intercambiables.
En la Carta de Pablo a los hebreos se dice, en la versión de Ratzinger,
que “la fe es
hypostasis de lo que se espera y prueba de lo que no
se ve”. No es una afirmación que disimule. La fe es promesa, sustancia,
de lo que se quiere creer y prueba de lo que carece de prueba. Se trata de
un poder formidable que dice que se debe desear lo contrario de lo real.
Esa esperanza tiene un carácter escatológico, es una creencia
en el más allá. La fe y esperanza de la que habla Benedicto
XVI se refieren una forma de vida fuera del tiempo, después de la muerte,
la
vida eterna. La atemporalidad de la creencia es llanamente expresada
por Benedicto XVI. “Podemos solamente tratar de salir con nuestro pensamiento
de la temporalidad a la que estamos sujetos y augurar de algún modo
que la eternidad no sea un continuo sucederse de días del calendario,
sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad
nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del
sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tiempo –el
antes y el después– ya no existe. Podemos únicamente tratar
de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre
de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente
por la alegría” (
Spe Salvi, 2007). Sabe lo que sabe porque Dios
lo ha revelado. Eso es lo que ha de creerse. No hay prueba posible en contrario
de lo que debe ser necesariamente creído. Luego toda persona racional
sabe que no hay ningún argumento para que sea posible creerlo, salvo
el deseo de creerlo. Pero el ser humano tiene un componente oscuro que ama
el delirio.
La utopía de la vida eterna ha servido tanto como imagen dirigida
al fomento del conservadurismo social (naturaleza temporal de los males e
injusticias del mundo) como para alimentar formas de milenarismo fundamentalista
tendentes a realizar el reino de Dios en la tierra. En ambos casos, es una
fuerza esencialmente negadora de la autonomía humana, la cual carecería
de importancia frente al sentido fuerte que Dios, a través de los interpretes
de su palabra, ofrecería al mundo.
La negación de naturaleza mortal de los seres humanos es un principio
básico del monoteísmo y una de las mayores fuentes de delirio
humano. Dice a muchas personas lo que quieren oír, que no son mortales.
Al negar la más elemental experiencia humana se introduce un factor
de irracionalidad estructural en la construcción de la argumentación
humana que abre el camino a la aceptación de cualquier otro elemento
no demostrable discursivamente. Una vez aceptado que no somos mortales, frente
a la experiencia de todos, ¿por qué no aceptar que Dios quiere
que las mujeres lleven burka, que existen brujas, que los herejes deben ser
quemados, que la homosexualidad es un crimen a los ojos de Dios, etc, etc.?
El gran problema de la creencia escatológica es que abre el camino
a la aceptación pura y simple de cualquier otro delirio.
Si toda religión se construye sobre el miedo humano a la muerte,
el cristianismo es completamente explícito en la negación radical
de la mortalidad. Así, “aparece también como elemento distintivo
de los cristianos el hecho de que ellos tienen un futuro: no es que conozcan
los pormenores de lo que les espera, pero saben que su vida, en conjunto,
no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad
positiva, se hace llevadero también el presente” (Benedicto XVI,
Spe
Salvi, 2007).
Señala Castoriadis, en el mismo ensayo antes citado, “la religión
responde a la incapacidad de los seres humanos de aceptar lo que incorrectamente
se ha llamado trascendencia, es decir el caos y de aceptarlo como caos, de
afrontar de pie el abismo”. Y, por tanto, “lo que pudo llamarse necesidad
de la religión corresponde a esa negativa de los seres humanos
a reconocer la alteridad absoluta, el límite de toda significación
establecida, el envés inaccesible que se constituye en todo lugar al
que se llega, la muerte que mora en toda vida, el absurdo que rodea y que
penetra en todo sentido”.
Nunca se subrayará suficientemente la importancia que las ideas de
vida eterna, cielo e infierno han tenido en el mantenimiento de la tradición
cristiana. Para el cristianismo la creencia en la vida eterna y la concepción
antropomórfica del universo forman parte de la naturaleza humana.
Debemos resaltar una conclusión muy relevante. Las consecuencias
de la creencia en la vida eterna afectan a la construcción de la sociedad
humana democrática. El reconocimiento de la mortalidad del hombre,
y solo ese reconocimiento, supone asumir la naturaleza imperfecta y mortal
de toda solución humana y, por tanto, al negar toda verdad absoluta,
establecer la condición esencial de la epistemología pluralista
y democrática.
Las consecuencias de la fe
La mente del auténtico creyente solo puede ser una mente democrática
traicionando o relativizando su creencia. Ser creyente implica aceptar una
ratio extrahumana sobre los asuntos humanos. Dado que la libertad es libertad
para el bien y para el mal, necesariamente los creyentes consideran que puede
haber un discernimiento extrasocial respecto al bien y al mal. A pesar de
que la historia de las religiones, y la de la Iglesia Católica, muestra
que esa pretensión de ser una fuerza del bien es insostenible,
ese es el fundamento de las virtudes sociales atribuidas a la fe como fundamento
de una ley moral superior. Citemos de nuevo a Maritain: “si no existe una
ley moral superior en virtud de la cual los hombres se dirigen en conciencia
hacia lo que es bueno y justo, se corre el riesgo de alzar la ley de la mayoría
como regla suprema del bien y el mal, y la democracia pasa a ser culpable
de volverse hacia el totalitarismo, esto es, hacia su autodestrucción”.
Sería extenso emprender un comentario sobre los rasgos más
importantes de la llamada moral cristiana, la
ley moral superior de
la que habla Maritain. En todo caso, hay un aspecto que se debe tener muy
presente. El cristianismo es una ética del sufrimiento, basado en la
convicción de que la salvación puede ser facilitada por el
dolor como forma de expiación.
El sufrimiento humano en el cristianismo no es una mera consecuencia de
la existencia, de la entropía, de nuestra naturaleza biológica,
de la mortalidad intrínseca al ser, ni de los males sociales o los
malos actos individuales. El dolor es una consecuencia del pecado y una forma
de expiación del mismo. Hay una culpa original del ser humano y, para
el cristianismo, la “transformación del sufrimiento” en unión
con Dios a través de la figura del Crucificado tiene un carácter
esencial. Así, se puede llegar a decir, como hace Ratzinger, que “el
sufrimiento -sin dejar de ser sufrimiento- se convierte a pesar de todo en
canto de alabanza”.
La mística cristiana del sufrimiento es profundamente ajena a la
ética civil de reducir el sufrimiento real en el mundo, el sufrimiento
concreto de seres reales. Hay que destacar este aspecto. Los seres conscientes,
como mortales, sabemos que la existencia del dolor es inevitable, como lo
son ciertos sufrimiento y como lo es la muerte. Pero también sabemos
que existen innumerables sufrimientos y muertes evitables. En esta cuestión
deberíamos evitar las mixtificaciones. En mi opinión, el clero
católico dedica todos sus esfuerzos a mantener un estadio infantil
entre sus conciudadanos para que éstos, en vez de afrontar de frente
su vida, su futura muerte y los sufrimientos que pueden evitarse, desvíen
la mirada.
El cristianismo, como filosofía de vida, siempre ha estado más
comprometido con la santificación del sufrimiento que con su reducción.
Por eso, tantas veces a lo largo de la Historia, a pesar de ejemplos individuales
admirables, la inhumanidad más brutal ha podido anidar en los corazones
supuestamente caritativos de quienes creen en la capacidad del dolor como
prueba divina.
Toda la construcción cristiana sobre el sufrimiento descansa sobre
el problema de la teodicea, el vano intento de conciliar la existencia del
mal en el mundo con la presencia de un dios benévolo, un nudo inextricable
propio de todas las religiones monoteístas. Benedicto XVI en su encíclica
Deus Caritas Est (2005) lo reconoce de alguna manera al señalar
lo incomprensible que resulta para el creyente el silencio de Dios ante el
mal y el sufrimiento del mundo. “A menudo no se nos da a conocer el motivo
por el que Dios frena su brazo en lugar de intervenir”. (...) “Para el creyente
no es posible pensar que Él sea impotente o bien que tal vez esté
dormido”, (...) ”aunque su silencio siga siendo incomprensible para nosotros”.
Juan Pablo II en su libro
Cruzando el umbral de la esperanza (Barcelona
Plaza y Janés, 1994) ya había dedicado especial atención
a las cuestiones irresolubles para la teología cristiana del silencio
de Dios (
Si existe, ¿por qué se esconde?, capítulo
6) y de la teodicea (
Dios es amor, entonces, ¿por qué hay
tanto mal, capitulo 10?
La mística del sufrimiento está intrínsecamente asociado
a la demonización del placer. Las religiones, no solo el cristianismo,
tienen una fijación malsana en la represión del erotismo humano
y en intentar regular, en base a la interpretación de textos sagrados,
y a los traumas de sus jerarcas, cuestiones como el matrimonio. Ese intento
de fundamentación religiosa de la familia la expone Benedicto XVI con
toda la brutalidad doctrinaria de veinte siglos de doctrina cristiana. “A
la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo”
(
Deus Caritas Est, 2005). A partir de ahí, los clérigos
quieren decidir cual debe ser la situación de la mujer en la sociedad,
el derecho o no al aborto, la existencia del divorcio, el reconocimiento legal
de la unión libre, la licitud de las relaciones homosexuales, la posibilidad
del matrimonio entre personas del mismo sexo o la posibilidad de utilización
de anticonceptivos.
Como hizo en otras épocas históricas, al final, a Iglesia
sigue pretendiendo establecer la forma, momento y hasta las condiciones en
que deben producirse las relaciones sexuales. Para los no creyentes, todas
esas cuestiones deben sustraerse radicalmente de cualquier esfera religiosa
por pertenecer privativamente al establecimiento de los derechos individuales
reconocidos por las normas civiles nacidas del proceso democrático.
Autoridad y jerarquía
Una de las funciones esenciales de la religión es la legitimación
de las jerarquías. Empezando por la relativa al hombre y a la mujer,
siguiendo por las que se refieren a creyentes y no creyentes, continuando
por una concepción del orden social como intrínsecamente jerarquizado.
Omnis potestad a Deo. Todo poder viene de Dios. Hay un orden cósmico
que condiciona el orden social y sitúa a cada individuo en su sitio.
“Oponerse al orden social es oponerse a los dioses” (Élie Barnavi,
Las religiones asesinas, Madrid, Turner, 2007).
En el cristianismo la figura divina opera como metáfora y base
natural
de la jerarquía social. Así en la
Carta de Pablo a los romanos
(13, 1-7) ya se establece un argumento sobre el origen divino de la autoridad:
“Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores, que
no hay autoridad sino por Dios, y las que hay por Dios han sido ordenadas,
de suerte que quien resiste a la autoridad resiste a la disposición
de Dios, y los que la resisten se atraen sobre sí la condenación”.
Amén.
En la tradición católica la autoridad es un principio de origen
sagrado ya que todas las formas de poder emanan de Dios y deben ponerse a
su servicio. Su más profunda creencia es el poder. Por ello, tanto
el Antiguo como el Nuevo Testamento apuestan por metáforas autoritarias
muy definidas. Todo el pensamiento religioso es esencialmente jerárquico.
Hay un Dios (y unos fieles), un rey (y unos súbditos), un pastor (y
un rebaño), un amo (y unos criados), un padre (y una familia).
Este argumento del origen divino de la autoridad no significa que todo poder
sea legítimo. Para la Iglesia Católica el poder legítimo
es el que establece Dios. Por tanto, a pesar de máximas como “Dad al
César lo que el del César y a Dios lo que es de Dios” la Iglesia
Católica es contraria a cualquier forma de separación completa
entre la Iglesia y el Estado. Pues viniendo la autoridad de Dios, el poder
debe estar al servicio del plan divino. Por ejemplo, Pío XII en B
enignitas
et Humanitas (1944), al final de la Segunda Guerra Mundial, señala
que existe un orden absoluto procedente de un Dios personal de manera que
“la dignidad del hombre es la dignidad de la imagen de Dios; la dignidad
del Estado es la dignidad de la comunidad moral querida por Dios; la dignidad
de la autoridad política es la dignidad de su participación
en la autoridad de Dios”. Más adelante señala que “una sana
democracia, fundada sobre los inmutables principios de la ley natural y de
las verdades reveladas, será resueltamente contraria a aquella corrupción
que atribuye a la legislación del Estado un poder sin freno ni límites”.
Pues “la majestad del derecho positivo humano es inapelable únicamente
cuando ese derecho se conforma –o al menos no se opone- al orden absoluto
establecido por el Creador e iluminado con una nueva luz por la revelación
del Evangelio”.
El poder es sumisión. Los súbditos deben obediencia al poder
legítimo, como si se obedeciera a la autoridad de Dios. Sea quien sea
el que tiene el poder, es ministro de Dios (León XIII,
Humanum
Genus, 1884). Esa obediencia debe alcanzar también a los “gobiernos
de hecho” (León XIII,
Au Milieu des sollicitudes, 1892).
Una sola causa tienen los hombres para no obedecer: cuando se les exige
algo que repugna abiertamente al derecho natural o al derecho divino. En
esos caos, habrá que obedecer a Dios antes que al César. La
ley injusta es la que no respeta a Dios. ”Pues todos saben que la Iglesia
Católica, no estando bajo ningún respecto ligada a una forma
de gobierno más que a otra, con tal que queden a salvo los derechos
de Dios y de la conciencia cristiana, no encuentra dificultad en avenirse
con las distintas instituciones políticas, sean monárquicas
o republicanas, aristocráticas o democráticas” (Pío
XII,
Dilectissima Nobis, 1933). Curioso argumento. Sabido es que sobre
leyes civiles todos pueden opinar. Sobre los derechos de Dios y de conciencia
cristiana, solo podrían hablar sus legítimos e infalibles intérpretes.
La constitución cristiana de los Estados parte de una fundamentación
divina del poder y una coexistencia de dos sociedades perfectas y soberanas.
Los pueblos deben estar sujetos a dos poderes, el poder eclesiástico
y el poder civil, cada uno de los cuales tiene su propio ámbito y debe
respetar el ámbito de soberanía del otro. Todos los Estados
deben reflejar la concepción cristiana de la vida pública (León
XIII,
Inmortale Dei,1885).
La Iglesia nunca olvida la metáfora de las llaves, una interpolación
hecha en el evangelio de Mateo a finales del siglo II para justificar el poder
eclesial: “Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto
atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en
la tierra será desatado en los cielos” (Mt, 16,13-20).
Siempre que se leen los documentos políticos pontificios se siente
la sombra amenazante del principio
cujus regio, ejus religio, según
el cual los súbditos de un príncipe reinante debían adoptar
su religión. La Iglesia entiende la relación con el Estado
como una forma de colaboración entre esferas distintas, aspirando a
un encuentro entre política y fe. Por eso se opone radicalmente al
laicismo.
Un claro ejemplo de esa posición de la Iglesia fue la reacción
de Pío X ante la ley de 1905 por la que Francia separaba oficialmente
la Iglesia y el Estado, aprobada por el ministerio Rouvier y ratificada en
las Cámaras el 9 de diciembre de 1905. Pío X condenó
no solo la ley francesa sino la teoría general de la separación
Iglesia-Estado. En su
Vehementer Nos (1906) explica con claridad
el argumento. El orden establecido por Dios exige una concordia entre dos
sociedades, la religiosa y la civil, porque cada una dentro de su esfera ejercen
la autoridad sobre las mismas personas. Considera que debe ser misión
del Estado servir a la razón última del ciudadano, que es “la
eterna bienaventuranza propuesta al hombre para cuando haya terminado la brevedad
de esta vida”.
Según la Iglesia Católica originalmente la monarquía
tradicional era una forma política natural instituida por Dios frente
a la democracia instituida por los hombres, aunque después la Iglesia
aceptaría que la democracia podría ser un régimen aceptable
entre otros.
Con el paso del tiempo hasta llegarían los intentos de apropiarse
de la democracia y atribuirle, también, un origen cristiano. El intento
de apropiación cristiana de la democracia es muy tendencioso. Se basa
en sustituir la naturaleza humana de la institución política
por un supuesta fuente evangélica. Citemos a Maritain: “Como dijera
el filósofo francés Henri Bergson, el sentido o sentimiento
de la democracia, por su propia naturaleza, es un sentido o sentimiento evangélico,
el poder que la anima es el amor, su esencia es la fraternidad, su verdadera
fuente es la inspiración evangélica”. Como puede observarse
Maritain mantiene el intento medieval de fundamentar la soberanía en
Dios. “Las prescripciones de la autoridad obligan en conciencia porque tiene
su fuente en Dios, no en el hombre”. Para él, la democracia es
evangélica. “Por esto he dicho antes que el empuje democrático
ha surgido en la historia como una manifestación temporal de la inspiración
evangélica”. ¿En qué basa Maritain sus asertos? ”En virtud
del trabajo oscuro de la inspiración evangélica, la conciencia
profana ha comprendido que la autoridad de los gobernantes, por lo mismo
que procede del autor de la naturaleza humana, se dirige a hombres libres
que no pertenecen a un dueño y se ejerce en virtud del consentimiento
de los gobernados. Las prescripciones de la autoridad obligan en conciencia
porque tiene su fuente en Dios, no en el hombre; ningún hombre ni ningún
grupo social tiene por sí mismo el derecho de mandar a los demás.
Los jefes del pueblo reciben este derecho del príncipe creador y conservador
de la naturaleza por los canales de la naturaleza misma, es decir, por el
consentimiento o la voluntad del pueblo o del cuerpo de la comunidad, en
virtud del derecho al auto-gobierno que pertenece al pueblo”. Más
fuerte todavía. “No solamente el espíritu democrático
procede de la inspiración evangélica, sino que además
no puede subsistir sin ella”.
Veamos ahora algunas afirmaciones interesantes y cruciales que aclaran el
significado del retorno a la tradición que ha emprendido la Iglesia
Católica y que, siguiendo la estela de León XIII y sus inmediatos
sucesores, hemos venido desgranando.
“La Iglesia aprueba todas las formas de gobierno con tal de que queden a
salvo la religión y la moral” (León XIII,
Sapientiae Christianae,
1890). La democracia es una forma legítima pero no la única:
“¡Por esto para [el movimiento sillonista (7)], toda desigualdad de
condición es una injusticia o, al menos, una justicia menor! Principio
totalmente contrario a la naturaleza de las cosas, productos de envidias y
de injusticias y subversivo de todo orden social. ¡De esta manera
la democracia es la única que inaugurará el reino de la perfecta
justicia! ¿No es esto una injuria hecha a las restantes formas de
gobierno, que quedan rebajadas de esta suerte al rango de gobiernos impotentes
y peores” (Pío X,
Notre Charge Apostolique, 1910).
Nunca se insistirá suficientemente frente a la apologética
mentirosa de la Iglesia y sus abogados defensores. Volvemos a decirlo. El
desarrollo de la democracia y de las libertades públicas que conocemos
ha sido el resultado de una lucha de siglos contra la dominación religiosa
de la sociedad y su oposición absoluta a la libertad de conciencia.
Esa es la historia de nuestra sociedad y no cualquier otra.
Los peligros de las certezas
Al pretender un origen extrasocial de las normas de convivencia humana,
la Iglesia y otras religiones niegan el fundamento humano de las leyes humanas.
Una y otra vez expresan su rechazo a lo que Benedicto XVI ha llamado
libertarismo,
que “se basa en el supuesto de que el hombre puede hacer de sí mismo
lo que quiera” (Discurso de 6 de junio de 2005 en la ceremonia de apertura
de la asamblea eclesial de la diócesis de Roma). Frente a ese desorden
moral llamado libertarismo, Ratzinger opone una moral de origen divino.
Permítasenos corregirle. La autonomía se basa en el supuesto
de que el hombre puede hacer de sí mismo lo que quiera, dentro del
respeto a las leyes que establece mediante instituciones democráticas.
¿Está clara la diferencia?
El pensamiento religioso se revela como el adversario más destacado
de la autonomía humana. Benedicto XVI es consciente de que en su origen
histórico los principios de la razón y la libertad fueron potencialmente
letales para el cristianismo ya que en “ambos conceptos clave,
razón
y libertad, el pensamiento está siempre, tácitamente, en
contraste también con los vínculos de la fe y de la Iglesia,
así como con los vínculos de los ordenamientos estatales de
entonces” (Benedicto XVI,
Spe Salvi, 2007).
Una sociedad solo humana, constitutivamente alejada de la creencia divina,
desemboca, desde el punto de vista religioso en un final perverso. Nuevamente
la conclusión incluye las premisas y las premisas la conclusión.
Esa es la metafísica política del pensamiento religioso.
La creencia religiosa no sólo tiene un contenido “informativo” o
espiritual sino también performativo (Benedicto XVI,
Spe Salvi,
2007). Ratzinger es honesto al afirmarlo claramente. “El hecho de que
este futuro exista cambia el presente; el presente está marcado por
la realidad futura, y así las realidades futuras repercuten en las
presentes y las presentes en las futuras”. No es una cuestión de conciencias
individuales en contraste con otras creencias individuales. . “La puerta oscura
del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par”. En 1984, la novela
de Orwell, se decía “Quien controla el pasado, controla el futuro.
Quien controla el presente controla el pasado”. Benedicto XVI dice que quien
controla el futuro, por revelación divina, acabará controlando
el presente tal y como ha controlado el pasado. La religión, su mensaje
de salvación, su creencia en poseer una verdad extrasocial, está
destinada a cambiar la realidad, a alterar el presente.
Quienes creemos en el carácter enteramente humano de las instituciones,
utilizamos la palabra para defender la sociedad libre frente al peligro de
las certezas religiosas. Una palabra democrática que acepta la mortalidad,
que se sabe humana y no se pretende divina. Una palabra provisional, relativa,
como todo conocimiento, con la que asumimos la posibilidad de dialogar, de
aprender, de rectificar. Una palabra para la acción, para participar
como ciudadanos en la lucha por el bien común. Una palabra humana que
no necesita ni fe en quimeras ni esperanza en milagros.
Benedicto XVI dice que “un mundo que tiene que crear su justicia por sí
mismo es un mundo sin esperanza”. Nosotros decimos, que la única esperanza,
incierta por ser humana, pero real por serlo, es la que procede del hombre.
Para quienes creemos en la autonomía individual y social es preciso
sustituir definitivamente la esperanza bíblica por realidades humanas
destinadas a disminuir el sufrimiento humano.
Notas
(1) Las estadísticas religiosas sobre fieles carecen de fiabilidad.
Por supuesto, no son lo mismo datos de bautizados por registro de población
que análisis cualitativos o cuantitativos de practicantes. Pero cualquier
mecanismo de análisis lleva a la certeza de esa reducción del
número de bautizados, de la asistencia regular a misas, de vocaciones
sacerdotales o de las celebraciones de ritos religiosos bautismales, matrimoniales
o funerarios. Combinando datos de diferentes encuestas entre el 25% y el 30%
de la población, como máximo, puede considerarse como católica
practicante en sentido estricto, si se incluye la asistencia regular a misa.
La edad media de los sacerdotes ronda los 65 años. Según los
datos de la encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas de
julio de 2007, en la declaración del I.R.P.F. del año 2006 solo
el 23,9% de los contribuyentes marcaron la casilla destinada a financiar a
la Iglesia Católica.
(2) Probablemente más de 2/3 de los cristianos viven o proceden de
países del Tercer Mundo. El aumento del nivel cultural parece tener
una correlación muy esperanzadora con el aumento de los descreídos
y no practicantes en materia religiosa.
(3) Conferencia “Cristianismo y democracia” dictada en Nueva York, el 29
de Diciembre de 1949, en la reunión anual de la Asociación Americana
de Ciencias Políticas. Todas las restantes referencias a Maritain
proceden de esta misma fuente.
(4) Sam Harris;
El fin de la fe (Religión, terror y el futuro
de la razón), Madrid, Paradigma, 2007.
(5) Richard Dwakins,
El espejismo de Dios, Barcelona, Espasa, 2007.
(6) La historicidad de Jesús es un elemento extremadamente crítico
para el cristianismo. Como se sabe, las principales fuentes sobre la vida
de Jesús son los cuatro evangelios -Marcos, Mateo, Lucas y Juan- cuyos
textos fueron escritos probablemente en alguna fecha entre el 70 y el 125
de nuestra era, es decir, entre 40 y 85 años después de la fecha
atribuida a la muerte de Jesús. Como señala Michael Martín,
en todo caso, no fueron escritos por testigos oculares, contienen contradicciones
entre ellos y numerosas historias que un lector imparcial calificaría
como increíbles. Además, no hay testimonios anteriores y los
documentos contemporáneos no suponen una fuente independiente de confirmación
histórica sobre su existencia real. Sobre estas cuestiones puede leerse
con provecho a Michael Martín,
Alegato contra el cristianismo
(Pamplona, Laetoli, 2007) y a G. A. Wells,
Did Jesus Exist? (Pemberton,
Londres, 1986). El hermoso y “vengativo” panfleto literario de Fernando Vallejo,
La puta de Babilonia (Madrid, Alfaguara, 2007), también es una
lectura recomendable.
(7) El sillonismo fue un movimiento católico surgido en Francia a
finales del siglo XIX que pretendió aproximar el catolicismo al ideal
republicano y al movimiento obrero.