FUNDACIÓN

ANDREU NIN

EEUU y Europa desde 1945 hasta hoy

Immanuel Wallerstein


Texto publicado en Iniciativa Socialista número 74, invierno 2004-2005. La versión original en inglés puede ser consultada en http://fbc.binghamton.edu/137en.htm. La versión en castellano es traducción de IS, autorizada y corregida por el autor. El copyright pertenece a Immanuel Wallerstein. Se permite la distribución por correo electrónico y su colocación en sitios no comerciales de Internet en la medida que se mantenga la integridad del texto y se conserve la nota original respecto al copyright. Para traducir el texto a otros idiomas, publicarlos en papel, utilizarlos de forma comercial, etc., es preciso entrar en contacto con el autor en  iwaller@binghamton.edu; fax: 1-607-777-4315.

Desde 1945, uno de los objetivos principales de la política exterior estadounidense fue mantener a Europa como una pieza subordinada y altamente integrada de sus recursos estratégicos geopolíticos. Tras la Segunda Guerra Mundial esto fue fácil de conseguir, ya que Europa, a causa de los efectos de la conflagración, se encontraba económicamente exhausta y la mayoría de sus poblaciones y especialmente de sus élites políticas y económicas temían a las fuerzas comunistas, tanto por el poder militar soviético como por la fuerza popular de los partidos comunistas en Europa occidental.

El programa estadunidense tomó forma en el Plan Marshall de ayuda económica para la recuperación europea, y en la creación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

En este contexto se iniciaron los movimientos dirigidos a la creación de instituciones europeas, inicialmente limitados a seis países: Francia, Alemania occidental, Italia y los tres países del Benelux. También hubo tempranos esfuerzos  para crear estructuras militares europeas, pero no tuvieron éxito.

El movimiento así encaminado contó con un fuerte respaldo de los partidos democratacristianos europeos, pero también de los partidos socialdemócratas. Por su parte, los partidos comunistas de estos países se opusieron frontalmente, pues consideraban que estas estructuras formaban parte de la guerra fría.

Desde el punto de vista de Estados Unidos, las estructuras europeas parecían entonces ser algo deseable, ya que fortalecerían las economías, haciendo de ellas  mejores clientes para las inversiones y exportaciones estadounidenses, y podrían disipar los temores de Francia ante un posible resurgimiento militar de Alemania y la integración de este país en la OTAN.

En los años sesenta del pasado siglo comenzaron a modificarse, desde el punto de vista estadounidense, dos de los elementos de esta ecuación. En primer lugar,  Europa occidental se estaba haciendo demasiado fuerte. Emergía como fuerza económica que podía tratar de tú a tú a Estados Unidos y, por tanto, era un importante competidor potencial en el marco de la economía-mundo. En segundo lugar, Charles de Gaulle asumía de nuevo el poder en Francia. Y De Gaulle aspiraba a estructuras europeas que fueran políticamente autónomas, es decir, que no fueran segmentos subordinados de los recursos estratégicos geopolíticos de Estados Unidos.

Llegados a ese punto, el entusiasmo estadounidense por la unidad europea comenzó a enfriarse, aunque resultaba políticamente imposible expresarlo abiertamente. Además, hubo otros cambios en la situación. Los partidos comunistas de Europa occidental se debilitaron  electoralmente y sus políticas comenzaron a girar hacia lo que entonces se llamó “eurocomunismo”. Una de las consecuencias de este giro fue un cambio de la posición de estos partidos hacia las estructuras europeas, a las que comenzaron a prestar un tímido apoyo o, al menos, tolerar.

En este mismo periodo,  Estados Unidos perdía la guerra en Vietnam, lo que afectó considerablemente a su posición geopolítica. Este revés político-militar, combinado con la emergencia de Europa occidental y Japón como importantes competidores económicos, dio como resultado el fin de la indiscutible hegemonía estadounidense en el sistema-mundo y el inicio de un lento declive.

Estados Unidos tuvo que introducir modificaciones en su política exterior, pues ésta ya no podía reducirse a la simple y patente dominación del periodo anterior. De hecho, este reajuste comenzó con Nixon,  incluyendo el proceso de “détente” con la URSS y, más importante aún, su viaje a Beiging y la transformación de las relaciones entre EEUU y China. Nixon dio comienzo a la  política que yo denomino “multilateralismo débil”, política que sería seguida por todos los sucesivos presidentes desde Nixon a Clinton, incluyendo a Reagan y George H. W. Bush.

En lo que a Europa se refiere, la principal preocupación de la política exterior estadounidense era cómo frenar lo que parecía ser una creciente tendencia hacia la autonomía política europea. Para lograrlo, EEUU ofreció a Europa un “partenariado” geopolítico (es decir, cierto grado de consulta política) en dos frentes: la guerra fría con la URSS y las luchas político-económicas del Norte contra el Sur. Se suponía que esto se implementaría por medio de multitud de instituciones, como la Comisión Trilateral, los encuentros del G-7 y el Foro Económico Mundial de Davos, entre otras. El programa relativo a la guerra fría condujo a los acuerdos de Helsinki. El programa Norte-Sur dio como resultado un impulso contra la proliferación nuclear, el Consenso de Washington (en favor del neoliberalismo y contra el desarrollismo) y la construcción de la Organización Mundial de Comercio.

Se podría decir que, en los años setenta y ochenta, este ajuste en la política exterior estadounidense fue parcialmente exitoso. Aunque la autonomía política de Europa crecía, y puede recordarse al respecto la Ostpolitik alemana y el gaseoducto que unió la URSS  con Europa occidental, en líneas generales Europa no se alejó geopolíticamente demasiado de Estados Unidos. En particular, los intentos para crear un ejército europeo fueron eficazmente bloqueados por la persistente oposición estadounidense. En la práctica, aunque no de forma explícita, Estados Unidos asumió una postura hostil hacia la unidad europea.

La política estadounidense dio la impresión de tener aún más éxito en el frente Norte-Sur. Casi todos los países del Tercer Mundo se alinearon con las políticas de ajuste estructural del Fondo Monetario Internacional, e incluso los países socialistas de Europa central y oriental se movieron en esa dirección. La desilusión popular con los movimientos de liberación nacional en el poder y con los regímenes comunistas del bloque socialista amortiguó la acción militante y generó un morboso pesimismo entre la izquierda mundial. Y, por supuesto, el “triunfo” final fue el colapso de la URSS.

Pero este “triunfo” no sirvió de nada a los intereses de la política exterior estadounidense, al menos en lo que se refiere a Europa occidental, ya que desapareció el principal argumento para que Europa acatase su subordinación geopolítica al “liderazgo” estadounidense en todo el mundo.

Sadam Husein aprovechó el momento para desafiar abiertamente a EEUU, algo que no habría sido capaz de hacer en los tiempos de la Guerra Fría. La Guerra del Golfo terminó muy pronto con una tregua tras la retirada iraquí de Kuwait, pero eso se fue haciendo cada vez más inaceptable para EEUU según avanzaba la década. No obstante, Clinton mantuvo el “multilateralismo débil” de Nixon en los Balcanes, Oriente Medio y Asia oriental, y los europeos occidentales mantuvieron una actitud que evitaba cualquier abierta ruptura con EEUU sobre asuntos realmente importantes.

Sin embargo, para asegurar que Europa occidental se mantuviera en la línea deseada, EEUU presionó con fuerza para lograr la incorporación de los estados ex-comunistas de Europa central y oriental a las instituciones europeas y a la OTAN, pensando que tales Estados desearían mantener y reforzar sus vínculos con EEUU, lo que contrapesaría los emergentes sentimientos autonomistas en Europa occidental.

Y entonces llegaron George W. Bush y los halcones. Para ellos, la política exterior practicada desde Nixon hasta Clinton era increíblemente débil y contribuía decisivamente al persistente declive del poder estadounidense en el mundo. Desdeñaban, muy particularmente, cualquier dependencia respecto a las estructuras de la ONU y tenían un especial deseo en poner un muro de contención ante las aspiraciones europeas a la autonomía política. Desde su punto de vista, la vía para lograrlo era hacer valer unilateral y militarmente el poder estadounidense, de forma ostentosa y enérgica.

De forma explícita, el primer objetivo elegido era Irak, algo que había sido ya anunciado durante los años noventa. Había tres razones para ello:

- la guerra del Golfo había sido “humillante” para Estados Unidos porque Sadam Husein sobrevivió;

- Irak podría ser un excelente asentamiento para bases militares permanentes en Oriente Medio;

- Irak era un objetivo militar fácil, precisamente porque no contaba con armas de destrucción masiva.

La teoría de los halcones era que la invasión de Irak demostraría la imbatible superioridad militar de EEUU y tendría tres consecuencias: - intimidaría a los europeos occidentales, y en segundo lugar a los asiáticos orientales, y pondría fin a toda aspiración de autonomía política.

- intimidaría a los aspirantes a convertirse en potencias nucleares y los induciría a abandonar toda pretensión de obtener tales armas.

- intimidaría a todos los Estados de Oriente Medio y los induciría tanto a renunciar a cualquier aspiración de autoafirmación geopolítica como a aceptar, haciéndolos acceder a un acuerdo entre Israel y Palestina en términos aceptables para Israel y Estados Unidos.

Esta política ha sido un completo fracaso. Irak, supuesto fácil objetivo, ha resultado no ser tan fácil. En este momento, la ocupación estadounidense se enfrenta con una resistencia y una creciente sublevación que, como mínimo, podría dar lugar a un gobierno que no sea muy del gusto de EEUU, y que, como máximo, podría culminar en la retirada total de las fuerzas estadounidenses, como ocurrió en Vietnam.

El intento de dividir Europa en dos campos - la “vieja Europa” y la “nueva Europa”- tuvo éxitos momentáneos, pero con las elecciones españolas se ha producido un cambio rotundo en la dirección de la corriente. Europa está a punto de establecer, por primera vez desde 1945, su autonomía geopolítica. La proliferación nuclear no ha sido frenada; en todo caso, estaría acelerándose. Los Estados del Oriente Medio no se acercan a EEUU, sino que se distancian, con la excepción de Libia, e incluso en este caso se trata de una política que tal vez no durará demasiado tiempo. Y el  conflicto Israel-Palestina se encuentra en una vía muerta y puede mantenerse en ella hasta que explote de forma incontenible.

Ha fracasado la chulería unilateralista de los halcones, y el respaldo a su política disminuye notablemente en Estados Unidos, incluso entre los republicanos conservadores. Sin embargo, ¿cuál es la alternativa? Los Republicanos moderados o los Demócratas centristas, dirigidos por John F. Kerry, ofrecen el retorno al  “multilateralismo débil” de los años Nixon-Clinton. La pregunta es: ¿puede éste funcionar ahora? Es muy dudoso.

Es muy probable que durante la próxima década la sirena del armamento nuclear atraiga a una docena de Estados, por lo menos, y que pasemos de ocho a 25 potencias nucleares en el próximo cuarto de siglo, lo que restringiría el poder militar estadounidense. No parece probable que las realidades de Oriente Medio se muevan en una dirección que pueda gustar a Estados Unidos. Y eso resulta  particularmente cierto respecto al conflicto Israel-Palestina.

¿Y Europa? Europa es el gran interrogante de la geopolítica mundial en este  momento. Hasta los más “atlantistas” entre los europeos se muestran cautelosos frente al gobierno estadounidense, incluso ante unos Estados Unidos “multilateralistas”. Pero Europa todavía comparte intereses con Estados Unidos en la lucha Norte-Sur.

La adopción de una seria Constitución europea es algo que aún está puesto en duda, sobre todo porque el voto negativo de un solo país en algún referéndum puede anular cualquier acuerdo. La izquierda europea, en particular, aún no está totalmente recuperada de las dudas que en torno a la unidad europea mantuvo en los años posteriores a 1945, y por tanto no está preparada para comprometerse con todas sus fuerzas y sin reticencias en la construcción europea. Esto es particularmente cierto en los países nórdicos y en Francia, pero hay similares reticencias en casi todos los países.

Una Europa fuerte y autónoma es un primer y esencial elemento para la construcción de un mundo multipolar. Una Europa autónoma que estuviera dispuesta a trabajar en favor de una restructuración fundamental de la economía-mundo, siguiendo vías que pudiesen comenzar a superar la persistente polarización Norte-Sur, constituiría un cambio aún mayor en la escena mundial. Ambas situaciones son muy posibles. Pero ni la una ni la otra están aseguradas.
 


Edición digital de la Fundación Andreu Nin,  2005


 
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