Primeras retóricas de la crisis
Juan Manuel Vera
Recupero un fragmento especialmente lúcido de Carlos Marx. “El capital
y su expansión aparecen como principio y fin, como el móvil
y la meta de la producción; la producción es únicamente
producción para el capital, en lugar de que los instrumentos de producción
sean medios para una plenitud cada vez más intensa del desarrollo de
la vida, para la sociedad de los trabajadores”.
Me parece un buen punto de partida para reflexionar sobre la crisis, largamente
preparada, que ha acabado por estallar en 2008. La traumática detención
del proceso de expansión del capital es el momento en que se ponen
de manifiesto las inconsistencias de nuestro modelo económico y de
vida social. Cuando el ciclo ascendente se interrumpe abruptamente puede parecer
que existe una lógica del capital distinta de una lógica humana,
como si fuera una fuerza objetiva la que desencadena el desarrollo ilimitado
de la producción de mercancías por medio de mercancías.
Evidentemente, no es así, la expansión sin límites del
capital es el resultado tanto de una visión humana de cómo es
la sociedad como del comportamientos de sus agentes; en suma, es efecto de
conductas humanas que pretenden ocultarse baja la apariencia de leyes económicas
inalterables. Y lo mismo ocurre cuando se entra en una onda larga de descapitalización.
La burbuja inmobiliaria y financiera alimentada por la última década
prodigiosa del capital se ha pinchado definitivamente. Durante estos años
se había creído posible un crecimiento indefinido y acelerado
de los precios de los activos inmobiliarios y financieros, basados en la expansión
del crédito, al margen de la capacidad real de crear riqueza y valor.
Más dura ha sido y será la caída. El término
crisis resume, en este momento, tres procesos que se han sincronizado. Primero,
la crisis inmobiliaria. Segundo, la crisis financiera. Tercera, el inicio
de una recesión económica extendida y que puede acabar siendo
global. Tiene, por tanto, una gravedad insólita. Se trata de una crisis
potencialmente catastrófica.
Al día de hoy, el símbolo de lo que ocurre es el derrumbamiento
de los gigantes financieros mundiales, apuntalados débilmente por los
planes de salvación que EEUU y los principales países del resto
del mundo han puesto en marcha. Los nombres más poderosos del orden
financiero global han sido los primeros en tambalearse.
El inicio de la actual crisis económica ha resultado tan brutal en
su desencadenamiento y amenazante en las consecuencias que pueden derivarse
de ella, que ha paralizado gran parte de la capacidad de expresarla con las
ideas conocidas. Como no puede ser de otra manera, se ha acudido a crisis
anteriores (por ejemplo, la de los años setenta) en busca de retóricas.
Entonces, los de arriba utilizaron la retórica del sacrificio. Los
de abajo respondieron con la retórica defensiva de la resistencia.
En los primeros momentos de la actual crisis ninguno de esos discursos sirve
para afrontar las nuevas realidades. Algunas miradas se dirigen hacia la crisis
del 29 en busca de discursos.
Toda retórica basada en la idea de repartir el coste de unos sacrificios
que se deben a una forma de actuar irresponsable de los gestores del capital
pone sobre la mesa la desagradable cuestión de las culpas y las causas
de la crisis. Asimismo, convierte en legítima la pregunta sobre quienes
deben gestionar la situación: ¿los mismos que nos llevaron al
precipicio?
Por otra parte, cualquier respuesta desde abajo del tipo “la crisis que
la paguen los capitalistas” también resulta increíble, porque
la actual crisis si algo revela es precisamente que los riesgos de la lógica
del capital van más allá de una dialéctica capitalista-asalariado,
al revelar como el mantenimiento del dominio del capital puede convertirse
en un riesgo sistémico para todos, para el conjunto de la sociedad.
Por otra parte, realmente, parece imposible que los capitalistas puedan pagar
la crisis. Su principal duda es otra, si van a conseguir sobrevivir a la actual
crisis a pesar de recibir grandes ayudas estatales.
Después de varias décadas de desregulación sistemática
y de cuestionamiento del papel del Estado, han bastado unos meses de crisis
para que gran parte de las elites mundiales hayan dejado de repetir sus discursos
precedentes. Los cuales, por otra parte, difícilmente podrán
sobrevivir a una ola de intervencionismo internacional y nacional sin precedentes
para intentar salvar el sistema financiero mundial y a parte de las principales
instituciones privadas.
Sin embargo, la mayor de las irresponsabilidades sería pensar que
de todo esto es muy probable que salga algo bueno. La crisis suele ser un
momento en que los poderosos intentan poner en marcha nuevas forma de disciplinamiento
y de control social, aprovechando la angustia de la mayoría de la gente
por evitar el paro y por salir adelante.
Por otra parte, la pregunta ¿cómo se saldrá de la crisis?
no tiene respuestas unívocas. En uno de los extremos, si el sector
más desregulador de la oligarquía financiera, vinculado en muchas
ocasiones a los sectores de la economía criminal, se impusiera, dejando
que cada cual se salve como pueda, generando el espacio para una nueva acumulación
primitiva con un creciente poder de las mafias, se produciría una
desarticulación institucional y desestructuración social enormemente
peligrosa y disgregadora de los lazos comunes. Actualmente no parece que
esa salida sea la más probable.
Pero hay otra posibilidad igualmente peligrosa para la autonomía
social y las libertades. Se trata de la afloración de retóricas
autoritarias y disciplinarias, apoyadas en un poder creciente de los Estados,
en un intervensionismo cada vez mayor, adoptando formas próximas a
capitalismos de estado, económicamente nacionalizadores y políticamente
neonacionalistas, que recogieran las lecciones más desagradables del
ejemplo chino (aunque en la propia China el riesgo de explosión social
pueda cuestionar la supervivencia de ese modelo político-económico).
Evidentemente, sólo son posibilidades, potencialidades, peligros.
Pero los defensores de una democracia social basada en la autonomía,
debemos pensar en los límites del terreno de juego. La construcción
de alianzas sociales en la nueva etapa debería tener en cuenta ambos
peligros, tanto la necesidad de bloquear la entropía desestructurante
como de limitar las fuerzas centrípetas que podrían conducir
a la emergencia de algunos Grandes Hermanos.
Madrid, 5 de diciembre de 2008