Juan Manuel Vera
Siempre que nos situamos ante una obra artística tenemos una relación
con alguien que habla desde otro tiempo. En la escritura, entre las páginas
físicas del libro, está la voz del autor, en la imagen pictórica
o escultórica, la mano del artista. Incluso en la música.
Pero el cine ha dado un paso adicional. El cine es una representación
fantasmal. Esa es su esencia. La singularidad de la imagen cinematográfica
consiste en que nos ha habituado a la representación espectral de seres
que no están. En el cine siempre vemos a quienes no están, tal
vez porque están en otro sitio, o porque ya no están en ningún
sitio, en el caso de que quienes hicieron la representación hayan
muerto. Las imágenes del cine congelan tiempo. Tiempo de personajes
que son a la vez personas que representan.
Las películas, contempladas en las salas cinematográficas,
espacios oscuros donde aparecen luces, invocan presencias que invaden nuestras
mentes. Todos somos como el personaje de Ana Torrent en
El espíritu
de la colmena, acompañados por un espectro. La televisión,
primero, pero sobre todo actualmente el DVD, han cambiando en profundidad
el status de esas presencias que ahora pueden ser convocadas de las formas
más cotidianas. Ahora más que nunca, los fantasmas han invadido
nuestras casas y son convocados por nosotros mismos. Por ejemplo, cuando vemos
la reciente edición en DVD de
Bucarest, un espléndido
documental dirigido por Albert Solé.
Los fantasmas aparecen en ficciones. Pero en ocasiones se representan a
sí mismos, de forma documental, incluso cuando desconocen que eran
filmados. En ese caso, no es que los fantasmas sean más auténticos,
lo que son es más fantasmas. Cuando el cine se hace documental es
tiempo de la auto-representación. Y un excelente intento de aprehender
la naturaleza del documental es el que Albert Solé ha logrado
en
Bucarest, recordando, buscando, la figura de su padre, Jordi Solé
Tura, y, también, explorando sus propios orígenes, pues Albert
nació en 1962, en el exilio de sus padres.
En
Bucarest, Solé, dedica toda la película a recuperar
(colectivamente) la memoria de alguien que (como persona) la está perdiendo,
que se está despersonalizando. Jordi Solé Tura, enfermo de
Alzheimer, se constituye así en catalizador de un esfuerzo de lucha
por la memoria extraordinariamente eficaz.
En el documental aparecen diversas imágenes de Jordi Solé
Tura. Inconscientemente pensamos que las imágenes auténticas
son las que le muestran como luchador antifranquista, como diputado, como
padre de la Constitución, y no esa persona mayor que se sorprende
de las cosas que le dicen que le pasaron, de las cosas que le dicen que él
escribió. Sin embargo, en ambos casos, estamos ante fantasmas, el fantasma
del que creemos que fue, el fantasma del que dicen que es ahora.
La relación entre la realidad y la ficción ha producido muchos
notables ensayos cinematográficos. Por ejemplo, en las obras de Chris
Maker, se refleja como toda mirada propia sobre la realidad incorpora un elemento
de ficción. Marker ha reflexionado mucho sobre el cine como un juego
entre la imposibilidad de una memoria fiel y el esfuerzo del artista por
atrapar tiempos congelados. Por ejemplo, en una de sus propuestas más
radicales de ese uso de la ficción, el fantasma evocado en
Level
five, éste se oculta, no se hace explícito sino como
presencia que no se materializa. Curioso tour de force de Marker que pone
de manifiesto al auténtico fantasma que no se ve, el de los artistas
que crean, que construyen espectros a través de la representación.
En el cine documental la presencia de los espectros tiene una cualidad singular.
Se nos muestra a quienes no están, o al menos no están en ese
momento, pero se nos dice que no es una ficción, que estamos viendo
un pedazo de realidad. Pero esa realidad trascendida por lo espectral, ¿qué
es? Albert Solé en
Bucarest ha respondido a esa pregunta de
una manera muy inteligente. Se trata de una película sobre la memoria,
sobre la memoria perdida, según se subtitula la obra. Por ello, el
componente básico de ficción en el documental de Solé
está en cómo recupera el recuerdo de personas de un tiempo y
de un país, en cómo construye y convoca sus fantasmas.
Para ello, en la evocación hay momentos especialmente necesarios.
Cuando la imagen del personaje está ausente y otros hablan de él.
Cuando se nos muestran los espacios en los que se movió, donde estuvo,
París o Bucarest. En esos casos, es como si el fantasma se ocultara
y entre todos buscáramos la forma de aproximarnos a él.
Pero en el gran trabajo que es Bucarest se supera ese momento de la búsqueda
del ausente porque descubrimos que nos está hablando de un tiempo total,
del que vivimos bajo el franquismo, también el que vivieron nuestros
padres. De alguna manera, el film nos empieza a convocar a nosotros mismos,
como si dado que se habla de momentos históricos, de ese largo declinar
del franquismo, nosotros mismos necesitáramos ser evocados, convocados
por el autor.
En las películas clásicas de fantasmas, los espectros se vinculan
a un lugar, la mansión victoriana, por ejemplo, el lugar donde sufrieron
o donde amaron. Por eso, los lugares vacíos pueden convertirse en el
cine, en lugares llenos de ausencias. Recordemos un gran documental sobre
el nazismo,
Noche y niebla, de Alain Resnais, también recientemente
editado en DVD. Resnais nos muestra el escenario de la tragedia, los edificios
vacíos y las instalaciones abandonadas de lo que fuera un campo de
concentración, los terrenos próximos, donde crece la hierba.
La fuerza brutal de esas imágenes reside en la ocultación de
los fantasmas, en la renuncia a la representación, mientras en el documental
utiliza otras imágenes, de archivo, terribles, conocidas, más
documentales y por ello más fantasmales, que nos muestran a los verdugos,
nos enseñan a las víctimas. Resnais evoca los fantasmas que
en nuestra imaginación vagan por esos lugares vacíos, llenando,
con su ausencia, de presencias el espacio abandonado.
En
Bucarest no hay un lugar privilegiado de la representación,
aunque posiblemente la casa más espectral sea la que ocultaba el lugar
de emisión, en Bucarest, de Radio Pirenaica. El espectro de los militantes
del PCE que luchaban y, al mismo tiempo, formaban parte del engranaje estalinista,
parece estar presente en ese lugar vacío.
Sin embargo, no aparecen los lugares en que Jordi Solé Tura conoció
o se reunió con otros dirigentes comunistas de la época que
aparecen en Bucarest, como Jorge Semprún, Santiago Carrillo o
Fernando Claudín. Para mí es inevitable asociar alguno de esos
lugares a algún escenario de otra película de Resnais,
La
guerra ha terminado, cuyo guionista fue Semprún. Las casas de
la película, ¿son las evocados por su guionista? Pero
ahí empezamos a entrar en otro terreno, la del lugar evocado. ¿Acaso
los sitios, los lugares también pueden ser fantasmales?
En
Bucarest se habla del franquismo (el rostro despótico que
determinaba la sociedad española) y del comunismo (el sueño
de muchos de los que luchaban contra el franquismo). Y la película
remonta el vuelo porque con valentía afronta no sólo el asunto
de la lucha antifranquista sino también la cuestión del estalinismo,
otro gran destructor de la memoria. El autor da cuenta de la lucha de los
militantes comunistas españoles, intentando recordar como fueron, pero
con una mirada que es actual, que es de hoy, que no oculta que fueron estalinistas.
Pero en Bucarest están presentes muchas otras cuestiones. Se busca
a un joven que decidió combatir al franquismo y conseguimos que el
fantasma aparezca. Sin embargo, muchos de sus compañeros de clase,
de sus vecinos, incluso de sus amigos de infancia, no combatieron al franquismo,
convivieron con él, algunos incluso serían entusiastas del Movimiento.
Curiosa ausencia en la película, la de esos otros jóvenes, la
de quienes no lucharon contra el franquismo, las de quienes lo sostuvieron
con su pasividad. Luego muchos de ellos cambiaron y contribuyeron a la llegada
de la democracia electoral. Otros, aún hoy, formarán parte de
ese llamado franquismo sociológico que está tan presente en
la derecha española.
Alguna vez habrá que dirigir la mirada a evocar esos fantasmas peligrosos,
los del conformismo, los de la aceptación ciega y pasiva de los despotismos.
Una gran cuestión política. No es un tema agradable. Como decía
La Boétie, en su “Discurso sobre la servidumbre voluntaria” ningún
poder injusto duraría un sólo día si la gente no lo permitiera,
pues todo dominio se basa en el consentimiento. Esa es la memoria del franquismo
más dura, más perdida, la que no aparece en Bucarest, la de
quienes lo sostuvieron, no mediante su acción sino mediante su pasividad.