Angelopoulos: la permanencia de un viaje
Juan Manuel Vera
Como espectador, el cine de Theo Angelopoulos siempre ha constituido para
mí una experiencia emocionante. He percibido en sus imágenes
una fuerza sensorial inusitada, combinada, de forma innovadora, con la sorprendente
inteligencia de su riqueza de significaciones. Por ello, creo que sus ficciones,
abiertas a la belleza y al dolor, aportan una reflexión sobre lo histórico
plena de matices y de aceptación de la complejidad de la vida social.
Ahora, una espléndida iniciativa comercial facilita aproximarse a
unas obras que, en su mayor parte, nunca se estrenaron en España.
Intermedio ha lanzado al mercado español de DVD sus siete primeras
películas. El primero de los dos packs previstos, ya editado, abarca
sus realizaciones entre 1970 y 1977.
Volver a ver
El viaje de los comediantes (
O thiassos, 1975),
la obra más importante de las ya disponibles, me ha llevado a recuperar
el asombro y la admiración que me produjo la primera vez que pude
contemplarla, veinte años atrás. Esta pequeña nota quiera
dar cuenta de la permanencia del impacto de sus imágenes.
El viaje de los comediantes forma parte, junto a
Días del
36 y
Los cazadores, una trilogía sobre la trágica
historia griega del siglo veinte, abarcando desde 1936 (los albores de la
dictadura de Metaxas) hasta 1967 (la etapa previa al golpe de Estado de los
coroneles).
El viaje de los comediantes es la obra central de la trilogía
tanto en lo cronológico (su desarrollo abarca el periodo comprendido
entre 1939 y 1952, abarcando la segunda guerra mundial y la guerra civil
griega) como en cuanto a su sustantividad y valores intrínsecos.
En esta obra, como en otras de Angelopoulos, se combinan tres planos de la
representación: la de lo histórico, la de los personajes-actores-comediantes
y la evocación directa o indirecta de un plano mítico.
La principal singularidad del director griego consiste en que su (re)presentación
de lo histórico adquiere una centralidad desconocida en el resto del
mundo cinematográfico. Lo histórico representado es protagonista
de la obra y determinante y condicionante de las acciones de los actores/personajes.
Así, la Historia no es el decorado de los comportamientos y acciones
representados por los actores. Más bien, son los actores el instrumento
que permite representar lo histórico. En Angeopoulos, histórico
no es únicamente acontecimiento, es fundamentalmente momento social
representado.
Lo extraordinario en la obra maestra que es
El viaje de los comediantes
se asienta en la originalidad formal con que se desvela la temporalidad
histórica. Al jugar con secuencias únicas en las que se combinan
distintos momentos temporales queda al descubierto que el protagonismo no
corresponde a los espacios, ni a quienes lo habitan en un momento del tiempo,
ni al tiempo meramente cronológico, sino a un tiempo social que aparece
representado como trasversal al espacio y sobrepuesto de forma dominante
al tiempo vital de los individuos.
Sin embargo, sería injusto reducir el valor de
El viaje de los
comediantes a esa maravillosa representación de lo irrepetible,
de lo histórico. Esta obra magistral consigue, además, mostrar
y revivir las experiencias de unos seres que viven en su tiempo histórico
y no pueden sustraerse en su comportamiento a ese momento social. Con maravilloso
aplomo y sensibilidad, Angelopoulos construye comedias, dramas y tragedias
de unos individuos, unos comediantes, como partes vivas y sufrientes de una
sociedad. Incluso cuando utiliza formas de alegoría universal (mitos
literarios de la antigua Grecia, como el de Orestes) a través de experiencias
humanas susceptibles de reinterpretase (no repetirse) en tiempos sociales
e históricos distintos, esas alegorías/mitos no se convierten
en abstracción de la realidad social e histórica sino en manifestaciones
de un universal humano en un tiempo concreto, un lugar, un país, unas
vidas. En resumen: arte emocionante construido con imágenes y músicas
imposibles de olvidar. Transmite amor a las vidas atrapadas por el tiempo
que les ha tocado vivir. Transmite pasión por la lucha contra la injusticia.
El viaje de los comediantes y
La mirada de Ulises forman, en
mi opinión, las cumbres de una obra cinematográfica capital,
la de Theo Angelopoulos, digna de ser contemplada y pensada en profundidad.
Un cine que pretende analizar, y construir, una imaginación colectiva,
algo que va más allá de la simple memoria.
Así, 34 años después, podemos decir que el viaje de
Angelopoulos sigue en marcha, que sus comediantes siguen impresionándonos,
que su gran película se ha confirmado como una obra maestra clásica
y plena de actualidad, que nos tiene algo que decir a los espectadores que
deseamos un cine que nos golpee los sentimientos y las ideas, que nos exija
algo más que una pasividad inerte.
Sus imágenes son una prueba insobornable de que la auténtica
sabiduría cinematográfica es indisociable de la ética
de la representación. El corazón de su arte consiste en
la capacidad moral de recrear/respetar la vida a través de imágenes,
de invocar fantasmas que reviven otros tiempos, otras luchas, otros errores,
otras esperanzas, otras miserias, otras miradas.